Hacia una hermenéutica realista

Towards a realistic hermeneutic


Mauricio Beuchot

Universidad Nacional Autónoma de México

mbeauchot50@gmail.com



Resumen: En este artículo se trata de estructurar una hermenéutica realista, precisamente con un realismo analógico, es decir, uno que no vuelve al realismo unívoco del cientificismo, pero que tampoco se hunde en el relativismo equívoco del posmodernismo. Se trata de una propuesta al mismo tiempo abierta y seria, que trata de ser consistente. Teóricos del nuevo realismo, como Maurizio Ferraris, han considerado que este realismo analógico pertenece a esa corriente que pretende sanear la epistemologìa y la ontología en la actualidad.

Palabras clave: Realismo, hermenéutica, analogía, realismo analógico, hermenéutica analógica.

Abstract: In this article is intended a structuration of a realistic hermeneutics, precisely with an analogical realism, that is to say, one that neither goes back to the univocal realism of Scientificism, nor sink in the equivocal relativism of Postmodernism. it is a proposal at the same time open and serious, that tries to be consistent. New Realism theorists, as Maurizio Ferraris, have considered that this analogical realism belongs to that stream which tries to clean the epistemology and the ontology of nowadays.

Key words: Realism, Hermeneutics, analogy, analogical realism, analogical hermeneutics.



Introducción


En la hermenéutica, como en cualquier disciplina del saber, se encuentran dificultades que hacen adoptar una actitud crítica, para calibrar el alcance de nuestra comprensión en el ejercicio interpretativo. Debemos afrontar esos problemas, para tener una certeza más asegurada. Sobre todo, ahora que nos interesa resarcir el realismo, después de tanto tiempo en que el relativismo extremo imperó, y éste corría el riesgo de llevarnos al subjetivismo y al escepticismo.

No se trata de volver a ese realismo unívoco de la modernidad cientificista, pero sí de evitar el relativismo equívoco de la posmodernidad desencantada, demasiado desencantada. Si bien las promesas del positivismo fueron incumplidas, eso no autoriza para arrojar por la borda las capacidades de la razón, por limitadas que sean. Por eso, desde cierto tiempo, algunos filósofos nos hemos propuesto levantar de nuevo el realismo. Incluso se le ha llamado el nuevo realismo, como lo ha hecho Maurizio Ferraris (2014, pp. 12 ss.). Pero hay otros más que han acogido esa empresa. No son pocos, y cada vez crece más su número.


1. Epistemología de la analogía


Así, pues, a continuación trataré de abordar algunos de los problemas epistemológicos que surgen de una hermenéutica analógica; o, si se prefiere, me esforzaré por esbozar la epistemología de la hermenéutica analógica (Beuchot, 2011, pp. 25 ss.).

Se ha considerado a la epistemología, por una parte, como teoría general del conocimiento, como crítica, o gnoseología, o epistemología general; y también como teoría específica del conocimiento científico, es decir, como epistemología especial o filosofía de la ciencia; frecuentemente se unen los dos lados o las dos perspectivas en una sola, de modo que la epistemología comience tratando problemas del conocimiento en general y, al último, problemas específicos del conocimiento científico. De esta última forma, abarcando los dos aspectos, entenderé aquí la epistemología. Trataremos del conocimiento que se da en la hermenéutica, concretamente en la hermenéutica analógica, y veremos cómo se aplica a las humanidades; así, pues, sólo será epistemología de las ciencias humanas. En ellas es donde más se aplica la hermenéutica.

La hermenéutica es la disciplina de la interpretación de textos. Comenzó siendo una técnica o arte de exégesis, y ha llegado a ser, con Heidegger, un existenciario o modo de existir del ser humano (Grondin, 2008, pp. 44 ss.). En todo caso, sigue siendo la actividad interpretativa, que lleva a la comprensión del sentido del texto, y así la tomaré en estas páginas.

Hablo de una hermenéutica analógica porque veo que la hermenéutica hoy en día está distendida y tensionada hacia hermenéuticas unívocas, que pretenden una interpretación clara y distinta, completamente exacta y rigurosa, de los textos, y hacia hermenéuticas equívocas, que se diluyen en interpretaciones oscuras y confusas, vagas y ambiguas, de los mismos. Si la univocidad es un ideal muy pocas veces alcanzable, la equivocidad es una derrota que conduce a muy poco, las más de las veces a nada.

