La palabra en el desierto”.1 El lugar de las visitas canónicas y misiones volantes en la consolidación institucional de la Iglesia de Buenos Aires (segunda mitad del siglo XIX)2

The word in the desert” the place of the canonical visits and itinerant missions in the institutional consolidation of the Buenos Aires Church (second half of the 19th C.)


Lucas Matías Bilbao

Universidad Nacional del Centro de la

Provincia de Buenos Aires.

CONICET


Resumen

En este artículo se estudia el desarrollo de las visitas canónicas y misiones volantes en la diócesis de Buenos Aires, en el período de consolidación institucional de la Iglesia católica. Las mismas resultaron importantes instancias en el proceso de socialización religiosa. La llegada a los pueblos del obispo, sacerdotes o religiosos, el armado previo de las actividades, la participación de las autoridades locales y de la comunidad en general así como el proceso de socialización que generaban, rompieron con la monotonía de la vida cotidiana y trascendieron los objetivos religiosos. Sostenemos que la práctica de las visitas episcopales y misiones volantes, colaboraron en la consolidación de la estructura institucional de la Iglesia de Buenos Aires, en la medida en que obligaron a recorrer el espacio rural y visitar todos los poblados. El conocimiento y experiencia que estas misiones otorgaron, fueron herramientas centrales para fijar su presencia material y simbólica en el territorio.


Palabras clave: Visitas canónicas, Misiones volantes, Siglo XIX, Campaña de Buenos Aires


Summary

In this article, we will study the development of the canonical visits and itinerant missions in the Buenos Aires diocese, during the period of institutional consolidation of the Catholic Church. These missions proved to be important instances in the process of religious socialization. The Bishop and priests’ arrival to the villages, the previous arrangement of the activities, the participation of the local authorities and the community, as well as the socialization process it caused, disrupted the monotony of the quotidian life and transcended the religious objectives. We maintain that the practice of the episcopal visits and itinerary missions contributed to the consolidation of the institutional structure of the Buenos Aires Church, to the extent that they forced to traverse the rural environment and to visit all the villages. The knowledge and experience given from these missions were the key components to establish its material and symbolic presence in the territory.

 

Key Words: Canonical visits, Itinerary Missions, 19th Century, Buenos Aires Campaign



Fecha de envío: 21 de abril de 2020

Fecha de aprobación: 16 de junio de 2020





Introducción

Los procesos entrelazados de unificación política y centralización que en la Argentina comenzaron en 1862, encontraron una institución eclesiástica relativamente débil, pero con un clero y feligresías que habían gestionado y sostenido las estructuras locales, por lo que, resultó menos dificultoso armar el edificio eclesiástico sobre esta base.3 En este sentido, el período político-institucional abierto una década antes, en 1852, aceleró el proceso de conformación institucional de la Iglesia católica de Buenos Aires, que ese mismo año comenzó su experiencia política como estado separado del resto de las provincias argentinas.4

En 1854 Mariano Escalada fue designado obispo de la diócesis de Buenos Aires,5 siendo ya una destacada figura por su trabajo en la conformación de una posición intransigente ultramontana dentro del catolicismo rioplatense.6 Gobernó durante todo el período en que Buenos Aires estuvo separada del resto de las Provincias y tras su muerte, en 1869, Federico Aneiros fue quien asumió como vicario capitular, convirtiéndose tres años después en el segundo arzobispo de la diócesis, hasta su fallecimiento en 1892.7

Ambas administraciones episcopales, estuvieron direccionadas a colaborar con la construcción de una Iglesia de carácter nacional, con su episcopado y diócesis articuladas. La misma necesitaba de nuevos grupos que le darían materialidad, la definición de nuevos árbitros, así como romper con los sólidos cuerpos eclesiásticos preexistentes (fundamentalmente en las diócesis del interior) que se resistían a la integración en un cuerpo mayor (Bianchi, 1997). Esto guarda estrecha relación con el rol que los distintos gobiernos decimonónicos le otorgaron a la Iglesia y al clero dentro del proyecto civilizatorio y de construcción de la nación: garantizar el orden social mediante la moralización de las costumbres (Di Stefano, 2004 y 2016; Ayrolo, 2007, 2012 y 2016; Barral, 2007 y 2009). Por esto y fundamentalmente para el ámbito rural, la Iglesia necesitaba sedimentar nuevas bases institucionales, así como un clero más idóneo, homogéneo y disciplinado (Barral, 2007; Bilbao, 2018). Este proceso general de reorganización y consolidación de la Iglesia -atravesado por otro más amplio de “romanización”-, abarcó con distintas intensidades y estrategias a todas las diócesis latinoamericanas (de Roux, 2014).8

En este marco, el obispo Escalada priorizó desde un inicio la organización de la estructura eclesiástica y la mejora de su administración.9 Inició el reordenamiento del Cabildo Catedralicio y el Tribunal eclesiástico y como parte de un conjunto mayor de reformas, retomó el sistema de cartas pastorales. En 1857 reabrió el Seminario Conciliar para la formación del futuro clero (Isern, 1936), emprendió el reordenamiento y visitas esporádicas a los monasterios de monjas de la ciudad (Fraschina, 2011 y 2016:289-297) y organizó conferencias y ejercicios espirituales para los sacerdotes, entre otras acciones (Zuretti, 1972:299-301; Di Stefano, 2013:303).

Como parte de su programa y a lo largo de su gestión al frente del obispado, llevó adelante una larga serie de misiones volantes, recorriendo varias veces y junto a otros clérigos, la extensa campaña rural. Las misiones interiores y visitas canónicas resultaron un eje central de su administración y continuaron siéndolo, aunque con algunas modificaciones, durante el episcopado de Aneiros.

Pensadas desde un inicio como “focos de irradiación religiosa”, las misiones volantes colaboraron con la consolidación de la presencia parroquial en los pueblos rurales -sobre todo los de reciente creación-, generando acciones de participación y nucleamiento de las feligresías. Durante este período, sus objetivos no se diferenciaron demasiado de aquellos pensados para las décadas precedentes o incluso el siglo anterior. Se trató de instancias primarias de conversión de la población rural, “desterrar vicios públicos” y “reformar las costumbres” (Barral y Di Stefano, 2008; Ayrolo y Barral, 2012). Como veremos, en los poblados de la “nueva frontera”10, las visitas del obispo y su séquito colaboraron en la intensificación del lugar de la religión y la Iglesia al interior de los entramados locales, reforzando además los “objetivos civilizatorios” del gobierno.

Si desde el siglo XVIII la estructura eclesiástica había servido como puntal en la creación de muchos poblados (Fradkin y Barral, 2005), durante esta segunda mitad de siglo, la diócesis de Buenos Aires avanzó en extensión al mismo ritmo que lo hicieron los pueblos de la provincia. De allí que muchas comunidades aceleraron la demanda de creación o refacción de templos y la presencia eclesiástica, bajo el discurso de que eso se correspondía con las muestras de “civilización” y “progreso material y moral” necesarios (Bilbao, 2017).

Sostenemos que gracias al conocimiento y experiencia que de esta práctica había en la diócesis de Buenos Aires, las misiones resultaron instancias importantes en el proceso de socialización religiosa en el período de consolidación institucional de la Iglesia católica. Pero además, la llegada a los pueblos bonaerenses de sacerdotes y religiosos, el armado previo de las actividades, la participación de las autoridades y de la comunidad en general así como el proceso de socialización que las mismas generaban, rompieron con la monotonía de la vida cotidiana y trascendieron los objetivos religiosos.11


Misiones y visitas canónicas en el territorio rioplatense

En la América española y durante el período colonial, las misiones y visitas canónicas representaron enormes esfuerzos llevados adelante por los obispos y las órdenes religiosas, para reformar las costumbres y confesionalizar las poblaciones, allí donde la presencia eclesiástica aún era débil.12 Se trató de espacios -genaralmente focalizados- con poblaciones en proceso de conversión al cristianismo, mientras que doctrinas, parroquias de indios o pueblos de indios fueron instancias de administración religiosa en grupos más estabilizados (Barral, 2015).

