Studium. Filosofía y Teología. Vol. XXIXI 57 (2026) 217-244

ISSN 0329-8930 - ISSNL 2591-426X

 

 

La cronología de la Última Cena según santo Tomás de Aquino

 

The Chronology of the Last Supper According to Saint Thomas Aquinas

 

Martín Nicolás Greco Coppi

Universidad Eclesiástica San Dámaso, Madrid, España

contacto@greco-coppi.com

ORCID: 0000-0002-0374-3673

 

DOI: https://doi.org/10.53439/stdfyt57.29.2026.217-244

 

Resumen: La controversia sobre la cronología de la Última Cena es uno de los grandes problemas de la teología católica contemporánea. Los estudios académicos modernos, que en su mayoría han utilizado el método histórico-crítico, llegan a conclusiones divergentes respecto a la fecha de la Última Cena de Jesucristo (¿14 o 15 de Nisán?). Más aún, numerosos artículos han puesto de manifiesto una supuesta contradicción entre la narrativa de san Juan y la de los sinópticos. La cuestión cronológica excede los límites de la discusión académica ya que afecta la vida de la Iglesia en cuanto a la credibilidad de los Evangelios, la enseñanza de la fe y el culto eucarístico. El objetivo de este trabajo es dar respuesta a la polémica sobre la cronología desde la Tradición de la Iglesia Católica utilizando las fuentes y la metodología de santo Tomás de Aquino. Encontramos que la aparente contradicción entre las cronologías sinóptica y joánica no es más que un problema de interpretación de ciertos términos sobre las festividades judías. Los cuatro evangelistas ubican la Cena del Señor en las primeras horas del 15 de Nisán. Este artículo intenta recuperar una solución de la teología clásica que había sido olvidada por la teología moderna.

 

Palabras clave: Última Cena, problema cronológico, Tomás de Aquino, Sagrada Escritura, Evangelio según san Juan

 

Abstract: The controversy over the chronology of the Last Supper is one of the great problems of contemporary Catholic theology. Modern scholarly studies, most of which employ the historical-critical method, arrive at conflicting conclusions regarding the date of the Last Supper of Jesus Christ (14 or 15 Nisan?). Moreover, numerous scientific articles have highlighted a supposed contradiction between the narrative of St. John and that of the Synoptics. The chronological question exceeds the limits of academic discussion since it affects the life of the Church in terms of the credibility of the Gospels, the teaching of the faith and Eucharistic devotion. The aim of this work is to answer the chronological controversy from the perspective of the Tradition of the Catholic Church, using the sources and methodology of St. Thomas Aquinas. We conclude that the apparent contradiction between the synoptic and Johannine chronologies is nothing more than a problem of interpretation of certain terms about the Jewish festivals. The four evangelists place the Lord’s Supper in the early hours of Nisan 15. This article attempts to recover a solution from classical theology that has been overlooked by modern theologians.

 

Keywords: Last Supper, chronological problem, Thomas Aquinas, Sacred Scripture, Gospel of John

 

Recibido: 04/08/2025

Aceptado: 21/09/2025

 

 

Introducción

 

La cuestión cronológica de la Última Cena es uno de los grandes problemas de la teología moderna (Pitre, 2015, p. 252; Rosik, 2020; Smith, 2021). Esta dificultad surge a partir de la comparación de la narrativa sinóptica con la joánica respecto de la Última Cena y la Pasión de Jesucristo (O’Flynn, 1958). Hay una aparente contradicción entre los Evangelios sinópticos y el Evangelio según san Juan en lo relativo a la fecha de los eventos desde la Última Cena hasta la resurrección. Los primeros colocan la Cena unívocamente en la noche del 14 de Nisán –es decir, en las primeras horas del 15 de Nisán–, coincidente con la cena de Pésaj en la que se comía el cordero pascual (Ex 12,43-47) (Barton, 1924; Pitre, 2015, p. 254). Según una interpretación muy difundida en círculos académicos, san Juan habría ubicado la Última Cena en la noche del 13 de Nisán, es decir, antes de la Pascua judía (Pésaj). De aceptarse que la Última Cena fue una cena pascual (Séder de Pésaj), como lo dejan ver los sinópticos (Mt 26,20; Mc 14,12; Lc 22,15), esto implicaría que Cristo habría adelantado la cena de Pascua. Algunos investigadores incluso han sugerido una confusión cronológica interna en el Evangelio de Juan con respecto a la fecha de la Última Cena (Pitre, 2015, pp. 252-253).

Se han formulado muchas hipótesis para explicar el supuesto desacuerdo de los Evangelios en esta cuestión[1]. Entre ellas, la explicación del calendario solar esenio ha recibido mucha atención en círculos católicos (Jaubert, 1957). Sin embargo, la idea de que los judíos hubieran utilizado un calendario distinto al de Jesús para calcular la fecha de la Pascua introduce más problemas de los que resuelve: sitúa la Última Cena en martes e implica que Jesús la celebró antes que los demás judíos, lo cual contradice a la Tradición y a los sinópticos, respectivamente. Además, no hay ningún indicio del uso de dos calendarios distintos en los Evangelios. En algunos casos, teorías son lanzadas con imprudente ligereza en nombre de la libertad para la investigación (Suárez, 2023, p. 122). Si bien el problema cronológico afecta tanto a la Última Cena como a la pasión, muerte y resurrección, en general se hace énfasis en la primera (Muñoz Iglesias, 1944). Esto se debe a que la cronología condiciona fuertemente el estudio de la Última Cena: si Jesucristo celebró la Pascua en las vísperas de su muerte, la interpretación de los gestos y palabras de la Última Cena deberá considerar el rito de la Pascua judía (Schmidt, 1892).

El problema cronológico tiene una magnitud e importancia que exceden el ámbito estrictamente académico de la discusión teológica. Destacamos los siguientes aspectos en los que esta cuestión afecta la vida de la Iglesia: (i) la credibilidad del relato evangélico, (ii) la exposición y enseñanza de la fe, (iii) la dimensión pascual de la Última Cena y (iv) la teología de la Eucaristía.

En primer lugar, toda contradicción en los Evangelios resulta problemática (Ehrman, 2009; Schweitzer, 1911). Se han propuesto distintas versiones para aceptar la contradicción en las fechas. Sin embargo, de permanecer irresuelto el problema cronológico de la Última Cena, se admite una tensión –o llanamente contradicción– en las fuentes principales en el desarrollo de los hechos más trascendentes de la vida terrena de Jesucristo. Tal es la posición del célebre biblista católico Raymond Brown (2006), quien indicó: “Las dos tradiciones evangélicas nos han dejado datos cronológicos inconciliables. Lógicamente, pues, uno solo o ninguno de ambos conjuntos de noticias es histórico” (pp. 1606-1607). Por otro lado, santo Tomás de Aquino argumentó que es herético sostener esta contradicción diciendo que los sinópticos se equivocaron: “Graeci respondent dicentes, alios Evangelistas non vere narrasse hoc factum, et ideo Ioannes, qui ultimum Evangelium scripsit, eos correxit. Sed haereticum est dicere, quod aliquid falsum, non solum in Evangeliis, sed etiam in quacumque canonica Scriptura inveniatur” (Super Matt., C. 13, L. 1). Los Evangelios fueron inspirados o escritos por dos discípulos directos de Cristo, que estuvieron presentes en la Última Cena: Juan y Mateo. ¿Cómo es entonces posible que alguno de ellos yerre en un tema tan central? Más aún, el problema cronológico de la Última Cena deriva en dos cronologías incompatibles respecto de la muerte de Jesucristo, momento clave de la historia para el cristianismo. Este hecho ha sido de una trascendencia tan grande que no cabe la posibilidad de una mera confusión en las fechas por parte de los evangelistas y de los discípulos que reconocieron el testimonio y la veracidad de los Evangelios (Leal, 1957a, p. 325).

