Studium. Filosofía y Teología. Vol. XXIXI 57 (2026) 89-116
ISSN 0329-8930 - ISSNL 2591-426X
Epistemia: reduplicación lingüística y restauración cognitiva
Epistemia: Linguistic Reduplication and Cognitive Restoration
Gustavo Riesgo
Universidad de Buenos Aires, Universidad Austral, Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, Buenos Aires, Argentina
gustavo.riesgo@unsta.edu.ar
ORCID: 0000-0003-3690-0505
DOI: https://doi.org/10.53439/stdfyt57.29.2026.89-116
Resumen: Este artículo remite al concepto de “epistemia” como una categoría diagnóstica para comprender las transformaciones epistemológicas derivadas del uso de los modelos de lenguaje de gran escala y la inteligencia artificial generativa. Lejos de constituir una ontología de la inteligencia artificial o una teoría de la cognición, la epistemia describe un fenómeno estructural emergente en sistemas sociotécnicos: la producción de enunciados lingüísticamente coherentes que carecen de fundamentación epistémica robusta. Se sostiene que este fenómeno resulta de una compatibilidad profunda entre la generación probabilística de texto y las expectativas humanas de sentido, lo que conduce a una confusión sistemática entre plausibilidad y verdad. Asimismo, la epistemia se analiza en relación con la deuda cognitiva y la externalización de procesos intelectuales, destacando su impacto en los hábitos de juicio, atención y comprensión. Un mito platónico y un cuento borgeano son movilizados como dispositivos hermenéuticos que intensifican la percepción y el análisis del fenómeno actual, al ofrecer estructuras formales que iluminan, por analogía, sus implicancias ontológicas y epistemológicas. El trabajo sitúa este concepto en el marco de la filosofía de la ciencia y la tecnología, subrayando sus implicancias para la naturaleza del conocimiento, los límites de la mímesis computacional y el futuro de la cognición humana en entornos mediados por inteligencia artificial.
Palabras clave: epistemia, inteligencia artificial, epistemología, deuda cognitiva, simulación computacional
Abstract: This article refers to the concept of “epistemia” as a diagnostic category for understanding the epistemological transformations brought about by the use of large language models and generative artificial intelligence. Far from constituting a theory of artificial intelligence or an ontology of cognition, epistemia describes a structural phenomenon emerging from sociotechnical systems: the production of linguistically coherent outputs that lack robust epistemic grounding. This paper argues that this phenomenon results from a deep compatibility between probabilistic text generation and human expectations of meaning, leading to a systematic confusion between plausibility and truth. Furthermore, epistemia is analyzed in relation to cognitive debt and cognitive offloading, highlighting how the externalization of intellectual tasks reshapes habits of judgment, attention, and understanding. A Platonic myth and a Borgesian tale are employed as hermeneutical devices that intensify the perception and analysis of the current phenomenon by offering formal structures that illuminate, by analogy, its ontological and epistemological implications. The analysis situates epistemia within broader debates in philosophy of science and technology, emphasizing its implications for the nature of knowledge, the limits of computational mimesis, and the future of human cognition in AI-mediated environments.
Keywords: epistemia, artificial intelligence, epistemology, cognitive debt, computational simulation
Introducción
El desarrollo reciente de plataformas de inteligencia artificial generativa (GenAI) ha reconfigurado no solo los modos de producción del conocimiento, sino también las condiciones mismas de su validación. En particular, las aplicaciones conversacionales y los agentes sustentados en modelos fundacionales de lenguaje de gran escala (LLMs), implementados sobre arquitecturas de redes neuronales tipo transformer, han alcanzado niveles de desempeño sobresalientes tanto en la generación de contenidos multimediales como en la interacción con usuarios. En numerosos casos, tales producciones e intercambios exhiben un grado de sofisticación formal que los vuelve difícilmente distinguibles de aquellos elaborados por especialistas humanos, planteando así interrogantes sustantivos acerca de los criterios de autoría, inteligibilidad y legitimación epistémica.
En un principio, un LLM produce salidas (output) resolviendo un problema de optimización sobre el espacio de secuencias lingüísticas (tokens), guiado por la plausibilidad probabilística condicionada a un contexto –ventana contextual, pesos entrenados, optimización por gradiente descendente y algoritmos de ajuste ad hoc– en referencia a lo que el modelo incorporó a partir de un altísimo volumen de secuencias válidas y sin referencia a estados del mundo ni a intención comunicativa. Tal procedimiento hace cálculos sobre configuraciones lingüísticas geométricamente admisibles; por lo que no opera, de suyo, sobre abstracciones de cosas, categorías y relaciones de verdad o criterios de justificación. La consecuencia observable es conocida: enunciados gramaticalmente correctos, cohesionados y, con frecuencia, retóricamente persuasivos. El acontecimiento epistémico relevante no reside en esa corrección formal, sino en el deslizamiento que lleva a confundir tal coherencia con fiabilidad epistémica.
Desde esta perspectiva, la GenAI no debería conceptualizarse como prótesis cognitiva en sentido fuerte. Si por prótesis cognitiva se entiende una ampliación constitutiva de las virtudes o al menos facultades epistémicas –capacidad de justificar, chequear, integrar evidencia, corregir sesgos–, la GenAI no satisface esa función: no habilita por sí misma la cognición, sino que produce formas lingüísticas compatibles con expectativas personales de coherencia. Esta compatibilidad estructural explica por qué, en prácticas reales, agentes individuales y organizaciones terminan delegando fases del proceso evaluativo aguas abajo del output del modelo. Lo que se delega no es el intelecto en sentido gnoseológico, sino tramos procedimentales del circuito de decisión, en virtud de la apariencia de juicio que adopta la salida. Algo así como históricamente sucediera con la calculadora que obviamente no es capaz de entender las matemáticas, pero tampoco, y esto a muchos se le escapa, de recibir materialmente la formalización del número y sus operaciones. Sólo puede mover elementos físicos –en sentido de lo eléctrico pero tal y como se hace con las cuentas (beads) de un ábaco– que dan resultados congruentes con el arte del cálculo manual pero acelerado por el soporte electrónico del dispositivo.
En este contexto emerge el concepto de “epistemia” como una categoría diagnóstica que permite describir un fenómeno estructural propio de los sistemas sociotécnicos contemporáneos: la proliferación de enunciados formalmente coherentes que, sin embargo, carecen de anclaje en condiciones robustas de verdad y justificación (Loru et al., 2025). Este fenómeno no puede ser reducido a errores accidentales ni a deficiencias técnicas, sino que responde a una compatibilidad profunda entre la arquitectura probabilística de estos sistemas y las expectativas cognitivas humanas.
La epistemia se sitúa en la intersección entre automatización lingüística, delegación cognitiva y transformación cultural del conocimiento. Tal como se observa en la dinámica de los modelos generativos, la producción de discurso se rige por criterios de plausibilidad estadística antes que por relaciones semánticas o epistémicas con estados de cosas. Esto produce una ilusión de conocimiento que no proviene de un engaño intencional, sino de una mímesis formal que satisface los patrones de reconocimiento humano. En este sentido, el problema no es meramente técnico, sino epistemológico: se difuminan las distinciones entre comprensión, reconocimiento y correlación.
Asimismo, la epistemia se articula con fenómenos como la deuda cognitiva y la llamada “pereza cognitiva”, en tanto la externalización sistemática de funciones intelectuales –búsqueda, síntesis, evaluación– reduce la activación de procesos deliberativos internos. Este desplazamiento no implica necesariamente una pérdida inmediata de capacidades, pero sí una transformación de su ejercicio habitual, con consecuencias acumulativas sobre el juicio, la atención y la formación de hábitos intelectuales. La inteligencia artificial aparece así no como un agente epistémico autónomo, sino como un mediador que reconfigura las condiciones de posibilidad del conocer.