Las primeras misiones se remontan al siglo XVI y en poco tiempo se convirtieron en efectivos instrumentos de avanzada del proceso de colonización al someter a los pueblos nativos en los límites coloniales “y generar el cambio social, cultural y religioso con el menor costo para la Corona” (Sánchez, 2019:51). En tanto instituciones religiosas, estaban destinadas a introducir a los paganos en la fe, al mismo tiempo que disminuir el gasto militar, privilegiando los contactos pacíficos y el comercio con los grupos nativos (Ratto, 2015:73). Como institución temporal y de patrocinio de la Corona, no sólo debían cristianizar la frontera sino también expandirla, dominarla y civilizarla. En la medida que las misiones colaboraban con este propósito, la Corona las apoyaba (Bolton, 1990:46-47).

En territorios rioplatenses, como fue la frontera santafecina luego de la expulsión de los jesuitas, se intentó destinar clérigos seculares a las reducciones, pero duraron un período corto de tiempo y luego fracasaron. Posteriormente hubo algunas experiencias más exitosas, como la de los religiosos mercedarios que alcanzaron más de tres décadas de existencia, o la de los misioneros de Propaganda Fide que los siguieron. Después de la expulsión jesuítica, aún con estos reacomodamientos, los curas representaron el tipo de autoridad con presencia más estable dentro de estas reducciones (Moriconi, 2014). Con los franciscanos en Córdoba, ocurrió algo similar. Luego de la expulsión de los jesuitas, éstos fueron convocados para ocupar los espacios vacíos y de mucho prestigio -como fueron las aulas universitarias- y con el correr de las décadas, hasta establecieron vínculos y afinidades políticas con los gobiernos revolucionarios, que comenzarán a romperse recién en el período de las autonomías provinciales (Troisi-Melean, 2016).

Por otro lado y como señala Mazzoni (2015 y 2019) la visita canónica o pastoral de la diócesis, fue desde el Concilio de Trento (siglo XVI) una de las principales y obligadas tareas que los obispos debían realizar en sus diócesis. Esta herramienta de gobierno funcionó como un instrumento de control del territorio y del clero, así como una forma de contacto directo de éste con su feligresía que le permitía observar sus prácticas religiosas.

Durante el período colonial, la realización de una visita llevaba mucho tiempo, particularmente en las diócesis americanas donde la extensión de las mismas era “geográfica inabarcable para una persona” (Mazzoni, 2019:63-77). Durante estas visitas, el prelado o sacerdote a cargo redactaba un auto de visita o informe, dando cuenta del estado de la parroquia, la comunidad y los testimonios de los entrevistados (Mazzoni, 2019:64), ejercicio que como veremos, los obispos mantuvieron también -aunque con otras características- a lo largo del siglo XIX.13


Misiones volantes ý visitas canónicas en la campaña bonaerense

Desde los primeros tiempos de la organización nacional y hasta entrado el siglo XX, el Estado sostuvo y acompañó los distintos dispositivos misioneros en los territorios indígenas, como un punto en el avance civilizador y un instrumento de “argentinización”. Se trataba de recuperar inmensos territorios para ponerlos bajo la soberanía del gobierno argentino (Blengino, 2005; Sánchez, 2019).14

En el espacio de la campaña bonaerense, las primeras reducciones de pueblos indígenas en los territorios de los actuales Baradero y Quilmes, estuvieron a cargo de órdenes religiosas y precedieron en un siglo a la instalación de parroquias. Entre 1740 y 1753, hubieron tres experiencias misionales de los jesuitas, para la reducción de los indios pampas: La Purísima Concepción de las Pampas, Nuestra Señora del Pilar de los Serranos y Virgen de los Desesperados de los Tehuelches. Se trató de los primeros intentos de evangelización de las poblaciones indígenas pampeanas en el sur bonaerense. Pero condiciones locales como la rivalidad entre los grupos indígenas de la región, la imposibilidad de desarrollar actividades económicas o el nulo avance por parte de fuerzas militares y la población civil, hicieron que estas reducciones tuvieran efímeros resultados confesionales (Barral, 2012 y Vasallo, 2018).

Por su parte, las órdenes mercedaria y franciscana así como el Colegio de Propaganda Fide, también tuvieron sus experiencias misioneras y de reducción de indios en los espacios fronterizos rioplatenses, durante el período colonial y tardocolonial (Barral, 2007 y Ratto, 2015). Obispos, cabildos y luego los gobiernos posrevolucionarios en Córdoba y Buenos Aires, fueron quienes solicitaron misiones para atender determinadas áreas consideradas desatendidas (Stoffel, 1992; Ayrolo y Barral, 2012). Sin embargo, como señala María Elena Barral (2008:166-170), para la década de 1820 la disminución y casi desaparición del clero regular, hizo que estas misiones dejaran de realizarse, retomándose recién durante el segundo gobierno de Rosas.

En Buenos Aires, durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas (y luego de su readmisión,) los jesuitas fueron los encargados de realizar estas misiones itinerantes, fomentadas y apoyadas por el mismo gobernador. En general, fue él quien decidía los pueblos y parroquias que debían ser visitados por los misioneros, así como una parte sustancial del contenido de las predicaciones. Estas misiones se convirtieron rápidamente en “misiones federales”, siendo sus objetivos principales la pacificación y la restauración del orden moral, político y religioso, afectado por la crisis pos revolucionaria (Barral y Di Stefano, 2008; Ayrolo y Barral, 2012). Una circular enviada por Rosas a los juzgados de paz de la campaña norte, es ilustrativa de esta experiencia misional de esos años:

Por cuanto el Padre Superior de la Compañía de Jesús Mariano Berdugo, con los Religiosos Jesuitas que lleva consigo, Padres Fracisco Mayerte y Miguel Cabezas parte á la Campaña del Norte á desempeñar la Misión Divina que ha acordado con el Govno. Debiendo hacer sus marchas y dar principio en San Isidro y continuar por San Fernando, Conchas, Morón, Pilar, la Capilla del Señor, Baradero, San Pedro, San Nicolás, Roxas, Pergamino, Salto Arrecifes, San Antonio de Areco, Fortín de Areco, San Andrés de Giles, Guardia de Luján y Villa de Luján. Por tanto los Maestros de Posta le darán los cavallos que va ocupando por cuenta del Estado; y los Jueces de Paz y demás autoridades civiles y militares, les facilitarán todos cuántos auxilios necesitare y pidiere. Juan Manuel de Rosas [a través de su Edecán].15


Para la segunda mitad del siglo XIX, en Buenos Aires existe un consenso generalizado entre políticos, militares y eclesiásticos sobre la necesidad de avanzar sobre el territorio, el paisaje y la población para alcanzar una transformación radical. Respecto a los sacerdotes, los gobiernos de Buenos Aires le retiraron la función de vehiculizar las ideas políticas -como en las décadas anteriores-, pero reforzaron la carga moralizadora y civilizatoria de los mismos (Bilbao, 2018).

