Recensión

 

DOI: https://doi.org/10.53439/stdfyt50.25.2022.297-300

 

Rubén Peretó Rivas. El nacimiento de la cultura cristiana. Madrid, Homo Legens, 2021, 200 pp., ISBN 9788418162596.

 

Dice el autor en la introducción del ejemplar que presentamos: “Este libro está escrito con un espíritu medieval y no está destinado a conseguir mérito académico alguno, aunque ha sido escrito por un académico. Es un libro construido con bloques de piedra grandes y pequeños que he ido recolectando a los largo de muchos años y de muchas lecturas. En ocasiones, puedo identificar perfectamente el lugar de procedencia de un tolmo, y otras veces no. Los peñascos se han amontonado en mi memoria y solamente sé que no son míos sino de otros; que pertenecen al tesoro inconmensurable que recibí y que debo transmitir. Los tomaré uno a uno, los cincelaré y buscaré edificar con ellos, si no una catedral románica, al menos una pequeña ermita en la que algunos hermanos a quienes seguramente no conoceré en esta vida, puedan recogerse mientras dura el vendaval” (p. 21).

Este es uno de los pasajes del libro que creo expresan muy claramente lo que Rubén Peretó Rivas ha hecho: se ha nutrido de muchos autores herederos de la tradición cristiana para, justamente, recrear esa tradición. Así, y parafraseando a Péguy, ha logrado que la cultura cristiana sea nueva en este mismo instante y, por contraste, que tal vez nada sea tan antiguo como el diario de hoy.

Una de esas fuentes en las que se ha inspirado el autor es el pensador norteamericano John Senior, quien escribió La muerte de la cultura cristiana y La restauración de la cultura cristiana. En el primer libro ubicaba y analizaba las causas del colapso de nuestra civilización, mientras que en el segundo mostraba cuáles deberían ser los medios o remedios para el renacer, para el resurgir de una cultura cristiana.

Siguiendo la estela de Senior, Peretó Rivas nos propone lo que podríamos llamar la precuela de aquellos libros. Y eso no solo está muy bien cronológicamente hablando, sino que es indispensable, pues ya conociendo por qué pereció la cultura cristiana occidental y cómo se debería restaurar, faltaba ahora, como condición indispensable para tener el panorama completo, ahondar en sus orígenes. Nos dice el autor: “lo primero que debemos hacer para reconstruir nuestro hogar es conocerlo. Si no conocemos la cultura cristiana, no la amaremos, y si no la amamos, no lucharemos para restaurarla. La naturaleza humana no cambia. Por tanto, es de prudentes volver los ojos hacia nuestros antepasados, que fueron hombre como nosotros, porque ellos –generaciones y generaciones–, experimentaron mucho más de lo que nosotros, en nuestra existencia individual, podemos experimentar” (p. 19).

En este sentido, hay que decir que el libro sorprende gratamente. Lo hace porque, si ya era difícil, en primer lugar, identificar las causas del declive y luego la forma de reconstruir dicha cultura, explicar cómo nació y cuáles fueron sus jalones fundamentales, se constituye en un auténtico pons asinorum; es decir, en una dificultad tan grande que quita el ánimo a quien pretende superarla. Y sorprende, en segundo lugar, porque estimo que son poco conocidos los personajes que el autor identifica como hitos en el comienzo de la cultura cristiana, o por lo menos es poco conocido el papel tan protagónico para el cristianismo que estos tuvieron.

En fin, si tuviese que sintetizar muy apretadamente algunos juicios sobre El nacimiento de la cultura cristiana, diría lo siguiente:

Es un libro de un erudito dirigido a no eruditos, lo cual es mucho en tiempos donde los académicos escriben casi exclusivamente para académicos.

Si bien es un libro altamente instructivo, pues anoticia de hechos y personajes históricos algo desconocidos para el lector no especializado, es principalmente un texto que ayuda a reflexionar una y otra vez sobre qué es en realidad el cristianismo, y sugiere un pensamiento para el presente, dejando de lado vanas nostalgias por el pasado.

Es un libro que muestra cuáles son los ejes centrales sobre los que se desplegó la cultura cristiana, a saber: la enseñanza de las artes liberales, el amor por las letras, la lectura y estudio de las Sagradas Escrituras, el notable papel de los salmos, la centralidad de la liturgia, la vida piadosa y la práctica de las virtudes.

Es un libro que viene a traer nuevos aires, a poner en tela de juicio ciertas concepciones heredadas. En este sentido, es un libro que invita a hacerse nuevas preguntas, a replantear muchas cuestiones y a poner otras en su justo lugar.

A continuación resaltaré tres tópicos que me parecieron muy interesantes y que están en línea con esta cuarta nota que acabo de enunciar.