Desde una perspectiva filosófica, este escenario exige repensar las categorías clásicas de conocimiento, verdad y justificación en un entorno donde la producción sígnico-simbólica ha sido parcialmente automatizada. La epistemia no constituye una ontología de la inteligencia artificial ni una teoría de la mente extendida, sino un marco analítico que permite comprender las tensiones entre forma y contenido, entre simulación y conocimiento. En última instancia, se trata de dilucidar si las tecnologías actuales amplían la racionalidad humana o si, por el contrario, favorecen una nueva economía del error estructuralmente integrada en la cultura digital contemporánea.
Un neologismo adecuado
El término “epistemia” ha sido utilizado en algunas pocas traducciones como un equivalente español del griego ἐπιστήμη, de frecuente aparición para designar cierto tipo de conocimiento intelectual en textos clásicos como los de Platón y Aristóteles. Sin embargo, en la mayoría de las ediciones académicas y literatura secundaria reconocida, ἐπιστήμη se suele traducir al español directamente como “episteme”. Por otra parte, también puede aparecer “epistemia” como un neologismo utilizado a efectos de término aglutinante para una etiología que implica algunas carencias de hábitos cognitivos y/o afectivos causadas por la sobreexposición a dispositivos y medios digitales, en particular las redes sociales.
Con todo, hay una nueva acepción de epistemia, un tipo de portmanteau entre “episteme” y “epidemia”, que actualmente se está generalizando como denominación de un desplazamiento epistémico que otorga valor cognitivo de facto a la coherencia formal de los textos generados por modelos enormes de lenguaje pre-entrenados (Quattrociocchi et al., 2025). Este fenómeno se basa en la razonable práctica histórica o hábito natural de uso del lenguaje como comunicación interpersonal, lo cual induce a confundir la compatibilidad estructural del discurso generado por IAs con juicios humanos, degradando los procedimientos de verificación del centro del proceso cognitivo.
Una recepción equivocada del concepto de epistemia ha suscitado lecturas que lo sobredimensionan como tesis metafísica –una supuesta teoría sobre qué es la IA, cómo se integra en la agencia humana o si sustituye el juicio–. Nada de esto parece formar parte de su intención analítica. En este mismo sentido, la formalización de la epistemia no aspira entonces a fundar una pretendida –o pretenciosa– ontología de la inteligencia artificial, sino apenas a constituirse en una etiqueta nemotécnica para la descripción empírica de un fenómeno que emerge en los conglomerados sociotécnicos contemporáneos.
Su rápida difusión puede explicarse por su capacidad para configurar una experiencia compartida: la irrupción de machinae sermonis –artefactos lingüísticos– que producen enunciados fluidos y de apariencia coherente, y que, por esa misma fluidez y coherencia, tienden a ser tratados como si fueran autoportantes de fiabilidad epistémica a partir de una carga cognitiva equivalente a la del juicio. En este sentido, no se abona aquí a la consideración del desplazamiento epistémico desde el punto de vista de la atribución mental al LLM, o a las GenAIs en general, por parte de los usuarios –o incluso desarrolladores y especialistas técnicos–, tema que por cierto ya he tratado a partir del tropo de la hipálage (Riesgo, 2025a). Sí intentaré mostrar que, bajo el fenómeno de la epistemia, no se verifica una revolución cognitiva. En cambio, lo que se constata es un régimen de automatización lingüística –reduplicación sígnica (Riesgo, 2023)– que, al tiempo que colabora con ciertas producciones, deja dudas sobre la deuda o sedentarismo cognitivo que conlleva.
Así como el intento de definición de epistemia no la eleva a una metafísica de la IA, así tampoco la conduce hacia una teoría de la mente extendida, ni menos aún a una filosofía de la agencia. Cabe situarla, más bien desde lo empírico, en el terreno de la filosofía de la técnica y dado que los puntos de partida y de llegada son ambos sociotécnicos. Según Loru et al. y Quattrociocchi et al., la hipótesis central de la epistemia afirma, por tanto, la existencia de una brecha sistemática entre las evaluaciones de la inteligencia personal y las evaluaciones inducidas por modelos, incluso cuando el grado de acuerdo superficial resulta elevado. El desacople se localiza en los criterios que sustentan la evaluación –verificación, trazabilidad, pertinencia de la evidencia, normas de corrección–, no necesariamente en el resultado observable. Esta diferencia en el fundamento epistémico, más que en la conclusión aparente, tiene consecuencias para la gobernanza del conocimiento y para el diseño de prácticas institucionales.
Desde aquí se formula una pregunta más ardua que la habitual: ¿qué es la IA?, y es la siguiente: ¿qué acontece con el conocimiento cuando la forma del juicio se emancipa de sus procedimientos de composición y verificación? Tal interrogante desplaza la discusión del plano gnoseológico al nivel operativo de las prácticas y obliga a examinar cómo se reconfiguran la autoría epistémica, la responsabilidad y la confianza cuando decisiones y valoraciones se apoyan en reduplicaciones lingüísticas cuyo estatuto justificatorio no coincide con el del juicio humano. La cuestión no puede resolverse en el registro de la polémica abstracta sin el riesgo de convertir un problema claramente mensurable –la distancia entre plausibilidad lingüística y justificación científica– en un debate metafísico indeterminado a causa del choque entre dos paradigmas que parecen inconciliables. Uno de ellos consiste en la matriz analítica de inicios del siglo XX (funcionalista-computacionalista) que, con notable flexibilidad a través del tiempo, perdura articulando argumentos para una IA fuerte –sea simbólica o no representacional–. El otro responde a una filosofía de las ciencias capaz de integrar perspectivas epistemológicas, gnoseológicas y antropológicas de mayor estabilidad en cuanto a la relación inteligencia personal e inteligencia artificial.
Ubicada en ese marco, la epistemia opera como categoría diagnóstica: permite nombrar el paso –a menudo inadvertido– de la verosimilitud textual a la convalidación cognitiva y señalar los incentivos –economía de atención, presión por velocidad, coste de verificación– que favorecen este desplazamiento y proponer contramedidas institucionales: trazabilidad de fuentes, protocolos de verificación ex ante y ex post, diferenciación explícita entre coherencia formal y garantía epistémica, y reasignación de responsabilidades cuando el output del modelo funciona como entrada en procesos decisionales. Lejos de clausurar las investigaciones filosóficas sobre las relaciones entre la mente y la agencia humanas con la IA, este diagnóstico las reubica: invita a indagar las condiciones bajo las cuales las formas de juicio pueden circular independientemente de los regímenes de verdad que, en la tradición, conferían legitimidad al conocer.
En suma, epistemia no aspira a fijar una teoría substantiva de la IA ni mucho menos aún a prescribir una teoría general de la inteligencia personal; describe un hecho de época: la expansión de artefactos lingüísticos cuya apariencia de juicio tiende a ocupar posiciones estratégicas en cadenas de evaluación y decisión. Reconocer el fenómeno –y distinguir con precisión su nivel de análisis– constituye un requisito para ubicarlos en el cosmos de la realidad humana y en todo caso elaborar respuestas normativas y técnicas adecuadas. La discusión filosófica, en este registro, no desaparece; se orienta por la evidencia y se vuelve reflexiva respecto de sus propios desplazamientos: de la ontología a la ingeniería, de la substancia a la práctica, de la pregunta por lo que es a la cuestión: cómo se valida lo que cuenta como saber.