El discurso de la prensa porteña y de la campaña, fue oscilante en relación a los beneficios de los proyectos misioneros, sobre todo de aquellos dirigidos al cumplimiento del mandato constitucional de “conversión a los indios”.16 Mientras un periódico porteño, en los meses posteriores al derrocamiento de Rosas podía juzgar a las misiones como “esfuerzos estériles e inútiles” porque “jamás el corazón del pampa se ha ablandado con el agua del bautismo”, dos décadas después, otro periódico de la campaña, hacía una lectura totalmente contraria, apostando a las mismas:

Los misioneros siguen internándose actualmente mas y mas entre los indios con una fe inquebrantable, esperando alentados por los resultados obtenidos ya, que llegue un día en que puedan regresar a la capital con la felicidad de haber convertido a las verdaderas creencias a esos infelices17

Es decir, en más de una oportunidad, buena parte de los sectores dirigentes porteños pusieron de manifiesto un escaso interés en relación a las misiones, o minimizaron sus potenciales resultados, de acuerdo a los distintos objetivos, intereses y posicionamientos. Sin embargo, podemos afirmar que en general y durante la segunda mitad del siglo XIX, las misiones contaron con apoyo estatal (monetario y logísitco) y los gobiernos locales fueron de los más interesados en la realización de misiones volantes y visitas episcopales. De allí que la Iglesia continuó apostando a estas empresas.


La experiencia de los sacerdotes bayoneses en la campaña

Antes de adentrarnos en el desarrollo y características de las misiones volantes en la campaña, es necesario dar cuenta de una de las primeras experiencias misionales en este espacio que contó con religiosos extranjeros. Se trata de la misión realizada por la Congregación de los Presbíteros del Sagrado Corazón -conocida como “de los padres Bayoneses”, que llegó al Rio de la Plata como parte de los flujos migratorios de la década de 1850 e impulsada por las gestiones del cónsul bayonés y el obispo Escalada.18 Los Bayoneses eran una congregación vinculada a la comunidad vasca que se instala en Buenos Aires en 1856, casi al mismo tiempo que la congregación irlandesa “Hermanas de la Misericordia” (Zuretti, 1972:300; Auza, 1990:118). Pese a que la experiencia misional fue acotada en el tiempo, ya que una vez finalizada, no volvieron a misionar ni tuvieron entre sus objetivos o tareas la estrategia misionera en el escenario rural, el impacto de su acción nos interesa.19

Entre abril de 1858 y febrero de 1859, dos sacerdotes bayoneses realizaron una corta experiencia misionera por varios pueblos de la campaña. Visitaron Belgrano, Monte, Luján, Mercedes, Navarro, San Fernando, Lobos, Chivilcoy, Cañuelas, Ranchos y Chascomús en la campaña norte. Y los vecindarios más poblados al sur del Río Salado: Dolores, Azul, Las Flores y el fortín Esperanza.20

En una nota aparecida en el periódico La Relijión se señalaba, luego de describir el recorrido por Dolores, Las Flores y el Fortín Esperanza:

llegaron los misioneros el 23 del pasado abril, formaron una capilla á la que asistía toda la guarnición, bautizaron todas las criaturas que había hasta de cinco años sin este sacramento, administraron los demás sacramentos, y en este desierto se oyó por primera vez la palabra de Jesucristo, todo por caridad y con el más satisfactorio resultado.21


Jean Pierre Dhers, un inmigrante francés radicado en Azul y con una activa participación en la parroquia local, escribía a sus padres: “la misión de los bayoneses es atendida por dos misioneros franceses, un bearnés y un vasco. Predican en francés, en vasco y en castellano. La celebración comenzó el primer domingo de adviento y terminó ayer después de vísperas”. Por tratarse de un connacional, el cura de esa parroquia había convocado a Dhers para dirigir el canto en las celebraciones religiosas, tarea que, según éste, no se realizaba en las funciones ordinarias a lo largo del año, “ni siquiera para el Corpus Christi, donde la liturgia no cambia”. Y concluía:

Varios franceses fuimos a pedirles a los misioneros que prolongaran la misión durante esta semana, y lo hemos obtenido. Ahora vamos a hacer una cruz. Será la primera que se haya visto en Azul. [...] Vamos a hacer entre los franceses una misión cada año, por misioneros franceses. […] Y haremos las gestiones para tener un cura francés, [ya que] somos alrededor de 900 franceses en Azul.22


En su relato, Dhers deja entrever el fervor de esos días de misión, cómo las funciones religiosas movilizan sentimientos y emociones. Él vincula lo religioso con el ideal de “patria” o “nación”: a miles de kilómetros de su tierra natal, resaltaba ese catolicismo de tradición arraigada representado en él y los religiosos, en contraposición con el de un país en el que “no se ven cruces en ninguna parte”, y donde los nativos eran “capaces de enterrar a sus muertos en un clima de fiesta”.23

“Escasos resultan dos misioneros por más laboriosos que sean para tan importante objeto”, escribía La Relijión y en tono triunfalista, sentenciaba: “la bendición de Dios hace prodigios, sin que le sean obstáculo ni el corto número de sus siervos, ni género alguno de resistencia que presten los hombres”.24 Con todo, estos relatos son fotografías de la dinámica de la Iglesia en los espacios fronterizos de este período.

Como señalamos, exceptuando las misiones destinadas a las parcialidades indígenas a partir de la década de 1870, la experiencia de los sacerdotes bayoneses entre 1858 y 1859, fue la única llevada adelante durante este período en el espacio rural de la campaña y por miembros de congregaciones religiosas.


Organización y despliegue de las visitas canónicas y misiones interiores

Desde el inicio de su episcopado, y en el marco de un catolicismo que va tomando cada vez mayor conciencia de su carácter transnacional, Escalada impulsó la reorganización eclesiástica de la diócesis. Fue en este marco que se profundizó un cambio discursivo y material, en la valoración del mundo rural (Di Stefano, 2016; Bilbao, 2018). La población de la campaña comenzaba a resignificarse como la verdadera depositaria de las tradiciones religiosas (Di Stefano y Zanatta, 2000:275). “El gaucho que no lee los grandes diarios ni los pequeños”, escribía La Relijión,

inclinará mañana su frente para recibir la bendición del obispo; en vano asiste al templo con la intención de admirar á las bellas el joven elegante y despreocupado, las bellas rezan en voz alta y miran solo al Señor en medio de la iluminación del Santuario.25


Era necesario comprender que la Ciudad no le enviaba a la Campaña “los tesoros de su civilización sino migajas estériles, semillas muertas” (Estrada, [1869]1929:142). Por lo tanto, allí donde se levantaban nuevos templos y restauraban los antiguos, debían abrirse escuelas, convocar a los sacerdotes para enseñar la doctrina cristiana, crearse instituciones de beneficencia para socorrer a los indigentes, consolidar ese trabajo.

Pero los deseos de la jerarquía católica y los gobiernos provincial y locales por alcanzar “mejoras morales” en la campaña, chocaban con algunas limitaciones. En primer lugar, la lentitud con la que ellas se plasmaban, pues “no podían darse con la efectividad que se requería”. De allí que las visitas canónicas y misiones volantes se convirtieran prontamente en una de las estrategias que la Iglesia utilizó para revertir esto.26 Y fueron un sello distintivo en las gestiones episcopales de Escalada y Aneiros (1852-1894).27


Mapa 1. Líneas de frontera, pueblos y partidos de la provincia de Buenos Aires, 1780-1880. Tomado de Banzato (2013:270).


Al mismo tiempo, las autoridades locales de los pueblos de la campaña, insistieron denodadamente con la idea de que contar con templos y clérigos, pues se trataba de una eficaz y buena influencia para las poblaciones rurales y permitiría alcanzar más rápidamente la “reforma de las costumbres” (Gallardo, 2017:201-202). “Es por demás lamentable el atraso y el abandono en que se tiene á muchos de los pueblos de la campaña”, increpaba el periódico El Católico en 1875. Y agregaba: “En la mayor parte de los del interior, son sus respectivos curas el único elemento de civilización con que cuentan aquellos desgraciados habitantes”.28 Bajo este paradigma, también sostenido por un amplio abanico de la élite gobernante del período, fueron reivindicadas y sostenidas las experiencias misioneras a la campaña durante el siglo XIX (Lida, 2006:67-68). El liberalismo argentino difirió en este punto del de otras latitudes -particularmente el mexicano-, pues aquí la Iglesia no representó un freno a la modernidad, más bien representó un elemento considerable dentro del proyecto civilizatorio del período (Halperín Donghi, 1987:141-165; Bilbao, 2018).

