Itinerantes. Revista de Historia y Religión 23 (ene-jun 2026) 148-167

https://doi.org/10.53439/revitin.2026.1.09




Autonomía eclesiástica y experiencia del catolicismo local: el caso de la creación de la Diócesis de Valparaíso en Chile (1925)



Ecclesiastical Autonomy and Local Catholic Experience: The Establishment of the Diocese of Valparaíso in Chile (1925)




Raúl Burgos

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

raul.burgos@pucv.cl

https://orcid.org/0000-0001-8199-8682




Resumen


Este artículo analiza el impacto de la separación de la Iglesia y el Estado de Chile tras la promulgación de la Constitución de 1925. Desde una mirada localizada que contribuye a descentrar el análisis del catolicismo chileno, se aborda la creación de la Diócesis de Valparaíso y la designación de su primer obispo entre fines de 1925 e inicios de 1926. A partir de la revisión de prensa y documentos de la época, se sostiene que la comunidad católica porteña interpretó la creación de la diócesis como el inicio de una nueva etapa en la trayectoria de la Iglesia local, marcada por la obtención de autonomía en su gestión y su separación de la Arquidiócesis de Santiago. Esto fue percibido como el reconocimiento por parte de la Iglesia del crecimiento y consolidación del catolicismo en Valparaíso, ciudad que, dada su relevancia como centro urbano y comercial, requería una administración propia. Este episodio fue visto como un avance en el proceso de descentralización de la experiencia católica porteña y como una oportunidad para asumir un rol más activo en un territorio estratégico para la institución.


Palabras clave: Iglesia católica, Chile, diócesis de Valparaíso, separación Iglesia-Estado, 1925


Abstract

This article examines the impact of the separation of Church and State in Chile following the enactment of the 1925 Constitution. Adopting a localized approach that decenters the analysis of Chilean Catholicism, it explores the establishment of the Diocese of Valparaíso and the appointment of its first bishop between late 1925 and early 1926. Drawing on contemporary press sources and documents, the article argues that the Catholic community of Valparaíso understood the establishment of the diocese as marking a new phase in the local Church's trajectory, characterized by a growing autonomy and separation from the Archdiocese of Santiago. This development was perceived as the national Church’s acknowledgment of the growth and consolidation of Catholicism in Valparaíso, a city whose significance as an urban and commercial hub warranted independent ecclesiastical administration. The episode was viewed as progress in decentralizing the porteña Catholic experience and as an opportunity to assume a more prominent role in a territory of strategic importance for the institution.


Keywords: catholic Church, Chile, diocese of Valparaiso, Church-State Separation, 1925




Fecha de envío: 12 de febrero de 2026

Fecha de aceptación: 24 de abril de 2026




Introducción


En 2025, la Diócesis de Valparaíso celebró el centenario de su creación como estructura administrativa independiente. La comunidad católica, liderada por su obispo Jorge Vega Velasco, realizó diversas actividades conmemorativas: una misa en la Catedral de Valparaíso, sede episcopal de la Diócesis; la publicación de una carta pastoral dedicada al centenario; y una ceremonia conmemorativa en el Congreso Nacional de Chile. Este último evento, con participación de autoridades civiles y religiosas, buscó relevar las relaciones entre la Iglesia y el Estado chileno, considerando que la creación de la Diócesis de Valparaíso se produjo precisamente tras la promulgación de la Constitución de 1925, que puso fin al vínculo entre ambas entidades vigente desde los inicios de la república. Las autoridades diocesanas de Valparaíso convocaron también a representantes de otras diócesis chilenas creadas en 1925, transformando un episodio local en un evento de interés para la Iglesia nacional.1

Este centenario invita a analizar las circunstancias en que se produjo aquel hito fundacional. La separación entre la Iglesia y el Estado, formalizada en la Constitución de 1925, marcó un punto de inflexión en la redefinición de las relaciones entre ambas instituciones y la sociedad chilena. En este nuevo escenario de autonomía eclesiástica, la Santa Sede emprendió una reconfiguración territorial de su administración en Chile, que incluyó la creación de siete diócesis con el propósito de fortalecer su presencia y organización interna. En octubre de 1925, solo un mes después de promulgada la Constitución, el Papa Pío XI (1922-1939) emitió las bulas Apostolici Muneris Ratio y Notabiliter Aucto, que dieron origen a las nuevas diócesis. Desde la Arquidiócesis de Santiago surgieron las Diócesis de Valparaíso, San Felipe, Rancagua y Talca; mientras que desde la Diócesis de Concepción nacieron las de Chillán, Linares y Temuco.2 Según el documento papal, el objetivo de esta reorganización era “promover más eficazmente el bien de las almas”.3

Desde una mirada localizada que contribuye a descentrar el análisis del catolicismo chileno, este artículo aborda la creación de la Diócesis de Valparaíso y la designación de su primer obispo entre fines de 1925 e inicios de 1926. A partir de la revisión de prensa y documentos de la época, se sostiene que la comunidad católica porteña interpretó la creación de la diócesis como el inicio de una nueva etapa en la trayectoria de la Iglesia local, marcada por la obtención de autonomía en su gestión y su separación de la Arquidiócesis de Santiago. Esto fue percibido como el reconocimiento por parte de la Iglesia del crecimiento y consolidación del catolicismo en Valparaíso, ciudad que, dada su relevancia como centro urbano y comercial, requería una administración propia. Este episodio fue visto como un avance en el proceso de descentralización de la experiencia católica porteña y como una oportunidad para asumir un rol más activo en un territorio estratégico para la institución.

La historiografía ha analizado el proceso de separación de la Iglesia y el Estado, profundizando en los argumentos y las posiciones de los actores involucrados desde una óptica que se concentra principalmente en los debates políticos, ideológicos y jurídicos entre los representantes con mayor figuración (Botto 2014; Cid 2010; Tagle 1997). Aunque esta perspectiva tiende a centrar la mirada en quienes estaban en la capital del país, resulta fundamental para comprender la magnitud de este episodio. Como sostiene Andrea Botto, el proceso de separación fue “bastante complejo, e implicó un debate profundo entre posiciones muy disímiles”, en donde una de las cuestiones fundamentales para el mundo católico tenía que ver con el impacto que tendría la separación sobre “la religiosidad de la nación” (2014: 244-245).