Por eso he pensado en una hermenéutica analógica, pues la analogía está en medio de la univocidad y la equivocidad, y aprovecha las ventajas de cada una de ellas. De la univocidad aprende el ideal de exactitud, pero es consciente de su dificultad; y de la equivocidad aprende la apertura, pero sabe que no se puede exagerar, que es imposible alcanzar la completa diferencia, y que, en todo caso, hay que evitar esa disolución tan extrema.

Eso plantea, para la hermenéutica analógica, problemas epistemológicos; por ejemplo, el de cómo llega a la exactitud en la interpretación, cosa que no debe abandonar; y, con la apertura que pretende, qué tipo de verdad le corresponde, esto es, qué clase de objetividad y de certeza. Asimismo, examina de qué mecanismos o dinamismos cognoscitivos dispone para alcanzar sus metas, y otros problemas por el estilo. Además, ya que la hermenéutica se aplica sobre todo a las ciencias sociales o humanidades, nos toca ver qué ventajas proporciona en ese campo.

La desembocadura de nuestro esfuerzo es un realismo analógico, en el que no solamente nos interesa el papel de la inteligencia y la razón en el conocimiento, lo cual sería demasiado unívoco, sino cómo integra la imaginación o fantasía y los sentimientos, pero no sólo ellos, o en demasía, pues eso sería excesivamente equívoco (Beuchot y Jerez, 2014, pp. 65 ss.). Ese realismo trata de conjuntar, de alguna manera dialécticamente, como coincidencia de los opuestos, la inteligencia/razón y la fantasía/sentimientos; ya que la razón es lo que nos ata a la referencia, pero la fantasía y los sentimientos son los que nos atan al sentido.

Esto hará que cumplamos el deber epistemológico que tenemos para con la hermenéutica analógica, de perfilar, al menos incipientemente, sus alcances y límites, sus dificultades cognoscitivas; para evitar, de manera especial, el escepticismo actual, que se presenta en forma de subjetivismo y, principalmente, de relativismo. Me refiero al relativismo en la interpretación, a la postura que pretende que no hay ningún criterio cierto o confiable para decidir entre una interpretación y otra, para argumentar a favor de una o de otra, y que solamente hunde a la hermenéutica en el mar tormentoso de las interpretaciones que dan lo mismo y la hace naufragar. De hecho la hunde en el vacío.

Eso resalta la potencialidad y vigencia de la hermenéutica analógica. Ella me parece suficiente para aportar un grano de arena a la renovación de la hermenéutica y de la filosofía de nuestro tiempo.

Sobre todo, esto tiene aplicación en algunos ámbitos de las ciencias humanas o sociales, esto es, de las humanidades. Por eso he enfocado mi visión hacia ellas, porque tienen como metodología propia la hermenéutica, según declarara Dilthey que es el método de las ciencias del espíritu, a diferencia de las ciencias de la naturaleza. Eso nos centrará en el ámbito que nos corresponde, y en el que, además de ser fructífera la hermenéutica, lo será una cuya fábrica esté delineada a través del concepto de analogía, a saber, una hermenéutica analógica.


2. Esclarecimientos


La reflexión sobre algunos de los principales problemas de la epistemología de la hermenéutica analógica ─los cuales atañen al conocimiento en general, pero en especial al que se da en la interpretación─, me ha hecho recolectar algunas tesis al respecto.

En primer lugar, no se trata de dudar del conocimiento en general, pues eso lleva a muy poco, a algo contradictorio y que va contra la experiencia. Más bien se trata de cuestionar la validez y el alcance de nuestras interpretaciones, para ver cómo podemos avalarlas como objetivas, y estar ciertos de ellas.

En ese sentido, la hermenéutica analógica adopta una epistemología realista; no con un realismo ingenuo, sino con un realismo crítico: aceptamos nuestros conocimientos, cuando son fácticos, basados en la evidencia empírica y, cuando no, argumentando racionalmente, ofreciendo razones o pruebas que nos lleven a esa certeza.

Sobre todo, nos enfrentamos al relativismo de las interpretaciones, para el cual casi todas o prácticamente todas son válidas, pues no tendríamos criterios para rechazar algunas como inválidas. Esto ha sido muy disolvente, y ha llevado a la hermenéutica a la bancarrota. Tal ha sido la hermenéutica equívoca, la cual es ahora el principal enemigo y el más extendido en la posmodernidad. Por supuesto que no se trata de encerrarnos en una pretensión absolutista de conocimiento, de rigor completo, ya que esto nos va a desilusionar las más de las veces, como inalcanzable, y por lo mismo es tan perjudicial como la otra postura contraria. Éste ha sido el ideal de la hermenéutica unívoca, ya muy superada, de los positivismos de la modernidad.