Desde su toma de posesión, en 1854 y hasta 1859 por lo menos, Escalada inició un vigoroso programa misionero. Estas recorridas -al igual que en los siglos anteriores- eran anunciadas con anterioridad y duraban semanas e inclusive meses completos (de acuerdo a la cantidad de población del lugar), escogiéndose preferiblemente dos momentos fuertes del calendario litúrgico: la cuaresma y Semana Santa por un lado y el adviento y las fiestas de Navidad por el otro, ya que ambos períodos permitían un conjunto de prácticas y celebraciones religiosas que no se repetían durante el calendario ordinario (Mazzoni, 2019:65-66).29 En el norte de la campaña, con un número mayor de parroquias, las visitas se repitieron anualmente.

En la dimensión pastoral, las “santas misiones” del obispo en los pueblos rurales, resultaron un combativo instrumento confesional, teniendo en cuenta el despliegue y “clima religioso” que generaban. Con esquemas similares y repetitivos, contenían una intensa actividad y no diferían demasiado de las misiones que tenían lugar en otras áreas rurales.30 Durante los días que el grupo de clérigos recorrían los pueblos y parajes rurales, el hecho alcanzaba una total centralidad y autoridades e instituciones locales quedaban supeditadas a las propuestas religiosas. Los curas eran recibidos con gran efervescencia, dejando expuestos sobre el escenario público, un repertorio de elementos simbólicos que los dotaban de legitimidad y autoridad.

El programa de actividades tenía la clara intención de fortalecer la piedad católica y moralidad familiar, además de preparar la conversión en aquellos que nunca habían sido catequizados. Se trataba de un método viable y que insumía pocos recursos económicos. En todo caso, la mayor dificultad reposaba en contar con los recursos humanos calificados para tal fin. Con su puesta en marcha se buscaba, entre otras cosas, “fomentar las buenas costumbres, corregir las malas, encender en los pueblos el amor de la paz e inocencia y convertir a los infieles” (Barral, 2007:94-101). Buena parte de lo que la jerarquía eclesiástica esperaba de estas misiones dependía de los predicadores, considerados una pieza fundamental. Debían estar preparados para recorrer amplias distancias y tolerar las dificultades que ofrecía el espacio rural, pero sobre todo para expresar un mensaje claro, mantener la atención de las feligresías y suscitar respuestas positivas acorde a las propuestas.

En estos años -tal como había sucedido durante el rosismo y aún hasta finales de siglo-, los jesuitas volvieron a estar en el centro de la escena misionera, ya que fueron clérigos de la Compañía quienes acompañaron a los distintos prelados de Buenos Aires en las visitas y misiones.31 Oficiaban de predicadores y administraban los sacramentos durante los días que éstas duraban. Por su rigurosa formación académica y su consustanciación con Roma -en el período clave de reorganización de la Iglesia universal-, gozaban de buen crédito en la jerarquía eclesiástica local.32 En un artículo publicado en La Religión, Aneiros hacía una defensa acérrima de los religiosos ignacianos:

Los padres de la Compañía de Jesús aunque por desgracia en pequeñísimo número, viven en Buenos Aires y salen desde 1854 á Misiones á la Campaña con el Illmo. Señor Obispo Diocesano […] Aquí como en otras partes no faltará quien los quiera mal, quien los ódie y desee su esterminio, quien los considere como mina y polilla de la sociedad.33

En general, las actividades misionales utilizaron fórmulas tradicionales. Los curas a cargo de la predicación debían articular estrategias de impacto emocional, para tocar la fibra religiosa religiosa en los oyentes y/o generar algún sentimiento de “culpabilidad” o “deber”, capaz de movilizar a los feligreses a la recepción de los sacramentos (Callahan, 2003:208-214). Durante la duración de la visita, se reunía el vecindario en el templo, se realizaban procesiones “invocando la intercesión de los santos” e “implorando perdón”, se ofrecían pláticas para adultos y niños de las más variadas, en las que se discurría sobre la “necesidad y utilidad de la misión”, “gravedad del pecado”, “la muerte”, “la eternidad”, entre otros.34 A esto se añadía el rezo del rosario y momentos para las confesiones que se hacían de manera diferenciada, estableciéndose horarios para mujeres y hombres. Por otro lado, la presencia del obispo permitía sumar el sacramento de la confirmación.

El avance del siglo había transformado y amoldado las instituciones coloniales a los ensayos político-institucionales que los gobiernos habían ido creando. Dentro de este andamiaje se encontraban aquellas instituciones que entendían, por ejemplo, las causas matrimoniales (divorcio, adulterio, bigamia, entre otros), como las audiencias episcopales y agentes como los jueces eclesiásticos (Barral y Moriconi, 2016; Mazzoni, 2019:85-93). Sin embargo, esta legislación civil y religiosa que sustentaba un modelo de familia socialmente adoptado (y que tenía implicancias prácticas en cuestiones como la regulación de los derechos de herencia, la condición de legitimidad de los hijos, etc.) irá acelerando discusiones y polémicas con más fuerza, en la segunda mitad del siglo decimonónico (Moreno, 2004; Calvo, 2012 y 2017).

Es por ello que todavía en estas décadas -y sin una legislación civil que contrarreste este tipo de situaciones- el prelado “empleaba la mayor parte del día y las primeras horas de la noche en componer las disidencias de los matrimonios”, así como realizar una evaluación sobre el ministerio del párroco o vicario a cargo y el seguimiento de las prácticas de religiosidad de la feligresía. Su investidura también le confería la potestad para amonestar “en secreto á los pecadores públicos”, así como examinar los libros parroquiales y las cuentas de la fábrica de las Iglesias”.35

Las quejas por los escasos o “relajados valores espirituales de los niños” en la campaña, se repetían en los discursos del clero, municipales y maestros. “Los mozos jamás han sido exhortados por sus padres á cumplir sus deberes para con Dios”, eran ellos los “culpables por su omisión en procurar á sus hijos la educación cristiana y literaria”.36 De allí que las pláticas doctrinales para los niños de las escuelas, también fueran un punto central en el programa de los misioneros. Estas pláticas y la administración de los sacramentos a los niños, buscaban sensibilizar a sus padres u otros adultos y atraerlos con ellos al templo o lugar donde se desarrollaban las actividades. En una nota del preceptor de la escuela de varones de Azul, éste sostenía:

Durante el periodo de la mision que ha tenido lugar en este pueblo, los niños acompañados del infrascripto y de su segundo preceptor han asistido á la Iglesia en la mejor compostura posible. Ademas el infrascripto tiene el honor de comunicar V.S que con fecha 25 de febrero ultimo 14 alumnos recibieron por primera vez la sagrada comunion y 48 la confirmacion.37


La llegada a los pueblos de las comitivas misioneras se anunciaba previamente al gobierno y la prensa, cuando esto era posible, y la misma no pasaba desapercibida. “Tengo el honor de poner en conocimiento de V.S. que debiendo practicar la visita canónica en varios partidos de Campaña dejo encargado del Gobierno del Arzobispado al Sr. Provisor Canónigo Dn. Ángel Brid”, escribía el obispo Aneiros a Amancio Acosta, ministro de gobierno de la provincia.38 De otro modo, el obispo también solía enviar algunos sacerdotes unos días antes, para anunciar el evento. Escribía Aneiros en el libro de Visitas de la Parroquia de Benito de Juárez:

Habiendo llegado a este partido tres días después de haber enviado al Teniente Cura Dn. José Teófilo Baliñas con el Sr. Cura de Balvanera Dn. Juan Antonio Chantre á efecto de que hallándose en debidas condiciones, bendijeran la Capilla erigida por la Municipalidad y reuniesen el vecindario, preparándolo.39

En este marco, feligreses y curiosos se acercaban durante los días que duraba la misión y participaban de las propuestas, como la bendición de los templos nuevos o refaccionados, la inauguración de los cementerios, las procesiones con el santo del lugar o los bailes y tertulias que se daban por la noche.