Las pérdidas cuando se conocen
Tutte le perdite vano in debito e tutti li guadagni in credito
[Todas las pérdidas van al débito y todas las ganancias al crédito]
(Pacioli, Tractatus XI particularis de computis et scripturis, fol. 198v–210v)
La recomendación procedimental de Fray Luca (1494/1994) –a la sazón sistematizador de la contabilidad en el s. XV–, llevó a acuñar el prudente principio de “debitar las pérdidas cuando se conocen y las ganancias cuando se perciben”. Sin embargo, parecería que las enormes ganancias en tiempo y eficiencia de la GenAI eclipsan algunas pérdidas que ya han sido detectadas tempranamente. De hecho, en la literatura contemporánea sobre cognición distribuida y tecnologías del aprendizaje se ha comenzado a conceptualizar el fenómeno como “deuda cognitiva” (cognitive debt) (Kosmyna et al., 2025).
Esta noción remite a un proceso acumulativo de habituación y dependencia, en virtud del cual funciones intelectuales centrales –tales como la búsqueda, la evaluación, la síntesis o la toma de decisiones– son externalizadas de manera sistemática hacia sistemas técnicos. No se trata, sin embargo, de una mera delegación instrumental o descarga funcional, sino de una dinámica que conlleva un empobrecimiento estructural de las capacidades del sujeto, particularmente en lo que concierne al juicio reflexivo y a la atención sostenida. En este sentido, la deuda cognitiva no designa solo un desplazamiento operativo, sino una transformación progresiva en las condiciones mismas de ejercicio de las facultades intelectuales.
Este fenómeno se articula estrechamente con lo que ha sido denominado “sedentarismo cognitivo” o “pereza cognitiva” (cognitive laziness), entendido como la inclinación sistemática a evitar la activación de formas de pensamiento deliberativas, lentas y costosas, en favor de atajos heurísticos, automatismos o mediaciones técnicas (Georgiou, 2025). En la caracterización dual de los procesos cognitivos, el denominado por algunos autores como Sistema 2 se distingue precisamente por requerir esfuerzo, control y atención sostenida; sin embargo, una de sus propiedades constitutivas es su tendencia a la evitación del gasto cognitivo. Así comprendida, esta pereza intelectual no constituye un rasgo meramente contingente o psicológico, sino una vulnerabilidad estructural de la agencia cognitiva, susceptible de ser amplificada –y eventualmente estabilizada– por tecnologías que prometen eficiencia a expensas del ejercicio del juicio. La externalización reiterada no solo alivia la carga cognitiva inmediata, sino que debilita, en el largo plazo, las disposiciones necesarias para el pensamiento crítico.
En este marco, la deuda cognitiva y el sedentarismo cognitivo no deben interpretarse como efectos secundarios o colaterales, sino como condiciones constitutivas de un régimen, parte de la epistemia contemporánea, promovido por una IA no curada. A medida que la delegación cognitiva se naturaliza, se erosiona correlativamente la capacidad de discriminar entre comprensión genuina, reconocimiento superficial y mera correlación funcional. Esta inquietud fue formulada previamente por Carr (2010), quien advirtió que las tecnologías digitales no solo amplían las capacidades operativas, sino que reconfiguran los hábitos mentales del sujeto. Desde entonces, este diagnóstico ha adquirido mayor relevancia y apoyo de los investigadores en las consecuencias del uso de la IA, dado que desplaza el foco desde los efectos instrumentales de la tecnología hacia su incidencia en la arquitectura misma de la experiencia cognitiva.
En tanto que la deuda y el sedentarismo cognitivos no se reducen a una mera externalización funcional de tareas intelectuales, sino que designan un proceso acumulativo de potencial atrofia de las disposiciones cognitivas superiores –especialmente aquellas vinculadas al esfuerzo atencional sostenido, la evaluación crítica y la deliberación reflexiva– como consecuencia de la dependencia reiterada de sistemas técnicos, se encuentran estrechamente vinculados con la epistemia. Esta, en cuanto régimen de producción distribuida del conocimiento, genera las condiciones estructurales para esta deuda: al optimizar la eficiencia en la obtención de respuestas, desincentiva simultáneamente la ejercitación de los procesos que históricamente han constituido el núcleo de la actividad cognoscitiva humana. En términos estrictos, no se trataría de una pérdida inmediata de capacidades, sino de una erosión progresiva de su actualización efectiva, lo que compromete la estabilidad del hábito intelectual.
Si estos mecanismos refieren a una real acumulación estructural de dependencia, el correlato práctico resulta en una reducción sistemática de la iniciativa cognitiva del sujeto en favor de la pasividad receptiva frente a sistemas automatizados. En el horizonte de la epistemia, este resultado no aparece como una anomalía, sino como una consecuencia coherente de un entorno diseñado para minimizar la fricción cognitiva.
Sin embargo, desde una perspectiva más exigente en términos epistemológicos, se advierte que tal minimización conlleva un debilitamiento de la relación entre conocimiento y realidad, en la medida en que el sujeto se distancia de los procesos mediante los cuales el conocimiento se justifica, se contrasta y se integra en una estructura inteligible más amplia. Así, epistemia, deuda cognitiva y sedentarismo cognitivo convergen en la configuración de un nuevo régimen del saber, cuya eficiencia operativa exige ser evaluada a la luz de sus implicaciones para la integridad del acto cognoscitivo.
La anticipación platónica
σύ, πατὴρ ὢν γραμμάτων, δι᾽ εὔνοιαν τοὐναντίον εἶπες ἢ δύναται. τοῦτο γὰρ τῶν μαθόντων λήθην μὲν ἐν ψυχαῖς παρέξει μνήμης ἀμελετησίᾳ, ἅτε διὰ πίστιν γραφῆς ἔξωθεν ὑπ᾽ ἀλλοτρίων τύπων, οὐκ ἔνδοθεν αὐτοὺς ὑφ᾽ αὑτῶν ἀναμιμνῃσκομένους: οὔκουν μνήμης ἀλλὰ ὑπομνήσεως φάρμακον ηὗρες. σοφίας δὲ τοῖς μαθηταῖς δόξαν, οὐκ ἀλήθειαν πορίζεις: πολυήκοοι γάρ σοι γενόμενοι ἄνευ διδαχῆς πολυγνώμονες εἶναι δόξουσιν, ἀγνώμονες ὡς ἐπὶ τὸ πλῆθος ὄντες, καὶ χαλεποὶ συνεῖναι, δοξόσοφοι γεγονότες ἀντὶ σοφῶν (Platón, Fedro, 275a-b)[1]
En la economía del diálogo platónico, la denominada “invención de la escritura” –atribuida a Theuth– no comparece como un progreso lineal, sino como una auténtica encrucijada ontológica que el rey Thamus somete a un examen dialéctico de notable rigor, en el seno de una cultura de oralidad intensamente practicada (como lo evidencian, entre otros, los relatos homéricos). Thamus sostiene que la escritura no reforzará la memoria, sino que, por el contrario, inducirá al olvido al sustituir el ejercicio interior por un soporte exterior. La historiografía filosófica ha leído este pasaje completo (274c–275b) no solo como una crítica a la literalidad, sino como la primera gran tematización de la externalización de las facultades anímicas. Mientras Theuth propone el gramma como un φάρμακον –término cuya ambivalencia semántica oscila entre remedio y veneno (Derrida, 1968)– destinado a la memoria y a la sabiduría, Thamus anticipa un problema que conserva plena actualidad: el riesgo de reemplazar la comprensión por la mera disponibilidad de resultados y la deliberación por la consulta automatizada, instaurando así una distinción decisiva entre la posesión de datos y la auténtica asimilación intelectual. El soberano advierte que la técnica no engendra σοφία, sino δόξοσοφία, en la medida en que, al confiar el saber a caracteres y soportes externos, el sujeto abdica del ejercicio mnémico interior, transmutando el conocimiento vivo en un depósito de signos inertes que, al ser interrogados, persisten en un silencio solemne y obstinado.