 

Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. (Lc 1,1–4)

 

El problema cronológico de la Última Cena afecta la credibilidad del testimonio evangélico. Tanto es así que la discordancia de fechas ha sido presentada como una objeción fatal a la autenticidad del cuarto Evangelio por parte de algunos críticos de la Escuela de Tübingen (Schaff, 1922, p. 219).

En segundo lugar, esta aparente contradicción afecta la enseñanza de la fe. La incertidumbre en la cronología de la Última Cena dificulta la labor catequética, en la cual la Eucaristía tiene un rol clave (Haller, 2017). Además, tiene inevitablemente implicancias negativas en lo que respecta a la exposición y la defensa de la fe frente a los no creyentes. El declive en la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía es ampliamente conocido (Briola, 2023, p. 5; Juan Pablo II, 2003, n. 10). Paralelamente a los movimientos de avivamiento del culto eucarístico (National Eucharistic Revival, 2024[2]; Magas, 2024), la teología católica debe dar respuestas claras a las preguntas abiertas sobre la Última Cena.

En tercer lugar, según explica Ratzinger (2011): “La Última Cena de Jesús está tan estrechamente vinculada a la tradición de la Pascua que negar su carácter pascual resulta problemático” (p. 75; Pitre, 2015, pp. 251-252). Sin embargo, la interpretación de la Última Cena depende completamente de la cronología de los hechos (Pitre, 2015, p. 254; Schmidt, 1892). La comprensión histórica (historisches Verstehen) de la cena influye en la comprensión de su esencia (das Wesen) (Gese, 1989, p. 107).

En cuarto lugar, salvar la aparente contradicción en tan importante hecho de la Cristiandad tiene implicancias en la teología y la liturgia de la Eucaristía. Por ejemplo, el académico protestante Gese (pp. 126-127) concluye que la Última Cena fue un sacrificio de acción de gracias y no un Séder de Pésaj basándose en el problema de las fechas. La hipótesis de la Toda (sacrificio de acción de gracias) de Gese ha acaparado una considerable aceptación en círculos católicos porque explicaría ciertos elementos de la liturgia católica. Sin embargo tiene serios problemas argumentativos y no puede aceptarse solo por conveniencias prácticas (Loehr, 2016, pp. 473-483; Pitre, 2015, pp. 283-313). La Eucaristía es central para la vida de la Iglesia y marca el camino de la vida de los cristianos (Albado et al., 2016; Concilio Vaticano II, 1964, n. 11). Es “un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones” (Juan Pablo II, 2003, n. 10). Grandes interrogantes sobre el origen de este sacramento y, en particular, en lo relativo a su relación con la Pascua judía, dificultan la correcta comprensión del significado de la Eucaristía para la Iglesia y abren la puerta a doctrinas contrarias a las enseñanzas de la Iglesia (Thayer, 1899).

El tema en cuestión ha sido abordado en estudios previos. Algunos de ellos han llegado a conclusiones similares a las que aquí arribamos (Barton, 1924; Leal, 1944; Miller, 2014; Pitre, 2015). Sin embargo, la teología católica contemporánea no se ha pronunciado con firmeza. Por el contrario, priman posturas que intentan explicar la contradicción como un recurso literario, pero que no resuelven los interrogantes planteados previamente y, por tanto, no satisfacen (Aldazábal, 2007, pp. 54-72). Además, las respuestas dadas se basan en estudios filológicos e históricos, pero no presentan suficientes testimonios de la Sagrada Tradición (Jeremias, 1960).

En un loable esfuerzo por dirimir el problema cronológico de la Última Cena, John P. Joy (2013) realizó un estudio comparativo en el que contrapuso las opiniones de Joseph Ratzinger y de santo Tomás de Aquino. Ratzinger (2011, p. 75) concluyó que las soluciones propuestas no resultan satisfactorias e indicó que, en su opinión, la cronología joánica (13 de Nisán) sería la más razonable. Indudablemente, la reputación de este gran teólogo y papa alemán ha influido en la problemática cronológica. En su ensayo, Joy argumenta a favor de la explicación tomasiana. Sin embargo, no responde a todas las objeciones. Además, su argumentación se basa en los escritos propios del Aquinate, pero no presenta suficientes fuentes de la Sagrada Tradición para apoyar sus argumentos.

Un abordaje propio de la teología católica que resuelva el problema cronológico es necesario y urgente. En primer lugar, debido a la aceptación en círculos católicos de interpretaciones que ponen en tensión las cronologías de los sinópticos con la de san Juan. Por ejemplo, a nivel académico, Aldazábal (2007, pp. 17-96); a nivel de divulgación, García (2007, p. 64), y a nivel educativo, Universidad Eclesiástica San Dámaso (2017, p. 10). En segundo lugar, debido a la necesidad de sustentar la argumentación con fuentes de la Sagrada Tradición. Solo desde la perspectiva católica podemos conjugar la Sagrada Escritura con la Tradición y darle a esta última la importancia que le corresponde como fuente de la Revelación (Concilio Vaticano II, 1965a, n. 8). Este punto es clave para dar una respuesta veraz y segura al problema en cuestión. A pesar de esto, hasta la fecha no se ha abordado el problema de la cronología de la Última Cena por parte de la teología católica contemporánea con base a una argumentación sistemática y referencias de la Sagrada Tradición. En consecuencia, el problema sigue abierto, lo que constituye una acuciante brecha en el conocimiento para la teología y la vida de la Iglesia.

El objetivo de este trabajo es dar una respuesta al problema de la cronología de la Última Cena basada en los escritos de santo Tomás de Aquino –cuya importancia para el pensamiento y la teología de nuestro tiempo ha sido enfatizada por Francisco (2022), Botella Cubells (2018, pp. 329-336), Benedicto XVI (2010a), san Juan Pablo II (1998, nn. 43 y 78), el Concilio Vaticano II (1965b, 16), san Pío X (1907, nro. 46) y León XIII (1879), entre otros–. Para eso, seguimos una exposición estructurada según la metodología tomasiana. Además, basamos nuestra investigación, en gran parte, en escritos claves del Aquinate: la Catena Aurea y sus Comentarios a los Evangelios según san Mateo y san Juan. Este estudio se enmarca dentro del tomismo bíblico, una corriente tomista que ha despertado creciente interés en los últimos años (Levering et al., 2021). Nuestro trabajo aporta datos de la Tradición para resolver el problema de qué día del mes de Nisán tuvo lugar la Última Cena.             