Las autoridades locales, algunas familias y/o notables, podían tener participación en la logística. Eran momentos para exteriorizar las redes de relaciones y asumir papeles protagónicos: quedar a cargo de algunas actividades, buscar los padrinos para participar de los sacramentos, incluso algunos notables, prestar sus casas para el alojamiento de la comitiva (Sánchez, 2012). Debían ajustarse los horarios, preparar la logística no sólo para las ceremonias religiosas, sino también para aquellas que seguían a las mismas. A propósito de eso, publicaba un diario local de Azul “[…] Las autoridades militares y civiles concurrieron en corporación. Después de haber repartido al pueblo desde el altar de nuestra Iglesia, la sagrada bendición [el arzobispo] se retiró al domicilio que le ha sido preparado en casa del Gral. Rivas”. Y el Monitor de la Campaña señalaba sobre la misión a Exaltación de la Cruz: “campanas y cohetes prorrumpieron en estrépito infernal” y “una numerosa concurrencia corría a saludar al eminente huésped”.

Dos a tres mil personas apiñadas agrupadas, jadeantes asistían a esa función en la que a S.S.I. le estaba encomendado un rol tan importante […] Frai Antonio conducido por algunos caballeros subió al púlpito. Peroró largamente ecsortando al auditorio a apartarse de la senda de los placeres i los vicios, i terminó diciendo que era necesario o ser de Dios únicamente o del Demonio. Como a las 5 de la tarde tuvo lugar la procesión del Corpus-Christi. El Sr. Obispo recorrió las cuatro cuadras de la plaza seguido de un inmenso jentío. A las 12 de la noche comenzó el baile.40


Del mismo modo, también se creaban asociaciones y cofradías devocionales o se iniciaban suscripciones y recolección de limosnas, con el fin de solventar algunas actividades particulares o reparar objetos del culto, necesarios para celebraciones con una cantidad de concurrentes que sobrepasaba el promedio general, como sucedió con la misión a Tandil, en 1864.41 El último día de misión, por lo general, se preparaba una cruz vestida flores que se conducía procesionalmente a las afueras del pueblo, y allí se enclavaba. El obispo o un sacerdote era el encargado de declarar “los recuerdos que debía despertar aquella santa señal, los propósitos á los que debía escitar y los medios conducentes á este fin”.42

El último de la misión volante en Chascomús, previo al acto de inauguración de la cruz, el inspector de escuelas provincial que también se encontraba de recorrida por ese partido, le solicitó a Escalda que hiciese una función especial para los niños de las escuelas. De este modo, el prelado improvisó unas palabras en el escenario natural donde se había congregado el gentío, “la cima de la más alta barranca de la hermosa laguna”:

En la tarde de ese día terminaba la misión del Ilmo. Sr. Arzobispo con la ceremonia de colocación de la Cruz, y en el deseo que á la par de los primeros conocimientos se inculquen las primeras nociones de la religión, base de toda moral; y como espectáculos semejantes, hieren vivamente la imaginación infantil, dispuse asistieran los alumnos á dicha función.43


En el tiempo que duró el periódico La Relijión, éste publicó la mayoría de las visitas y misiones de Escalada a través de extensas descripciones cargadas de detalles como los horarios, las manifestaciones religiosas públicas, la cantidad de feligreses y sacramentos administrados, e incluso las edades de los participantes de las ceremonias.

Los pueblos esta vez han sido tres solamente, por razón de su mucho vecindario. […] simultáneamente con la visita, se ha dado una misión de 15 días en cada pueblo. En todos han sido satisfactorios los resultados y notables la cooperación de las autoridades locales. En los confines de cada partido se hallaban personas que esperaban a S.S.I. con órden de prestarle todos los ausilios que pudieran necesitarse. Más adelante se encontraba una numerosa y escojida comitiva y en las orillas del pueblo y dentro de la Iglesia, las personas a quienes no les había sido posible hacer otra demostración de respeto. En la Villa de Luján se han confirmado 1353 personas. En la de Mercedes 2559. En Chivilcoy 2993. En el tránsito de Flores a Morón 499. En total 7104. En la Villa de Luján se han celebrado 55 casamientos. En la de Mercedes 32 y en Chivilcoy 76 que suman 173.44


Los números mostraban el territorio recorrido y el despliegue logístico y representaban un signo tangible de la capacidad de movilización que tenían estos agentes religiosos (Gallardo, 2016 y 2017). Fueron las ceremonias sacramentales (aquellas que garantizaban la producción, reproducción y consumo de los bienes de salvación) las que otorgaban a estos agentes su fuerza material y simbólica al interior de la comunidad de creyentes (Bourdieu, 2009:62-64), pero también frente a los representantes del poder local, con quienes se generaba un interesante intercambio durante esos días. Desde el pueblo de Dolores, mientras realizaba una misión, el obispo escribía:

La misión sigue produciendo muy buenos resultados. En este pueblo de mucha gente y en el que he confirmado cerca de 3500 personas, a más de los frutos generales, que han sido muy copiosos, ha tenido una consecuencia especial de mucha importancia. No tenían más iglesia que un triste rancho de paja por el que se paga alquiler. Movido de esta vergonzosa falta, excité desde el principio a los principales vecinos para se tratase de construir un templo […] y mañana voy a bendecir y colocar la primera piedra para un templo de tres naves de bastante extensión y dos torres.45


La celebración de sacramentos como el bautismo y la confirmación que exigía la figura de padrinos, por ejemplo, lograba congregar una presencia extra de familiares o allegados, reuniendo a casi todo el vecindario. De allí que la prensa, insistiera en el ruido y la reunión de gente durante los días que duraban las misiones: “los templos no logran contener las nubes de personas”, y los niños “se cuentan por centenares para escuchar la explicación que les hacen el misionero en las plazas”.46

Estas experiencias cargadas de conmoción y “alboroto” que rompían la rutinaria vida de los pueblos, lograron sólidos “climas de inmersión religiosa”, a partir de las propuestas y momentos rituales que ofrecían, apelando a la movilizaron de los aspectos subjetivos-religiosos, emocionales o relacionales de los pobladores y feligreses. Sin embargo, no podemos desconocer que estas misiones promovieron efectivos momentos de encuentro y sociabilidad, así como de producción y circulación de bienes o información. Por lo tanto, los datos que expresan la cantidad de feligreses que se acercaban “voluntariamente” a recibirlos (en ocasiones excediendo el número de habitantes del lugar), no necesariamente reflejan su “fuerte identidad católica” (Gallardo, 2016:160-161). Más bien pueden estar mostrando que estos factores pudieron alcanzar el mismo peso que el religioso, aun cuando los feligreses y participantes casuales recibieran alguno o varios de los sacramentos o no fueran asiduos participantes de las celebraciones.


Conclusiones

En el período que recorre las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, la Iglesia alcanzaba su consolidación institucional y una mayor presencia en el territorio. En este proceso algunas variables se modificaron a medida que fue contrayéndose el escenario rural abandonando su lugar de línea de puestos de defensa de la frontera y aumentando la población. Esto impactó, entre otras cosas, en el proceso de parroquialización de la Iglesia en el territorio bonaerense, aumentando exponencialmente el número de iglesias: de 65 parroquias que había en 1880, se pasó a 137 y casi 200 capillas en 1910, cada una con asociaciones devocionales, caritativas o educativas, órganos de prensa, etc. (Bilbao, 2018; Palacio Arzobispal, 1911). Al mismo tiempo, las congregaciones religiosas masculinas y femeninas de vida activa que llegaban al Río de la Plata, se insertarán con éxito en la realidad diocesana y comenzarán a renovar el catolicismo y las estructuras en este espacio. Sin embargo, como vimos, hasta finales de siglo, las características del espacio y la población rural le obligaron a la Iglesia a mantener activa esta dinámica misionera por un largo período.