La analogía entre el juicio de Thamus y la actual proliferación de la GenAI se revela de una vigencia singular al considerar estas tecnologías como el phármakon por excelencia de la era hiperdigital. Desde una perspectiva platónica, si la escritura operaba una externalización de la memoria, la inteligencia artificial parece pretender la automatización del juicio y de la síntesis, llevando a cabo una segunda –y más radical– forma de alienación del logos. La advertencia de Thamus acerca de la “falsa sabiduría” encuentra su correlato contemporáneo en la opacidad de los grandes modelos de lenguaje, los cuales, al igual que los caracteres cuestionados por el rey egipcio, producen respuestas fluidas y persuasivas carentes de un sustrato de comprensión intencional. La IA funcionaría así como un sistema de doxosophía automatizada: un lector sin maestro que procesa vastos repertorios de información sin acceso al sentido, generando en el usuario la ilusión de un saber exhaustivo, mientras, de modo subrepticio, se erosiona la capacidad de juicio crítico y la intuición intelectual. En última instancia, la analogía reconduce al mismo dilema ontológico: si la técnica ha de ser un instrumento que potencie la autonomía del espíritu o un sustituto que someta al sujeto a una dependencia estructural respecto de la prótesis algorítmica.
En la lectura de Ferrari (1987), este mito no constituye un apéndice retórico del Fedro, sino una pieza orgánica en la arquitectura del diálogo, en la que mito y argumento convergen para esclarecer la naturaleza misma del logos. La escena egipcia se inserta en continuidad con el motivo de las cigarras, que ya había introducido la tensión entre una escucha superficial y una atención filosófica exigente. En este marco, la escritura aparece como una tecnología ambivalente: lejos de ser simplemente rechazada, es reinscrita en una jerarquía donde el discurso vivo –capaz de responder, adaptarse y examinar– posee primacía ontológica y epistemológica. Ferrari subraya que el juicio de Thamus no condena “la escritura en cuanto tal”, sino su pretensión de sustituir al diálogo como medio privilegiado de transmisión del saber. Así, el phármakon se revela como índice de una ambigüedad constitutiva: remedio en tanto preserva, veneno en cuanto rigidiza y desvincula el signo de la presencia del pensamiento que lo anima.
Desde esta perspectiva, el episodio articula una crítica a la exteriorización del conocimiento que no desemboca en un rechazo tecnófobo, sino en una teoría jerárquica de los medios cognitivos. La escritura, en cuanto soporte, es incapaz de garantizar por sí misma la verdad, pues carece de la capacidad dialógica que define al logos filosófico en el cosmos platónico. Ferrari insiste en que el verdadero criterio no es el medio, sino la relación que el sujeto establece con él: una relación pasiva, confiada en la mera recepción de signos, produce doxosophía; una relación activa, interrogativa, puede reintegrar la escritura en el horizonte de la filosofía. En este sentido, el mito de Theuth no es una denuncia de la escritura, sino una advertencia sobre su uso desordenado, en el cual la apariencia de saber suplanta al ejercicio vivo del entendimiento. Se establece así una distinción decisiva entre memoria auténtica (μνήμη), fundada en la interioridad del alma, y reminiscencia inducida (ὑπόμνησις), dependiente de soportes externos que, sin mediación dialéctica, conducen a la ilusión de conocimiento.
En la interpretación de Griswold (1986), todo el relato de Theuth y Thamus se inscribe en el problema más amplio del autoconocimiento socrático, constituyendo una reflexión sobre las condiciones de posibilidad de la interioridad reflexiva. La crítica explícita a la escritura no se dirige primariamente a un medio técnico, sino a una forma de relación con el saber que elude la exigencia de apropiación subjetiva. En este sentido, el pasaje 274b-277a debe leerse como una extensión de la máxima délfica γνῶθι σεαυτόν; el conocimiento auténtico no puede ser depositado externamente sin perder su carácter formativo. Griswold enfatiza que la escritura, al ofrecer respuestas sin interlocución, interrumpe el proceso dialógico mediante el cual el alma se examina a sí misma. La incapacidad del texto escrito para responder a las preguntas que se le formulan lo convierte en un simulacro de diálogo, incapaz de sostener la dinámica reflexiva que define la filosofía socrática.
En consecuencia, la oposición entre oralidad y escritura adquiere en Griswold un sentido eminentemente ético-epistemológico. El problema no radica en la fijación del discurso, sino en la sustitución del ejercicio de elenchos por la acumulación de enunciados. La escritura, en tanto dispositivo que disocia el contenido del contexto dialógico que le confiere sentido, favorece una forma de saber que no transforma al sujeto. De allí que Thamus denuncie no una carencia informativa, sino una deformación del alma: quienes confían en la escritura parecerán saber muchas cosas, sin haber aprendido nada en realidad. Griswold interpreta esta advertencia como una crítica a toda forma de conocimiento que no implique interiorización, juicio y responsabilidad intelectual. El mito de Theuth se convierte así en una pieza clave para comprender que, en Platón, el conocimiento no es mera posesión de contenidos, sino una praxis reflexiva que exige la unidad entre discurso, alma y verdad.
Asimismo, una primera interpretación de Havelock (1963), indica que este mito platónico debe situarse en el horizonte de una mutación cultural de gran alcance: la transición desde una civilización de oralidad primaria hacia una cultura de escritura alfabética. El pasaje del Fedro no expresa simplemente una posición filosófica individual, sino la cristalización de una tensión histórica en la que se redefine el estatuto mismo del conocimiento. En el mundo prealfabético, la memoria no es un mero depósito pasivo, sino una facultad activa estructurada por fórmulas métricas, ritmos y esquemas narrativos que garantizan la conservación del saber en su dimensión performativa. La escritura, al desanclar el contenido de estas estructuras mnemotécnicas, introduce una nueva economía cognitiva que debilita la interiorización del saber. La crítica de Thamus se comprende así como una reacción frente a una tecnología que amenaza con disolver la unidad entre conocimiento y sujeto, desplazando la función cognitiva desde la memoria viva hacia el archivo externo.
Desde esta perspectiva, el phármakon no designa únicamente una ambivalencia semántica, sino una ambigüedad estructural inherente a toda innovación tecnológica en el campo del conocimiento. Havelock interpreta la posición platónica como una tentativa de reconfigurar el pensamiento en un contexto en el que la escritura ya es irreversible, pero aún no plenamente asimilada. La objeción de Thamus no apunta a la imposibilidad de la escritura, sino a la pérdida de una forma de saber que exigía participación activa y encarnada. En este sentido, el mito no solo tematiza la escritura como técnica, sino que revela una transformación en los modos de cognición: del aprendizaje como repetición rítmica y memorización incorporada, al aprendizaje como acceso visual a signos descontextualizados. La sospecha platónica se dirige, por tanto, a la emergencia de una subjetividad que ya no necesita recordar para saber, sino que delega el conocimiento en un soporte externo, inaugurando una nueva relación entre mente, lenguaje y verdad.
Para completar este análisis, el mismo Havelock profundiza su diagnóstico al interpretar el mito de Theuth como un síntoma de la ansiedad cultural generada por la alfabetización (Havelock, 1986). La figura de Thamus encarna la resistencia de una mentalidad configurada por la oralidad frente a una tecnología que redefine no solo los medios de transmisión del saber, sino también las estructuras de pensamiento. La escritura alfabética, al permitir la fijación visual del discurso, introduce una distancia inédita entre el sujeto y el contenido, haciendo posible la abstracción conceptual y el análisis crítico, pero al costo de una pérdida de inmediatez y de integración afectiva. El mito, en este contexto, no debe leerse como una condena definitiva, sino como la expresión de una conciencia en transición, que percibe simultáneamente las potencialidades y los riesgos de la nueva tecnología. La caracterización de la escritura como productora de olvido refleja, en última instancia, la inquietud ante una forma de conocimiento que ya no requiere la misma implicación corporal y mnémica del sujeto.