 

Metodología

 

La problemática cronológica surge de una serie de versículos difíciles del Evangelio de san Juan. Por lo tanto, para dar respuesta a esta problemática, es necesario analizar cada uno de los versículos y dar una explicación plausible y sustentada por evidencia de la Tradición. Los escritos de santo Tomás son un modelo de pensamiento para entender las cuestiones de la fe y la Sagrada Escritura (Ramírez, 2012, p. 66). Esto no se debe únicamente al contenido de sus escritos, sino también a su modo de hacer teología (Juan Pablo II, 1998, n. 43). Con base a estas consideraciones, utilizamos la metodología de la Summa Theologiae de santo Tomás de Aquino, que permite una aproximación sistemática al problema. En primer lugar, introducimos la pregunta o quaestio a resolver. A continuación, presentamos las objeciones más prominentes que se han planteado. Seguidamente, incluimos un argumento preliminar basado en voces autorizadas de la tradición católica. Luego, presentamos nuestra respuesta a la quaestio. Finalmente, respondemos a cada una de las objeciones. Esta última sección es la más extensa debido a la gran cantidad de opiniones contrapuestas que se han emitido.

El presente estudio se sirve de la Catena Aurea de santo Tomás, así como de sus comentarios a los Evangelios de san Mateo y san Juan, y de la Suma de Teología. La fuente de referencia en latín fue el Corpus Thomisticum[3]. Respecto de los comentarios, hacemos notar que estos son conjuntos de reportes (reportationes), en parte corregidos por el Aquinate, pero no de su pluma (Colberg, 2021). Sobre este punto y sobre la cuestión de las fuentes primarias referimos al lector al estudio de Weisheipl (1974, pp. 371–372).

Analizamos los textos bíblicos utilizando la versión crítica griega de Nestle et al. (2014) (NA28). Los textos de la Nova Vulgata Bibliorum Sacrorum fueron consultados de la misma obra. Salvo indicación contraria, las citas bíblicas en dichos idiomas fueron tomadas de ella. Los textos bíblicos en español han sido tomados de la Biblia de Jerusalén (Ubieta López, 2019)[4]. En los versículos clave, intercalamos los textos griegos de la NA28 en las secciones más relevantes. Finalmente, utilizamos la versión crítica sobre el texto original del Nuevo Testamento de Manuel Iglesias González (2017). Las traducciones tomadas de esta versión se indican explícitamente para diferenciarlas de las citas de la Biblia de Jerusalén.

Si bien nuestra investigación se basa en el método y las fuentes del Aquinate, complementamos nuestros argumentos con algunas conclusiones presentadas por Brant Pitre (2015, pp. 331–373) en un estudio reciente y detallado sobre el tema, fundado en el método histórico-crítico, así como con otras investigaciones lingüísticas e históricas. Dicho trabajo ha sido elogiado por varios académicos debido a su rigor académico y profundidad (Baldovin, 2016; Frayer-Griggs, 2016; Smith, 2021; Wessels, 2017). En particular, Smith (2021) escribió al respecto: “Indeed, Pitre’s monograph of more than five hundred pages is the first serious foray into this crucial biblical topic in what feels like ages”. Remitimos al lector interesado en esta metodología al estudio de Pitre, ya que su aplicación exhaustiva excede el alcance de este trabajo. Dicho enfoque puede servir de apoyo al desarrollo aquí presentado. Dado que nuestro estudio versa sobre el problema de las fechas, conviene aclarar la convención de fechas utilizada. En este trabajo, consideramos ambas convenciones, la judía y la cristiana para el recuento de los días. En la judía, el día finaliza al caer el sol, mientras que en la cristiana, se extiende hasta la medianoche. En general, identificamos la llamada cronología joánica con el 13 de Nisán: Cristo habría celebrado la Última Cena al finalizar el 13 de Nisán, luego de la caída del sol. En este punto, asumimos la convención cristiana. Para la llamada cronología sinóptica, asumimos la convención judía: Jesús habría comido con sus discípulos por última vez en las primeras horas del 15 de Nisán. De esta manera, eliminamos la ambigüedad relacionada con el 14 de Nisán. Salvo indicación contraria, seguimos esta regla. En caso de ambigüedad, aclaramos con la relación al ocaso.

 

Desarrollo

 

Quaestio

 

La pregunta (quaestio) a resolver es: ¿Indica el Evangelio según san Juan que la Última Cena de Jesucristo ocurrió el día 13 de Nisán, en contradicción con la cronología sinóptica (15 de Nisán)?

 

Objeciones

 

Primera objeción: versículos problemáticos. La cronología joánica, contraria a la de los sinópticos, se deduce a partir de los siguientes versículos del Evangelio de san Juan: 13,1.29; 18,28; y 19,14.31.42. Estos versículos se discuten en numerosos artículos y tratados sobre este tema. Entre ellos, destacamos los trabajos de Sayés (2016, pp. 72-75), Pitre (2015, p. 257), Brown (2006, pp. 1595–1596), Cortés-Quirant (1958) y Muñoz Iglesias (1944). En particular, respecto de Jn 18,28, escribe Ratzinger (2011):

 

Las autoridades judías que llevan a Jesús ante el tribunal de Pilato evitan entrar en el pretorio “para no incurrir en impureza y poder así comer La Pascua” (18,28). Por tanto, la Pascua no comienza hasta el atardecer; durante el proceso se tiene todavía por delante la cena pascual; el juicio y la Crucifixión tienen lugar el día antes de la Pascua, en la “Parasceve”, no el mismo día de la fiesta. Por tanto, la Pascua de aquel año va desde la tarde del viernes hasta la tarde del sábado, y no desde la tarde del jueves hasta la tarde del viernes. (p. 75)

 

Segunda objeción: la inmolación de los corderos. Ratzinger indica lo siguiente refiriéndose a la supuesta cronología joánica: “Según esta cronología, Jesús muere en el momento en que se sacrifican los corderos pascuales en el templo. Él muere como el verdadero Cordero, del que los corderos pascuales eran mero indicio”. Esta cronología implica que Jesucristo habría muerto el 14 de Nisán, el día anterior a la noche de la celebración pascual, día en que los corderos eran inmolados en el templo en preparación para la cena. Esto mostraría a Cristo como el verdadero cordero pascual inmolado para establecer la Nueva Alianza con el Padre. Parecería ser que no solo en el día, sino que incluso en la hora –hora de nona, 3 de la tarde–, se habría dado esta coincidencia con el sacrificio de los corderos (Jeremias, 1960, p. 68). Esto resalta el hecho de que Jesucristo es inmolado por nuestra salvación (Benedicto XVI, 2007, p. 10).

 

Tercera objeción: el día de la fiesta. Marcos indica que los príncipes judíos planeaban matar a Jesús fuera del tiempo de la Pascua: “No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo” (Mc 14,1). Ante esto, explica Joseph Ratzinger:

 

Con todo, hoy se ve cada vez más claramente que la cronología de Juan es históricamente más probable que la de los Sinópticos, porque –como ya se ha dicho– el proceso y la ejecución en el día de la fiesta parecen difícilmente imaginables.