Sin embargo, se ha abordado en menor medida la experiencia y las visiones locales del catolicismo en el contexto de la creación de nuevas diócesis tras su separación del Estado chileno. Destacan algunos trabajos que han indagado en estas historias, aunque en ciertos casos sin vincularlas plenamente al contexto general de la época (Jara, 2014; León, 2014; Toledo, 2015). Para el caso de Valparaíso, el trabajo de David Toledo resulta fundamental para comprender la organización de la diócesis, cuyo valor radica en mostrar las principales acciones y personajes del catolicismo (Toledo, 2015). No obstante, está formulado desde una perspectiva orientada a explicar el acontecer de la vida católica porteña desde la época de la colonia, otorgando datos relevantes sin mayor profundización que permita situar los orígenes de este territorio administrativo en el marco de la reconfiguración de relaciones entre la Iglesia y el Estado en el siglo XX, ni conocer más detenidamente las percepciones de los actores en dicho proceso.

Por este motivo, el estudio de la fase inicial de la diócesis ofrece posibilidades de profundización historiográfica al evaluar, desde una mirada localizada, el impacto que tuvo la separación de la Iglesia y el Estado. Por un lado, permite descentrar el análisis de esta etapa de la historia de la institución eclesiástica chilena mediante la exploración de distintas realidades locales a nivel nacional; por otro, permite estudiar las experiencias cotidianas de los miembros de la comunidad católica en un momento de acomodo y transición institucional. Este trabajo se basa en la revisión de las ideas que circularon en la prensa y otros documentos de la Iglesia, así como en las manifestaciones públicas del mundo católico porteño en el marco de la creación de la diócesis, particularmente a partir de los diarios La Unión y El Mercurio, ambos de Valparaíso.

El artículo está organizado en tres secciones. En la primera se explican las relaciones entre la Iglesia y el Estado de Chile durante el siglo XIX, con especial atención a la dinámica del catolicismo en Valparaíso. Luego se profundiza en el contexto en que se produjo el establecimiento de la diócesis en el siglo XX. Finalmente, se analizan las percepciones del mundo católico porteño respecto al significado de esta organización.


Las relaciones entre la Iglesia y el Estado: desde la independencia hasta el cambio de siglo


La historia de la creación de la Diócesis de Valparaíso debe entenderse en el marco de las relaciones entre la Iglesia y el Estado chileno desde el siglo XIX. Tras la independencia definitiva de Chile de la monarquía española en 1818 y la resolución de las disputas sobre la organización política del país en la década de 1830, las autoridades locales decidieron mantener un estrecho vínculo político y cultural con la Iglesia católica. Esto llevó al reconocimiento de su influencia en la construcción de la identidad nacional y a considerar a la institución como un agente que aportaba legitimidad al nuevo orden político (Collier, 2003: 29; Stuven, 2023: 57-63). Esta relación se formalizó en la Constitución de 1833, a través de su artículo quinto, el que señalaba que la “Relijión [sic] de la República de Chile” era “la Católica Apostólica Romana; con exclusión del ejercicio público de cualquiera otra”.4 Este marco normativo, que se mantuvo vigente por un largo período, dio paso a la formación de un “Estado confesional” a través del establecimiento oficial de la religión católica y en el que la Iglesia tuvo una calidad especial (Salinas, 2011: 247-48). Esta nueva realidad estuvo marcada también por la persistencia del derecho de patronato que, aunque no fue reconocido oficialmente por la Santa Sede, permitió al gobierno chileno incidir en la organización de la Iglesia local, por ejemplo, nominando arzobispos y obispos (Salinas 2011, 248-51).

Si bien este vínculo fue beneficioso para ambas partes, también generó tensiones constantes entre las autoridades del Estado, el clero chileno y la Santa Sede. Estos actores disputaron espacios de autonomía y cuestionaron las disposiciones constitucionales vigentes, tal como lo demuestran diversos esfuerzos legislativos para reducir la influencia religiosa en la esfera pública y cuestionar el predominio exclusivo de la Iglesia católica en la sociedad chilena (Collier, 2003: 29-30; Tagle, 1997: 406-37; Salinas, 2011: 256-76). Esto se evidenció con claridad en dos momentos durante el período. En 1865, la promulgación de la ley interpretativa de culto modificó el artículo quinto de la Constitución de 1833 que prohibía el ejercicio público de otros cultos religiosos en el país. Esta medida dispuso que quienes no profesaban la religión católica pudieran practicar su fe en recintos privados y fundar sus propias escuelas para la enseñanza de su doctrina. De tal forma, esta ley implicó una apertura a la tolerancia religiosa, dando cuenta entonces de un cambio en las relaciones entre el Estado y la Iglesia, lo que fue resistido por los representantes de esta (Salinas, 2011: 274-75; Serrano, 2008: 190-91; Stuven, 2023: 95).

Luego, en la década de 1880, se promulgaron tres leyes fundamentales que profundizaron la laicización del Estado. La ley de cementerios laicos de 1883 permitió el entierro de personas no católicas en los cementerios; la ley de matrimonio civil de 1884 limitó el papel de la Iglesia al reconocer la validez legal del matrimonio civil por sobre el religioso; y la ley de registro civil de 1884 creó el organismo encargado de llevar el registro de nacimientos, defunciones y matrimonios, tarea que hasta entonces realizaba la Iglesia. Esta legislación evidenció no solo el distanciamiento en las relaciones entre la Iglesia y el Estado, sino también la consolidación del Estado en resguardar el pluralismo en la sociedad chilena (Jaksic y Serrano, 2010: 88; Salinas, 2011: 266-70; Serrano, 2008: 337). De allí entonces que se discutiera también un proyecto de reforma constitucional en 1884 sobre la separación de la Iglesia y el Estado, el que, sin embargo, no llegó a concretarse (Serrano, 2008: 338-40; Tagle, 1997: 412 y ss.).

