Itinerantes. Revista de Historia y Religión 18 (ene-jun 2023) 5-28

On line ISSN 2525-2178


Los complejos misionales dominicos en la región de La Frontera en la antigua California, 1774-18541



The dominican missioncComplexes in the border region of ancient California, 1774-1854



Erick Pérez Centeno

Instituto dominicano de Investigaciones Históricas, México

erick.pcenteno@gmail.com




Resumen

Tras la expulsión de los jesuitas (1767-1768) y de cinco años de presencia franciscana, la península de California quedó a cargo del trabajo misional de frailes predicadores, a quienes se les encomendó administrar las misiones existentes y continuar la conquista misional. En el desarrollo de estas labores, en el noroeste de la península se conformó la región histórica de la Frontera, que albergó ocho misiones dirigidas por estos dominicos que de forma fluctuante emprendieron la evangelización de los grupos yumanos entre 1774 y 1854.

Partiendo de un estudio histórico, espacial, arquitectónico y constructivo de los complejos misionales dominicos, este texto analiza las dos líneas de avance misional que articularon la región Frontera de la Antigua California: el camino misional a la Alta California y el avance con dirección al río Colorado. Para ello se toman como casos de estudio los complejos misionales de Santo Domingo de la Frontera y el de San Pedro Mártir de Verona.


Palabras clave: misiones, dominicos, complejos misionales, Antigua California.


Abstract

After the expulsion of the Jesuits (1767-1768) and five years of Franciscan presence, the California peninsula was left in charge of the missionary work of preaching friars, who were entrusted with managing the existing missions and continuing the missionary conquest. In the development of these tasks, in the northwest of the peninsula the historical region of the Frontier was formed, which housed eight missions directed by these Dominicans who fluctuatingly undertook the evangelization of the Yumans groups between 1774 and 1854.

Starting from a historical, spatial, architectural and constructive study of the Dominican missionary complexes, this text analyzes the two lines of missionary advance that articulated the Frontera region of Antigua California: the missionary road to Alta California and the advance towards the river Colorado. For this, the missionary complexes of Santo Domingo de la Frontera and San Pedro Mártir de Verona are taken as case studies.


Keywords: missions, dominicans, mission complexes, Antigua California.




Fecha de envío: 19 de mayo de 2023

Fecha de aceptación: 22 de junio de 2023




Introducción


En 1768 los misioneros jesuitas en California fueron obligados a dejar sus fundaciones.2 Éstas quedaron a cargo de los franciscanos del Colegio de Propaganda Fide de San Fernando de México, a quienes además se les instruyó alcanzar la bahía de San Diego y de allí fundar nuevos establecimientos hasta la bahía de Monterrey, con el objetivo de iniciar la conversión de los indígenas al norte de la península y un poblamiento hispánico que inhibiera las incursiones de otras potencias europeas (Ortega, 2001, pp. 33-41; Sales, 2003, pp. 111-112). Con el afan de lograr este cometido, los frailes menores avanzaron sobre el extremo norte de California en 1769, dando como resultado la fundación de dos misiones más: San Fernando Velicatá, casi al final del desierto central, y San Diego de Alcalá, quinientos kilómetros más al norte, en la bahía de igual nombre. Estas dos fundaciones suponían el arranque de la ocupación total de las provincias, que se planteó mediante el establecimiento de cinco misiones más entre las dos mencionadas, y otras cinco entre San Diego y la bahía de Monterrey. Sin embargo, la urgencia de colonizar lo que después sería Alta California hizo que los franciscanos se centraran en cerrar el camino misionero a Monterrey, dejando un área pendiente de ocupación en el norte de la península, entre San Fernando Velicatá y San Diego de Alcalá (Meigs III, 2005: 33-34).

A este proceso de cristianización y colonización de las California se incorporaron los frailes dominicos de la Provincia de Santiago de México (Aguayo, 2012; del Río, 1997). Uno de los principales impulsores del arribo de los predicadores a las misiones de California fue el arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana, quien le aconsejó al rey que autorizara la incursión dominica para evitar que una provincia tan grande fuera controlada por una sola orden, como había ocurrió con los jesuitas (del Río, 1997: 74-75; García Ayluardo, 2010: 237-238; Meigs III, 2005: 35).3 El rey adoptó el consejo del arzobispo y autorizó a los predicadores entrar a las Californias el 8 de abril de 1770. Al mismo tiempo instó a ambas órdenes religiosas a que acordaran la división de la provincia, lo cual hicieron mediante un convenio celebrado el 7 de abril de 1772, que dividió el territorio en dos jurisdicciones religiosas, una franciscana, que cobró el nombre de Alta o Nueva California, y una dominica, que comprendió toda la península, incluidas las antiguas misiones jesuitas, y que comenzó a ser nombrada Antigua o Vieja California (Aguayo, 2012; del Río, 1997; Magaña & Aguayo, 2020).

En virtud de lo acordado en el convenio franciscano-dominico, la incorporación de los predicadores estuvo ceñida a tres objetivos concretos: consolidar las antiguas misiones jesuitas; completar en el menor tiempo posible una ruta misional entre ambas Californias siguiendo el litoral noroeste de la península hasta los confines de la misión de San Diego de Alcalá, y, una vez concluido esto último, continuar sus fundaciones hacia el delta del río Colorado parar abrir un itinerario misionero entre la Antigua California y la Pimeria Alta (Sonora).4

En el desarrollo de los dos últimos objetivos que tenían los dominicos se conformó, en el noroeste de la península de California, la región histórica de la Frontera. Esta construcción espacial y paisajística se dio a través de dos líneas de avance misionales que delinearon la apropiación territorial y el poblamiento hispánicos sobre las territorialidades de los grupos yumanos, las cuales se desplegaron en distintos momentos de manera sucesiva.

La primera de estas líneas de avance se trató del itinerario misional que los frailes dominicos abrieron siguiendo la costa del Pacífico del noroeste de la península. Las labores para establecerla arrancaron en diciembre de 1773, cuando un contingente dirigido por el presidente de los dominicos en California, fray Vicente de Mora, se internó en el espacio de “gentilidad” que se extendía al norte de San Fernando Velicatá.5 Al momento de la incursión dominica, si bien el extremo noroeste de la península no estaba controlado por misioneros y soldados, las exploraciones franciscanas habían identificado una serie de sitios óptimos para sostener los modos de vida y de producción misionales, y se registraron varias “rancherías” indígenas divisadas. Los dominicos se sirvieron de estas descripciones dejadas previamente por los franciscanos y los soldados que acompañaban a éstos, y, en el transcurso de los años, las complementaron con sus propias observaciones.