 

Cuarta objeción: la polémica cuartodecimana. Según relata Eusebio de Cesarea (Schaff & Wace, 1890, vol. V, c. XXIII), las iglesias de Asia celebraban la Pascua el 14 de Nisán, conmemorando la muerte de Jesús (Mendoza Ruiz, 1964, p. 17). Los orientales sostenían que esta práctica estaba fundada en el apóstol Felipe y en el mismo apóstol Juan (Schaff & Wace, 1890, vol. V, c. XXIV). En esta línea, Baldovin (2016) sugiere que el cuartodecimanismo requiere la cronología joánica del 13 de Nisán.

 

Quinta objeción: el relato “teológico”[5]. San Juan no pretende hacer un relato histórico de los hechos, sino teológico, lo cual salva la aparente contradicción con los sinópticos (Aldazábal, 2007, p. 66). San Juan habría alterado la fecha de la muerte de Jesucristo con motivos teológicos (Pitre, 2015, p. 314). Esta es la propuesta de Joachim Jeremias (1960, p. 77), quien usa el término Typologie para referirse a la pretendida cronología teológica de san Juan y defiende la historicidad de la cronología sinóptica.

 

Sed contra

 

Contra esto está la opinión de grandes pensadores clásicos de la teología católica, entre los que destacan santo Tomás de Aquino y san Agustín de Hipona, junto con san Juan Crisóstomo, san Anselmo, san Justino, san Ireneo, Orígenes, Tertuliano, san Ambrosio y Teofilacto (Leal, 1944, p. 171). El Aquinate da a entender que esta controversia era conocida en su tiempo y responde de la siguiente manera en el contexto de la disputa sobre la materia del pan eucarístico:

 

Los griegos dicen que Mateo, Lucas y Marcos se equivocaron, y que Juan los corrigió, ya que esto [la preparación de la Última Cena] sucedió antes del día de la Pascua. Sostienen que el Señor sufrió el día catorce de la luna y que la cena tuvo lugar el día trece. Por lo tanto, argumentan que Cristo no celebró con pan ázimo, sino con pan fermentado. Y tratan de confirmar esto con varios argumentos […] Pero esto no puede sostenerse, porque el Señor no quebrantó las ceremonias. No se encuentra que la Pascua se haya anticipado, aunque sí se encuentra que se haya prolongado. Y, dado el caso de que se hubiese anticipado, esto no respalda la postura de los griegos, porque está escrito que la Pascua debía comerse con ázimos y hierbas amargas. Si Cristo lo hubiera hecho de otra manera, habría actuado contra la ley. Por lo tanto, según los tres evangelistas, esto sucedió el día catorce de la luna, y en ese momento era necesario comer la Pascua. (Super Matt., C. 26, L. 17-25)[6]

 

Y en sus comentarios al Evangelio según san Juan, el Doctor Angélico da una importante clave interpretativa:

 

Por lo tanto, debemos decir con Jerónimo, Agustín y otros Padres Latinos que el día catorce es el comienzo de la fiesta, pero la Pascua no solo se refiere a esa noche, sino a todo el tiempo comprendido por los siete días durante los cuales comieron pan ácimo. (Super Io., C. 18, L. 5, n. 2334)[7]

 

Respondemos

 

San Juan no coloca la Última Cena en un día distinto a aquel indicado por los demás evangelistas. Ciertamente, su lenguaje es distinto por la singularidad de este Evangelio y su intención teológica. Sin embargo, Juan sigue la misma cronología de los Sinópticos, es decir, la cronología real (histórica) de los hechos tal cual sucedieron y que todos los evangelistas conocían sin lugar a duda. Así lo entendió la Iglesia a lo largo de los siglos, según lo indican las fuentes consultadas (ver respuesta a las objeciones). Los versículos que se han utilizado para argumentar lo contrario no indican una nueva cronología si se interpretan correctamente, según el significado original transmitido por la Iglesia a lo largo de los siglos. El significado correcto se descubre a partir de las fuentes de la Tradición –aunque es posible llegar a la misma conclusión utilizando el método histórico-crítico (Pitre, 2015, pp. 331–373)–. Aquellas citadas por santo Tomás de Aquino en la Catena Aurea exhiben un acuerdo casi absoluto. En suma, el evangelista Juan, al igual que los Evangelios Sinópticos, ubica la Cena del Señor en la noche del 14 de Nisán (i. e., en las primeras horas del 15 de Nisán). Jesucristo y sus discípulos celebraron la Última Cena en el mismo momento en el que los demás judíos celebraban la Pascua judía (ver Ex 12, 6-14).

 

Respuesta a las objeciones

 

A continuación, respondemos a cada una de las objeciones, en el mismo orden en que fueron introducidas previamente.

 

Respuesta a la primera objeción. Los versículos del Evangelio según san Juan se explican correctamente siguiendo fuentes clave de la Tradición. Las explicaciones son compatibles con la cronología sinóptica. A continuación, indicamos las interpretaciones dadas por los padres de la Iglesia y otros importantes autores católicos y recogidas en la Catena Aurea de santo Tomás.

 

Capítulo 13 del Evangelio según san Juan. Se lee en el primer versículo del capítulo decimotercero del Evangelio según san Juan:

 

Antes de la fiesta de la Pascua (Πρὸ δὲ τῆς ἑορτῆς τοῦ πάσχα), Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre. Él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final. (Jn 13,1)

 

Jesús sabía que su Pascua estaba cerca, su vuelta al Padre. Ésta es la fiesta de la Pascua (ἑορτῆ τοῦ πάσχα) a la que se refiere el evangelista. Es una Pascua que se extiende más allá de la cena pascual, pero no se adelanta (Super Matt., C. 26, L. 2). Esto mismo es lo que indica san Agustín:

 

Pascua no es, como creen algunos, nombre griego, sino hebreo. Y muy oportunamente se da en ambas lenguas, respecto de esta palabra, cierta coincidencia de significación, porque en griego paschein significa padecer, y de aquí que Pascua quiera decir pasión, derivando este nombre de aquel verbo. Y en su lengua, o sea la hebrea, Pascua es tránsito (Pascha transitus dicitur), por la razón de que los judíos la celebraron por primera vez cuando habiendo salido de Egipto atravesaron el mar Rojo. Y ahora aquella figura profética se completa en la realidad, porque Cristo es conducido al sacrificio como un cordero, con cuya sangre, pintadas nuestras puertas (esto es, hecho el signo de la cruz en nuestras frentes), somos libres de la perdición de esta vida, como aquellos de la cautividad egipcia. Y verificamos un tránsito en sumo grado saludable, pasando a Cristo desde el poder del diablo, y desde esta vida transitoria a aquel reino lleno de poderío. Por eso el evangelista, queriéndonos dar la interpretación de esta palabra Pascua, dice: “Sabiendo que llegó la hora en que había de pasar de este mundo al Padre”; he aquí la Pascua, he aquí el tránsito. (Agustín, In Ioannem tract., 3, 55; citado en Catena in Io., C.13, L.1)

 