Las comunidades continuaron motorizando algunas gestiones para emplazar los templos, pero comenzaron a asociarse nuevos actores como los terratenientes y las incipientes burguesías rurales que la Iglesia capitalizó de manera diligente (Lida, 2005). En 1905 escribía el párroco de Azul: “Empezó la misión en la estancia Melián del Dr. Enrique Rodríguez Larreta, continuando después en la Estancia San Ramón de Anchorena”. Y continuaba:

El resultado ha sido de 120 comuniones de personas mayores, muchas de ellas primeras, habiendo sido más numerosos los hombres que las mujeres por las dificultades de las distancias […] La distinguida y piadosa señora Mercedes Castellanos de Anchorena, obsequió presentes a todos los que tomaron parte en la misión y asistentes (citado en Villamayor, 1985:55).


Las visitas y misiones que se sucedieron desde la década de 1850 muestran que la Iglesia de Buenos Aires logró fijar su presencia material y simbólica en el territorio o consolidar su estructura institucional, en la medida en que transitó el espacio rural y visitó todos los poblados. Como se señaló a lo largo del artículo, estas misiones interiores y visitas canónicas, fueron eficaces instrumentos de confesionalización y presencia de la Iglesia en aquellos espacios “donde la gente vivía diseminada por los campos y lejos de las parroquias”, considerada por ello moralmente “relajada, con ignorancia y abandono en la materia religiosa”.47 Si bien estas misiones congregaron a los vecindarios y ofrecieron actividades religiosas y recreativas, muchas de las personas que se acercaban a las celebraciones durante esos días, el resto del año no cumplían con la Iglesia y los rituales que exigían las celebraciones (Barral, 2007:94).

La Iglesia continuó apelando a los jueces de paz y agentes municipales para realizar los oficios públicos, concentrar al vecindario y llevar adelante los festejos. El poder civil, materializado en las Municipalidades, subsidió este tipo de emprendimientos religiosos: convocó, participó y realizó aportes pecuniarios. Y esto fue así, porque el espectro gobernante le otorgaba al catolicismo un lugar importante dentro de la construcción estatal, contribuyendo con su doctrina y agentes al “proceso civilizador” (Bilbao, 2018).

En este período de reconstrucción y consolidación de la institución eclesiástica, los obispos de Buenos Aires insistieron con este tipo de actividades. Aun con algunos cambios en sus objetivos, las visitas canónicas y misiones interiores conservarán numerosos resortes de continuidad hasta entrado el siglo XX.48 Sirvieron para contrarrestar los problemas que la ausencia de la religión podía generar en feligresías dispersas y con una alta movilidad. Abocadas prácticamente al sostenimiento de la ritualidad sacramental, la observancia del buen desempeño de las prácticas de religiosidad y el sostenimiento del lugar de los curas como mediadores en el ámbito familiar, fueron también seguras instancias de control, fundamentalmente sobre el clero, parroquias y feligresías (Mazzoni, 2015 y 2019:63-78; Gallardo, 2017).


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1 “[…] en este desierto se oyó por primera vez la palabra de Jesucristo, todo por caridad y con el más satisfactorio resultado”, Los misioneros (26 de junio de 1858), p. 385.

2 Agradezco los comentarios y sugerencias realizadas por las/os evaluadoras/es de la revista.

3 En las últimas décadas ha habido una vasta producción sobre este asunto. A modo de ejemplo recomendamos Bianchi (1997); Lida (2006a); Barral (2008); Ayrolo y Barral (2012); Barral y Binetti (2014); Mauro y Martínez (2016).

4 La derrota del gobernador Juan Manuel de Rosas tras la batalla de Caseros, en febrero de 1852, no fue el inicio de una nueva era de paz y libertad, según lo previsto por la heterogénea coalición antirrosita que había resultado vencedora. A partir de aquí y hasta 1861, Buenos Aires transitó el período conocido como de secesión, actuando como una jurisdicción separada de la Confederación Argentina. Sobre este proceso, véase Wasserman (2013:153-178). En relación a la Iglesia, el texto constitucional que rigió entre 1854 y 1873, señalaba que el gobernador ejercía el patronato en relación a las “iglesias, beneficios y personas eclesiásticas de su dependencia, con arreglo a las leyes” (Martínez, 2013:caps. 8 y 9).

5 La jurisdicción diocesana incluía, además de la provincia de Buenos Aires, las de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. Sin embargo, en este tiempo, el poder real del obispo se ajustó al de la provincia de Buenos Aires, a pesar de los intentos que Escalada hizo por ejercer el poder episcopal en el resto del territorio diocesano. Esta cuestión quedó subsanada entre 1858 y 1859, con la creación del vicariato apostólico y unos meses después de la diócesis del Litoral (que incluyó las provincias antes mencionadas y tuvo su asiento en la ciudad de Paraná). La instalación del vicariato apostólico en tierras paranaenses, sirvió por un tiempo a los objetivos del gobierno de la Confederación: la presencia del vicario Marino Marini -quien ejerció como encargado de los asuntos vaticanos, pero también casi como un obispo de hecho-, de alguna manera contrarrestaba la influencia de Escalada sobre las iglesias de las provincias del Litoral, véase Lida (2006a:37-43). Algunos trazos de la trayectoria de Escalada en Martínez (2015); Mauro y Martínez (2016).

6 Para el caso local, tomamos la denominación de Martínez (2014 y 2016). En apretada síntesis diremos que la misma, durante varias décadas, aglutinó en discursos y posicionamientos la consabida defensa del catolicismo con una consecuente exaltación y subordinación permanente de la figura del papa. Esta defensa de la figura y autoridad del pontífice no se reduce a la discusión en torno a las formas de gobierno de la Iglesia, sino que más bien concentra la lucha política contra un amplio número de amenazas, que se visualizaron en Europa tras las revoluciones de las décadas de 1830 y 1840. En el terreno de las disputas políticas, realizó sólida defensa a la Compañía de Jesús.

7 Si bien fue consagrado obispo en 1870, la demora en su nombramiento (1873) dejó al descubierto las disputas y negociaciones del gobierno central en relación a la máxima figura eclesiástica nacional. Sobre este punto, Bilbao (2018:101-108).

8 Queda pendiente realizar una comparación de este tipo de procesos generales, a la luz de los recientes estudios que han abordado algunos aspectos de la realidad eclesiástica de la segunda mitad del siglo XIX en otros espacios provinciales y realidades diocesanas. Remitimos a Diego Mauro (2014 y 2016) para el caso santafecino; Milagros Gallardo (2016a) para el cordobés; Cinthya Folquer y Esteban Ábalo (2017) para el tucumano; Miranda Lida (2015) para Buenos Aires, entre otros.

9 Hasta la creación de la diócesis del Litoral, en 1859, la jurisdicción de la diócesis porteña, además del territorio de la provincia de Buenos Aires, incluía las provincias de entre Ríos, Santa Fe y Corrientes. A pesar de los intentos que hizo Escalada por ejercer el poder episcopal en todo el territorio diocesano, desde el inicio no obtuvo el exequatur por parte del gobierno de la Confederación Argentina a cargo de Justo José de Urquiza, amparándose éste en el ejercicio del derecho de patronato. De este modo, la instalación del vicariato apostólico en tierras paranaenses, sirvió por un tiempo a los objetivos del gobierno de la Confederación. La presencia del vicario Marino Marini -quien ejerció como encargado de los asuntos vaticanos, pero también casi como un obispo de hecho-, contrarrestaba la influencia de Escalada sobre las iglesias de las provincias del Litoral, véase Lida (2006a). Para un estudio sobre el Patronato sus implicancias y la organización eclesiástica durante el siglo XIX, véase Ayrolo (1996, 2007 y 2017).