En muchos de estos parajes señalados se levantaron los complejos misionales, es decir, conjuntos de edificaciones con funciones específicas pero interrelacionadas que conformaban una integración arquitectónica, que mantenían una estrecha conexión con el espacio geográfico donde eran levantados, y con elementos que respondían a concretas necesidades religiosas, políticas, militares, territoriales y productivas, para lograr la conversión de los indígenas (Pérez, 2022, p. 21). Estos complejos misionales perfilaron el avance dominico y fueron conformando la región de la Frontera. En julio de 1774, los dominicos fundaron en el paraje de Viñadaco la primera de sus “misiones frontera”, Nuestra Señora del Rosario. En los años siguientes, entre 1775 y 1791, esta primera línea de avance dominica se fue articulando con la fundación de cuatro misiones más que cerraron el itinerario misionero hasta Alta California: Santo Domingo de la Frontera, San Vicente Ferrer, San Miguel Arcángel de la Frontera y Santo Tomas de Aquino (Figura 1. Líneas de avance misional dominica desplegadas en el norte de la península de California. Fuente: Google Earth Pro (2022)).6

De estas fundaciones, en este trabajo se toma como caso de estudio el complejo misional de Santo Domingo de la Frontera, para ilustrar la línea de avance costera y la construcción del paisaje misional. La razón de esto se debe a que la información sobre esta fundación es la más completa de todas, especialmente los detalles constructivos que aparecen en los informes anuales. Asimismo, porque de todas las misiones dominicas en California, los restos que hoy quedan de Santo Domingo son los más completos y más representativos del programa constructivo seguido por los dominicos en la península a finales del siglo XVIII.

La segunda línea de avance misional que articuló el territorio de la Frontera se trató de una incursión en las serranías que componen el norte peninsular. Arrancó en los últimos años del siglo XVIII, una vez resuelto el camino misionero entre las dos Californias y en medio de una serie de temores a una insurrección indígena proveniente del este. Para controlar esta área, en un inicio se planteó la fundación de tres misiones, sin embargo, al final los misioneros dominicos establecieron dos, San Pedro Mártir de Verona, en 1794, y Santa Catalina Virgen y Mártir en 1797. Con estos dos complejos misionales, los predicadores intentaron evangelizar a los “gentiles” de esta área serrana y posibilitar un rumbo hasta los márgenes del río Colorado para establecer allí una misión más (Figura 1. Líneas de avance misional dominica desplegadas en el norte de la península de California. Fuente: Google Earth Pro (2022)).

Para esclarecer el carácter de esta línea de avance serrana y el paisaje misional construido a partir de ella, se eligió como caso de estudio el complejo misional de San Pedro Mártir de Verona, por ser la primera fundación de las proyectadas para llegar al río Colorado y ya no para alcanzar la Alta California. También porque se cuenta con las observaciones realizadas por algunos autores a principios y finales del siglo XX, que se revisarán más adelante, y con las menciones que dan los informes disponibles, que en conjunto posibilitan un estudio detallado del plano constructivo de la misma.

En adelante, se analizan y describen los elementos constructivos, arquitectónicos y la conformación paisajística de ambos complejos misionales. Lo anterior con el propósito de construir un relato que proporcione una imagen detallada de cada uno, la cual permita comprender e identificar la distribución espacial, los elementos y estancias que los componían, las funciones a las que éstas servían, las modificaciones hechas a los edificios en distintos momentos históricos y el espacio geográfico donde fueron construidos.


Santo Domingo de la Frontera


A un año de fundarse la misión de Nuestra Señora del Rosario, los dominicos establecieron una misión más en la Antigua California. Al norte de la bahía de San Quintín se localizó un sitio que se consideró adecuado para sostener una futura fundación en la semiárida región de la península. Se trataba de un amplio llano que se extendía hasta la costa, al pie de una peña y a un costado de los márgenes de un arroyo (Meigs III, 2005: 134). De acuerdo con los soldados y los frailes que lo inspeccionaron, el paraje contaba con agua, maderas, buenas tierras y “numerosa gentilidad” por evangelizar.7 En agosto de 1775 allí se fundó Santo Domingo de la Frontera, la segunda misión dominica en el “país intermedio” entre ambas Californias.

Para noviembre de ese año ya estaban levantadas las primeras piezas de un complejo misional: “la casita, iglesia, oficinas y algún trigo sembrado”.8 Seguramente comenzó a configurarse una composición cuadrangular con los primeros edificios de adobe con techos de ramas y zacate. En las áreas próximas a estos edificios debieron abrirse algunos campos de cultivo. Situado en este lugar, resulta evidente que con el complejo misional de Santo Domingo de la Frontera se pretendió dominar y configurar el paisaje de sus alrededores. A un lado de la abertura del cañón, se procuró controlar un acceso a la sierra y un cuerpo de agua que parecía prominente. La misión se erigía como la única estructura dominante sobre las amplias llanuras que se extienden hasta las costas y el camino que, procedente de El Rosario, se pensaba continuar hacia el norte.

No obstante, poco más de veinte años después de la fundación, el abasto de agua resultó ser insuficiente. Esto obligó a que la misión fuera desplazada en 1798 “cuatro kilómetros más arriba en el cañón de Santo Domingo a un lugar donde dos cañones confluentes habían formado un llano bastante ancho” (Meigs III, 2005: 67).9 En uno de los ensanchamientos que el cauce del arroyo ha formado en el cañón, no lejos de su abertura, se levantó el segundo sitio, delineado por el curso del arroyo y pegado a las laderas norte del cañón (Meigs III, 2005: 67). A diferencia del sitio anterior, en este punto el abastecimiento de agua fue más constante, se disponía de tierras para el cultivo y era suficiente para el levantamiento del complejo. Los indígenas podían seguir siendo cooptados por los frailes, ya que el sitio se hallaba en una brecha que llevaba de las sierras a la playa, manteniéndose el control de los caminos tradicionales (Figura 2. Mirando hacia el noreste del valle de Santo Domingo, desde la mesa hacia el sur, 1926. Peveril Meigs Baja California Research Materials. MSS 530. Special Collections & Archives, UC San Diego).

Así, el complejo misional de Santo Domingo, como el del resto de las fundaciones del itinerario costero, se construyó durante la última década del siglo XVIII, cuando las misiones dominicas de la Frontera experimentaron una breve etapa de consolidación. Aun así, la obra constructiva entonces levantada no era una estructura definitiva, respondía, más bien, a la necesidad de contar con estancias que pronto sirvieran a las actividades misionales (Sorroche, 2018: 32). Cada año, si lo permitían la disponibilidad de recursos, se le añadían nuevos elementos o habitaciones que complementaban más el complejo misional y que modificaban aún más el paisaje. Por otro lado, la elaboración de adobes para los muros y de vigas para los techos, así como el tallado de piedras para cimientos y contrafuertes, respondieron a la capacidad productiva de la misión y en especial a la disponibilidad de mano de obra indígena, y no a un estilo arquitectónico concreto (Hernández, 2015, 2016).10

El templo fue el primer elemento en construirse, pues era imperativo para los frailes comenzar con la conversión de los indígenas. En 1793, acorde a los preceptos dominicos de sencillez y austeridad, el templo se levantó de una nave corrida con dimensiones modestas (15x8 m). Tenía dos entradas, una al sur y la principal al este. Sus gruesos muros de adobe eran soportados por cimientos de piedras angulares, tomadas de colinas cercanas, y fue techado con vigas cubiertas de jacal (Hernández, 2015: 107; Sorroche, 2012). Para el modo de adoctrinamiento dominico, la atención de los neófitos debía centrarse en elementos visuales simples y concretos, los suficientes para una comprensión básica pero firme de la doctrina. En ese entendido, el interior del templo de Santo Domingo era sencillo, con un rudimentario altar de madera. Su imaginería religiosa se limitó a algunos santos dominicos de bulto, sobre todo un Santo Domingo de Guzmán, unas pinturas y un crucifijo. Para la fundación de cada misión se proporcionaban “algunos vasos sagrados, alhajas y ornamentos” necesarios para la celebración del culto católico.11 Junto al templo se encontraban las habitaciones de los frailes, también de adobe y soportadas por “un contrafuerte de piedra groseramente acopladas para apuntalar la buhardilla del oeste”, que aún existe (Meigs III, 2005: 136; Sorroche, 2012). Mientras tanto, los campos de cultivo se fueron labrando hacia el lado sur del templo, con dirección al arroyo (Figura 3. Pared sur de la misión Santo Domingo, 1926. Peveril Meigs Baja California Research Materials. MSS 530. Special Collections & Archives, UC San Diego).

