Recensión

 

 

Mario José Petit de Murat. Teología de la historia. Compilación de Pascual Viejobueno. San Miguel de Tucumán, Editorial UNSTA, 2021, 258 pp. ISBN 978-987-8421-03-2

 

La Editorial de la UNSTA publicó recientemente el libro Teología de la Historia de Fray Mario José Petit de Murat. Con esta obra, se rinde homenaje a su autor, uno de los fundadores de la UNSTA, a cincuenta años del dictado de este curso, el cual, inicialmente, fue pensado para ser desarrollado en dos años; el primero como Filosofía de la Historia y el segundo como Teología de la Historia. Él le pedía a Dios “esas gotas de tiempo que se llaman años” (p. 223), para seguir con esa reflexión profunda en niveles más altos, pero la muerte lo sorprendió el 8 de marzo de 1972, sin que pudiera desarrollar la segunda parte.

Pese a ello, podemos decir que sus clases de Filosofía de la Historia están transidas de Teología, porque en todas sus reflexiones están presentes la visión sobrenatural y el vínculo con la trascendencia.

Ésta fue la última enseñanza de fray Mario y en ella volcó todos sus conocimientos sobre Arte, Antropología, Historia, Psicología, Metafísica y Teología. Fue como la culminación y coronación de todos sus saberes que los entregó con ese estilo tan suyo: llenos de vitalidad y energía. Él mismo lo decía: “Qué bendición que, como coronamiento de mi vida, como el anciano que hace la recolección a la hora del crepúsculo, esté enseñando Teología de la Historia, la cosa más alta” (p. 41).

El curso contiene dieciséis clases que se dictaron en el período lectivo de 1971 a los alumnos de la carrera de Historia y al público en general.

Empezaremos diciendo que la Filosofía de la Historia pertenece al ámbito de las filosofías segundas, que estudian el ser de un ente, como la Filosofía del Derecho, la Filosofía del Arte, la Filosofía de las Religiones, etc. En este caso, la reflexión filosófica recaerá en la Historia, como objeto material de estudio.

La Filosofía de la Historia trata sobre el despliegue del hombre a través de la historia. Resulta, por lo tanto, un estudio verdaderamente apasionante. Como saben los que estudian historia, esta palabra deriva de istos que significa: “testigo fiel y veraz”. El que es testigo, da testimonio de lo que ocurrió en un tiempo pasado, por eso la Historia es el estudio del pasado humano. La Filosofía de la Historia no es lo mismo que la Historia: es el estudio meditativo y reflexivo de la misma, teniendo como punto central de referencia el despliegue del hombre, y en qué medida se realizó o defeccionó. El método que el Padre Petit siguió fue un método objetivo y este criterio objetivo para juzgar las culturas, gira en torno a este interrogante: en esta cultura, ¿se desarrolla el hombre auténtico, o no?

Las lecciones de Filosofía de la Historia están atravesadas de humanidad. Él mismo confiesa que, desde pequeño, vivió con el interrogante de “¿Quién es el hombre?”, al modo que a santo Tomás le obsesionaba saber “¿Quién es Dios?” y “¿Cómo es Dios?”.

Porque Fray Mario conocía la grandeza del hombre, hecho a imagen y semejanza de su Creador, le dolía tanto verlo sumido en su situación actual en la que hemos abdicado y defeccionado de tan alto rango.

El hombre contemporáneo le da primacía a lo sensible sobre lo racional, a lo material sobre lo espiritual: “Los sentidos me dan una posesión efímera de las cosas,  pero por la racionalidad poseo todas las cosas” (p. 39);

 

Las tendencias sensibles, de suyo, son impersonales; no tienen la menor noción de que pertenecen a una unidad, a un ser que tiene unidad. Cada una es ella misma y es una acción muy parcial. El temor me retrae, la ira me vuelca sobre lo otro; el abatimiento, forma de la desesperanza, me aplasta; la ilusión, o la vana esperanza, me levanta hacia una nube, hacia un viento que pasa, hacia un espejismo. El deseo me saca de mí, el egoísmo, me entroniza en mí, en mi vicio. ¿No es esto el infierno? Esta criatura desmenuzada y destrozada. (p. 100)

 

En cambio, “¡Qué inmensa perfección que agrega lo racional a lo sensible!” (p. 38); “Somos gigantes, lo quieras o no y estamos urgidos por un apetito de infinito que no se sosiega nunca, nada más que en el infinito” (p. 82). Estas palabras nos recuerdan aquellas otras de san Agustín cuando decía: “Señor, nos hiciste para Ti y nuestra alma no encontrará reposo hasta que no descanse en Ti”.