El mismo texto bíblico da la clave interpretativa mediante la aclaración de lo que sabía Jesús, es decir, “que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”. El versículo puede parafrasearse de la siguiente manera, para aclarar su significado: “Antes de su vuelta al padre, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…”. Esta explicación está alineada con el comentario de santo Tomás al Evangelio de san Mateo (26,17–25):

 

¿Cómo responder entonces a lo que dice Juan: “Antes de la fiesta de la Pascua”? Se debe decir que la costumbre era comenzar el día desde la víspera, y así el día pascual comenzaba desde la tarde. Esto está indicado en Éxodo 12,18: “El día catorce de la luna, al atardecer, celebraréis la Pascua”, y desde entonces no se encontraba pan fermentado en las casas de los judíos hasta el día veintiuno. Así que, si contamos desde la tarde del día catorce de la luna, la preparación ocurrió antes del día de la Pascua, pero seguía siendo el día catorce de la luna. Juan, por lo tanto, llama “día de los ázimos” al día catorce y “día de la Pascua” al día quince de la luna. (Super Matt., C. 26, L. 17-25)

 

Encima de esto, es sabido que el término “Pascua” (πάσχα) tiene cuatro significados en la literatura judía antigua (Pitre, 2015, p. 331): (i) el cordero pascual (14 de Nisán), (ii) la cena de las primeras horas del 15 de Nisán, (iii) la celebración de los ácimos (15–21 de Nisán) y (iv) la semana de Pascua que consiste en siete días de celebración (15–21 de Nisán).

En el versículo 29 del mismo capítulo, explica san Juan: “Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: ‘Compra lo que nos hace falta para la fiesta (ἀγόρασον ὧν χρείαν ἔχομεν εἰς τὴν ἑορτήν)’, o que diera algo a los pobres” (Jn 13,29).

La Catena Aurea no se pronuncia respecto del uso de la palabra “fiesta” en este versículo. El término ἑορτή empleado por san Juan suele traducirse como “fiesta” o como “día festivo” (Delgado Jara, 2014, p. 88). Este término se encuentra otras veces en los sinópticos y en el mismo Evangelio según san Juan para referirse a distintas festividades y su traducción como “fiesta” es adecuada en este caso (Iglesias González, 2017, p. 455). Es cierto que en Jn 6,4 se usa ἑορτή para referirse a la Pascua de los judíos. Sin embargo, el mismo término es utilizado inequívocamente por Juan para referirse a otra fiesta, la fiesta judía de las tiendas, en el séptimo capítulo de su Evangelio (Jn 7,2. 8). Además, en el Evangelio según san Lucas (Lc 22, 1) encontramos el término ἑορτή referido a la fiesta de los ázimos, que comenzaba en la Pascua judía. Por la evidencia presentada, se concluye que Jn 13,29 bien puede referirse a las fiestas de los ázimos que comenzaban al anochecer del 14 de Nisán, día en que Jesucristo celebró la Última Cena con sus discípulos. No es necesario forzar una contradicción de fechas para dar una interpretación plausible a estos versículos.

 

Capítulo 18 del Evangelio según san Juan. Otra dificultad surge del capítulo decimoctavo del Evangelio de san Juan: “De la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua (φάγωσιν τὸ πάσχα)” (Jn 18,28).

San Juan Crisóstomo da dos posibles explicaciones para este pasaje. O bien Jesús anticipó la cena de Pascua, o bien “Pascua” significa todos los días de la fiesta de los ácimos:

 

Porque era entonces cuando los judíos celebraban la Pascua. Pero Jesús la había anticipado un día, reservando su muerte para que se realizara en el sexto día de la semana, que era cuando se celebraba la antigua Pascua. O bien tomando por Pascua todos los días de la festividad. (Crisóstomo, In Ioannem, hom. 82; citado en Catena in Io., C.18, L. 28)             

 

San Agustín se decanta por la segunda opción. Él interpreta el término “Pascua” de Jn 18,28 de la siguiente manera: “Porque habían empezado los días de los ázimos, en los cuales no podían entrar en la habitación de un extranjero sin contaminarse” (Agustín, In Ioannem tract., 3, 55; citado en Catena in Io., C.18, L.28). Esto corresponde a la tercera (iii) acepción del término πάσχα en el contexto judío de la época, explicado previamente.

Evidentemente, el texto de Jn 18,28 es problemático porque el término “comer la Pascua” (φάγωσιν τὸ πάσχα) parece referirse a la cena pascual de las primeras horas del 15 de Nisán (Lc 22,15). Si bien algunas traducciones de Jn 18,28 implican una comida o cena en particular –e. g., “participar en la comida de Pascua” (Conferencia Episcopal Argentina, 1990)–, la traducción más fiel al original es “comer la Pascua” (Iglesias González, 2017, p. 474). Debe admitirse la posibilidad de que φάγωσιν τὸ πάσχα se refiera a una comida distinta a la cena pascual de la noche de Nisán 14. Alcuino aboga por esta posibilidad:

 

Se llamaba Pascua propiamente el día en que el cordero era sacrificado, en la tarde del día catorce de la luna, y los siete días siguientes se denominaban de los ázimos, durante los cuales no podía tenerse en las casas nada fermentado. Pero el día de la Pascua se cuenta entre los ázimos, según San Mateo (Mt 26, 17). En el día primero de los ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la comida de Pascua?” Los días de los ázimos se llamaban Pascua, como en este pasaje: “Para que comieran la Pascua”, porque la Pascua no era en el día del sacrificio del cordero, que se sacrificaba el día catorce por la tarde, sino una gran solemnidad que se celebraba el día quince, después de comer la Pascua. Este es, en efecto, el día catorce de la luna, en el que el Señor, así como los demás judíos, celebró la Pascua, y en el día quince, cuando se celebraba la gran solemnidad, fue crucificado. Pero el día catorce de la luna empezó su inmolación desde que fue aprehendido en el huerto. (citado en Catena in Io., C.18, L. 28-32)

 

La explicación de Alcuino está alineada con la de san Agustín –posiblemente el primero siga al obispo de Hipona–. Estas también coinciden con la segunda posibilidad dada por Crisóstomo. Esta explicación tiene la gran ventaja de ser acorde a la cronología de los sinópticos. El día del sacrificio del cordero era el 14 de Nisán (“de la luna”) por la tarde, i. e., antes de caer el sol y dar comienzo al 15 de Nisán. El Señor celebró la Pascua en la noche del 14 de Nisán, i. e., las primeras horas del 15 de Nisán. Lo hizo “así como los demás judíos” según tenemos certeza por los Evangelios Sinópticos y en línea con la interpretación de santo Tomás de Aquino al Evangelio según san Juan:

 

La Pascua se refiere […] a todo el tiempo comprendido por los siete días durante los cuales comieron pan ácimo, el cual debía ser comido por aquellos que estaban puros. Debido a que los judíos habrían contraído impureza al entrar a la casa de un juez extranjero, no entraron para no quedar contaminados, sino poder comer la Pascua, es decir, el pan ácimo. (Super Io., C. 18, L. 5, n. 2334)[8]

 

En Jn 18,28, “comer la Pascua” se refiere a los siete días en que los judíos comieron pan ácimo. Pitre (2015, pp. 352-356) llega a esta misma conclusión presentando evidencias históricas y lingüísticas de fuentes judías como el Talmud Babilónico y la Mishnah.