Al año siguiente, en 1794, al complejo misional se le agregaron nuevos elementos. La composición de los edificios fue adquiriendo una forma de escuadra. A un costado del extremo noroeste del templo, se construyó “una pieza de adobe y techo de jacal”, habitada probablemente por indígenas cristianizados que servían en las labores o la escolta misional; también se levantó “un corral de adobe con su cubierto para [las] solteras” neófitas.12

El constante temor a alzamientos indígenas se fundaba en el hecho de que la misión se hallaba en una “frontera de gentilidad”. Lo cual hizo que el carácter adoptado en el plano del complejo misional de Santo Domingo fuera defensivo. Esto fue evidente en los gruesos muros de 2.5 m de altura que resguardaron los edificios y que terminaron por darle una forma cuadrada a toda la unidad arquitectónica. En conjunto los edificios de adobe delimitaron un área comunal o patio, con una cruz de maderos al centro. Este patio misional era destinado a diversas labores comunitarias y estaba reservado para los misioneros, los soldados y los indígenas neófitos. Por otra parte, en atención a los lineamientos del reformismo borbónico, el cementerio quedó a extramuros, delimitado también de forma cuadrangular a unos cien metros de distancia del área antes descrita (García, 2010: 235; Magaña, 1998: 50).13

En el espacio abierto entre el complejo misional y el cementerio, se asentaban los indígenas procedentes de las distintas “rancherías” adscritas a la misión. Allí cavaban las fosas sobre las que levantaban sus chozas con ramas, maleza, piedras y lodo. Las visitas de los llamados “gentiles” al complejo misional se alternaban entre las distintas “rancherías”. Por ciertas temporadas, las familias indígenas empleadas en las labores misionales, llegaban y se establecían extramuros, y recibían la doctrina por parte de los misioneros. Después se retiraban y el espacio quedaba libre para la “ranchería” siguiente.

Las ampliaciones al complejo misional de Santo Domingo continuaron hasta finales del siglo. En un informe de 1795 aparece escrito: “se ha agrandado la iglesia 20 varas (15.76 m), se ha subido ésta y toda la demás fábrica de la misión dos varas, se ha techado toda ella de nuevo”.14 En lo general, los edificios fueron renovados, ampliados y blanqueados con estuco o cal. Los muros alcanzaron una altura de casi tres metros. Frente a la entrada principal del templo, custodiando el acceso principal, se levantó un granero y, adyacente a éste, un corral, todo de adobe y techos de jacal. La hilera de estancias del lado oeste del cuadrante, también se amplió con “una casa muy capaz para mayordomos y sirvientes”, y se renovó la cocina.15 Muy seguramente a este edificio fue al que se le fabricó “un corredor de 60 varas (50.28 m) al frontis de toda la fábrica con 12 pilares que la sostienen”16 y que debió mirar hacia el área comunal del complejo, en la cual se había construido una espadaña con campanas. Por último, probablemente adyacente al muro norte del cuadrante misional, se construyó “una bodega subterránea para la mejor conservación de los vinos” (Figura 4. Izquierda: plano de las ruinas del complejo misional de Santo Domingo de la Frontera elaborado por Peveril Meigs en 1926 (Fuente: Meigs, 2005, p. 132). Derecha: imagen satelital de los vestigios del complejo misional de Santo Domingo de la Frontera (Fuente: Google Earth Pro, 2021)).17

Frente a la pared sur del cuadrante misional, de cara al llano que se extiende entre las laderas del cañón y el arroyo Santo Domingo, se labraron las tierras de cultivo. Allí se cosechó principalmente trigo, frijol, maíz y garbanzo, se cultivó una viña y, casi enfrente de los edificios misionales, se delimitó una huerta con árboles frutales (Meigs III, 2005: 137-138). No obstante, la producción agrícola de Santo Domingo de la Frontera no se limitó a los llanos próximos al complejo misional. Del mismo modo que el resto de misiones dominicas, esta fundación contó con distintos ranchos en los cuales se distribuían las actividades agrícolas y ganaderas, lo cuales servían, además, de enclaves para configurar el área de influencia misional.

De entre todos los ranchos adscritos a Santo Domingo, el más importante por su sobresaliente producción agraria fue San Telmo, localizado 26 km al noroeste de la cabecera misional.18 Probablemente sus tierras comenzaron a trabajarse desde 1794, pero dos años después fue necesario construir un complejo productivo en el sitio. Así, en 1796, se levantó “una casa en el rancho de San Telmo de 50 varas (42 m) con pieza o sala competente, recámara, troje, dispensa y capilla para celebrar; [toda la] fábrica de adobe y techo de jacal. Más un corral de 4 varas (3.3 m) con casa de mayordomo, cocina, lugar común y campanario”.19

La conformación del paisaje de Santo Domingo de la Frontera también se materializó en la infraestructura hídrica. Más de tres kilómetros cañón arriba del complejo misional se construyeron canales y acequias de riego (Meigs III, 2005: 136; Sorroche & Ruiz, 2014: 145). En 1797, frente al complejo misional, entre el llano cultivado y el cauce del arroyo, parece que se cavó “una zanja a todo costo de dos leguas de largo (8.38 km) para remar la agua del arroyo, que por el arenal inmenso que había en el intermedio no podía llegar a la misión, si era poca, y si era mucha, hacía tales estragos en las tierras de siembra, que parte de ellas se llevaba la avenida y parte las llenaba de arena inutilizándolas enteramente”.20 Ese mismo año, en el costado este del cementerio se elaboró “un corral de piedra con pretil de lo mismo, obra muy precisa y necesaria, para que las avenidas [que descienden de las laderas] no inunden la misión, como se ha experimentado en otros años”.21 Esta última obra, con seguridad, fue la que Peveril Meigs identificó en 1926 como “un dique de diversión para las aguas de tormenta” (Meigs III, 2005: 136).