Las disputas entre los representantes de la Iglesia y quienes abogaban por disminuir su influencia en la esfera pública se manifestaron con particular intensidad en la ciudad de Valparaíso. Como principal puerto del país, esta ciudad se caracterizó por un dinamismo económico y cultural marcado por la presencia de comunidades migrantes de origen europeo y norteamericano que fundaron diversas instituciones sociales, comerciales, educacionales, deportivas, de salud, entre otras, con el fin de fortalecer su sociabilidad y preservar su identidad (Cavieres, 2000; Estrada, 2000; 2014; 2011; Lorenzo et al., 2000). Las comunidades migrantes protestantes promovieron también el establecimiento de sus propias iglesias, desafiando el predominio de la Iglesia católica y contribuyendo al debate previo a la aprobación de la ley interpretativa de culto, medida que terminaría reconociendo una práctica que ya se llevaba a cabo en diversos sectores de la ciudad. Esto convirtió a Valparaíso en uno de los principales escenarios donde las querellas y tensiones entre católicos y protestantes se manifestaron con mayor agudeza desde mediados de siglo, principalmente debido a la actitud militante de estos últimos en la difusión de su fe (Millar, 2000: 321-29; Salinas, 2011: 275).

En un esfuerzo sostenido por impedir el avance protestante en el país, los católicos describieron a estos sujetos como promotores del materialismo y la ignorancia religiosa, o como individuos cuyas creencias eran contrarias a la verdadera fe (Cid, 2012: 144-45; Millar, 2000: 326-29). De ahí que resistieran activamente su actuación en la sociedad local. Considerando la presencia significativa que las comunidades protestantes alcanzaron en Valparaíso, la Iglesia católica decidió realizar esfuerzos considerables por fortalecer su influencia en la ciudad, especialmente durante el arzobispado de Rafael Valentín Valdivieso en la Arquidiócesis de Santiago (1848-1878). Según Millar, monseñor Valdivieso (1804-1878) desempeñó un papel clave en el fortalecimiento de la institución en Chile, en tanto “estuvo imbuido de un espíritu reformista que buscaba fortalecer a la Iglesia, reposicionar en la sociedad los principios e ideales católicos y enfrentar con éxito a los enemigos de la religión” (Millar, 2000: 312).

Las iniciativas más relevantes relativas a la organización administrativa del territorio porteño fueron la creación del cargo de vicario foráneo en 1866, quien actuaba como juez eclesiástico, y el de gobernador eclesiástico en 1872, encargado de representar al arzobispo en Valparaíso y dotado de amplias facultades para el gobierno de la Iglesia en la zona. La gobernación eclesiástica de Valparaíso fue la primera de su tipo en Chile y surgió como respuesta al crecimiento del catolicismo local, el aumento de la población y los desafíos que implicaba administrar un territorio eclesiástico tan extenso como el de la Arquidiócesis de Santiago (Millar, 2000: 314-21; Toledo, 2015: 175). Inicialmente, este cargo lo desempeñó monseñor Mariano Casanova (1833-1908), futuro arzobispo de Santiago (1887-1908), cuya labor también ha sido considerada fundamental para la revitalización del catolicismo porteño (Millar, 2000: 338-50). Como se verá más adelante, la experiencia acumulada bajo la figura de la gobernación eclesiástica contribuyó a forjar la noción de autonomía entre los católicos porteños.


La separación de la Iglesia y el Estado en 1925


Las relaciones entre la Iglesia y el Estado de Chile tomaron un curso diferente durante la década de 1920. El gobierno de Arturo Alessandri (1920-1925), que emergió como una propuesta política que pretendía responder a la crisis asociada al fenómeno de la cuestión social de inicios de siglo, fue testigo del resurgimiento del debate en torno a la separación entre ambas entidades. Alessandri, como representante del liberalismo chileno, había promovido en su campaña presidencial la idea de “completar la laicización de las leyes y el Estado” con el fin de alcanzar un “Estado plural y respetuoso de las libertades individuales”, incluyendo entre sus medidas la promoción de “la libertad de conciencia y la libertad de culto” (Botto, 2014: 240-41).

Por lo mismo, desde inicios de la década, miembros de la jerarquía eclesiástica chilena hicieron ver sus inquietudes sobre el impacto que tendría una eventual separación y alertaron sobre los riesgos del abandono de la religión católica por la sociedad (Botto, 2014: 245-46; Cid, 2010: 42-45). Por su parte, el Partido Radical, cuyos miembros participaron en el gobierno de Alessandri, adoptó una posición decidida para avanzar en la separación de la Iglesia y el Estado, cuestión que los llevó incluso a proponer una reforma legislativa con dicho objetivo en 1923. (Botto, 2014: 247-50). Estas posturas revelaban la tensión creciente entre dos formas de comprender la identidad nacional y el camino que debía seguir la institucionalidad política del país.

La discusión sobre la separación de la Iglesia y el Estado estuvo marcada por una tensión histórica en sus relaciones que giraba en torno a dos cuestiones fundamentales: la autonomía de la Iglesia para actuar y el rol que le correspondía al Estado en la organización de ella. Esta interrogante emergió con fuerza en el debate público, tal como lo dejaron en claro algunas voces del clero chileno. En una publicación de 1923, por ejemplo, el presbítero Alejandro Vicuña (¿-?), reconociendo el histórico vínculo entre la Iglesia y el Estado – beneficioso a su juicio –, se preguntaba si era posible alcanzar una relación igualmente positiva bajo un nuevo régimen de separación. Para él, no faltaban voces, incluso entre católicos militantes, que veían en la separación una oportunidad para la “renovación y prosperidad” de la Iglesia mediante la obtención de libertad para designar sus propias autoridades eclesiásticas y crear nuevas diócesis en el territorio nacional.5

Aun cuando Vicuña valoraba este escenario por lo que eventualmente permitiría a la institución, su preocupación apuntaba más bien a cuestionar cuánto era posible sostener la primacía de la religión católica en una sociedad que cambiaba y en la que distintos actores políticos abogaban por ideas combatidas por la propia Iglesia.6 De ahí que, bajo su mirada, la separación pudiera generar un escenario imprevisible: “¿Qué garantía tendría pues la Iglesia el día en que desaparecieran las garantías que le da la constitución chilena? Como barco azotado por furiosa tormenta, sólo podría esperar su salvación de clemencia del cielo”.7