Hay que centrar estos extremos opuestos, equilibrarlos, hacerlos coincidir, como pedía Nicolás de Cusa (Flasch, 2003, pp. 137 ss.). La primera postura extrema es la del equivocismo; la segunda, la del univocismo. Esta última fue típica de la modernidad, y aquella otra se está volviendo típica de la posmodernidad. Pero tanto en la modernidad como en la posmodernidad se ha ignorado una tercera postura, intermedia y mediadora, que puede sacar a las otras dos del impasse: es la de la analogía, la cual trata de aprender de la univocidad el ideal de rigor y exactitud, sabiendo que las más de las veces es inalcanzable; y de la equivocidad, trata de aprender la apertura hacia la diferencia, consciente también de que la diferencia plena es inalcanzable, es una otredad sin orillas, y necesitamos, por nuestra limitación, ponerle márgenes, y en eso consiste la analogicidad, en ello reside una hermenéutica analógica.

Ya nuestro tiempo está cansado de esa polarización sin salida que se da entre hermenéuticas unívocas y equívocas. Ha llegado el momento de buscar una salida, de encontrar un campo más feraz y fértil, y esto nos lo puede dar una hermenéutica analógica, para la cual hemos examinado sus condiciones de posibilidad críticas, sus presupuestos epistemológicos.

Nos dará un realismo crítico, moderado o analógico, con el cual podamos tender a una interpretación correcta de los textos, no en la línea de la verdad unívoca y absoluta, pero sin por ello caer en el relativismo a ultranza de la interpretación equívoca, que se diluye en la ambigüedad y desaparece en la vaguedad.

Este realismo analógico asignará su lugar a la imaginación y a los sentimientos o emociones en el ámbito del conocer. En él confluirán el rigor metódico del realismo crítico y la intuición propia del arte, que también se necesita. En cierta manera hay aquí una dialéctica escondida, la cual permite que esos opuestos que son el realismo y la imaginación puedan tocarse, coincidir, y llevarnos a una amplitud de miras en el conocimiento que nos ayude a salir del univocismo que sólo sabe ser realista dogmático, con el realismo científico, y del equivocismo que se tiende a la sola fantasía, sin ningún freno ni atadura a la realidad.

Ambas fuerzas confluirán, gracias a la hermenéutica analógica e icónica, que tiene la voluntad de poderío suficiente como para unir y combinar esas dos dimensiones de nuestro conocimiento, la razón y la intuición, así como la inteligencia y la fantasía, el pensamiento y los sentimientos.

Y esto será suficiente para darnos una epistemología consistente y útil, la cual guardará un realismo analógico, crítico y no ingenuo, para dejar de lado el relativismo y el subjetivismo que se ciernen sobre la hermenéutica en nuestro tiempo, y amenazan con llevarla al escepticismo.

Asimismo, hemos podido ver que se aplica con provecho a las ciencias sociales o humanas, esto es, a las humanidades, en las que la hermenéutica se encuentra más a su gusto, y que desde antaño ha sido el método de las ciencias del espíritu, como las denominara Dilthey (Gabilondo, 1988, pp. 101 ss.). Por eso también la epistemología que hemos tratado tiene más que ver con la consecución de la verdad y de la objetividad en la hermenéutica, en el acto de interpretación.

Esta tarea tenía que hacerse, al menos, en resumen, para evitar ese relativismo excesivo que nos aparta de la realidad, pero también para evadir ese realismo extremo (ingenuo y confiado) que tuvo la modernidad, sobre todo en el cientificismo, y lograr un realismo moderado, que será analógico. Esa posición epistemológica será la que pueda sacarnos del impasse de las posturas aludidas, que ya llevan demasiado tiempo luchando entre sí, sin encontrar la salida.

Tanto la ciencia como la filosofía requieren un término medio que sea sustentable, que conduzca a investigaciones más promisorias que las que hasta ahora se han realizado. Eso redundará en beneficio de todos: científicos y filósofos. En efecto, no será ni una epistemología tan fuerte que resulte inalcanzable, ni una tan débil que se nos evapore entre las manos.