En 1797 las obras constructivas continuaron en San Telmo, entonces ya indispensable para el sostenimiento de la misión. La capilla se trabajó de nuevo y, a decir de los misioneros, quedó “bastante decente”. También se cubrieron “tres oficinas que quedaron sin techo el año pasado por falta de tiempo. Se ha blanqueado toda la fábrica, a saber, casa de padres, recamaras, trojes, y oficinas de otra granja…”.22 Esta atención dada al rancho misional se replicó el año siguiente. Al tiempo que la cabecera misional de Santo Domingo era trasladada a su segundo sitio, en el paraje de San Telmo se levantó un segundo centro productivo donde se abrieron nuevas tierras de cultivo y se construyeron “una casa magnífica para los padres con sus recamaras, trojes, dispensas, capilla para decir misa, y todas las oficinas necesarias en una misión”.23

Mientras que el rancho misional era sujeto a mejoras, la forma arquitectónica del complejo misional de Santo Domingo de la Frontera parecía ya perfilada a finales del siglo XVIII y en el corto plazo fueron pocas las modificaciones significativas (Magaña, 2001: 100). Sus edificios encalados se erigían a la sombra de los cerros del cañón, procurando controlar los caminos, cuerpos de agua o sitios naturales que configuraban los territorios indígenas. Hacia el este marcaban el arranque del camino que conducía a la misión serrana de San Pedro Mártir, fundada en 1794. Mientras tanto, hacia el oeste, la cercanía al océano les permitió a los misioneros residentes controlar la explotación de las salinas de San Quintín, así como la cacería de nutrias y la comercialización de sus pieles, actividades prohibidas por la Corona.24

El inicio del siglo XIX vino con los estragos de una temporada de sequías y pareció marcar el comienzo del largo decaimiento misional en la región. Fueron múltiples los factores que minaron la presencia misional dominica en la Antigua California, entre ellos la disminución en el número de misioneros, el despoblamiento indígena de las fundaciones a causa de las epidemias y la huida frecuente de los neófitos, las hostilidades de los “gentiles”, la falta de recursos y bastimentos, así como la adjudicación u ocupación informal de las tierras misionales por parte de los soldados de las escoltas y sus familias.25 En el curso de la primera década del nuevo decenio, el desgaste se hizo evidente en las primeras “misiones fronteras” dominicas, El Rosario y Santo Domingo. A partir de 1808, la población de Santo Domingo de la Frontera fue decayendo de forma constante a causa del hambre, la enfermedad y a la reinserción de los neófitos a la movilidad estacional de los grupos yumanos no reducidos.

Aunque no faltaron indígenas que se incorporaran a la misión, en general la tendencia de declive se mantuvo en Santo Domingo durante toda la primera mitad del siglo XIX. La obtención de poca agua para el riego propició que varias tierras en torno al complejo dejaran de trabajarse. Con ello, San Telmo se posicionó como la principal área de producción agrícola que sostenía a la misión. Las estancias, por otro lado, se vieron descuidadas, no se erigieron nuevas construcciones y cada vez era más difícil atender las existentes. Entre agosto y octubre de 1822, cuando México ya era una nación independiente, Santo Domingo de la Frontera finalmente quedó sin misionero residente, al retirarse fray Domingo Luna sin otro misionero que lo remplazara. Aun así, la fundación se mantuvo activa y en adelante quedó a cargo, primero, del misionero residente en San Vicente Ferrer, y luego, al abandonarse ésta, fue atendida hasta su clausura por el misionero de Santo Tomás de Aquino. Fuera del incremento de población que experimentó en 1824, al sumársele la población de la ya entonces extinta San Pedro Mártir, su situación cada año se complicó más, reflejo del debilitamiento misional y del proceso de deslinde de tierras que autoridades y viejos soldados de misión impulsaban (Magaña, 2009). En 1839 finalmente fue clausurada la misión Santo Domingo de la Frontera y sus tierras se deslindaron en favor de José Luciano Espinosa, quien habitó el complejo ex misional junto a su familia y lo trabajó como rancho particular.


San Pedro Mártir de Verona

La sierra San Pedro Mártir, desde la óptica hispánica del siglo XVIII, era un área “inundada de gentiles”. De ahí que, una vez cubierto el itinerario costero hacia la Alta California, los frailes dominicos y el gobierno de la Antigua California dieran inicio a la reducción de indígenas de las sierras y a la apertura de una ruta hacia el delta del río Colorado que permitiera establecer contacto con la provincia de Sonora.

Para este itinerario serrano en un inicio se proyectaron tres misiones. De éstas, la que le dio comienzo a la ruta fue San Pedro Mártir de Verona. Su fundación marcaría el cauteloso intento dominico por acercarse al Colorado, todavía distante a varios kilómetros.26 Después del proyecto franciscano por comunicar Sonora y Alta California, el cual fue violentamente frustrado en 1781, San Pedro Mártir aglutinó en sus primeros años, las aspiraciones dominicas y del gobierno de la Antigua California por dominar las sierras de la península y cristianizar a los indígenas de esta zona.27

La misión San Pedro Mártir de Verona se fundó el 27 de abril de 1794 en un sitio “llamado por sus naturales Casilepé”.28 Por varios años se ignoró la localización exacta de este lugar, hasta 1991, cuando un reconocimiento arqueológico en la zona hizo aceptable la hipótesis que señala al paraje de La Grulla como el primer sitio en donde se erigió la misión (Bendímez & Foster, 2000; Meigs III, 2005, p. 79). El lugar es una pradera amplia a más de 2000 metros sobre el nivel del mar (msnm) y en ella se hallaron algunas piezas de cerámica atribuidas al periodo misional, así como ciertas alineaciones de piedras que pudieron haber servido de cimientos (Bendímez & Foster, 2000: 52-55).

No obstante, Calisepé se abandonó pronto. Sumamente difícil fue emprender los trabajos de acondicionamiento para la misión y aún más obtener algunas siembras por las heladas. En ese sentido, a los indígenas debió parecerles extraño ver que misioneros y soldados trataran de asentarse en una zona complicada de habitar por los fríos inviernos, y, por otro lado, también limitaron este primer intento misionero por enclavarse en las sierras. El estado de alerta fue constante para los soldados que custodiaban el contingente (Nieser, 1998: 217). A los dominicos les resultó complicado congregar “gentiles” y el hurto de ganado se tornó cotidiano. Finalmente, el 18 de julio de 1794, dos meses y medio después de fundada San Pedro Mártir, el presidente de las misiones dominicas, fray Cayetano Pallas, le informó al gobernador Borica que “la nueva fundación no ha seguido con la felicidad que principió, las siembras se han elado y he determinado pasase a trabajar a otro parage, situado en la caída occidental de la Sierra, distante del otro como tres leguas”.29

Antes de concluir ese año, la misión fue establecida en su sitio definitivo, Ajantequedo.30 Se trató de un valle pequeño a menor elevación, 1700 msnm.31 En palabras de Peveril Meigs (2005: 228), el valle “está estrechamente circunscrito por colinas graníticas rocosas, altas en el norte y el este (hasta 300 metros más allá que el fondo del valle) y más bajas al sur y al oeste”. La vegetación de coníferas y chaparral se entrecruza continuamente con la superficie rocosa. Un arroyo corre de este a oeste y “divide el fondo del valle en dos mesas, de las que la más grande está en el lado norte”, donde se levantó el complejo misional (Meigs III, 2005: 229).