10 Se trata de aquellos pueblos ubicados al sur del Río Salado. Fundados muchos de ellos a partir de campañas militares en las décadas de 1820 y 1830, la mayoría se crearon con posterioridad a 1852 y se aceleró su expansión con la demarcación de partidos de 1865.

11 En este artículo, prescindiremos del análisis sobre las misiones a las tribus indígenas de Catriel, Coliqueo y Railef, en la campaña bonaerense de la década de 1870. Estas experiencias llevadas adelante por el arzobispado porteño y la congregación religiosa de los Lazaristas con un grupo de apoyo proveniente de la élite porteña, permite observar los vínculos, intereses, puntos de apoyo y hasta tensiones entre la Iglesia, el Estado y las comunidades indígenas. Sin embargo, requiere un desarrollo explicativo que conjuga otras temporalidades, actores, disputas (y convergencias) de sentidos, que no son el centro de nuestro interés aquí. Hay una literatura variada sobre el tema de las misiones lazaristas en la pampa central. Para un análisis y desarrollo de las mismas, véase Bruno (1976) y fundamentalmente Durán (2002). Trabajos más nuevos, Bilbao (2018) y Sánchez (2019). Al mismo tiempo, Sánchez ha desarrollado in extenso el carácter, sentido, objetivos y sostenimiento de las misiones indígenas en el territorio argentino entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

12 La bibliografía sobre la misiones en los espacios rurales y de frontera en América, es de por sí extensa. Citamos por caso: Herbert Eugene Bolton ([1917] 1990: 45-60); Weber ([1988] 2005: cap. 3); Cabrera Becerra (2002); Córdoba Restrepo (2007). Más adelante señalamos la bibliografía para espacios cercanos y periodos similares.

13 Para una lectura sobre las misiones volantes y visitas canónicas en el siglo XIX rioplatense, véase, entre otros, Segura (1961); Bruno (1976); Stofell (2001); Barral y Di Stefano (2008); Rodríguez y Minetto (2008); Farrell (2010); Ayrolo y Barral (2012); Nicoletti (2013) y Gallardo (2016, 2017). Para el caso Uruguayo, Hernández Méndez (2017).

14 Entre las décadas de 1850 y 1860 un centenar de franciscanos pertenecientes a la Congregación de Propaganda Fide -en su mayoría extranjeros italianos-, ingresaron al país para realizar trabajos de misión con parcialidades indígenas. Formaron cuatro Colegios Apostólicos en algunas provincias de la Confederación (Córdoba, Santa Fe, Corrientes y Salta), e incluso algunas misiones se extendieron hasta las primeras décadas del siguiente siglo. Sobre las Misiones en Salta, Corrientes y la región del Gran Chaco, véase Teruel (1995 y 2005) y Sánchez (2019). Sobre las misiones franciscanas de la región de Córdoba y San Luis, además del trabajo de citado de Sánchez, Tamagnini (2011).

15 Circular del Gobierno de Buenos Aires, 13 de septiembre de 1837, Sala X, leg. 21-3-3, Archivo General de la Nación (AGN).

16 Según el artículo N° 64 de la Constitución Nacional sancionada en 1853, el Congreso debía “proveer a la seguridad de las fronteras; conservar el trato pacífico con los indios, y promover la conversión de ellos al catolicismo”. Este artículo -que se mantuvo vigente hasta la reforma de la Carta Magna de 1994-, no aclaraba ni argumentaba sobre la forma concreta y material de llevar a cabo esta “conversión al catolicismo” de los pueblos indígenas. Sobre este punto véase, Sánchez (2019, cap. 5).

17 La guerra de la frontera (29 de abril de 1852). Los Debates, p. 2 y Triunfo de la Religión (02 de septiembre de 1872). El Monitor de la Campaña, p. 3. Uno de los diseños más claro de estos planes que disentían con la estrategia defensiva y apostaban por una clara política ofensiva hacia las parcialidades indígenas de la provincia, fue el que tempranamente formuló Santiago Arcos en (1860), La Frontera y los indios, Buenos Aires, Imprenta de J.A. Berneheim.

18 Publicó el periódico La Relijión: El Sr. Cónsul de Bayona en su solicitud por fomentar la emigración de aquel punto á este, encontró que uno de los obstáculos que se presentaban era la falta de sacerdotes adornados de las condiciones debidas. Entonces se dirigió al Sr. Obispo de Bayona, pidiendo algun remedio a este mal y S. S. Ilma. le ofrecio remitir varios de sus mas distinguidos eclesiasticos […] aseguró que remitirá sacerdotes de los mas distinguidos en letras, piedad, buenas costumbres, zelo y prudencia, interesados solo en la salud de las almas, que estarán bajo la jurisdiccion y á las ordenes del prelado de nuestra Diócesis, en el modo y por el tiempo que fuese de su agrado (13 de noviembre de 1855), pp. 446-447.

19 Dedicados principalmente al terreno educativo, a poco de establecerse en Buenos Aires fundaron el colegio San José, en la parroquia de Balvanera. Su función fue la de ser nexos de ubicación entre los inmigrantes vascos, además de constituirse en guardianes del idioma. Inclusive establecieron residencias exclusivas para vascos (Irianni, 2014:327-330). Sin embargo se trató de una tarea pastoral más acotada, si la comparamos con la del cura Antonio Fahy, líder del clero irlandés en estas tierras.

20 No recorrieron los partidos que contemplaban las jurisdicciones de las parroquias más extensas del centro y sur de la campaña: Tandil, Lobería, Mar Chiquita, Bahía Blanca y Carmen de Patagones.

21 Según las páginas del periódico, los religiosos habían alcanzado incluso una suerte de “heroísmo” al presenciar la invasión de “unos 150 ranqueles”. Y mientras el cura de Las Flores escapó “admirablemente”, los “padres Misioneros, por el contrario, mostraron una serenidad y valor dignas de almas justas”, en Los misioneros (26 de junio de 1858), p. 385.

22 Carta de Jean Pierre Dhers a sus padres (24 de diciembre de 1858), reproducida en Molis (1983:202-204). Resulta interesante el dato que Dhers destaca en relación a las predicaciones de los misioneros en otros idiomas, además del castellano. Sin embargo, hay que señalar que en la campaña, en general, pareció haber cierta flexibilidad en este punto, debido fundamentalmente a que el clero secular que atendió las parroquias era extranjero y, exceptuando a los españoles, en algunos períodos éste representó el 54% del total (Bilbao, 2018). Si bien el castellano que varios sacerdotes extranjeros practicaron no siempre resultó el más adecuado -motivo que provocó más de una queja en las feligresías (Rosoli, 1985; Turcatti; 2013)-, lo cierto es que excepto la colectividad irlandesa (Ussher, 1954), el resto de los grupos inmigrantes no contaron con “capellanes” que predicaran en sus idiomas de origen.

23 Carta de Jean Pierre Dhers a sus padres (24 de diciembre de 1858), reproducida en Molis (1983:202).

24 Misioneros (20 de noviembre de 1858 y 02 de abril de 1859). La Relijión, p. 594 y pp. 775-776.

25 Las funciones religiosas (10 de octubre de 1857). La Relijión, p. 82.

26 La Campaña (24 de octubre de 1857). La Relijión, pp. 97-98.

27 Hubo visitas canónicas a las parroquias y pueblos de Quilmes, Belgrano, Las Conchas, Morón, Luján, San Nicolás, Pergamino, Capilla del Señor, San Isidro, San Fernando, Zárate, Baradero, San Pedro, San Nicolás, Pergamino, Luján, Mercedes, Chivilcoy, San Andrés de Giles, Arrecifes, San Antonio de Areco, San Vicente, Cañuelas, Monte, Lobos, Navarro, 25 de Mayo, Bragado, Magdalena, Ensenada, Bragado, Rojas, Chascomús, Tandil, Dolores y Azul. Reconstrucción hecha a partir del periódico La Relijión (01 de abril y 08 de julio de 1854; 26 de diciembre de 1857; 09 de enero y 25 de diciembre de 1858; 28 de enero, 02 de abril y 26 de noviembre de 1859); Isern (1936:140-146 y 178-180); Bruno (1976:273-275) y Farrell (2010:61-99).