Uno de los ejes centrales de estas lecciones está dado por el par de nociones: cultura-civilización; y barbarie-salvajismo, pareja de conceptos que vulgarmente se confunden y no se precisan sus diferencias. Afirma Petit de Murat que “estos son los elementos típicos que marcan el movimiento de las oscilaciones en este inmenso océano de ondas tan variadas, rítmicas y gigantescas de la historia humana” (p. 21).

Al concepto de cultura le dedica un mayor desarrollo, tanto en extensión como en originalidad. Una primera aproximación al tema de la cultura requiere que nos detengamos a pensar en los conceptos con que está relacionada la palabra cultura. La cultura nos lleva a la noción de cultivo y ésta a la noción de tierra. Si bien es cierto que la palabra cultivo es una palabra análoga, el analogado principal es el que lo vincula con el cultivo de la tierra. Pero, justamente por ser un concepto análogo, no sólo la tierra puede ser sujeto de cultivo, sino que, en el caso de la cultura, es el hombre el que requiere un cultivo amoroso; el hombre es el mayor sujeto de cultivo. Y detrás de esta afirmación se encierra un modelo antropológico y este modelo consiste en considerar al hombre como un ser que no está hecho, que no está acabado. Hay una tremenda urgencia por cincelar nuestra personalidad y hacer de nosotros nuestra mejor obra de arte, y esta urgencia se debe a que el tiempo que disponemos es muy breve.

Dice Petit: “Es tremenda la urgencia de este breve tiempo que tenemos para hacernos. ¡Y cómo se pierde el tiempo!” (p. 24); “Un minuto que no hago el esfuerzo por ser más hombre o más mujer, es un minuto irremediablemente perdido” (p. 101); “Deben tallarse todos los días, virilmente, como quien está ahí, con la fragua y el martillo, haciendo una cruz de hierro” (p. 102).

Trata con insistencia el tema de la temporalidad del hombre y su condición mortal, para que se tenga conciencia de ello y por lo tanto para que seamos muy celosos con nuestro tiempo y no lo malgastemos o derrochemos inútilmente.

La definición que da de cultura  es la siguiente: “La cultura es la labor de una inteligencia ayudando a una cosa a alcanzar la perfección en la línea de su naturaleza” (p. 81). Cada palabra de esta definición tiene su peso y merece un análisis. La cultura es labor, es tarea que pertenece a la inteligencia, es decir que solo el hombre puede hacer cultura. El hombre es sujeto y objeto de la cultura: “Hasta nuestro dedo meñique necesita ser cultivado” (p. 24), expresa. Ayudando a una cosa a que alcance la perfección, es decir, su acabamiento, su plenitud. En la línea de su naturaleza, o sea, respetando su esencia y lo que la cosa es, sin forzarla ni violentarla. No se puede tratar a la madera como si fuera granito. El óleo, la acuarela, la témpera deben ser usados para lo que su naturaleza lo permita. Como diría Aristóteles: “El ser se resiste a ser mal administrado”. Si hay algo que no podemos mudar es la esencia.

Hablando de la perfección, fray Mario afirma que la condición sapiencial del hombre antiguo se debe a que tenían un sentido perfectivo de la vida, de que la vida es para alcanzar la perfección, concepción que se ha perdido en la actualidad.

Para él, el mayor grado de cultura de un pueblo se alcanza cuando se produce la conjunción del hombre con el universo; cuando ese micro-cosmos que es el hombre y el macro-cosmos que es el universo, conviven armónicamente. Ésa es una de sus ideas fuerzas: el necesario desposorio que debe existir entre el hombre y el universo; universo donde lo incluye a Dios.

Y esto tiene su explicación teológica. En el relato del Génesis se nos dice que: “Formó Jehová al hombre del limo de la tierra y le dio un soplo de vida”. Por provenir de la tierra, el hombre tiene una profunda raigambre que se fundamenta en lo natural y lo telúrico. El hombre ha sido creado para vivir en una unión y desposorio con la naturaleza y el mandato que le fue conferido fue el de dominar sobre todas las cosas corpóreas. La relación del hombre con la tierra, de la cual proviene y a la cual regresará, está presente en diversas religiones y cosmogonías. Sin embargo, el hombre está alejándose cada vez más del contacto con la naturaleza por el avance de la técnica que mecaniza y automatiza todo. Citando a  Berdiaev: “El hombre ya no vive apegado a la tierra, de la cual proviene, rodeado de plantas y animales; vive en una realidad nueva, la realidad metálica y respira un aire nuevo, un aire envenenado”.