Una vez elegido el nuevo sitio para la misión, la tropa y los neófitos traídos por los misioneros comenzaron a levantar estancias rudimentarias. A esta altitud, la obtención de buenas maderas brindó la posibilidad de preparar vigas para sostener los techos y armar algunas defensas. A su paso por el nuevo sitio misional, el sargento José Manuel Ruíz expresó: “…no haber tiempo para estacada y por lo pronto hice dos baluartes atroncados [sic] que dominarán la misión para su mayor resguardo; los gentiles han hecho daño en el ganado mayor, pero hasta ahora no se ha podido saber quiénes son los malos”.32 Asimismo, se cavaron zanjas para preparar con piedras acopladas los cimientos de los edificios. A finales de 1794 la misión San Pedro Mártir ya contaba con algunas construcciones, entre ellas una capilla.33 En los siguientes dos años fueron añadidas nuevas habitaciones y estancias, en apariencia las suficientes para conformar un complejo misional consolidado y defendible.

Al parecer, el costado oeste del cuadrángulo del complejo se levantó a lo largo de 1795. Una serie de estancias delinearon una composición en forma de escuadra. En su extremo suroeste se fabricó “una casa de dos cuerpos, toda de adove y terrado, con una sala”.34 Ésta, de mayor dimensión, es probable que sirviera temporalmente de capilla. El otro “cuerpo”, más estrecho aún, fue la habitación de los misioneros. A un costado de esta “casa” se dispusó un pequeño espacio abierto y en seguida se formaron unos cimientos que se extendían 30 metros en dirección norte. Sobre ellos se levantó un edificio rectangular con paredes de adobe. Su interior se dividió en “cuatro recámaras” de iguales dimensiones y en su extremo norte dos estancias pequeñas fueron destinadas para una cocina y una despensa.35 “Dos de las recámaras sirven de atrojes” y las dos restantes fueron las habitaciones de los conversos que se empleaban en las labores productivas y constructivas de la misión.36 Estas habitaciones eran reducidas y obscuras. Cuatro puertas, una para cada una, comunicaban e integraban el edificio al área que sirvió como patio del complejo.37 La escasez de ventanas solo denotaba más la austeridad arquitectónica de la fábrica, haciendo eco del imperativo de sencillez dominico (Kubler, 2013: 289-348). La posición de este edificio de recámaras, por otro lado, jugaba un importante papel dentro de la configuración espacial pretendida por los misioneros. Su localización respecto de la “casa de dos cuerpos” que servía de capilla y estancia para los frailes, es una evidencia más de la vigilancia y el control que los dominicos ejercían sobre la vida doméstica de los indígenas reducidos a misión (Ettinger, 2010).

Una particularidad de los complejos misionales serranos fueron sus techos. Mientras que el resto de las misiones de la Frontera contaban con techos de vigas recubiertas con zacate y jacal, la misión San Pedro Mártir fue techada desde sus inicios empleando terrados (Hernández, 2015: 109). Debido a las condiciones de la sierra, una techumbre de jacal como las del resto de misiones hubiera sido fácilmente vencida por las nevadas. Los terrados, en contraste, eran más resistentes. Sobre las paredes de adobe se armó una estructura de vigas con maderas de pino. Sobre ella se tendió un entramado de varas que era cubierto después con una capa de lodo y, en seguida, se ponía un tendido de paja que se cubría finalmente con un nivel más de lodo aplanado. Se acostumbraba terminar la técnica de terrado con una pendiente para el desagüe y un pretil de adobe que bordeara el techo plano y coronara las paredes (López de Juambelz & Jeffery, 2015: 10-11).

Al año siguiente, 1796, un nuevo templo comenzó a levantarse en el complejo misional de San Pedro Mártir.38 Sobresalía por su fachada adornada y el recibidor que al parecer se abría frente a su entrada principal. El templo era un edificio rectangular de mayores dimensiones que aglutinaba todas las estancias religiosas, corría de oeste a este y conformaba la parte sur del cuadrángulo misional. En su extremo oeste arrancaba con un espacio abierto y no muy amplio, delineado por bajas paredes de adobe soportadas por cimientos de piedra que sobresalían del suelo. Este espacio era el recibidor, que custodiaba el acceso al área común de la misión y daba pie a la entrada principal del nuevo templo.39 Éste consistía en una nave corrida con gruesos muros de adobe y fachada llana; sus dimensiones, de poco más de 16 metros de largo, eran el doble de la “sala” que sirvió de capilla provisional.40 Su austeridad constructiva, así como en las demás misiones, no solo respondió a la practicidad que brindaban las maderas, las rocas y la tierra, sino también a la regla dominica (Hernández, 2016: 70-71; Kubler, 2013: 298-299). La disposición de los accesos del templo de San Pedro Mártir pareció cumplir con un tratamiento tradicional de larga duración, puesto que su puerta principal, en la fachada oeste, estaba complementada por tres accesos más, dos en su pared sur, y otro en el centro del edificio que miraba al norte, donde se encontraban los indígenas sujetos a conversión. Llama la atención que este último acceso del templo condujera a dicha área, puesto que, de acuerdo con antiguas interpretaciones simbólicas, el norte era asociado a los pueblos “gentiles”, un significado que, posiblemente, los dominicos en San Pedro Mártir quisieron atribuirle a la puerta norte del templo con la distribución dada (Kubler, 2013: 305-307). Al interior se apreciaba la viguería que sostenía los terrados y un altar sencillo al fondo de la nave con adornos y ornamentos religiosos. Una puerta contigua conducía a la sacristía, que estaba comunicada con la nueva habitación de los frailes, ya en el extremo este del edificio.

El informe anual de 1796 menciona además un “bautisterio [de] cinco varas de largo y cinco de ancho” que muy probablemente era parte del recibidor o se encontraba al interior del templo, justo a un costado de su entrada principal. Asimismo, se hace referencia a la construcción de un cuarto más para troje, a “una pozolera de piedra y lodo, [con techo] de jacal”, así como al hecho de que las puertas del edificio de “recámaras” mencionado en el informe anterior ya estaban terminadas.41

Después de 1796 resulta difícil seguir la línea constructiva en San Pedro Mártir. Si bien es posible intuir que el nuevo templo se terminó a comienzos de 1797, en los informes anuales de ese año y de 1798, prácticamente nada se dice sobre nuevas construcciones para el complejo misional.42 Eso sí, el templo contó con nuevos ornamentos y utensilios: cálices, capas, cruces de bronce, candeleros, platos, atriles, campanas chicas y alfombrados se integran al mobiliario del templo y la sacristía.43 A todo esto, se agregaron “cuatro imágenes de talla de una vara de alto, a saber, de Nuestra Señora del Rosario, Nuestro Padre Santo Domingo, de San Rafael y de San Antonio”.44 Fuera de la mención para 1797 de dos campanas grandes “que están en la torre”, la cuestión espacial y arquitectónica del complejo misional de San Pedro Mártir en el bienio 1797-1798 se reduce a la leyenda “existen las mismas mencionadas en los informes anteriores”.45

Es posible atribuir esta situación a una carencia de mano de obra indígena, ya que para esos años la población de esta fundación aún era pequeña. La reducción en misión de los indígenas se había complicado por la movilidad estacional practicada por los grupos kiliwa de la sierra. Además, dos problemas constantes en San Pedro Mártir eran las frecuentes huidas de varios neófitos y las hostilidades de algunos grupos no reducidos (Nieser, 1998: 217). Otro aspecto que pudo haber afectado el avance constructivo es la fundación, en 1797, de la misión San Catalina Virgen y Mártir, ya que para levantarla fue necesario el apoyo de los misioneros, soldados e indígenas conversos de San Pedro Mártir.