3. Buscando el remedio


He dicho que un realismo analógico puede ser la solución, la salida. Y es que el concepto de analogía ha sido largamente utilizado en la filosofía (Secretan, 1984, pp. 19 ss.). Desde su historia más remota. Para no ir más lejos, los pitagóricos, esos presocráticos, lo pasaron de la matemática a la filosofía. De ellos lo tomó Platón, y lo sistematizó Aristóteles. Atravesó la Edad Media, pasó por el Renacimiento y el Barroco, decayó en la Modernidad, pero fue recuperado por medio de los románticos y otros pensadores más cercanos.

En la Edad Media, pelearon dominicos y franciscanos, pues estos últimos sostenían la univocidad para el conocimiento de Dios, y aquéllos la analogía. En el Renacimiento y el Barroco pelearon los dominicos con los jesuitas, porque los primeros preferían la analogía de proporcionalidad, mientras que los segundos la de atribución. Pero hubo algunos que supieron conjuntar proporcionalidad y atribución en una especie de analogía “mixta”, como Francisco de Araujo, en el siglo XVII (Araújo, 1617, lib. IV, q. 2, a. 1, fol. 443ra).

En épocas más recientes, Nietzsche, Peirce y algunos lógicos acogieron lo analógico en sus reflexiones, dándose cuenta de que la filosofía contemporánea estaba necesitada de una sensibilidad para lo que no es exacto, pero que tampoco se quiere que sea demasiado ambiguo. De este modo comenzó a recuperarse y apenas se está volviendo a usar en el discurso filosófico. Si logramos ver algunos de sus perfiles, podremos captar los beneficios que puede traer a la práctica de la filosofía en nuestro tiempo. Lo importante es que no podemos dejar escapar la riqueza que contiene y lo mucho que puede ayudarnos en la actualidad.

Siempre la analogía significó proporción, medida, mesura, armonía. Por eso los pitagóricos la tomaron de la matemática y la impostaron en la filosofía. Le daban el sentido de armonía, ritmo y proporción. Luego tuvo el de equilibrio proporcional, como el de las virtudes. Además, el de varios modos de decir una cosa, pero de manera jerarquizada, de más propia a menos propia. Y también el de lo que abarca la metonimia y la metáfora, como en Jakobson y en Octavio Paz.

Por eso trataremos de ver, a muy grandes rasgos, lo que es la analogía, lo que su concepto contiene y nos brinda. Ya he aludido un poco a su historia, ahora será conveniente escudriñar su contenido conceptual.


4. Precisiones analíticas


Lo que mejor nos puede ayudar a comprender esta noción de la analogía es asomarnos a su semántica. En ese ámbito, la analogía es un modo de significar intermedio entre la univocidad y la equivocidad, es decir, no tiene la exactitud de la primera, pero tampoco la ambigüedad de la segunda. De la univocidad trata de participar la exigencia de rigor, y de la equivocidad, la apertura; pero no tiene la desmesurada apertura de lo equívoco ni la rígida cerrazón de la unívoco.

Algunos lógicos han tratado de formalizar la analogía, haciendo una lógica de la analogía, o una lógica analógica, como lo hizo I. M. Bochenski, el cual la ha aplicado al conocimiento religioso, en un célebre artículo y en su obra The Logic of Religion (1975, pp. 158 ss.). Otros la han manejado con un formalismo menos exigente, como James F. Ross, en Portaying Analogy (1981, pp. 86 ss.). Otros la han visto como isomorfismo, y han buscado su sintaxis, plasmada en el formalismo que para ella han destinado.

En nuestra investigación buscamos una vía media. No una semántica formal de la analogía, sino una que, desde el lenguaje ordinario, sea capaz de dar cuenta de la riqueza de este modo de significar, el cual, a la vez, es un modo de conocer. Los escolásticos y los místicos usaron la analogía para el conocimiento de Dios, pero también se puede usar en el conocimiento de las cosas naturales, en lo cual este concepto de la analogía muestra su fecundidad, y lo útil que puede ser para la filosofía de hoy.

De una manera más simple, y más basada en el lenguaje ordinario, Ross ha mostrado que muchos de los problemas del análisis lingüístico se resolverían si se usara la noción de analogía. En efecto, las más de las veces en la filosofía analítica se supone la univocidad, por más que Russel hala hablado de vaguedad; Wittgenstein de términos con parecidos de familia, y otros de ambigüedad sistemática.

Pero me interesa más la aplicación del concepto de analogía a la hermenéutica, en un contexto más alejado de la lógica matemática y del análisis filosófico, y más cercano a la experiencia de la búsqueda de la univocidad que se ve entorpecida por la presencia de la equivocidad y el tener que contentarse con la analogía. Es nuestra experiencia humana.