 

Capítulo 19 del Evangelio según san Juan. En el capítulo decimonoveno del Evangelio según san Juan encontramos los siguientes versículos problemáticos:

 

Era el día de la Preparación de la Pascua (ἦν δὲ παρασκευὴ τοῦ πάσχα), hacia la hora sexta. Dijo Pilato a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. (Jn 19, 14)

Los judíos, como era el día de la Preparación (ἐπεὶ παρασκευὴ ἦν), no querían que quedasen los cuerpos en la cruz el sábado (ἵνα μὴ μείνῃ ἐπὶ τοῦ σταυροῦ τὰ σώματα ἐν τῷ σαββάτῳ) –porque aquel sábado era muy solemne (ἦν γὰρ μεγάληἡμέρα ἐκείνου τοῦ σαββάτου)–. Así que rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. (Jn 19, 31)

Allí, pues, pusieron a Jesús, porque era el día de la Preparación de los judíos (ἐκεῖ οὖν διὰ τὴν παρασκευὴν τῶν Ἰουδαίων) y el sepulcro estaba cerca. (Jn 19,42)

 

Respecto de Jn 19,14, una traducción más literal sería “Era [la] ‘Preparación’ de la Pascua” (Iglesias González, 2017, p. 477). Aquí, “Preparación” traduce el término παρασκευὴ o parasceve, que significa la “víspera –viernes– y preparación de la Pascua” (Delgado Jara, 2014, p. 172). Indica Alcuino al respecto:

 

Parasceve quiere decir preparación. Este es el nombre que se daba al sexto día, en el que se preparaba lo necesario para el sábado; como se dijo del maná: “El día sexto recogeréis doblado” (Ex 16, 26). Por cuanto en el día sexto fue hecho el hombre y descansó Dios en el séptimo, también en el día sexto padece por el hombre el Salvador y el sábado descansa en el sepulcro. Sigue: “Era, pues, como la hora de sexta”. (citado en Catena in Io., C.19, L. 13-16)

 

San Agustín resuelve la cuestión del día y la hora[9] en Jn 19,14 con la siguiente argumentación:

 

¿Por qué San Marcos dice “era la hora de tercia cuando le crucificaron” (Mc 15, 25) sino porque era en esta hora cuando fue crucificado el Señor por la lengua de los judíos, y en la de sexta por las manos de los soldados, y entendamos que era ya pasada la hora quinta y comenzada la sexta cuando Pilato se sentó en el tribunal que es casi la hora de sexta de que habla San Juan, y fue conducido y crucificado, sucediendo junto a la cruz lo que se refiere, al cumplirse íntegra la hora sexta, desde la cual hasta la nona se oscureció el sol y se extendieron las tinieblas, como certifican Mateo, Marcos y Lucas. Pero como los judíos procuraron echar la culpa de la crucifixión de Jesús sobre Pilato y sus soldados, San Marcos, pasando por alto la hora en que el Señor fue crucificado, hace mención de la tercia, para que no aparezca que sólo los soldados crucificaron a Jesús, sino que también los judíos pidieron a la hora de tercia que fuese crucificado. También se presenta otra solución a esta dificultad, que consiste en que no se cuente la hora de sexta desde principio del día, sino desde la Parasceve, porque ni tampoco San Juan dijo que era como la hora de sexta del día, sino que dijo: “Era la Parasceve casi hora de sexta”. Parasceve en latín es preparación. En nuestra Pascua fue inmolado Cristo, como dice el Apóstol (1 Cor 5,7). La preparación de la Pascua, si la empezamos a contar desde la hora de nona de la noche, que fue cuando los Príncipes de los sacerdotes pronunciaron la sentencia de inmolación del Señor (diciendo reo es de muerte) (Mt 26,66) hasta la hora de tercia del día que fue crucificado Cristo, según atestigua el Evangelista San Marcos, consta de seis horas: tres de noche y tres de día. (Agustín, in Ioannem, tract., 117, citado en Catena in Io., C. 19, L. 13-16)

 

De la lectura de Jn 19,31, se deduce que [el día de] la παρασκευὴ era el sexto día, es decir, la víspera del sábado (σάββάτον). San Juan explica que ese era un sábado muy solemne. La razón es que se trataba del sábado de la fiesta de la Pascua, entendida en el sentido amplio de la fiesta de los ácimos. Esta clarificación de san Juan es compatible con las explicaciones de san Agustín y Alcuino. Sumado a lo anterior, escribe san Beda el Venerable, doctor de la Iglesia:

 

Según el Antiguo Testamento, entre la Pascua y los Azimos [sic] hay la diferencia de que se llamaba Pascua sólo el día en que se inmolaba el cordero por la tarde, que era el catorce de la luna del primer mes, y la fiesta de los Azimos comenzaba el día quince, que fue el de la salida de Egipto, y duraba siete días, es decir, hasta el veintiuno del mismo mes por la tarde. Pero los Evangelistas suelen poner indistintamente la Pascua por los Azimos, y viceversa. Así es que dice San Marcos: “Dos días después era la Pascua y los Azimos”, porque el precepto era celebrar con pan ázimo el día de Pascua. Nosotros debemos celebrarla de continuo no olvidando que debemos pasar de este mundo. (San Beda el Venerable, in Marcum 4,43, citado en Catena in Mc. C.14, L.1–2)

 

La misma clave interpretativa resuelve el último versículo problemático: Jn 19,42. Aquí, lo importante es el significado de Parasceve, que se explicó previamente: “Parasceve (esto es preparación) era llamado el día sexto…” (San Beda el Venerable, citado en Catena in Io., C. 19, L. 31-37). Podríamos preguntarnos si la aclaración “de los judíos” en este versículo no sugiere una cronología distinta entre los judíos y los discípulos de Jesús en la Pascua de ese año (teoría de los dos calendarios). Sin embargo, esta precisión puede explicarse por la audiencia del evangelista, que desconocía muchas prácticas del judaísmo. De la misma manera, san Juan explica los ritos de purificación (Jn 2,6), la fiesta de las Tiendas (Jn 7,2) y las costumbres judías de sepultar (Jn 19,40).

 

Respuesta a la segunda objeción. Sobre lo expuesto anteriormente, se debe agregar que los sumos sacerdotes se encontraban presentes durante la crucifixión de Jesucristo, por lo que no podrían haber inmolado los corderos al mismo tiempo: “Igualmente los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban de él, diciendo: ‘A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. ¡Es rey de Israel!; pues que baje ahora de la cruz, y creeremos en él’” (Mt 27,41–42). La Misná Pesahim (5,5–6) hace referencia a la inmolación de los corderos pascuales por parte de los sacerdotes.