No obstante, el paisaje construido en y en torno a esta misión no se reduce a lo mencionado en los escasos informes anuales que se conocen. Los rastros y las ruinas evidenciaron una configuración espacial amplía y en constante transformación durante el tiempo que la misión estuvo activa. Al momento de explorar San Pedro Mártir en 1926, Peveril Meigs contempló “extensas ruinas de adobe” y destacó que quedaba “lo suficiente de las paredes como para hacer posible una reconstrucción bastante completa del plano” misional (Meigs III, 2005: 230). Distintas líneas que representan muros de adobe o cimientos de piedras trazan la superficie de estancias, habitaciones o áreas. Se evidencia el cuadrángulo central del complejo misional terminado, así como un amplio espacio delineado por una pared de defensa (Figura 5. Izquierda: plano de las ruinas del complejo misional de San Pedro Mártir de Verona elaborado por Peveril Meigs en 1926 (Fuente: Meigs, 2005, p. 226). Derecha: imagen satelital de los vestigios del complejo misional de San Pedro Mártir de Verona (Fuente: Google Earth Pro, 2021)). En 1997, sus descripciones fueron confirmadas en buena parte por Max R. Kurillo cuando realizó una exploración en el sitio (Kurillo, 1997). Sin embargo, en una primera impresión, resulta difícil hacer coincidir las observaciones que Meigs detalló sobre las ruinas de San Pedro Mártir, con la fábrica referida en los informes anuales redactados por los frailes dominicos en 1795 y 1796. Meigs elaboró un plano del complejo mucho más completo, pero sólo identificó el uso de tres de las estancias; una bodega, el recibidor y el templo, de éstas solo el templo coincide con lo descrito en los informes. El resto de los espacios no se señalaron.

Pero la falta de coincidencias no siempre significa contraposición. Quizá solo se trate de dos modos, posiciones o tiempos distintos de observar el mismo espacio. Si se presta más atención, el plano de Meigs y los mencionados informes anuales pueden complementarse. Así, uno muestra aquello que no aparece mencionado en el otro. Siguiendo el plano de Meigs y teniendo presente el partido arquitectónico seguido por las misiones dominicas, es posible elaborar una propuesta que señale la función y el fin del resto de las estancias.

Como se ha visto, parece que hasta 1798 los lados sur y oeste del cuadrángulo misional estaban concluidos. Pero en adelante la obra continuó. A la altura de la habitación de los frailes, contiguo a la pared norte, un espacio abierto se extendía y en seguida se levantó otro edificio rectangular en dirección norte, paralelo, de similares dimensiones e iguales técnicas constructivas al del lado oeste del cuadrante (Hernández, 2015: 113). Su interior se dividió en tres estancias, quedando en medio la más grande. Un cerco hecho con piedras, como si fuera una continuación exterior del muro que separaba al templo y la sacristía, fue construido en dirección norte. Atravesó el patio misional, separando del resto de las estancias un área abierta y el nuevo edificio. Juntos integraban el dormitorio y el taller para las neófitas solteras o viudas. Allí, separadas de los hombres, las mujeres dormían, cantaban letanías y trabajaban hilando juntas, bajo el control y vigilancia de los frailes (Ettinger, 2010; Vitar, 2015).

La estructura cuadrangular del complejo misional de San Pedro Mártir la cerró un cerco de piedras acopladas al norte. Otros cortos cercos de piedras o adobes cerraron los huecos entre los edificios del complejo. El área común de la misión, por su parte, quedó dividida en dos patios; uno pequeño que pertenecía a la casa de “las solteras, viudas, y aquellas cuios maridos estén ausentes”, y otro amplio al centro, donde se encontraba una cruz de maderos, reservado para los frailes, los soldados y los neófitos. Adyacente al cerco norte que cerraba el área comunal de la misión, se delinearon con piedras acopladas un corral para animales de granja y un huerto donde terminaba una acequia que acarreaba agua desde un manantial cercano. Asimismo, a unos noventa metros más hacia el norte, afuera del cuadrante misional y sobre una colina, se demarcaron los muros del cementerio.

El esquema arquitectónico del complejo misional resulta sumamente defensivo (Ruiz & Sorroche, 2014; Sorroche, 2011). Desde su fundación, los grupos kiliwa tenían en constantes sobresaltos a soldados y misioneros. En 1794, después de su traslado a Ajantequedo, “dos baluartes con troneras para cañones” fueron levantados al sur del cuadrángulo misional, en construcción en esos momentos (Meigs III, 2005: 228; Nieser, 1998: 217-218). Estos baluartes custodiaban el acceso al complejo y muy probable es que sus muros marcaran el punto de arranque de la línea defensiva pensada para la fundación. Desde ahí, un grueso y extenso muro defensivo se construyó rodeando los edificios domésticos y religiosos. Con todos sus tramos sumaba en total 437 metros de longitud y finalizaba en el cerco este del huerto (Meigs III, 2005: 226). Entre esta pared y los edificios misionales quedó abierto un amplio espacio llano. En cambio, el acceso al complejo misional comenzó a ser ocupado por algunos caseríos de adobe, probablemente habitados por la tropa misional (Figura 5. Izquierda: plano de las ruinas del complejo misional de San Pedro Mártir de Verona elaborado por Peveril Meigs en 1926 (Fuente: Meigs, 2005, p. 226). Derecha: imagen satelital de los vestigios del complejo misional de San Pedro Mártir de Verona (Fuente: Google Earth Pro, 2021)).

La misión San Pedro Mártir centró sus esfuerzos en la ganadería, ya que los prados y valles cercanos beneficiaron esta actividad. Una parte del ganado de la fundación pastaba en estos sitios, el resto se distribuyó en los distintos ranchos que configuraron el territorio en torno a la misión: San Isidoro, San Antonio, Santa Rosa y Santo Tomás (Meigs III, 2005: 225-227; Vernon, 2002: 267).46

Fuera de los muros defensivos de San Pedro Mártir, el resto de la mesa norte del valle y al otro lado del arroyo las tierras se destinaron para el cultivo. De acuerdo con Meigs, “las disponibilidades para el riego eran de un tipo único entre las misiones”, ya que de las colinas brotaban unos manantiales de los que se tomaba agua para los cultivos mediante unas acequias (Meigs III, 2005: 229-230). Éstas parecen haber sido la única infraestructura hídrica del complejo. Su presencia en San Pedro Mártir reafirma la idea de que este sistema de irrigación fue el más completo en las misiones bajacalifornianas, “por sus dimensiones y por la implicación directa en la localización, distribución y explotación de las tierras” (Kurillo, 1997: 47; Sorroche & Ruiz, 2014: 143).

San Pedro Mártir se conectaba con el complejo de Santo Domingo de la Frontera. Con esta misión, tuvo su mayor vínculo y su ruta de abastecimiento. El complejo no se hallaba enclavado en el itinerario serrano, pero sí uno de sus ranchos, San Isidoro, desde donde hacia el norte podía tomarse un camino hasta el paraje de Santa Catalina, y hacia el sur daba con la misión de San Fernando Velicatá. No obstante, este sendero se usó poco (Meigs III, 2005: 227).