Aquí, en la hermenéutica, es donde más veo la fecundidad de la aplicación de la analogía, tanto de su concepto como de una sensibilidad hacia ella, porque mucho en nuestro discurso humano carece de claridad y distinción, y más bien amenaza hundirse en la ambigüedad completa. Para evitar eso es para lo que sirve la utilización de la analogía.

Ya hemos visto, en párrafos anteriores, cómo ese concepto ayuda en la epistemología, para darnos una comprensión de muchas cosas que, de otra manera, se nos quedarían en el misterio. Incluso para acercarnos a cosas que sólo pueden estar en esa región oscura, y ser sacadas a un leve claroscuro que nos debe resultar suficiente.

Igualmente, sirve para poder expresar esas cosas que son difíciles de decir, y a veces de ninguna manera puede hacerse. Únicamente con aproximaciones muy limitadas e imperfectas, pero humanamente suficientes, como son la metáfora, la parábola, etc.

Es, incluso, el recurso al que acudieron los místicos para expresar lo inexpresable, lo inefable, y justamente a través de esos medios que no son decisivos, fuertes ni totales, pero que alcanzaron para ayudarles a manifestar su experiencia. Wittgenstein separó demasiado el decir y mostrar, señalando que lo que se podía decir era poco y poco importante para el hombre, mientras que lo que no se podía decir sólo se podía mostrar, y era lo más importante para el hombre, a saber, la ética, la estética y la mística (Wittgenstein, 1973, 4.1212, p. 87). Llegaba a decir que si uno captaba el sentido de la vida, no lo podría decir, sólo lo podría mostrar (Wittgenstein, 1973, 6.521, p. 203). Pero, precisamente, la analogía trata de decir, de alguna manera, lo que supuestamente sólo se podría mostrar. Trata de decir y mostrar al mismo tiempo.

Por otra parte, varios filósofos se dieron cuenta de que la analogía no solamente servía para hablar de Dios, sino que también era necesaria para hablar de las cosas humanas; porque en ellas hay mucha ambigüedad, y donde no se alcanza la precisión completa, se necesita usar el conocimiento analógico.

Y tal es nuestra experiencia humana, porque en muchos casos no podemos decir lo que quisiéramos, y es donde tiene lugar el habla analógica, puramente aproximativa. Sin embargo, se ha visto y comprobado que da una comprensión suficiente del fenómeno que no se ajusta a nuestro decir exacto. Y también se ha visto que no se somete a nuestra habla porque se trata de un fenómeno sobresaturado, es decir, complejo y que necesita ser entendido desde varios ángulos.


5. Del conocimiento analógico de las cosas


En cierta medida, nuestro conocimiento de las cosas es analógico. Pues en su mayor parte se resisten a la univocidad, no son claras ni distintas. Ya los presocráticos tuvieron una impresión de la equivocidad de los seres, que Platón y Aristóteles vinieron a cuadrar al postular su carácter analógico. Y es el que venimos trabajando hasta el día de hoy.

Los medievales insistieron en esto. No solamente el conocimiento de Dios se da por analogía, sino también el de las cosas humanas. Los renacentistas lo revivieron en el hermetismo, a pesar de las nacientes ciencias. Los barrocos profundizaron en ello y usaron el claroscuro no solamente en la pintura, sino también en la filosofía. Esto resurgió con los románticos, que captaron los enigmas y misterios que dejaba la razón, a pesar de Hegel. Los simbolistas hablaron de las correspondencias o relaciones ocultas de las cosas, debidas a la simpatía universal, a una analogía cósmica. Y si Foucault decía que el encontrar analogías era el saber antes de la modernidad (1978, pp. 26-34), ahora se está recuperando. Se vuelve a buscar la correspondencia entre los entes, un tanto gracias al propio Foucault, que habló de las signaturas de las cosas y de ciertas relaciones no aparentes entre ellas. Es lo que señala un seguidor suyo: Giorgio Agamben (2009, pp. 47 ss.).

Aristóteles habló de que los principales conceptos de la filosofía se decían de muchas maneras. Fue lo que comprendió Brentano, quien hizo su famosa tesis doctoral sobre la analogía aristotélica, sobre el múltiple significado de la palabra “ser”. Heidegger dijo, en una página autobiográfica, que el primer libro de filosofía que leyó fue esa tesis de Brentano, y que lo impresionó tanto que toda su vida se debatió con el problema que se trataba allí; que había sido la causa de Ser y tiempo, y que aun después siguió a vueltas con él.