Este contacto del hombre con la tierra contribuye a que él tenga profundas vivencias del orden natural y de la ley natural. El señorío del hombre sobre el cosmos se funda en una paradoja: “Nos elevamos más alto en la medida que echamos raíces en lo más profundo” (p. 96).

En la cultura, el hombre no se presenta actuando individualmente sino en sociedad. El concepto de sociedad que el autor comparte es el aristotélico, por cierto. Hay en el hombre un apetito natural a vivir en sociedad por una necesidad vital. El hombre es el ser más indigente y por sí mismo no podría suplir todas sus necesidades, que son de índole material y espiritual. En consecuencia, vivimos en sociedad para que el otro me dé lo que yo no tengo, aquello de lo que carezco. Cita a san Pablo: en una comunidad estamos “reciamente trabados” constituyendo la trama del tejido social. Cuando se comprende cabalmente esta concepción organicista de la sociedad, en la que cada parte es solidaria con el todo, cobra sentido y dignidad nuestra tarea dentro de la comunidad, por más insignificante que sea.

Nos necesitamos mutuamente, porque el otro tiene la aptitud que yo no tengo. Y ven aquí, qué buena es la humildad y qué bueno es el respeto. El soberbio es un tipo muerto y es un insulto a todos. ¿Que no necesita de nadie? Yo no sé cuántas manos se habrán movido para que él tenga el traje que está vistiendo y cuántas manos se habrán movido para que el pan llegue hasta su mesa y cuántas otras manos se habrán movido para que tenga un techo donde albergarse. Yo debiera estar a los pies de todos, porque yo necesito del barrendero y ustedes también. ¡Lo que es una ciudad cuando los recolectores de residuos están en huelga! ¡A las pestes que podríamos llegar si mantuvieran un mes de huelga! (p. 54)

 

En muchas ocasiones, compara el universo entero, y la sociedad en particular, con una orquesta que ejecuta una sinfonía. En ella todos los instrumentos tienen que dar la nota precisa, en el momento oportuno. Si ello no ocurre, la sinfonía, lejos de ser armoniosa se transforma en un conjunto de ruidos desafinados. Del mismo modo, cada uno de nosotros tiene asignada una función o misión dentro de la sociedad; tenemos que hacer sonar una nota particular dentro de la sinfonía, debemos  realizar nuestra propia perfección. Si ello no se cumple, “defraudamos a la sociedad y al universo entero” (p. 54).

Como ejemplos de pueblos con culturas refinadas, el Padre Petit menciona enfáticamente a los egipcios, a los hindúes, a los griegos y a los romanos. Señala que en las culturas occidentales predomina la racionalidad, mientras que en las orientales la intuición, siendo la cultura griega la que exhibe un equilibrio entre racionalidad e intuición.

Cuando tiene que hablar de las culturas particulares de estos pueblos, se despliega en el conocimiento artístico que poseían, haciendo referencia desde sus estilos arquitectónicos hasta su escultura. Mencionamos, sólo a título de ejemplo, la admiración que le suscitaban la Acrópolis y el Partenón de Grecia, así como el Panteón de Roma y la catedral de Chartres.

El Partenón era considerado por él como el summum de la armonía y de la gracia. Nos dice que el hombre es un ser confesional, que hasta en la manera de caminar nos confesamos. Y si hay algo confesional en una cultura es su arte. Si queremos conocer el estado de un pueblo vayamos a sus artistas, nos dice, porque él consideraba que el artista, la mujer y el niño poseen una fina sensibilidad que les permite captar intuitivamente las cosas. Por eso podemos interpretar el arte de cada época histórica a la luz de la cosmovisión que la engendró.

De los egipcios ponderaba como signo de gran cultura no sólo su arquitectura y estatuaria, sino el haber aprovechado las crecidas del Nilo. De un hecho de la naturaleza que bien pudo ser catastrófico, sacaron un beneficio y provecho.

Concede un papel importantísimo a la capacidad de admiración y asombro de un pueblo, para la aparición de la cultura. Sabemos que tanto la una como la otra son las fuentes de donde mana el deseo de filosofar, especialmente para los antiguos.

La admiración nos lleva a querer nombrar las cosas expresando la emoción que nos producen, y así nace la poesía. El lenguaje, dice el Padre Petit, es algo más que un signo convencional. Es el hijo del desposorio entre el hombre y las cosas. Implica una posesión y señorío de las cosas. Cuando en el Génesis se le dio al hombre la potestad de nombrar las cosas, no significó simplemente cómo llamarlas, sino que implicaba mucho más que eso: el conocer las cosas por su esencia es el mejor modo de poseerlas.