Desde esta perspectiva, la separación podía interpretarse como un riesgo para la vida espiritual de un país mayoritariamente católico y como un abandono de una institución que había desempeñado un papel central en la historia de la república. Sin embargo, fue bajo el propio gobierno de Alessandri donde se produjo la separación definitiva de la Iglesia y el Estado. Debido al descontento social de la época, el presidente chileno tuvo que enfrentar una intervención militar en septiembre de 1924 que lo obligó a abandonar el poder hasta marzo del año siguiente. A su retorno, promovió un proceso de cambio constitucional como una salida institucional al conflicto, proceso que culminó con la promulgación de una nueva constitución en septiembre de 1925 (Valdivia, 1999: 538-39).

En lo que respecta a la relación de la Iglesia y el Estado, la Constitución recogió el espíritu de las negociaciones llevadas a cabo entre el propio Alessandri y el secretario de Estado del Vaticano Pietro Gasperri (1852-1934) durante la estadía del presidente chileno en Roma en 1925. El acuerdo alcanzado resultó beneficioso tanto para el gobierno chileno como para la institución eclesiástica, en tanto incluyó la consagración de la libertad de culto y de enseñanza, la autonomía de la Iglesia mediante la anulación del derecho de patronato que había regido en el período previo, y una compensación económica para la institución. Además, contempló la posibilidad de firmar un futuro concordato que sellara la nueva relación (Andes, 2014: 109-10; Botto, 2014: 253-61). No obstante, con el tiempo se terminaría desechando la firma del concordato, ya que ninguno de los tres proyectos que hubo en carpeta satisfizo las expectativas de la institución (Salinas, 2012; 2014a; 2014b).

Tras la promulgación de la Constitución, la jerarquía de la Iglesia chilena reconoció que las “las autoridades” del país no habían “procedido con el espíritu de persecución y de despojo, con que en otros pueblos se [había] atacado al catolicismo”. Por el contrario, consideraban que la solución alcanzada podía ser “tolerada por la Iglesia, como un mal menor”.8 De tal modo, valoraban los términos del acuerdo y matizaban las nuevas circunstancias en que tendría que operar la Iglesia. En su carta pastoral sobre la separación, señalaban que “el Estado se separa[ba] en Chile de la Iglesia; pero la Iglesia no se separa[ba] del Estado”. Su intención era reafirmar su compromiso con el país, indicando que la Iglesia permanecía “pronta a servirlo; a atender el bien del pueblo; a procurar el orden social; a acudir en ayuda de todos, sin exceptuar a sus adversarios, en los momentos de angustia en que todos suelen, durante las grandes perturbaciones sociales acordarse de ella y pedirle auxilio”.9

El Papa Pío XI respaldó esta perspectiva, describiendo la nueva relación como “una separación tan amigable que, más que una separación” era “una amigable convivencia, en la cual la Iglesia católica” podía “continuar su labor benéfica en todos los campos” en el país.10 Este contexto favoreció la acción de la Iglesia en Chile, pues le permitió modificar su estructura de gobierno y administrativa sin intervención estatal. Así, en octubre de 1925, la máxima autoridad de la institución daba origen a siete nuevas diócesis, entre las que se contaba la de Valparaíso, permitiendo el crecimiento de la infraestructura eclesiástica con el propósito de ampliar su presencia y favorecer la gestión de diversas áreas de la vida social donde los católicos participaban.


La comunidad católica porteña ante la creación de la nueva diócesis


La valoración de la autonomía eclesiástica


Hasta 1925, Valparaíso formaba parte de la circunscripción eclesiástica de la Arquidiócesis de Santiago, por lo que su administración dependía directamente del arzobispo de la capital. Sin embargo, a medida que la Iglesia inició un proceso de rearticulación institucional a mediados del siglo XIX, se implementaron innovaciones en la estructura del gobierno eclesiástico de la zona. La más importante fue la creación del cargo de gobernador eclesiástico, cuya labor consistía en representar al arzobispo y administrar todos los ámbitos de la institución en el territorio. Monseñor Eduardo Gimpert (1867-1937) fue el último gobernador eclesiástico, ocupando el cargo entre 1906 y 1926, año en que fue designado obispo de la nueva diócesis, función que desempeñó hasta su fallecimiento.

Desde los primeros años del siglo XX, los católicos porteños manifestaron con creciente insistencia las dificultades que suponía pertenecer al extenso territorio eclesiástico de Santiago. Esta dependencia administrativa les impedía contar con la autonomía necesaria para gestionar de manera eficiente diversos ámbitos de la vida eclesial, siendo considerada una condición indeseable dada la significativa cantidad de fieles que residían en la zona y las particularidades de su contexto sociocultural. Esta situación llevó a que, en distintos momentos, expresaran públicamente sus deseos de contar con su propia diócesis. Así ocurrió, por ejemplo, cuando asumió la gobernación eclesiástica monseñor Gimpert en 1906 – en reemplazo de monseñor Luis Enrique Izquierdo (1861-1917), quien asumiría como obispo de Concepción –, y nuevamente en 1923 cuando el propio Vaticano solicitó, sin éxito en ese momento, al gobierno chileno la creación de las Diócesis de Talca y Valparaíso (Millar, 2000: 346-47; Toledo, 2015: 254-57).

En este sentido, la necesidad de modernizar y descentralizar la administración eclesiástica se convirtió en un tema cada vez más relevante a lo largo del territorio nacional. Con diversos matices, este proceso también se experimentó en otros países de América Latina, siendo la reorganización de las estructuras eclesiásticas una de sus expresiones más evidentes durante la primera mitad del siglo pasado (Camaño, 2022; de Roux, 2014). Para el caso chileno, los estudios señalan que el aumento demográfico, la necesidad de contar con más parroquias que pudiesen proveer servicios religiosos de manera efectiva, y la urgencia de obtener información más detallada sobre las realidades locales, requirieron del establecimiento de nuevos obispados para hacerse cargo de estas tareas (León, 2014: 368). Esta urgencia estuvo marcada por desafíos de distinta naturaleza según las características socioculturales de cada lugar. Por ejemplo, la creación de la Diócesis de Chillán, también en octubre de 1925 y desprendida de la Diócesis de Concepción, respondió al intento de establecer una “política de mayor control eclesiástico” frente al “avance del protestantismo que para entonces comenzaba a penetrar con fuerza en la zona y en el resto del país” (León, 2014: 368-69).