Casi al finalizar el siglo XVIII, el pueblo “de San Pedro Mártir [tuvo que reedificar] la yglesia que se le arruinó por el peso de las nieves”.47 Es probable que este accidente haya motivado el empleo de tejas para las cubiertas de los edificios. Así fue como, con el nuevo siglo, todo el complejo misional se compuso en adelante de techos tejados a dos aguas y los pisos de algunas estancias se cubrieron con baldosas, como lo muestran también las evidencias físicas en el sitio. Tanto Peveril Meigs en 1926, como Max R. Kurillo en 1997, destacan que alrededor de las ruinas del complejo misional de San Pedro Mártir los trozos de tejas y baldosas eran abundantes (Kurillo, 1997; Meigs III, 2005). Lo que no hay, por otra parte, es evidencia del origen de estas tejas y baldosas. Se ignora si entre las estancias del complejo existía un horno para su elaboración. Tampoco hay evidencia documental que haga pensar que estas tejas procedieran de las otras misiones dominicas o incluso de la Alta California, donde su fabricación y uso eran comunes en varias de las misiones franciscanas.

Durante la primera década del siglo XIX, mientras el resto de las misiones dominicas de la Frontera entraban en el proceso de declive misional, San Pedro Mártir ya lo padecía por completo. Su población no aumentaba. Mantener a los indígenas bajo el control misional nunca dejó de ser una tarea ardua. Asimismo, las incursiones violentas y el hurto de ganado jamás cedieron. Estas circunstancias, aunadas al debilitamiento propio del sistema misional, provocaron que en 1811 San Pedro Mártir fuera la primera de las fundaciones de la Frontera en ser clausurada. No obstante, el sitio de la misión se mantuvo habitado por varios indígenas conversos hasta 1824, cuando finalmente fueron agregados a Santo Domingo de la Frontera.48 Después de ese año, su abandono fue total. En 1852, cuando el sistema misional dominico en la Antigua California agonizaba, dando paso a la proliferación de los ranchos particulares, la para entonces ex misión de San Pedro Mártir era propiedad de José Luciano Espinosa, dueño también de Santo Domingo (Magaña, 2009).


Conclusión


Todo proceso histórico puede leerse y analizarse en el espacio. En ese sentido, la presencia misional dominica en la península de California no es la excepción. El estudio de los complejos misionales dominicos fundados en el noroeste de la Antigua California muestra el sentido y la espacialidad del proceso histórico que buscó reducir y cristianizar a los grupos yumanos de esta región.

En este trabajo se evidenció que la presencia dominica en el norte de la península de California se vio desarrollada, fundamentalmente, en dos líneas de avance que se trazaron a partir de 1774 y que en conjunto constituyeron la región Frontera: el camino misional a la Alta California y la “conquista espiritual” del área serrana. En estas dos líneas de avance se recogieron varios puntos del proyecto colonizador borbónico y respondieron, a su vez, a lo estipulado en el convenio franciscano-dominico de 1772. En el transcurso de las dos espacialidades configuradas por las fundaciones dominicas, el extremo noroeste de la península fue descrito y definido, los grupos indígenas fueron localizados y el espacio se fue articulando en función del interés que había por alcanzar una integración territorial de las provincias, así como por conseguir la total reducción de los grupos yumanos. Los complejos misionales que se levantaron, territorializaron el espacio al implantar modos distintos de apropiación y ocupación que respondían a una vida sedentaria cimentada en actividades agrícolas. Todos los elementos desplegados a partir de estas fundaciones alteraron el paisaje preexistente, lo redefinieron a partir de otras prácticas de habitabilidad y del asentamiento de representaciones y significados distintos a los de la cultura seminómada de los yumanos. Conformaron un paisaje cultural diferente que fue posible dilucidar a partir del análisis de los complejos de Santo Domingo de la Frontera, para el caso del camino misional a la Nueva California, y San Pedro Mártir de Verona, para el caso del camino serrano que se intentó extender hasta el río Colorado.

La conformación de los complejos misionales fue determinada por múltiples factores, entre ellos destacan las condiciones del espacio geográfico, en especial la presencia de cuerpos de agua, las dinámicas territoriales de los indígenas, la estrategia imperial de conquista y expansión territoriales, y el sentido misional dado por los predicadores. Partiendo de los dos casos revisados, se mostró que los complejos misionales dominicos no fueron obras terminadas, sino que estaban sujetos a constantes cambios. Tampoco fueron obras definitivas, sino edificaciones provisionales, puesto que estaban dispuestos para responder a las necesidades inmediatas de habitabilidad, a las labores productivas y a las condiciones ambientales del espacio geográfico.


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1 Este trabajo fue presentado en el Encuentro Memoria Dominicana organizado por el Instituto Dominicano de Investigaciones Históricas de la Provincia de Santiago de México, del 17 al 19 de noviembre de 2022.

2 “Durante el papado de Benedicto XIV (1740-1758), se liquidaron las misiones exitosas jesuitas en China e India, acusadas de fomentar la heterodoxia por adaptar las prácticas cristianas a las costumbres locales. En una línea de ataque más agresiva, también se les achacó la doctrina del tiranicidio y se les implicó en el motín de Esquilache de 1766 en Madrid”. (García, 2010: 238)

3 Al interior de la Iglesia, el arzobispo Lorenzana fue uno de los mayores críticos de la Compañía de Jesús y de las concesiones que esta orden religiosa disfrutaba en California. De ahí que, expulsados los jesuitas, aconsejara a la Corona no dejar la California a cargo de una sola orden religiosa para que no se repitiera la situación que se vivió con los jesuitas (García, 2010).

4 En el convenio franciscano-dominico de 1772 también se estipuló que los dominicos incluso podían realizar nuevas conquistas hacia el norte, entre las misiones franciscanas de Alta California y el caudal del río Colorado, siempre y cuando su avance no tropezara con el de otros religiosos (Bernabéu, 1992: 12; Magaña & Aguayo Monay, 2020: 116).

5 “Gentiles” o “gentilidad” eran las denominaciones dadas a los grupos humanos considerados paganos e idólatras por hallarse ajenos al catolicismo y a los modos de vida occidentales (Magaña, 2017, p. 104; Sales, 2003, p. 66)

6 Durante el siglo XIX, en pleno proceso de declive misional en las Californias, a este listado se agregó el sitio El Descanso, que funcionó como nueva cabecera para la misión San Miguel Arcángel de la Frontera, y en 1834, al norte de la bahía de la Ensenada de Todos Santos, Nuestra Señora de Guadalupe, última fundación misional erigida en las Californias (Nieser, 1998).

7 Documentos referentes a la fundación de la misión de Santo Domingo de la Frontera. 1775-1776. Californias, vol. 36, exp. 13, f. 382-390. Archivo General de la Nación (AGN), México. (Magaña, 1998: 125-129).

8 Carta de fray Vicente de Mora al padre provincial, San José de Comondú. 22 de noviembre de 1775. W.B. Stevens Collection, exp. 111. Nettie Lee Benson Latin American Collection, Estados Unidos. (Magaña, 2017: 205).

9 Si bien, 1798 se ha señalado como el año del traslado de Santo Domingo de la Frontera a su segundo sitio, existen menciones sobre las estructuras de este segundo complejo misional en años previos, como 1793.