28 Curas de la campaña (12 de febrero de 1875). El Católico, p. 466.

29 “El 1° de Marzo partira el Iltimo. Sr. Obispo de Aulon acompañado de varios eclesiásticos a hacer la visita canónica y dar misión en la Magdalena”, Viage de S.S.I. el Arzobispo (16 de febrero de 1872). El Monitor de la Campaña, p. 3.

30 Sobre estas experiencias en Entre Ríos, Santa Fe; Tucumán, La Pampa o incluso Uruguay, véase Segura (1961: 204-319), Stoffel (2001); Folquer y Ábalo (2017:37-40), Sánchez (2012) y Hernández Méndez (2017). Para un diálogo y pensar algunos contrapuntos entre las experiencias de Buenos y Córdoba, remitimos a los trabajos de Milagros Gallardo, quien ha estudiado ampliamente la experiencia de la diócesis mediterránea de la segunda mitad del siglo XIX. En un estudio de 2016, sostiene que las visitas canónicas resultaron una herramienta fundamental no sólo para el control del territorio, sino también para su ocupación. Idea que retoma y enfatiza en un trabajo posterior (2017).

31 Escalada incluso les cedió a ellos la formación del clero secular en el recientemente inaugurado seminario conciliar, a pesar del descrédito que sectores anticlericales (del gobierno y buena parte de la prensa), propendían sobre ellos (Isern, 1936:178-180; Di Stefano y Zanatta, 2000:299-300).

32 Este punto está presente a lo largo de todo el período. En una de las últimas misiones que realizó el arzobispo Aneiros, registró: Habiendo determinado hacer la visita canónica y dar misión en esta parroquia de Nuestra Señora del Carmen de Juárez, llegamos aquí acompañados de nuestro Provisor y Vicario General Dr. D. Antonio Espinosa, de los Reverendos Padres José Antillac de la Compañía de Jesús, Victorio Loyodice y Plácido Álvarez de la Congregación del Santísimo Redentor, Francisco Lophitz de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús, Ángel Savio de la Congregación Salesiana de D. Bosco y de ntro. Familiar el Presbítero D. Manuel Elizaurdía, Auto de la visita canónica y misión volante. 25 de abril de 1892. Libro de Copiadores Nº 1, fol. 2. Archivo Parroquial de Benito Juárez.

33 Los jesuitas (26 de febrero de 1859). La Relijión, pp. 723-724. En esta segunda mitad de siglo, la Compañía se convirtió en uno de los blancos preferidos del discurso anticlerical. El “jesuitismo” representaba uno de los mayores enemigos, por la creciente influencia que la Compañía iba ganando al interior la Iglesia. Sobre este punto, remitimos a Di Stefano (2010, cap. 4) y (2016:62-68).

34 Apertura del Templo de San Nicolás (25 de septiembre de 1858). La Relijión, pp. 496 a 503.

35 Son gráficos los relatos La Visita Pastoral y Visita de 1858 (09 de enero y 25 de diciembre de 1858). La Relijión.

36 La Visita Pastoral (09 de enero de 1858). La Relijión, p. 186.

37 Nota del Preceptor de la Escuela de Varones A. Villanueva, al Jefe del Departamento Gral. de Escuelas, Dn. Juan María Gutierrez. 04 de marzo de 1864. Fondo Dirección General de Escuelas, leg. 70, carpeta Nº 6335. Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires.

38 Carta del Arzobispo Federico Aneiros al Ministro de Gobierno. 22 de febrero de 1873. Fondo Ministerio de Gobierno, leg. 4, exp. Nº 148, fol. 2. Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires. Sobre esta misma misión, escribe El Monitor de la Campaña: El 1° partirá el Ilimo. Sr. Obispo de Aulón, acompañado de varios eclesiásticos a hacer la visita canónica y dar misión en la Magdalena, en Viage de S.S.I. el Arzobispo. 16 de febrero de 1873, p. 3.

39 Federico Aneiros, Arzobispo de la Santísima Trinidad de Buenos Aires en Santa Visita de esta Parroquia. 19 de marzo de 1878. Libro Nº 1, fol. 1. Archivo Parroquial de Benito Juárez.

40 Huésped ilustre y La Ecsaltacion de la Cruz. El Eco del Azul (12 de noviembre de 1873), p. 2. y El Monitor de la Campaña (18 de septiembre de 1871) p. 2, respectivamente.

41 En la misión que se dio en 1864 se fundaron dos Cofradías, la de Ntra. Sra. de la Concepcion, y la del Cármen, así consta de un libro que se registra en este archivo, y en el que estan inscritos los nombres de los que ingresaron en ellas”, escribía el cura José Terradas más de una década después. Para la preparación de la misma, hubo gastos extras como la confección de un nuevo confesionario y dos mesas grandes, la compostura y compra de bancos, puertas y vidrios para refaccionar el templo y la sacristía. Véase Apuntes para una Memoria de Statu Animarum. Cura Vicario D. J. Terradas. Mayo de 1876 y Libro de Fábrica N° 1 (1858-1875). Abril de 1864, fol. 65, Archivo Parroquia Santísimo Sacramento de Tandil.

42 La Visita Pastoral (09 de enero de 1858). La Relijión, p. 186; Carta de Jean Pierre Dhers a sus padres (24 de diciembre de 1858), reproducida en Molis (1983:202).

43 Memorias de las Diferentes reparticiones de la administración de la Provincia de Buenos Aires y de varias Municipalidades de Campaña, (Buenos Aires, Argentina: Imprenta Buenos Aires, 1868) 153. También «Visita Pastoral», en La Relijión, Buenos Aires, 09/01/1858.

44 Visita de 1858 (25/12/1858). La Relijión, pp. 635-637.

45 Nota del obispo José Escalada al delegado apostólico Marino Marini, Dolores, 28/11/1854, tomado de Bruno (1976:273).

46 “La Visita Pastoral”, en La Relijión Nº 22, 09/01/1858, p. 185.

47 Nota del cura capellán de Tapalqué al provisor del Arzobispado de Buenos Aires. (31 de octubre de 1869), citado en Capdevila (1963:43-44).

48 Así lo muestra el primer prelado de La Plata, una vez que el espacio bonaerense quedó bajo jurisdicción del flamante obispado, en 1898. Las misiones volantes fueron el instrumento para conocer el territorio, el clero y fortalecer su poder episcopal (entre otros, Boletín Eclesiástico de La Plata, Números 1 y 2, 1898-1900). Incluso en la década de 1940 y con un país, una sociedad y una Iglesia totalmente diferentes a los de principios de siglo, la jerarquía católica volvía sobre la idea del “campo” como “depositario de los valores cristianos”. El éxodo de población hacia las ciudades, ponía al descubierto la “desprotección” en la que vivía esta gente y la necesidad de catequizar los ambientes rurales. En una carta pastoral, el obispo de Mercedes, Anunciado Serafini exhortaba: Nos es urgente llevar por todos los medios el Evangelio a nuestra gente del Campo […] Hemos de volver al campo para repoblarlo y vigorizarlo. Como cristianos y como argentinos es una grave culpa no remediar tan graves males. […] Hay que vigorizar el campo en Dios. Pastoral del Obispo (1945). Boletín de la Acción Católica Argentina Nº 276, pp. 164-174. Cuestiones similares en los números 301 (1947) y 314 (1948).

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