En su comunicación oficial, Crescente Errázuriz (1839-1931), arzobispo de Santiago (1919-1931), expuso a los fieles las dificultades que había debido enfrentar el gobierno eclesiástico en el vasto territorio que, hasta ese momento, formaba parte de la Arquidiócesis. En la mirada del prelado, “el grande aumento de su población, esparcida en dilatadísimo territorio, tornaba por demás difícil conocer las necesidades de las parroquias y ponerles remedio”. Por lo mismo, sus esfuerzos, indicaba Errázuriz, habían estado orientados a “conseguir la división de la Diócesis”, objetivo que durante varios años no había logrado concretar. Sin embargo, manifestaba su satisfacción al señalar que el nuevo escenario producido por la separación de la Iglesia y el Estado había permitido finalmente que la Santa Sede tomara la decisión de reorganizar la Arquidiócesis de Santiago en cinco unidades administrativas independientes: Aconcagua, Valparaíso, Santiago, Rancagua y Talca.11

En efecto, tal como lo establecía la bula pontificia que dio origen a las nuevas diócesis, la de Aconcagua se circunscribía a la provincia administrativa del mismo nombre, con su sede episcopal en San Felipe y contenía dieciséis parroquias; la de Valparaíso se limitaba a la provincia homónima, con sede en la ciudad puerto, e incluía las islas del archipiélago de Juan Fernández; la de Rancagua contemplaba las provincias de O’Higgins y de Colchagua, treinta y una parroquias, y tenía su sede en Rancagua; la de Talca abarcaba las provincias de Talca y Curicó, veintiséis parroquias, con sede en la ciudad de Talca. Esto dejaba a la Arquidiócesis de Santiago limitada a la provincia de Santiago con cuarenta y cinco parroquias, además de la Isla de Pascua.12 De tal modo, se producía un reordenamiento de la Iglesia que respondía tanto al diagnóstico de la jerarquía eclesiástica como a las comunidades locales, y que se ajustaba, además, a la división administrativa vigente en el país. Así, la estructura de la Iglesia replicaba el ordenamiento político-administrativo del Estado chileno.

Cuando se conoció la noticia del establecimiento de la diócesis, el principal diario católico de la ciudad puerto, La Unión, celebró este hecho señalando que era “nada más necesario, tanto por razón de cantidad de habitantes como de calidad provincial”. Esta valoración se fundaba en la significativa cantidad de fieles que residían en la zona y en las dificultades prácticas que enfrentaba el arzobispo de Santiago para visitar regularmente todos los lugares que comprendía su extensa jurisdicción. En esa línea, se argumentaba que los países “civilizados” contaban con un obispado cada 200.000 habitantes, cifra ampliamente superada por la población de la provincia de Valparaíso. Adicionalmente, el periódico destacaba de forma especial la importancia estratégica de la provincia, donde se encontraba “el primer puerto de la República”, que por su carácter se constituía como “centro de gravedad del movimiento económico y comercial” del país. Esto no solo le otorgaba un sello distintivo a Valparaíso respecto a la capital, sino también evidenciaba su peso específico en el escenario nacional.13

Esta perspectiva apelaba al sentir histórico del mundo católico por mejorar la administración del territorio eclesiástico, aspiración que no había encontrado apoyo en las autoridades políticas mientras estas seguían manteniendo, por mandato constitucional, prerrogativas sobre la organización de la Iglesia. Por lo mismo, se valoraba positivamente que la reciente separación – calificada como “una bochornosa apostasía oficial” – hubiese traído “por fortuna” el “bien de la libertad de la Iglesia”.14 De tal modo, la nueva diócesis era interpretada como una consecuencia positiva surgida paradójicamente de un contexto considerado en general desfavorable.

En este marco, las voces católicas porteñas proyectaban un escenario favorable para la ciudad de Valparaíso y la comunidad de fieles de la provincia en distintos ámbitos. En términos simbólicos, la ubicación de la sede episcopal era considerada “un termómetro que (…) marca[ba] la importancia de una urbe”. Por lo mismo, su establecimiento en Valparaíso permitiría que la ciudad se convirtiera en un polo de atracción tanto para los residentes de otros lugares del país como para los extranjeros. En términos prácticos, la existencia del obispado porteño facilitaría una labor más efectiva del gobierno eclesiástico en la zona, acercando a las personas a la máxima autoridad de la Iglesia. De tal modo, esto contribuiría a que los problemas de índole local pudieran ser resueltos sin necesidad de tener que “acudir a una ciudad tan lejana y tan llena de problemas como Santiago”.15

En última instancia, la nueva estructura de gobierno eclesiástico permitiría descentralizar las decisiones y la gestión de múltiples ámbitos de la vida social y religiosa del mundo católico en la provincia. Esto trascendía la simple organización o ejecución de actividades. Implicaba, a ojos de la prensa, tener “el derecho a organizar toda la vida eclesiástica y religiosa, no bajo un criterio centralista, que fácilmente confund[ía] el carácter privativo y las necesidades especiales de parte o provincias muy distintas, sino según un criterio local, adecuando las organizaciones y maneras a la especial idiosincrasia de los habitantes de la provincia”.16 Aquí se combinaba la dinámica institucional de la Iglesia con la realidad política nacional, pues se creía que la creación de la diócesis contribuía a atenuar la cultura centralista del país que también incidía en la organización religiosa. Al mismo tiempo, se defendía la importancia de reconocer la diversidad sociocultural presente en el territorio chileno que igualmente influía en la vida eclesiástica.