También los poetas se han dado cuenta de la necesidad del recurso a la analogía, al conocimiento y a la expresión analógicos. Y han sido los poetas los que más han alimentado a la filosofía. No solamente por los contenidos que le deparan, sino por algunos métodos, como éste. Ellos se han apercibido de que muchas veces alcanzamos el misterio de una manera indirecta, transversal. Nos lo hace el símbolo, que es un implemento sumamente analógico.

La misma filosofía reciente se empeña en no separar tanto la razón de la emoción, la inteligencia de la fantasía, la abstracción de la experiencia. Es algo que vio claramente Nietzsche, como lo ha mostrado Jesús Conill (1991, pp. 160 ss.). Hemos separado demasiado la razón de la experiencia, la teoría de la praxis, la mente o el alma del cuerpo. Y hay que volverlos a juntar, so pena de seguir en estas disquisiciones muy razonables, pero que no dicen mucho al ser humano, como las de los positivismos, o muy emocionales, pero sin consistencia lógica, como muchas de los posmodernismos.

Se ha señalado que tanto en la tradición española (Unamuno, Ortega, Zubiri, Zambrano) como en la mexicana (Vasconcelos, Caso, Ramos, Xirau) se ha querido unir la inteligencia y el sentimiento. Es algo propio del pensamiento iberoamericano. Pero tiene que hacerse con seriedad, sin privilegiar demasiado a ninguno de los dos componentes. Razón vital, inteligencia sentiente, razón poética, son nombres que se le han dado, hasta llegar a la razón cordial, como la ha llamado Adela Cortina.

Un realismo analógico podrá conjuntar esos aspectos, pues es incluyente y aglutinante. No es sencillo de obtener, pero tenemos que poner en ello nuestro esfuerzo. Trataré de evitar el realismo unívoco de la modernidad, ese realismo científico que ha sufrido tantos cambios, que es difícil de reconocer; pero también un imposible realismo equívoco, que consiste en el relativismo tan acerbo que nos ha dado la posmodernidad, con sus epistemologías débiles.


Conclusión


Llegamos al sentido como la filosofía, siempre tarde a través del concepto de analogía, ya que aquél no es dócil y se mueve, se esconde. Pero vivimos del sentido, por eso Wittgenstein fue tan claro, que se la pasaba buscándolo. Sin embargo, lo que no era muy límpido era el significado mismo, ése se nos escapa entre los dedos. Por eso requiere sutileza, delicadeza en nuestro proceder. Si no, se nos oculta.

Las cosas viven en la analogía. Se nos muestran en ella. Es la que levanta el velo de maya de la equivocidad, y las pone en evidencia, en patencia. Es la que traspasa el fenómeno y nos hace llegar al noúmeno. Por eso es tan importante y hasta imprescindible para la filosofía actual, porque nos da la aproximación requerida para movernos en el mundo. Para hacerlo cognoscitivamente.

Demasiado tiempo llevamos conviviendo con los que no quieren salir a la luz de la verdad, que aman la oscuridad y se encierran en ella. Tenemos que acudir a su brillo y exponernos a él, sólo así podremos arrancarle el que necesitamos para nosotros.


Referencias


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Araujo, F. de. (1617). Commentariorum in universam Aristotelis Metaphysicam tomus primus. Burgis et Salmanticae: J. B. Varesius.

Beuchot, M. (2011). Epistemología y hermenéutica analógica. San Luis Potosí: Instituto de Investigaciones Humanísticas de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

Beuchot, M. y Jerez J. L. (2014). Dar con la realidad. Neuquén: Ed. Círculo Hermenéutico.

Bochenski, I. M. (1975). La lógica de la religión. Buenos Aires: Paidós.

Conill, J. (1991). El enigma del animal fantástico. Madrid: Tecnos.

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Gabilondo Pujol, Á. (1988). Dilthey: vida, expresión e historia. Madrid: Cincel.

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Ross, J. F. (1981). Portraying Analogy. Cambridge: Cambridge University Press.

Secretan, Ph. (1984). L’analogie. Paris: Presses Universitaires de France.

Wittgenstein, L. (1973). Tractatus logico-philosophicus. Madrid: Alianza.



Recibido: 14/02/19

Aprobado: 13/09/19