Havelock subraya, además, que la crítica platónica anticipa una problemática recurrente en la historia de los medios: la tendencia de toda tecnología cognitiva a redefinir las condiciones de posibilidad del saber y, con ello, las formas de subjetividad. El mito de Theuth se convierte así en un paradigma interpretativo para comprender la epistemia como un fenómeno emergente de la relación entre técnica y conocimiento en contextos de transformación cultural. Así como la escritura no elimina la memoria, sino que la reconfigura, tampoco suprime el pensamiento, pero lo reorienta hacia nuevas formas de articulación. Se hace necesario, entonces, encontrar estas nuevas formas de articulación. En este sentido, la advertencia de Thamus puede leerse como una intuición temprana de que toda externalización del conocimiento implica una redistribución de las capacidades cognitivas, con efectos tanto habilitantes como restrictivos. La tensión entre interioridad y exterioridad, entre memoria viva y archivo, no se resuelve en el mito, sino que queda abierta como una problemática constitutiva de toda cultura mediada por tecnologías del lenguaje.
La máquina infinita
El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última (Borges, 1975)
El concepto de epistemia, tal como se ha delineado en el marco de una epistemología de los sistemas sociotécnicos contemporáneos, encuentra en El libro de arena de Jorge Luis Borges (1975) una figura literaria de notable potencia heurística. El volumen infinito que irrumpe en el relato –carente de principio y de fin, irreductible a cualquier intento de sistematización– no constituye simplemente una anomalía fantástica, sino la dramatización de un objeto que, aun conservando la forma de un libro, subvierte las condiciones mismas de posibilidad del conocimiento. En efecto, allí donde el libro, como artefacto cultural, ha sido históricamente el soporte privilegiado de la inteligibilidad –ordenado, finito, jerarquizable–, el libro borgiano introduce una infinitud que no expande el saber, sino que lo disuelve. Esta paradoja permite establecer una analogía rigurosa con los modelos generativos contemporáneos: sistemas capaces de producir secuencias lingüísticas potencialmente ilimitadas, cuya coherencia local no se traduce en una totalidad epistémicamente accesible, ni en una estructura ordenada de verdad.
El artefacto borgiano descrito en el cuento se presenta, en su primera apariencia, como un libro: un soporte tradicionalmente ordenado para la transmisión y conservación del conocimiento. Sin embargo, esta apariencia resulta profundamente equívoca. El objeto no puede ser recorrido, ni sistematizado, ni, en sentido estricto, comprendido; su infinitud lo sustrae de toda posibilidad de clausura y, con ello, de toda inteligibilidad. Se configura así como un libro sin libro: una entidad que reproduce la forma del conocimiento sin participar de su estructura. Esta paradoja permite establecer una analogía directa con lo que se ha denominado epistemia: del mismo modo en que el volumen borgiano despliega una secuencia interminable de páginas sin orden significativo estable, los sistemas generativos contemporáneos producen secuencias potencialmente ilimitadas de texto, localmente coherentes pero globalmente desprovistas de un orden epistémico accesible. No hay en ellos totalidad, jerarquía de verdad ni cierre semántico, sino una proliferación discursiva cuya consistencia es meramente formal. De este modo, así como el libro de Borges es un libro sin libro, estos sistemas pueden ser caracterizados como conocimiento sin conocimiento: una producción de enunciados que simulan saber sin constituirlo.
La clave de esta correspondencia reside en la distinción –frecuentemente obliterada en la experiencia cotidiana de la inteligencia artificial– entre coherencia formal y validez epistémica. El libro de arena presenta todas las marcas externas de un texto significativo –numeración, versículos, ilustraciones–, pero su estructura interna impide cualquier estabilización semántica. Del mismo modo, los sistemas de lenguaje operan sobre espacios probabilísticos de alta dimensionalidad, generando enunciados que satisfacen criterios de plausibilidad estadística sin que ello implique referencia a estados de cosas ni justificación en sentido fuerte. La epistemia nombra precisamente esta compatibilidad estructural entre producción discursiva y expectativas cognitivas humanas: una mímesis lingüística que no engaña por error accidental, sino por adecuación formal. En este punto, la ficción borgiana anticipa una problemática central de la epistemología contemporánea: la sustitución progresiva de la verdad por la verosimilitud, y del conocimiento por su simulación.
Sin embargo, el alcance del paralelismo no se agota en el plano lógico-semántico, sino que se extiende a la dimensión antropológica del conocer. El protagonista del relato no permanece como observador neutral del objeto infinito, sino que deviene progresivamente su prisionero: su atención se captura, sus hábitos se reconfiguran y su relación con el mundo se empobrece. Esta dinámica refleja con precisión lo que en el análisis contemporáneo se describe como deuda cognitiva: la externalización sistemática de funciones intelectuales hacia artefactos técnicos que, lejos de constituir una mera ampliación instrumental, modifican las condiciones de ejercicio del juicio, la memoria y la comprensión. El libro infinito no transmite conocimiento; reorganiza la vida cognitiva del sujeto en torno a sí mismo. Análogamente, la interacción sostenida con sistemas generativos puede desplazar la centralidad de la elaboración interna hacia la validación superficial de resultados, produciendo una forma de dependencia que no es episódica, sino estructural.
El libro descrito por Borges se constituye como un simulacro de soporte documental que, paradójicamente, obstaculiza el acto de conocer; su infinitud intrínseca impide cualquier tentativa de recorrido sistemático, clausurando la posibilidad de una síntesis comprensiva. Esta entidad borgiana prefigura la estructura de la epistemia contemporánea de los LLMs, los cuales generan secuencias de texto potencialmente ilimitadas y localmente coherentes, pero carentes de un orden epistémico global. Al igual que el volumen de páginas infinitas, la GenAI opera como un conocimiento sin conocimiento: una producción discursiva que mimetiza la forma del saber –versículos, numeración, sintaxis válida– pero que carece de jerarquía de verdad y de cierre semántico. Se produce así una confusión ontológica entre la plausibilidad estadística y la verdad, donde la validez puramente formal del output sustituye la referencia a la realidad por la mera compatibilidad con las expectativas cognitivas del usuario.
Esta simulación alcanza su punto más crítico en la indistinción progresiva entre coherencia y verdad. El libro borgiano posee todos los atributos formales de un texto significativo –numeración, disposición tipográfica, incluso ilustraciones–, pero carece de un orden estable que permita su interpretación. Análogamente, los outputs de la inteligencia artificial presentan una validez discursiva aparente fundada en la plausibilidad estadística, no en la referencia ni en la verdad. Se produce así una sustitución silenciosa: la relación con lo real es desplazada por la adecuación a expectativas cognitivas preformadas. En esta clave, Borges anticipa, bajo forma literaria, un problema central de la epistemología contemporánea de la IA: la disociación entre sentido y referencia, entre inteligibilidad formal y verdad ontológica. La progresiva transformación del protagonista –desde la curiosidad inicial hasta el desconcierto y, finalmente, la obsesión– no constituye un mero efecto narrativo, sino la manifestación existencial de esta ruptura. El objeto, descrito como “una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad”, revela su carácter disruptivo: no amplía el conocimiento, sino que erosiona las condiciones mismas de su posibilidad y su potencial multiplicación es la epistemia.