Lo contrario a la admiración y al asombro es el acostumbramiento. La costumbre envilece: “Tengo que estar alcanzando todos los días las cosas que poseo. La admiración me descubre la originalidad de las cosas. Todos los días son originales” (p. 172), como todas las personas son originales y me tengo que asombrar cotidianamente de ello.

La tarea de la cultura es una labor intensiva y personal. La cultura no se estabiliza, y se puede perder. Y ése es el gran desafío: el hombre es un campo infinito de posibilidades, que hay que actualizarlas. Estamos abiertos al todo, pero también estamos flotando en la nada. Somos capax Dei, pero nadie se realiza inocente ni gratuitamente. Necesitamos de actos intensivos y no de actos remisos. El aprendizaje tiene mucho de ascesis y de esfuerzo. Requiere que nuestra voluntad se aboque decididamente y con firmeza  a la consecución de un fin.

Lo que mata a la cultura es la abundancia, la comodidad, el relajamiento de las costumbres que lleva al envilecimiento, a lo opuesto a la virtud, que son los vicios. Roma fue grande cuando fue pobre. Con la abundancia, Roma empezó su decadencia, la degradación de las costumbres. Y lo mismo le pasó a Babilonia, Persia y Esparta.

La civilización, que etimológicamente proviene de civitas, ciudad, es, para el Padre Petit, el instrumental de que dispone el hombre para alcanzar la cultura. Tiene razón de medio, mientras que la cultura es un fin natural en el hombre. La civilización es el conjunto de instituciones, costumbres, obras e instrumentos y la estructura y relaciones resultantes con las cuales el hombre prosigue cultura. En los pueblos antiguos, cultura y civilización corren paralelas y hay una justa armonía entre ambas.

En la barbarie hay una apertura hacia la cultura. El bárbaro está en potencia obediencial respecto a ella. Petit no comparte la idea de algunos autores que consideran que los romanos tenían a los bárbaros como hombres incompletos. La prueba está en que crearon el Derecho de Gentes, magnífico ius, para ellos.La barbarie es un estado del hombre de incoación de la cultura, que no niega la rusticidad. La relaciona con la cultura, así como la infancia respecto de la madurez.

Fruto de la Europa medieval es la figura de san Benito de Nursia, “el hombre romano del justo equilibrio entre la contemplación y la acción”, como lo llama el Padre Petit.

El salvajismo, según él, es el estado en que cae una sociedad, cuando colectivamente y con pertinacia fomenta pasiones y atavismos que lesionan gravemente su naturaleza y, por lo tanto, a la razón. El salvaje no es un hombre primario, sino degradado. Es un hombre decrépito. Es la vejez senil de una sociedad. Las dos notas que lo caracterizan son: la fijación de atavismos aberrantes y una pasividad absoluta como hombre.

Podemos llegar a un salvajismo civilizado si con pertinacia se conculcan las leyes naturales. No nos extrañemos si vemos salvajes con automóviles o con aviones, dice:

 

Estamos en un peligroso ensañamiento contra la ley natural. ¿Qué ley natural no está conculcada hoy? ¿Dónde está la relación verdadera entre el varón y la mujer? ¿Dónde la relación normal de padre a hijo? ¿Dónde la relación natural del hombre con la tierra? (p. 115)

 

Como conclusión, se puede decir que este curso fue su secreta despedida, su canto del cisne, y volcó en él toda su riqueza de sacerdote, de sabio y de artista. Lo más valioso de este curso, quizás sea, no tanto lo que de Historia tiene, como lo que tiene  de Filosofía. Las reflexiones,  a propósito de cada tema que toca, fruto del conocimiento profundo que tiene de las almas y de la realidad cuando se las escruta desde las alturas, es lo sustancial. Además de su talento, es de admirar su coraje para decir las cosas, sin miramientos, sin temor a los respetos humanos, ni a lo que hoy se llama lo políticamente correcto. Por eso, su palabra resuena siempre provocativa, e incomoda a algunos. Se puede estar con él o se puede disentir, pero nunca nos resultará indiferente, porque no hablaba para halagar los oídos y porque su único compromiso era con la verdad y a ella estaba devocionada su vida. ¡Lástima que no haya podido completar el curso! Sólo Dios sabe por qué.

Es recomendable la lectura de este libro para introducirse en el pensamiento y en las enseñanzas de este sacerdote dominico que amaba las almas, no para sí, sino para Dios.

 

Graciela Elena Assaf de Viejobueno

Universidad Nacional de Tucumán,

San Miguel de Tucumán, Argentina

assafgraciela@gmail.com