 

Respuesta a la tercera objeción. Santo Tomás de Aquino explica en la Suma de Teología (III, q. 56, a. 9) que Cristo se mantuvo fiel a la ley (Mt 5,17), al punto que comió la cena de Pascua cuando estaba prescrito: en las primeras horas del 15 de Nisán. En consecuencia, concluye que Cristo padeció en el tiempo oportuno. Por el contrario, los que pidieron su crucifixión violaron la ley al hacer lo que estaba prohibido en el día de Pascua (Nisán 15), debido a su odio: “Pero el furor en que ardían les hizo cambiar de decisión porque habiendo encontrado un traidor mataron a Cristo en la misma festividad” (Crisóstomo, In Matthaeum, hom. 79,3; citado en Catena in Mt., C. 26, L. 3-5). Esto mismo lo explica también san León Magno:

 

Parécenos que fue providencia divina, el que los príncipes de los judíos, que tantas veces habían buscado ocasión de sacrificar a Cristo, no pudieran saciar su furor más que en la solemnidad de la Pascua. Convenía, pues, que lo que había sido figurado y prometido mucho antes, tuviese manifiesto y cumplido efecto, y el sacrificio figurativo fuera sustituido por el verdadero. Completóse con un solo sacrificio el de las variadas y diferentes víctimas, para que las sombras desapareciesen ante la realidad, y cesaran las figuras en presencia de la verdad; la hostia se transforma en otra hostia, la sangre hace desaparecer otra sangre, y las ceremonias legales se cumplen cuando desaparecen. (Sermones, 58, 1; citado Catena in Mt., C. 26, L. 3-5)

 

Los príncipes de los judíos querían acabar con el Redentor fuera del tiempo de las fiestas. Sin embargo, la Providencia Divina había decretado ya la cronología de los hechos. Como siempre sucede, los planes de Dios se imponen: “aunque los planes de los hombres habían sido que no muriese en la fiesta, los de Dios fueron que muriese en la fiesta y en el día primero” (Leal, 1944, p. 186).

La observancia de la ley pascual por parte de Cristo se rememora en la liturgia católica dentro del Pange Lingua de santo Tomás. Desde el siglo XIII, la Iglesia canta: “In suprémae nócte coénae \ Recúmbens cum frátribus, \ Observáta lége plene \ Cíbis in legálibus, \ Cíbum túrbae duodénae \ Se dat súis mánibus” (Benedictines of Solesmes, 1961, pp. 957–958).

 

Respuesta a la cuarta objeción. Es cierto que los cuartodecimanos celebraban la Pascua el 14 de Nisán (convención cristiana), pero las festividades comenzaban al anochecer (Nisán 15, en términos judíos). Según explican los profesores Schaff & Wace (1890, vol. V, c. XXIII, nota 1), los cuartodecimanos ayunaban el 14 de Nisán y celebraban la Pascua al caer el sol, en el comienzo del 15 de Nisán. De esta manera, hacían concordar cronológicamente –en cuanto al día del mes– la celebración pascual con la Última Cena. Siendo que este día (Nisán 15) coincide con el día de la crucifixión, esta celebración recibe el nombre de πάσχα σταυρώσιμον (Llorca, 1976, p. 293; Mendoza Ruiz, 1964, p. 17). Resaltamos que resulta lógico conmemorar la muerte de Jesucristo con una celebración análoga a la Última Cena dentro del marco teológico cristiano.

Notablemente, los críticos de la Escuela de Tübingen entendieron la cronología de los cuartodecimanos en concordancia con la cronología sinóptica (Schaff, 1922, pp. 219–220). Basándose en esto, intentaron desacreditar la autenticidad del cuarto Evangelio, al que adjudicaban la cronología del 13 de Nisán. La postura de santo Tomás armoniza la práctica cuartodecimana (Nisán 15) con el Evangelio según san Juan (también Nisán 15, según sostenemos).

En suma, la cronología de los cuartodecimanos es exactamente la misma que la de santo Tomás: Jesús celebró la última cena en la noche del 14 de Nisán –en las primeras horas del 15 de Nisán–. En los primeros siglos no se cuestionaban las fechas de los sucesos de los últimos días de Jesucristo, sino cuál era la práctica celebrativa más apropiada para la Pascua: ¿el 15 de Nisán, como la Última Cena, o en domingo, como la resurrección? El cuartodecimanismo no es más que otro argumento a favor de la solución tomasiana. El lector podrá encontrar más información sobre la cuestión cuartodecimana en el trabajo de Schaff (1922, pp. 209–220).

 

Respuesta a la quinta objeción. La explicación de una cronología teológica que suplanta el relato histórico de los hechos en san Juan no corresponde a una correcta interpretación bíblica por tres motivos.

En primer lugar, debido a que desconoce el sentido literal de la Sagrada Escritura sobre el cual los demás sentidos se fundan:

 

El sentido literal. Es el sentido significado por las palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación. “Omnes sensus (sc. sacrae Scripturae) fundentur super unum litteralem sensum” (S. Th., 1, q.1, a. 10, ad. 1). Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre el sentido literal. (Conferencia Episcopal Argentina, 1993, 116; Benedicto XVI, 2010b, 37; Manresa Lamarca, 2021)

 

Sería lícito –y deseable– aceptar un sentido literal de la cronología de la Última Cena y sobre este sentido buscar los sentidos anagógicos, alegóricos y morales. Sin embargo, no es lícito descartar el sentido literal en pos de otro sentido espiritual o teológico.

En segundo lugar, debido a que ignora el carácter propio y el sentido del Evangelio según san Juan (Concilio Vaticano II, 1965a, n. 12b). En efecto, el evangelista es “el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21,24). El propósito de san Juan, “dar testimonio”, carece de valor si no presenta los hechos tal cual ocurrieron. No es posible que el testimonio de san Juan sea inválido, ya que ha sido difundido entre las iglesias durante los inicios del cristianismo, e incluido en el canon bíblico: “nosotros sabemos que su testimonio es verdadero”. Por lo tanto, hay que aceptar que el testimonio de Juan es válido y verdadero[10]. Es incorrecto afirmar que san Juan utilizó símbolos con sentido espiritual que falsean la historia, pues la historia y los símbolos exigen compatibilidad: “La historia da firmeza a la fe y el simbolismo da actualidad y presencia a la historia” (Leal, 1960, p. 348). En consecuencia, no puede haber un error cronológico en la presentación de los hechos de la Última Cena, la crucifixión y la resurrección, siendo estos los más importantes de la vida de Jesucristo.

En tercer lugar, porque parece contradecir a “la Tradición viva de toda la Iglesia” (Concilio Vaticano II, 1965a, n. 12c). Esto último, que podrá resultar obvio para algunos lectores, se encuentra sustentado por las citas de grandes referentes de la teología católica, cuyas enseñanzas forman parte de la Sagrada Tradición (ver respuestas anteriores a las objeciones). Futuras investigaciones deberán seguir ahondando en las fuentes de la Tradición para confirmar las conclusiones de este trabajo.             

 

Conclusión

 

La publicación del segundo tomo de Jesús de Nazaret (Ratzinger, 2011) ha generado un nuevo interés en la cuestión cronológica de la Última Cena. Sin duda, la reputación del teólogo Joseph Ratzinger –el santo padre Benedicto XVI– ha suscitado reservas a la hora de pronunciarse con contundencia sobre esta quaestio; y más aún, para hacerlo en contra de la opinión de tan emblemático pensador (Söchting Herrera, 2022). La mayoría de los estudios han empleado el método histórico-crítico para abordar esta polémica, dejando de lado la voz de la Sagrada Tradición. Este enfoque ha probado ser insuficiente, pues a pesar de las numerosas investigaciones, las conclusiones a menudo se contradicen y el problema sigue sin resolverse (Sayés, 2016, p. 77).