La interacción con este artefacto tan singular no se limita a una perturbación teórica, sino que deriva en una transmutación existencial y una alienación cognitiva de orden superior. El narrador, al transitar de la curiosidad al desconcierto y finalmente a una obsesión que infama y corrompe la realidad, ejemplifica lo que puede denominarse una deuda cognitiva estructural. En esta dinámica, el sujeto no experimenta una extensión neutra de sus facultades, sino que externaliza su atención hacia el dispositivo, quedando atrapado en una dependencia que absorbe su capacidad de conocer en lugar de ampliarla. El libro infinito no es, por tanto, una herramienta de iluminación, sino un objeto de pesadilla que reconfigura los hábitos noéticos, subordinando el juicio crítico a la disponibilidad inmediata de una prótesis algorítmica que condena al sujeto a un enclaustramiento frente a la inabarcable dispersión de los signos.
El efecto último del libro de arena no es, por tanto, teórico sino antropológico: el sujeto queda atrapado en una relación de dependencia estructural que reconfigura sus hábitos cognitivos y su atención. La declaración: “Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle”, condensa esta dinámica de captura. Esta situación es la que puede leerse en términos de una deuda cognitiva: la externalización de la actividad intelectual hacia el artefacto sin medidas preventivas o higiene atencional implica, correlativamente, una disminución de la autonomía del juicio. En este sentido, el libro infinito no opera como una extensión neutra de la mente, sino como una transformación de sus condiciones de ejercicio. Puede pensarse aquí en la “mala infinitud” de Hegel, es decir “lo indefinido”. Lo verdaderamente infinito no se opone a lo finito porque es de otro orden. En cambio, la infinitud cuantitativa o combinatoria aplasta la finitud, porque borra permanentemente sus límites.
Finalmente, el gesto de ocultar el libro en los húmedos anaqueles de la Biblioteca Nacional adquiere una dimensión filosófica decisiva: representa el reconocimiento de la imposibilidad de integrar lo infinito informe dentro del orden humano del saber. Este acto de renuncia constituye un rechazo deliberado a la epistemia como régimen dominante y una defensa de las condiciones clásicas del conocimiento: la finitud, la jerarquía y la inteligibilidad. Al perder el libro, el protagonista restaura un orden epistémico donde la justificación es posible y el sentido no se disuelve en una multiplicidad inabarcable. En términos de la filosofía de la tecnología, este desenlace sugiere que la preservación de la autonomía del espíritu exige la demarcación de un límite frente a la técnica, reafirmando que el verdadero conocimiento requiere de un horizonte de finitud para no degenerar en una acumulación inerte de información.
Más allá de mitos y metáforas digitales
Según lo visto hasta el momento, y aún requiriendo de una mejor sintonía fina en la etiología de la epistemia, pueden plantearse dos consecuencias casi evidentes. Una externa, representada por la apariencia de conocimiento, mayormente en contextos de producción escrita, no ya de los “loros estocásticos” –los LLMs– (Bender et al., 2021), sino de los usuarios en distinto grado de inocencia respecto de la doxosophía o el aparentar conocimiento; y otra interna, aún con mucho por ser investigado, respecto de una degradación (grado de atrofia) progresiva de los hábitos cognitivos complejos en circunstancias similares y casos de uso más extensos.
Si bien los primeros indicios empíricos de estas consecuencias (¿no deseadas… pero anticipables?) han emergido predominantemente en el ámbito laboral –donde la integración de sistemas de inteligencia artificial se evalúa en términos de productividad, eficiencia y optimización de procesos–, es en el espacio académico donde tales fenómenos ya han adquirido el estatuto de problemática grave de alcance global (Akgun & Toker, 2024). Hay una preocupación creciente en los claustros y comunidades educativas de todo nivel y rango sobre el uso no pedagógicamente curado de las IAs y sus daños colaterales sobre los procesos y capacidades cognitivas. Esto es particularmente sensible en lo que respecta a la formación de competencias metacognitivas y la consolidación del juicio crítico en contextos de mediación algorítmica (Jose et al., 2025).
No puede soslayarse que la cultura digital contemporánea configura el ecosistema atencional en el que los estudiantes se forman y, en consecuencia, modula de manera decisiva las condiciones bajo las cuales reciben e interpretan la mediación técnica de la inteligencia artificial en los entornos educativos formales. Por una parte, hay una demanda de que el sistema se aggiorne y dentro de este aspiracional se ubica la adopción inmediata de las ventajas de las IAs. Por otra, el conjunto de plataformas algorítmicas –y no únicamente las redes sociales–, a la vez que habilita modalidades de cognición distribuida tales como la colaboración síncrona, el acceso ubicuo a la información y la externalización de la memoria, opera mediante mecanismos de jerarquización de la relevancia, modulación de los ritmos de interacción y optimización de la captación de la atención a través de lógicas propias de la economía del clic. Tales dispositivos, sustentados en circuitos de retroalimentación conductual (bucles dopamínicos), tienden a intensificar la fragmentación de la experiencia cognitiva, a reforzar formas de presenteísmo –caracterizadas por la contracción progresiva de los intervalos de recencia entre estímulos– y a consolidar sesgos de confirmación en la selección y procesamiento de contenidos.
La problemática no sólo abarca cuestiones culturales y prácticas de docentes y alumnos, sino que también se encuentra en el ámbito de la investigación académica. Por ejemplo, el distant reading surge como una metodología que busca comprender la literatura no a través del estudio pormenorizado de textos canónicos (close reading), sino mediante la agregación y el análisis de grandes corpus textuales para identificar patrones, estructuras y tendencias históricas (Moretti, 2013). Con la irrupción de los LLMs, este concepto se ha radicalizado. Ya no se trata solo de leer a distancia mediante metadatos o frecuencias de palabras, sino usar un digesto digital delegando el acto de síntesis a modelos que procesan la información de manera no semántica sino estocástica.
Se argumenta que un distant reading mediado por IA es una forma de objetivación científica necesaria para abordar el “Gran No Leído” (The Great Unread). La IA permite una lectura que supera las limitaciones biológicas del investigador, convirtiendo el texto en datos procesables. Sin embargo, se advierte que esta metodología puede incurrir en una falacia de abstracción, donde se confunde la correlación estadística de los términos con la comprensión del referente ontológico al que el texto apunta. La lectura se reduce a una minería de datos que omite la intencionalidad del autor y la profundidad metafísica del lenguaje. En definitiva, el riesgo reside en que la IA funcione no como un socio socrático que potencia la indagación acercando fuentes de lectura para profundizar la reflexión, sino como un sustituto que elude las dificultades deseables necesarias para la formación de estructuras cognitivas de largo plazo (Bjork, 1994).
Existe un debate como antecedente analógico para este fenómeno que se remonta al auge y desaparición de los libros condensados para el gran público, nicho oportunamente dominado por The Reader’s Digest (RD). Esta revista de bolsillo fundada en 1922, para mitad del siglo pasado llegó a tener una circulación global, contando las ediciones internacionales –49 países en 19 idiomas–, de más de 28 millones de ejemplares, convirtiéndola en la publicación periódica más leída del planeta. El público era diverso, pero compartía una característica clave: eran personas con tiempo o recursos limitados, pero con profundo amor por la lectura. Profesionales ocupados, amas de casa, adultos mayores. Para muchos fue una puerta de entrada a la literatura que de otra manera no habrían explorado. Si bien el foco primario de RD eran las novelas contemporáneas de distinto género y sin mayor interés académico en el momento, el argumento es útil: ¿puede decirse que se ha leído una obra de Dick Francis, Arthur Hailey o Mary Higgins Clark –ninguna de menos de quinientas páginas– leyendo menos de un diez por ciento de su extensión? Aún si se salvara perfectamente el núcleo central y su enseñanza moral, no caben dudas de la pérdida epistémica. Las circunstancias contextuales, profundidad de los personajes y las composiciones accidentales que alimentan la imaginación como sentido central al proceso cognitivo de la lectura desaparecen a manos de una eficiencia utilitaria.