El primero es que el lector verá que el autor se preocupa por marcar en el libro que los hombres que construyeron la cultura cristiana (Casiodoro, San Benito, Alcuino de York, etc.), en la mayoría de los casos, pasaron desapercibidos para sus contemporáneos, e incluso ellos mismo no eran conscientes totalmente de la obra que estaban dejando a la posteridad. O sea que a los ojos de sus coetáneos –ni qué decir en nuestro tiempo– podría afirmarse que a veces pasaban por unos ineficaces. A esta idea central, se suma que el libro “pretende también ser un llamado a volver al hogar, a prestar oídos a la nostalgia por lo que perdimos, a experimentar lo que los ingleses llaman homesickness y los alemanes Heimweh; para unos la ‘enfermedad del hogar’ y para los otros el ‘dolor del hogar’. En ambos casos se trata del deseo de volver, deseo que no hay que dejar que se apague sofocado por las espumas del mundo presente” (p. 17). Luego, unas líneas más adelante, continúa Peretó Rivas: “Ciertamente que no me refiero a nostalgias por patrias ya definitivamente perdidas e irrecuperables. Se trata de la nostalgia por la patria común de todos los cristianos que, en última instancia, es el cielo pero que en nuestro mundo terrenal es la cristiandad o la cultura cristiana” (p. 18). A pesar de la aparente tendencia al quietismo, escapismo o fuga mundi de la que podría acusarse al autor, el lector atento notará que eso no es tal. Esta objeción recuerda cuando santo Tomás en el Comentario a la Ética de Aristóteles, relata anecdóticamente que muchos de los contemporáneos a Anaxágoras le reprochaban el haberse ocupado del estudio de la naturaleza en lugar de los asuntos políticos y por ende de su patria; a lo cual el filósofo griego respondió– señalando el cielo– que de su patria tenía gran cuidado (“mihi patria valde curae est, ostenso caelo”. Comm. Ethic., lib. 6 l. 6 n. 9).

El segundo tópico por demás interesante es el referido al tipo de espiritualidad que identificó al nacimiento de la cultura cristiana. Es sabido que la espiritualidad cristiana ha estado y sigue estando muy marcada por lo que se conoce como Devotio Moderna. La Imitación de Cristo, de Kempis, es un texto emblemático de este tipo de piedad. Esta es un tipo de espiritualidad que surge en la segunda mitad del siglo XIV. De allí que, para muchos estudiosos de ese período, la Devotio Moderna es la proyección del nominalismo –que es por definición antiintelectualista y voluntarista– a la vida devocional o a la vida de piedad. Es una devoción metodologizada rigurosamente, ordenada, reglamentada. Lo cual en ocasiones conduce a un ascetismo de tipo voluntarista. Ahora bien, la lectura del libro abre nuevos horizontes, donde este tipo de piedad contrasta con la espiritualidad medieval donde los salmos, la lectura en voz alta de las Sagradas Escrituras, las celebraciones litúrgicas al son del calendario litúrgico tenían un rol central. Dice el autor que “La historia de la conversión de la mitad de Europa por los monjes es, desde cierto punto de vista, la historia de la acción social de un coro litúrgico sobre los fieles, puesto que la liturgia es una forma potente de apostolado, sobre todo como comunicadora de vida. Es, en ciertas circunstancias, más eficaz y más efectiva sobre las almas que la predicación. Su gran fuerza radica en que ella es una lección de cosas, es decir, ‘cosas que enseñan’ ” (p. 134). Para un cristiano medieval la liturgia, con sus ceremonias y sus fiestas, era el centro de la cultura cristiana. De ella brotaban y se nutrían la piedad y la devoción personal.

El tercer tópico llamativo surge de lo poco conocidos que resultan algunos de los personajes de origen inglés que el autor identifica como hitos en el comienzo y desarrollo de la cultura cristiana. Incluso muchos de los modelos de cristianismo que se escogen para la narración también son ingleses: Edmund Campion o Etelberto, por ejemplo. Creo ver dos causas en este desconocimiento de lo inglés, pero seguramente hay más. Una podría ser el prejuicio antiinglés tan presente en ciertos ambientes católicos, el cual induce a creer que de Inglaterra –la perfida albión, la apóstata, como algunos la llaman– solo surgieron ciertas excepciones de auténtico cristianismo en el siglo XX, y no mucho más. El resto de lo inglés debe ser mirado con sospecha. La otra causa es la exaltación de lo español como único factor determinante de nuestra identidad cristiana latinoamericana. Esto tiene cierta lógica teniendo en cuenta que América es hija de la evangelización española; pero también es cierto que cierta exageración de los hispánico junto a la mencionada anglofobia tiende a ocultar el papel central de lo inglés para la cristiandad, y que el libro tan bien se ocupa de destacar. En este sentido, la lectura del libro también alienta a descubrir que la cultura cristiana es mucho más amplia, rica y vital de lo que suele creerse.

En suma, El Nacimiento de la cultura cristiana, junto a los ejemplares ya mencionados de John Senior, comprenden una trilogía que vale mucho la pena leer. Peretó Rivas ha logrado –quizás no ex profeso, más sí acertadamente– darle a su libro un estilo de escritura muy similar a los de Senior, lo cual ayuda a apreciar la continuidad de ideas y de mirada en los tres volúmenes. Por último, pero no menos importante, es que el libro cuenta con el prólogo de la española Natalia Sanmartín Fellonera, autora del best-seller El despertar de la señorita Prim, novela que ha sido traducida a once lenguas y ha llegado a más de setenta y cinco países.

 

Ceferino Muñoz Medina

Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina-CONICET

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