Este anhelo por mayor autonomía se justificaba no solo a partir de la organización interna de la Iglesia, sino también mediante la comparación con la estructura administrativa civil del país. Esto llevó a que los católicos porteños evaluaran la decisión de crear una nueva diócesis contrastando la organización civil y religiosa nacional. Como indicaba la prensa, “no era explicable que un país” que contaba con “23 provincias y un territorio” en su dimensión civil, tuviese apenas “3 obispados y 1 arzobispado, y los vicariatos apostólicos del norte y Magallanes”. Esta desproporción evidenciaba la necesidad imperiosa de reorganizar la estructura eclesiástica de Chile. Por lo mismo, se destacaba la reducción territorial que había implicado para la Arquidiócesis de Santiago la creación de nuevas diócesis y las características específicas que adoptaba la administración eclesiástica de Valparaíso. Esta diócesis, que contaba con veinticinco parroquias, tendría la superficie más reducida a nivel nacional con 4.600 kilómetros cuadrados, pero sería la segunda más densamente poblada después de Santiago, con 320.398 habitantes.17 Esta particularidad demográfica reforzaba la necesidad de contar con una administración eclesiástica propia, capaz de atender de manera más cercana y efectiva las necesidades espirituales de una población cada vez más concentrada.

Las expectativas de los católicos locales respecto a la labor de la diócesis eran altas, apuntando fundamentalmente a mantener presente la religión en la vida sociocultural de la provincia. Por ello, esperaban que el futuro gobierno eclesiástico favoreciera una “organización social” donde las “masas asalariadas” pudieran acudir al “regazo de la religión” y se influyera decisivamente en una “política social en sentido cristiano”, aspecto crucial en un lugar con alto número de “obreros y empleados”. Paralelamente, se consideraba necesario disputar en el campo del conocimiento aquellas ideas que contrariaban la doctrina cristiana como respuesta a las circunstancias de una época de crisis, y avanzar en “la cristianización de la educación escolar”.18

La organización de la diócesis constituyó un hito clave en la historia eclesiástica de la zona. Implicaba contar con una estructura administrativa “libre, con plenas facultades para desarrollar [las] iniciativas de conservación, de armonía, de paz y adelanto espiritual en beneficio directo de los intereses y modalidades provinciales” de los fieles.19 Dada su importancia, esta noticia no podía quedar circunscrita a los círculos religiosos ni limitada a quienes tenían la posibilidad de participar del debate escrito a través de los medios de prensa. Por el contrario, se trataba de un acontecimiento que debía ser conocido y celebrado por el conjunto de la sociedad. Tal como lo señalaba el diario La Unión, “el honor que se ha[cía] a Valparaíso deb[ía] ser apreciado en lo que vale por sus habitantes, y no es propio de almas bien puestas, no saber agradecer los beneficios recibidos”.20 De allí la necesidad de sumarse a festejar este episodio a través de manifestaciones públicas que expresaran los sentimientos más profundos de agradecimiento a la máxima autoridad en Roma por lo que representaba para la ciudad, involucrando a todas las personas “sin distinción de clases ni de ideas políticas ni religiosas”.21


Las celebraciones por el establecimiento de la nueva diócesis


La sociedad local se movilizó rápidamente organizando diversos eventos para celebrar la decisión pontificia. Estas actividades, realizadas en diciembre de 1925 y mayo de 1926, constituyeron una expresión particular de festividades religiosas, en tanto funcionaron como instancias de socialización que contribuyeron a la organización y cohesión de los fieles, así como al reforzamiento de sus identidades en el espacio público. De tal modo, los católicos porteños destinaron sus esfuerzos a reforzar el concepto de autonomía de la Iglesia, demostrando que la creación de la diócesis implicaba un cambio en la forma de percibir su propia trayectoria en la historia institucional en el país.

En un primer momento, la comunidad porteña decidió rendir un homenaje de gratitud al Papa y al Nuncio Apostólico en Chile, Aloisi Masella (1879-1970), en reconocimiento de un anhelo que había estado en discusión durante varios años. Este homenaje se concretó durante la visita del propio Masella a la ciudad. Los católicos constituyeron un comité ejecutivo que estuvo encabezado por el gobernador eclesiástico, en el que participaron diversas personalidades de la zona, consideradas “los elementos más activos y representativos de todos los elementos sociales”.22 Este comité acordó organizar actividades que combinaran actos ceremoniosos y sencillos, instancias públicas y privadas, asegurando la participación tanto de los grupos de elite como de los sectores populares. En su convocatoria “a los porteños”, señalaban que Valparaíso, “la Perla del Pacífico (…) tantas veces olvidada de sus gobernantes”, había recibido una distinción que debía valorarse, pues constituía una muestra de “amor” del Papa hacia Chile. De allí que, como “patriotas”, debían participar activamente en los festejos organizados.23

Las actividades comenzaron con el arribo del Nuncio a la ciudad en la tarde del sábado, extendiéndose su visita hasta el lunes de la semana siguiente. Durante su breve estadía se llevaron a cabo las actividades planificadas, las cuales alcanzaron una amplia cobertura por la prensa, reflejando el interés público que despertaron estos eventos. El programa dio inicio con la recepción del Nuncio en la estación de tren Bellavista. Desde allí se organizó una procesión hasta la Iglesia del Espíritu Santo, donde se le ofreció un saludo oficial de agradecimiento tanto por su visita como por la gestión del Papa. Al día siguiente, el domingo por la mañana, el Nuncio presidió una misa en la Iglesia de los Doce Apóstoles que congregó a numerosos fieles. A la hora de almuerzo del mismo día se realizó un acto público en uno de los teatros porteños, con la presencia de diversas organizaciones de laicos que expresaron su adhesión a la iniciativa papal. Como cierre de las celebraciones, se llevó a cabo un desfile por las calles de la ciudad que culminó con otra ceremonia pública en el Parque Italia, donde el Nuncio bendijo a los fieles.24 Adicionalmente, los católicos porteños acordaron enviar un cablegrama al Sumo Pontífice para expresarle la “gratitud de Valparaíso” con su decisión,25 buscando así reconocer los oficios del Papa y demostrar a su representante en el país la vitalidad de los fieles locales.