Aplicable al otro extremo de la línea académica, surge el concepto de distant writing como consecuencia de la alta capacidad de producción escrita de los LLMs. Esta modalidad de producción textual mediada por modelos de lenguaje, genera a demanda del autor enunciados verosímiles a partir de patrones distribucionales, sin compromiso semántico intrínseco, que desplaza parcialmente su función autoral desde la elaboración conceptual hacia la editorial. El comitente queda a cargo de la selección, edición final y, con suerte, validación de las salidas generadas. El paralelismo con la crítica al distant reading se vuelve aquí particularmente agudo. Puede formularse la hipótesis de una degradación epistémica de la escritura en tres niveles: semántico, cognitivo y autoral (Yan, 2025).
Ya no se trata de asistencia en operaciones auxiliares como una calculadora, un corrector ortográfico o incluso un LLM aplicado a mejoras estilísticas –decir lo mismo pero con mejora de la redacción– sino de una producción de texto potencialmente desligada del acto inventivo y de la comprensión misma. Aquí el autor puede aceptar formulaciones incorrectas en casos donde el sistema alucina o se ve algorítmicamente desviado por un sesgo de confirmación positiva; o también felizmente correctas, pero lamentablemente, sin haberlas pensado en su génesis. Este último aspecto, donde se difumina nuclearmente la relación entre autor y texto, va mucho más allá del plagio.
Esta modalidad de escritura distante no sólo compromete el cognitive offloading[2] (Clark & Chalmers, 1998) sino que el texto final –que ya no es expresión directa de un sujeto cognoscente, sino resultado de una interacción híbrida entre humano y sistema técnico– puede contener una importante cantidad de ideas o conceptos que deberían ser atribuidos explícitamente a fuentes y autores con los que el modelo de lenguaje fue entrenado. Sin embargo, por la opacidad epistémica intrínseca a los LLMs –debida a la superposición de nodos e hiperparámetros a partir del entrenamiento de la arquitectura neuronal artificial– no se dispone de una trazabilidad exacta a estos orígenes y una transparencia procedimental –sí matemática genérica pero no casuística individual– de cómo el modelo los termina conjugando en un output en base a su magnífica reduplicación lingüística. Por lo tanto, se ejecuta así una doble apropiación intelectual: la del modelo al entrenarse sin dar crédito a sus fuentes multimediales y la del usuario al indicarse como autor de algo que no ha escrito ni pensado en su totalidad.
Dado que los modelos se entrenan sobre grandes corpus, tienden a producir formas lingüísticas promedio. Esto puede generar una convergencia estilística que afecta la singularidad expresiva. Se ha advertido que estos sistemas funcionan como un espejo que refleja patrones culturales sedimentados (Vallor, 2024). En el caso de la escritura distante, ese espejo puede inducir una normatividad implícita del estilo y del argumento, es decir, una mayor ablación de riqueza literaria luego de las pérdidas normalizadas a favor de la uniformidad de formatos científicos, la velocidad de producción necesaria y de múltiples co-autores impuestos por el publish or perish (Weidlich et al., 2025).
En este horizonte, la inteligencia artificial se inserta como un artefacto socio-técnico cuya función no consiste en constituirse como un interlocutor epistémico de mejora de ideas, sino en un sofisticado amplificador de las mismas dinámicas de aceleración, verosimilitud operativa y personalización adaptativa. Lejos de introducir una ruptura cualitativa en el régimen cognitivo vigente, su integración tiende a profundizar las condiciones ya instauradas por la ecología digital, suscitando así interrogantes de carácter epistemológico acerca de la acumulación de deuda cognitiva, la progresiva vulnerabilidad de la experticia y la posible reconfiguración de las prácticas de producción, validación y transmisión del conocimiento en el contexto de la inteligencia artificial.
La noción de semantic capital (Floridi, 2018) designa el acervo de significados, prácticas interpretativas y recursos de inteligibilidad que hacen posible la vida cognitiva individual y social. Cuando la interacción con información digital privilegia velocidad, ruido, automatización y procesamiento superficial, ese capital se erosiona. Aplicada a esta genealogía, la tesis es fuerte: el desplazamiento desde la lectura y escritura cercana a las distantes por mediación algorítmica no sólo modifica métodos académicos, sino que afecta la ecología semántica en la que se forma el juicio: delegar en los LLMs funciones de lectura y escritura puede ampliar capacidades operativas sin aportar comprensión proporcional.
La sanción negativa de Thamus y la pérdida voluntaria del libro en Borges son recursos muy válidos y aleccionadores en el contexto retórico de cada relato, pero proyectados literalmente a la actual coyuntura se ven como estrategias ciertamente imprácticas. Asimismo, tanto la experiencia ludita (Hobsbawm, 1964) cuanto la hipótesis butleriana (Butler, 1872/2025) garantizan que la oposición directa a los emergentes de la sobrenaturaleza técnica que el ser humano considera esencial para su bienestar (Ortega y Gasset, 1939/1985) no tiene ni adhesión cultural ni resultado positivo final.
Clay Shirky, vicerrector de la Universidad de Nueva York, quien desde 2015 ayuda a profesores y estudiantes a adaptarse a las herramientas digitales, se sumó a la propuesta de volver a los exámenes orales masivos para todas las instancias de las materias de grado y posgrado –práctica que en muchas universidades viene aumentando desde las lecciones aprendidas en pandemia (Shirky, 2025)–. Por su parte, Dagmar Monett (2026) ha acuñado el término Degenerative AI para expresar su posición sobre estas IAs en el contexto de la educación de posgrado. En estos y muchos otros ejemplos similares, puede verse cómo algunas de las advertencias iniciales ya se han convertido en diagnósticos negativos para gran parte de la comunidad académica. Sin embargo, los varios intentos correctivos prácticos o de adaptación del sistema y curación de las aplicaciones, al momento parecen tardíos, débiles o desproporcionados, en clara desventaja con relación a la masividad de la adopción de la IA generativa. Gran parte de la literatura científica o técnico-pedagógica relacionada con esta problemática ha mejorado en la detección de los síntomas y denuncias de los efectos de la epistemia; hay algunas recetas de cuidados paliativos, pero es poca o nula la oferta de una curación de fondo.
Conclusiones analógicas
En algunos espacios de investigación filosófica contemporáneos se ha dado un renovado interés sobre un conjunto de tópicos agrupado bajo el título de “virtudes intelectuales”. Parece ser el momento adecuado para explorar estos loci philosophici y promover una restauración cognitiva en la medida de que la práctica no consista sólo en agregar la palabra intelectual a términos como justicia, templanza o prudencia y hacer un destilado de lo comúnmente sabido sobre esas virtudes cardinales, pero circunscripto al ámbito del estudio. Lo mismo podría hacerse sobre la justicia deportiva, la templanza gastronómica y la prudencia económica sin agregar un ápice de novedad que profundice en la problemática actual del tema.
Las habilidades cognitivas operan simultáneamente como medios y como fines del aprendizaje y la investigación. En cuanto medios, funciones tales como la atención, la memoria de trabajo, el uso activo del lenguaje, la abstracción, la capacidad de razonar mediante procesos de deducción e inferencia y la metacognición habilitan un acceso proporcionado a la verdad de las cosas: regulan la carga cognitiva, hacen posible la formación de conceptos, el ejercicio del juicio y su correspondiente justificación; y, en virtud de ello, estructuran la práctica didáctica mediante dispositivos como los andamiajes, la secuenciación, la práctica espaciada y la retroalimentación. Pero, de modo concomitante, estas mismas capacidades se constituyen en fines formativos cuando se consolidan como hábitos intelectuales –esto es, como virtudes epistémicas que orientan de manera estable la mente hacia la verdad de las cosas, la racionalidad práctica y la transferencia entre dominios: no sólo sirven para aprender, sino que, en sentido propio, son lo aprendido.