Nuestro artículo presenta una argumentación sistemática basada en los escritos y la metodología de santo Tomás de Aquino. Concluimos con el Aquinate que la Última Cena de Jesucristo ocurrió el 14 de Nisán por la noche, es decir, en las primeras horas del 15 de Nisán. Varios pensadores de la teología clásica, incluyendo a santo Tomás de Aquino, san Agustín de Hipona, san León Magno, san Beda el Venerable, y san Juan Crisóstomo, no solo convienen en esta cronología, sino que brindan respuestas satisfactorias a las objeciones presentadas. Este trabajo quiere recuperar para la teología moderna una solución de la teología clásica que había caído en el olvido para los estudiosos contemporáneos.   Leal (1944, pp. 164–173) presenta una extensa reseña de teólogos católicos y protestantes que adhieren a nuestra conclusión. Otros estudios recientes también se pronuncian a favor de esta solución (Joy, 2013; Smith, 1991). Notablemente, Pitre (2015, pp. 331–373) llega a nuestra misma conclusión utilizando el método histórico-crítico en lo que probablemente sea el estudio más exhaustivo de esta temática en el siglo XXI. Su “hipótesis de la Pascua” (Passover Hypothesis) coincide con la solución de santo Tomás de Aquino explicada en este artículo:

 

Both John and the Synoptics are right; the apparent contradiction is based on a misinterpretation of Jewish Passover terminology in John’s Gospel. The contradictory evidence has been misinterpreted by scholars who do not give adequate attention to the cult, chronology, and terminology of the Jewish Passover. (p. 259)

 

En la cuestión cronológica, la claridad argumentativa del Doctor Angélico contrasta con la irresolución de la teología católica actual. Más aún, pese a la firmeza de santo Tomás de Aquino, son escasos los estudios que tienen en cuenta sus escritos, como hemos constatado a partir del estudio de las fuentes citadas en este artículo –en particular, véase la nota al pie número 1–. Esto es de gran perjuicio para avanzar hacia una solución del problema de las fechas (Pío X, 1907, 46). Incluso más notable es la obstinación con que en muchos centros de enseñanza católicos se enfatiza la incertidumbre académica sobre este tema a la par que se omite presentar las posturas y argumentos de los padres y doctores de la Iglesia. Esto último parecería atentar contra los ordenamientos del Magisterio (Concilio Vaticano II, 1965b, 16; Pío X, 1914).

Nuestro estudio intenta dar respuesta a la polémica sobre la cronología de la Última Cena desde la Tradición de la Iglesia Católica. Futuras investigaciones deberán continuar iluminando esta cuestión con otras fuentes de la Tradición, a las cuales hoy en día tenemos un mejor acceso que el que tuvo santo Tomás de Aquino. Tanto este trabajo como los próximos estudios podrían contribuir a destrabar cuestiones históricas y teológicas que hasta ahora permanecen obstaculizadas por la falta de claridad en la cronología: ¿sucedió la Última Cena en el contexto de un Séder de Pésaj? (Douglas, 1999; Jeremias, 1949; Pitre, 2015); ¿qué día de la semana tuvo lugar? (Leal, 1944, pp. 125-126); ¿comió Jesucristo el cordero pascual? (Mc 14,12; Larrañaga, 1946); ¿por qué el evangelista Lucas menciona dos copas en el relato de la Última Cena? (Monks, 1925); ¿en qué momento se retiró Judas, el traidor, del Cenáculo? (Larrañaga, 1946, pp. 400-402); ¿pueden encontrarse caminos ecuménicos a partir de una mejor comprensión de la Última Cena? (Mobley, 2020, p. 694)

 

Agradecimientos

 

El autor agradece al Prof. Dr. Ferran Jarabo Carbonell, al Prof. Dr. Dante A. Urbina, al Prof. Dr. David Torrijos Castrillejo, a la Prof.a Sonia Ortega Sandeogracias y al Dr. Christian Ferraro por sus comentarios, que contribuyeron a refinar el presente trabajo, a santo Tomás de Aquino por sus escritos y su intercesión y a Jesucristo por todos los dones recibidos.             

 

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[1]  Tres reseñas pueden encontrarse en las obras de Brown (2006, pp. 1586-1611), Sayés (2016, pp. 72-78) y Pitre (2015, pp. 258-373). También destacamos los trabajos de Bergsma (2019, pp. 93-109); Cortés-Quirant (1958); Jaubert (1957); Leal (1957b); Mendoza Ruiz (1965a, 1965b); Muñoz Iglesias (1944); Ratzinger (2011, pp. 74-79); Rico Pavés (2006, p. 96); Rosik (2020); Serrano (1979); Shepherd (1961).

[2]  https://www.eucharisticrevival.org/

[3]  https://www.corpusthomisticum.org/. También utilizamos los siguientes recursos digitales en distintos idiomas: en inglés y latín, https://isidore.co/aquinas; en español, https://hjg.com.ar/catena/c0.html. De este último tomamos las citas textuales en idioma español, salvo donde se indica lo contrario.

[4]  Nótese que esta versión de la Biblia asume la tensión entre los sinópticos y el Evangelio de Juan. Por ejemplo, en la nota a Jn 19,14, indica refiriéndose al día de la pasión de Cristo: “Durante este día se preparaba la cena Pascual que debía tener lugar después de ponerse el sol…”.

[5]  Estrictamente, no se trata de una objeción porque de ella no se sigue que la Última Cena haya ocurrido durante las primeras horas del 14 de Nisán. Es más bien una explicación que intenta compatibilizar la aparente contradicción en las fechas. Sin embargo, consideramos pertinente mencionarla y darle respuesta debido a su difusión y al hecho de que afecta la plausibilidad de las soluciones presentadas.

[6]  Traducción del autor.

[7]  Traducción del autor.

[8]  Traducción del autor.

[9]  Teofilacto reporta la siguiente explicación, no como una opinión propia, sino como una propuesta de “otros”: “Otros resuelven esta dificultad culpando a los copistas de que las letras del alfabeto griego fueron cambiadas, porque los griegos usaban las letras como cifras y la letra griega γ significa tres y la letra ς seis. El copista puede haber confundido ambos signos” (citado en Catena in Io., C. 19, L. 13-16). Esta explicación no resulta convincente. Sin embargo, dado que fue incluida por santo Tomás en su Catena Aurea, se transcribe para referencia del lector. Cabe destacar que la explicación de Teofilacto no versa sobre la cuestión cronológica del día de la Última Cena –objeto del presente trabajo–, sino de la hora de la crucifixión.

[10]  El realismo del Evangelio según san Juan ha sido afirmado contundentemente por Leal (1960, pp. 332-336), basándose en estudios histórico-críticos, así como en fuentes de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Hacemos notar también que, en parte, el escepticismo hacia el cuarto Evangelio tiene sus raíces en el problema cronológico tratado en este artículo.