En el primer acto del representante de la Santa Sede, el presbítero Nemesio Marambio, quien tuvo la responsabilidad de saludarlo en nombre de la comunidad, resaltaba las cualidades de Valparaíso, proyectando el potencial de este lugar para la Iglesia chilena. Indicaba que esta era una “ciudad pacífica y laboriosa, de población densa y patriota (…) centro de industrias que refleja[ban] el empuje de la raza, asiento de la dirección de [la] gloriosa armada, que abriga[ba] en su seno notables planteles de cultura y civilización”. Continuaba resaltando que esta ciudad sería testigo prontamente de la instalación de su primera universidad poniendo fin a décadas de indiferencia por parte de las autoridades nacionales.26

Las palabras del sacerdote combinaban satisfacción y, al mismo tiempo, expectativas favorables respecto a lo que sería el futuro inmediato de la comunidad católica. Al señalar, por ejemplo, que la ciudad contaría prontamente con su propia institución de educación superior, se refería a la Universidad Católica de Valparaíso inaugurada en 1928. Esta iniciativa, originada por el deseo de una familia católica que destinó su patrimonio a la organización de la institución, fue impulsada en septiembre de 1925, bajo la administración del arzobispado de Santiago. Sin embargo, una vez creada la diócesis porteña, la universidad pasó a ser administrada por este obispado, convirtiéndose en un referente de la capacidad de los católicos de contribuir a la formación educativa de sello católico fuera de Santiago (Burgos, 2023). De este modo, los festejos permitían no solo celebrar el acto mismo de creación de la diócesis, sino también de mostrar otras acciones del mundo católico que apuntaban a la necesidad de fortalecer sus competencias de autogestión.

Adicionalmente, la prensa contribuyó con la publicación de crónicas que apuntaban a destacar los esfuerzos y las gestiones de los porteños por contar con su propia administración eclesiástica desde el siglo XIX. De ese modo, se pretendía explicar que, más allá de las circunstancias de su creación vinculadas a la separación de la Iglesia y Estado, el establecimiento de la nueva diócesis respondía a un intento sistemático de la comunidad católica en la zona. Como indicaba un comentarista, si no hubiese sido por “obra de factores o de soluciones con que no se contaba, quién sabe si habría[n] tenido para otro siglo con el proyecto del Obispado de Valparaíso”.27

Aunque la visita del Nuncio se realizó a fines de 1925, las festividades se extendieron en una segunda etapa entre fines de abril e inicios de mayo de 1926, cuando tuvo lugar la entronización de monseñor Gimpert en la Iglesia del Espíritu Santo. Esta ceremonia marcó su toma de posesión de la sede episcopal y formalizó la existencia canónica de la diócesis según lo establecido en la bula papal correspondiente. Durante este acto litúrgico, Gimpert prestó juramento ante el Nuncio – quien visitó nuevamente la ciudad – y se dio lectura a las bulas pontificias que creaban la diócesis y lo designaban como su primer obispo, ratificando así tanto su autoridad como la consolidación institucional del nuevo obispado. Estas celebraciones reprodujeron el carácter solemne y la significación pública de las actividades realizadas meses antes, evidenciado en la presencia de las principales autoridades civiles, militares y religiosas, y la participación de diversos sectores de la sociedad. En consecuencia, se promovieron instancias destinadas a demostrar la vitalidad y el compromiso de la comunidad católica porteña. Con el fin de comunicar la noticia del nuevo obispado a quienes se encontraban en otros lugares de la zona, se decidió repicar las campanas de la Iglesia del Espíritu Santo, las sirenas de las compañías de bomberos de la ciudad y las campanas de todas las parroquias que conformaban la diócesis una hora después de iniciado el evento, creando así un anuncio que alcanzara toda la jurisdicción diocesana.28

Uno de los aspectos distintivos de este episodio, que marcó un hito en la vida de la Iglesia, fue su potencial para articular y proyectar públicamente múltiples dimensiones del significado que tenía la creación de la nueva diócesis. En efecto, la entronización de Gimpert no solo permitió resaltar la autonomía de la Iglesia tras su separación de la jurisdicción de Santiago, sino que también constituyó una oportunidad para enaltecer sus atributos personales y pastorales, valorando así su liderazgo al interior de la comunidad. Era el reconocimiento de la “fuerza de los hechos” que se imponían en el devenir de la vida religiosa del país.29

Según la prensa, la ciudad puerto “tenía necesidades tan distintas de Santiago” y comenzaba, “en virtud de [la] experiencia viva de la iglesia, a formar un miembro autónomo de ella”. La toma de posesión de Gimpert representaba el “reconocimiento de esa personalidad regional por la iglesia y de una mayoría de edad que habilita[ba] para una dirección propia”. Al mismo tiempo, este acontecimiento marcaba el “comienzo de una compleja organización, adaptada [al] medio, tendiente a cristianizar todos los órdenes de ideas y acciones porteñas”.30 En este contexto, la figura del sacerdote adquiría especial relevancia, pues su desempeño como gobernador eclesiástico desde 1906 – el más prolongado en el cargo – lo había consolidado como un personaje central en la historia reciente de la Iglesia porteña31. Como señalaba La Unión: “Monseñor Eduardo Gimpert, hasta ayer Gobernador Eclesiástico de Valparaíso, y ahora Prelado y Obispo, ha[bía] sido para todos un amigo, un hermano, más que todo ello: un padre bondadoso”. Esta imagen paternal del obispo – el “padre bondadoso” de los porteños – reforzaba la expectativa de que sabría guiar con acierto los destinos de la comunidad católica32.