En consecuencia, una integración efectiva de las IAs en los ámbitos de estudio e investigación no puede reducirse al uso instrumental de habilidades orientadas al dominio o producción de contenidos; por el contrario, exige también el cultivo de contenidos en orden al perfeccionamiento de dichas habilidades, incorporando explícitamente criterios de verdad y de sentido. Enseñar, aprender e investigar con la mediación de las inteligencias artificiales debe implicar un progreso tanto en el conocimiento del mundo como, de manera fundamental, en el desarrollo de aquellas habilidades cognitivas que dicho conocimiento configura y deja como resultado.
En tiempos de epistemia, puede que un camino a explorar para la restauración cognitiva sea el del conocer para saber, dándole énfasis a lo sabroso y al sabor de saber. Lejos de las avenidas del saber es poder en cualquiera de sus sentidos: sea el autocentrado en la posesión de conocimiento, o el volcado al dominio del otro, se encuentra la experiencia de la alegría de conocer. Alejada también de erudiciones estériles o sublimaciones de eros curiosos que no encuentran su término, la felicidad del saber como resultado de los procesos cognitivos de la inteligencia personal no es sustituible, fungible, ni mucho menos delegable en artefactos. La experiencia de deleite lícito por la potencia intelectiva que se encuentra en acto con el objeto a la medida de su capacidad es además una retroalimentación positiva al hábito del conocer intelectual.
Por supuesto que esto no significa un movimiento pendular: del extremo del estudio como padecimiento que atravesar, al extremo del hedonismo de un saber estelar. La sociedad de la autoexigencia y la herencia racionalista han teñido el natural esfuerzo intelectual de las características de un medio más-o-menos-arduo –per aspera– para un fin necesariamente útil –ad astra–, sea ese fin la propia industria académica (Hoevel, 2021) o la demanda del mercado laboral. Esto ha soslayado, o incluso cancelado, la real experiencia del placer de la búsqueda y encuentro con la verdad como parte intrínseca del recorrido, como fin en sí mismo y como hábito entitativo de la persona. En ese contexto pragmático utilitarista, la lecto-escritura distante y hasta la deuda cognitiva parecen un buen ahorro del esfuerzo mientras que la IA asista a que el fin práctico se cumpla. Sin embargo, muy distinta del padecimiento es la pasión por comprender y muy diferente de la asepsia ilustrada es la ciencia con gusto.
Paradójicamente, uno de los elementos más importantes en la diferencia entre la inteligencia personal real y la simulación de inteligencia por artefactos técnicos no es sólo la obvia capacidad abstractiva-separativa de la mente inmaterial que capta –con gradualidad y gradación– conceptos universales, sino el estatuto orgánico de la mente in-corporada. El conjunto de partes extra partes del artefacto, que no califica como ente, y su individuación que –por mucho que le pese a Simondon (2005, 2012) y a otros autores[3]– no es ontológica sino relacional, carece de intencionalidad e introspección (Sanguineti, 2005). No es un yo-persona sino un yo-sintáctico.
Mientras que el yo-sintáctico del artefacto técnico sólo puede desenvolverse en la estricta materialidad de la representación sígnica del dato presente, la persona –capax omnium formarum– se entifica conociendo: el saber es fundacional y fundante de su ontopoyesis en despliegue. Y en este desarrollo de su naturaleza, la felicidad del saber en hábito es una operación in-corporada, encarnada, en todos los sentidos de lo humano. Una eudaimonia con receptores dopamínicos no menores a los del estímulo lúdico. Asimismo, la experiencia de enseñanza-aprendizaje, e incluso la investigación, poseen una dimensión social constitutiva: se configura, en su núcleo, como una intersubjetividad que habilita tanto la producción de oxitocina cuanto un acceso compartido al mismo mundo. Tal como lo evidencian las lecciones derivadas de los años 2020 y –lamentablemente– 2021, el conocimiento forjado en condiciones de aislamiento resulta empobrecido. Es propio de lo humano que el conocimiento se genere y emerja a partir de prácticas cooperativas de atención conjunta, de un lenguaje común y de normas epistémicas –dar razones, solicitar evidencias, corregir errores– que hacen posible la objetividad.
Aquí es donde el aspecto interpersonal del conocimiento aflora y florece: la mediación del maestro no robótico que investiga y enseña a investigar el mundo –a través del ejemplo, el modelado, el andamiaje y la regulación emocional–, junto con la comunidad de indagación –pares que dialogan, discrepan y coevalúan–, no sólo incrementan la comprensión, sino que instituyen hábitos públicos del conocer: justicia epistémica, caridad interpretativa, confianza responsable y disciplina argumentativa. De este modo, lo social opera como medio en cuanto organiza situaciones de aprendizaje eficaces, y como fin en tanto forma personas capaces de buscar la verdad con otras. No es posible, por ende, incorporar de manera efectiva la inteligencia artificial en la educación y la cultura sin establecer espacios comunitarios de práctica presencial en los que la felicidad del saber se cultive como un bien común. En estas comunidades de estudio e investigación es donde pueden transmitirse también las ἄγραφα δόγματα que no viajan por fibra óptica.
Si se siguen las recomendaciones del World Economic Forum y su predicción de habilidades (skills) necesarias para los trabajos en el año 2030, sería muy deseable una recuperación de hábitos cognitivos y cuanto antes posible, mejor. En una paradoja casi mítica, de las diez competencias que señala como imprescindibles para ese momento, dos serían técnicas como la Ciencia de Datos y el Gobierno de la IA, pero la otras ocho son humanísticas, figurando el pensamiento crítico y la flexibilidad cognitiva entre las primeras de ellas (WEF, 2025).
Casi treinta años antes de esta fecha perentoria, en Más Platón y menos Prozac (Marinoff, 2000) ya se ofrecía una alternativa al phármakon del momento para tratar los problemas cotidianos, la ansiedad y la falta de sentido. En situación análoga, bajo las coordenadas que delimitan la posible epistemia contemporánea con paciente cero (index case) en la profusión de las IAs, se advierte que todo proceso de restauración cognitiva que aspire a ser genuino exige, de modo ineludible, la restitución del amor a la sabiduría no sólo como ejercicio intelectivo, sino como praxis constitutiva de aquella plenitud –o eudaimonía– intrínseca al acto de conocer. En este horizonte, un proyecto de restauración de la vitalidad intelectual –escolar, universitario, cultural o sencillamente personal– se sustrae a su reducción funcionalista para reintegrarse en la estructura físico-espiritual del sujeto y de la comunidad, en la cual la aspiración a la verdad se conjuga con la realización antropológica total de la persona.
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[1] Y ahora tú, que eres el padre de las letras, te has dejado llevar por tu cariño a atribuirles un poder opuesto al que realmente poseen, pues este invento dará origen al olvido en las almas de quienes lo aprendan, por descuido del cultivo de la memoria, ya que los hombres, por culpa de su confianza en la escritura, serán traídos al recuerdo desde fuera, por unos caracteres ajenos a ellos, no desde dentro, por su propio esfuerzo... Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera procuras a tus discípulos. Pues habiendo oído hablar de muchas cosas sin instrucción, darán la impresión de conocer muchas cosas, a pesar de ser en su mayoría unos perfectos ignorantes; y serán fastidiosos de tratar, al haberse convertido, en vez de sabios, en hombres con la presunción de serlo.
[2] Descarga en recursos del entorno para alterar los requisitos de procesamiento de información de una tarea, reduciendo la demanda sobre los sistemas cognitivos internos.
[3] Hui (2017) en su cosmotécnica anti-europea y Sadin (2023) en versión más política, ambos deconstruyen a Simondon, pero sostienen igualmente una ontología del artefacto técnico cada uno en su visión.