10 “El proceso de ocupación posterior a la expulsión de los jesuitas estuvo determinado por la prisa por construir las misiones, lo que permitió la consolidación de asentamientos para estabilizar las zonas fronterizas, además de la evangelización” (Sorroche, 2012).

11 Muchas de las imágenes y ornamentos religiosos que decoraron los templos dominicos en California se extrajeron de las antiguas misiones jesuitas después de la expulsión. Por otro lado, la sencilla decoración al interior de los templos también se debió a los limitados recursos con los que contaron los misioneros dominicos durante todo el tiempo que estuvieron a cargo de la evangelización de la península. Inventario de las misiones de la Baja California. 1793. Archives of California, vol. 50, p. 111. Bancroft Library (BL), Estados Unidos. (Magaña, 2017: 207).

12 Informes anuales sobre las misiones. 1794. Archives of California, vol. 50, p. 172. BL, Estados Unidos. (Magaña, 1998: 50; 2017: 207).

13 En la actualidad, este cementerio sigue en uso y su tamaño rebasa ya los muros perimetrales de adobe de la época misional.

14 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo según el estado en que se halla en el día último de diciembre de 1795. 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, f. 48-71, p. 63. AGN, México.

15 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo…, 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, f. 48-71, f. 63. AGN, México.

16 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo…, .1795. Misiones, vol.2, exp. 3, f. 48-71, f. 63. AGN, México.

17 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo…, 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, f. 48-71, f. 63. AGN, México.

18 Otros ranchos misionales de Santo Domingo de la Frontera fueron Camalú y San Ramón, sin embargo, éstos no adquirieron la importancia que tuvo San Telmo.

19 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo según el estado en que se halla en 31 de diciembre de 1796. 1796. Misiones, vol.2, exp.4, f. 72-98, p. 92. AGN, México.

20 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo según el estado en que se halla en 31 de diciembre de 1797. 1797. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 1-30, p. 21-22. AGN, México.

21 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo…, 1797. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 1-30, 21-22. AGN, México.

22 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo…, 1797. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 1-30, 21-22. AGN, México.

23 Informe de la misión de Nuestro Padre Santo Domingo según el estado en que se halla en 31 de diciembre de 1798. 1798. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 31-62, p. 54. AGN, México. (Meigs III, 2005: 148-149).

24 Para el curtido de las pieles de nutria, un par de fosas fueron adaptadas entre la infraestructura hídrica del complejo misional. (Meigs III, 2005: 137; Sorroche & Ruiz, 2014: 142)

25 Contrario a lo que pudiera pensarse, estos factores no fueron consecuencia de la lucha independentista, sino que venían desde antes de que comenzara el siglo XIX. No obstante, a los pocos años de arrancar la nueva centuria, estas grietas se acentuaron y no dejaron de agudizarse hasta la clausura de la presidencia de las misiones dominicas en Baja California en 1854.

26 La fundación de la misión San Pedro Mártir también vino a cambiarle el nombre a la sierra, antes conocida como sierra la Cieneguilla.

27 Noticia de todas las misiones establecidas en el norte de Nueva España. Provincias Internas, vol. 5, exp. 13, fs. 316-382. AGN, México; Propuestas elaboradas por Fr. Nicolás Muñoz para mejorar la administración de las misiones en la Antigua California. Torreón de San Miguel de Horcasitas, 24 de noviembre de 1778. 1778. Californias, vol. 16, exp. 12, ff. 276-356v. AGN, México. (Manríquez, 2017: 66).

28 Documento 56. 1794. Archives of California, vol. 7, p.108. BL, Estados Unidos. (Magaña, 2018: 77).

29 Carta del padre Cayetano Pallas a gobernador de California, 18 de julio 1794. 1794. California Archives, State Papers, IX, p. 312-317. BL, Estados Unidos. Nieser, 1998: 216.

30 Nieser sugiere que antes de ubicarse en Ajantequedo, el pueblo de San Pedro Mártir se estableció a finales de 1794 en el paraje de Santa Rosa (el sitio por el cual se inclinaba Meigs para localizar Casilepé); sin embargo, esto no coincidiría con los informes anuales enviados por los frailes, quienes para el caso de San Pedro Mártir mencionan ya tener levantadas algunas estancias para finales de 1794, mismas que se mantendrían en los años siguiente.

31 Aún con el traslado, San Pedro Mártir se mantuvo como la fundación misional de mayor altitud en las Californias.

32 Documento 62. 1794. Archives of California, vol. 7, p. 118. BL, Estados Unidos. (Magaña, 2018: 79-80).

33 Informe de esta misión de San Pedro Mártir según el estado en el que se halla el día último de diciembre del año 1795. 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, fs. 69-70. AGN, México.

34 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, fs. 69-70. AGN, México.

35 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, fs. 69-70. AGN, México.

36 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, fs. 69-70. AGN, México.

37 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1795. Misiones, vol.2, exp. 3, fs. 69-70. AGN, México.

38 Informe de esta misión de San Pedro Mártir según el estado en el que se halla el día último de diciembre del año 1796. 1796. Misiones, vol.2, exp.4, fs. 97-98. AGN, México.

39 Este recibidor no se menciona en los informes que se conocen, se identificó así en el plano de San Pedro Mártir que Meigs elaboró a partir de las observaciones que hizo del sitio en 1926 (Meigs III, 2005: 226).

40 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1796. Misiones, vol.2, exp.4, fs. 97-98. AGN, México.

41 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1796. Misiones, vol.2, exp.4, fs. 97-98. AGN, México.

42 Informe de esta misión de San Pedro Mártir según el estado en el que se halla el día último de diciembre del año 1797. 1797. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 27-28. AGN, México; Informe de la misión de San Pedro Mártir según el estado en que se halla el último de diciembre de 1798. 1798. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 61. AGN, México.

43 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1797. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 27-28. AGN, México.

44 Informe de la misión de San Pedro Mártir…, 1798. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 61. AGN, México.

45 Informe de esta misión de San Pedro Mártir…, 1797. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 27-28. AGN, México; Informe de la misión de San Pedro Mártir…, 1798. Provincias Internas, vol.19, exp. 1, f. 61. AGN, México.

46 A estos ranchos misionales de San Pedro Mártir es probable que se agregara La Grulla, el probable primer sitio de la misión (Bendímez & Foster, 2000, p. 56).

47 Noticias de las misiones que ocupan los religiosos de Santo Domingo en esta provincia, sus progresos en los años de 1799 y 1800, número de ministros que las sirven, sínodos que gozan y total de almas, con distinción de clases y sexos. 1801. Provincias Internas, vol. 19, exp. 3, f. 92-119, pp. 111-113. AGN, México.

48 En el “Índice de misiones y religiosos de la Baja California”, probablemente elaborado en 1825, aparecen dieciocho misiones enumeradas, siendo San Pedro Mártir la misión diecisiete. Sin embargo, una nota al final del listado aclara que “la de San Pedro Mártir está agregada a la de Ntro. Padre Santo Domingo”. Índice de misiones y religiosos de la Baja California. s/f. Fondo Oaxaca, vol. 21, exp. 518. Archivo Histórico de la Orden de Predicadores en México (AHOPM), Querétaro, México.