Ahora bien, esta mirada favorable a su figura y optimista respecto a su quehacer implicaba también un llamado de atención a los fieles. En las palabras de uno de ellos, “para los católicos porteños” era “grata la creación” del nuevo obispado y de “la entronización de Monseñor Gimpert”, quien era “el sacerdote incomparable, arquetipo del pastor de almas, amigo de grandes y de humildes, guía y consejero de jóvenes y viejos, refugio bondadoso de penas y azares”. Sin embargo, su calidad era tal que ya no requería de elogios; por el contrario, lo que necesitaba era que “los católicos de fila se prome[tiesen] (…), solemnemente, prestarle incesante y resuelta cooperación, que los tibios ingresen a las filas, que los indecisos se resuelvan, de manera que la magna obra futura del Obispo de Valparaíso no fall[ase] en ningún momento por falta de soldados”.33

De tal forma, el acto de erección de la diócesis y la designación de Gimpert como su obispo eran concebidos, por un lado, como el resultado natural de la madurez alcanzada por el mundo católico de la zona, que ya no requería del tutelaje permanente de la jerarquía eclesiástica asentada en Santiago. Esto lo probaba la activa movilización de la sociedad en el marco de los festejos organizados para celebrar este preciso evento y la visita del Nuncio a la ciudad. Por otro lado, este acontecimiento era percibido como el inicio de una nueva fase en la experiencia histórica del catolicismo local en la que la presencia orientadora y paternal del obispo era un aspecto central. Esto, aun cuando el mismo sacerdote se reconocía como el “hermano mayor” de la “gran familia porteña”.34


Conclusión


La creación de la Diócesis de Valparaíso y la entronización de su primer obispo constituyeron un cambio fundamental en la experiencia histórica del catolicismo local. Este episodio dio respuesta a un anhelo expresado por los católicos porteños desde hacía varios años en torno a la obtención de autonomía eclesiástica frente a la Arquidiócesis de Santiago, y resultó determinante en su percepción positiva sobre la consolidación y proyección del catolicismo en la zona. Las festividades religiosas y los actos asociados este proceso permitieron reafirmar la identidad católica porteña, demostrando la capacidad de movilización de distintos sectores y su interés de fortalecer la presencia de la Iglesia en la provincia. Adicionalmente, este acontecimiento fue interpretado como el reconocimiento del crecimiento del catolicismo en una ciudad cuya relevancia como centro urbano y comercial requería una administración propia, y como un avance en la descentralización de su experiencia frente al predominio de Santiago.

Desde una perspectiva historiográfica, este caso permite observar, desde una dimensión localizada, el impacto de la separación de la Iglesia y el Estado en la organización interna del catolicismo mediante el establecimiento de una nueva diócesis, así como los modos en que los católicos porteños comprendieron y significaron este proceso. Por tanto, este artículo contribuye a descentrar el análisis de la reconfiguración de las relaciones institucionales de la Iglesia y su expresión en las distintas realidades locales.




Bibliografía


Andes, Stephen J. C. 2014. The Vatican and Catholic Activism in Mexico and Chile: The Politics of Transnational Catholicism, 1920-1940. Oxford University Press.

Botto, Andrea. 2014. “La separación Iglesia-Estado desde la perspectiva del catolicismo chileno (1923-1925)”. En La religión en la esfera pública chilena: ¿laicidad o secularización?, editado por Ana María Stuven. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales.

Burgos, Raúl. 2023. “`Por amor al pueblo´: la fundación de la Universidad Católica de Valparaíso y la promoción de la clase media en Chile en la década de 1920”. Atenea, n.o 528: 69-90.

Camaño, Rebeca. 2022. “Jerarquías diocesanas y clero regular en el proceso de reforma eclesiástica (Río Cuarto, 1935-1948)”. Itinerantes. Revista de Historia y Religión, n.o 16: 178-203.

Cavieres, Eduardo. 2000. “Rutas marítimas, comercio y finanzas en una etapa de expansión: Valparaíso 1820-1880”. En Valparaíso. Sociedad y Economía en el Siglo XIX, editado por Baldomero Estrada, Eduardo Cavieres, Karin Schmutzer, y Luz María Méndez. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso.

Cid, Gabriel. 2010. “A la nación por la fe. El nacionalismo católico chileno en un período de cambio y crisis, 1910-1941”. En Nacionalismos e identidad nacional en Chile. Siglo XX, editado por Gabriel Cid y Alejandro San Francisco, vol. 1. Santiago de Chile: Centro de Estudios Bicentenario.

Cid, Gabriel. 2012. “La Revista Católica: prensa, esfera pública y secularización en Chile (1843-1874)”. Mapocho. Revista de Humanidades, n.o 71: 137-55.

Collier, Simon. 2003. Chile: The Making of a Republic, 1830-1865. Cambridge: Cambridge University Press.

Estrada, Baldomero. 2000. “Poblamiento e Inmigración en una Ciudad Puerto. Valparaíso 1820- 1920”. En Valparaíso. Sociedad y Economía en el Siglo XIX, editado por Baldomero Estrada, Eduardo Cavieres, Karin Schmutzer, y Luz María Méndez. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso.

Estrada, Baldomero. 2011. “Integración socioeconómica de la colectividad alemana en Valparaíso (1850-1930)”. Historia 396 18 (2): 199-235.

Estrada, Baldomero. 2014. “Instituciones étnicas alemanas en Valparaíso 1850-1930: una forma de defensa de la identidad cultural”. Revista Historia Social y de las Mentalidades 18 (1): 139-79.

Jaksic, Iván, y Sol Serrano. 2010. “El gobierno y las libertades. La ruta del liberalismo chileno en el siglo XIX”. Estudios Públicos, n.o 118: 69-105.

Jara, Silvio. 2014. “Orígenes del obispado de Linares 1925-1960”. En Historia de la Iglesia en Chile. Tomo IV. Una sociedad en cambio, editado por Marcial Sánchez Gaete, Rodrigo Moreno Jeria, y Marco Antonio León León. Santiago de Chile: Editorial Universitaria. Copac.

León, Marco. 2014. “Martín Rücker Sotomayor y la problemática social de la Gobernación Eclesiástica y el Obispado de Chillán (1924-1935)”. En Historia de la Iglesia en Chile. Tomo IV. Una sociedad en cambio, editado por Marcial Sánchez Gaete, Rodrigo Moreno Jeria, y Marco Antonio León León. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.

Lorenzo, Santiago, Harris, Gilberto y Nelson Vásquez. 2000. Vida, costumbres y espíritu empresarial de los porteños. Valparaíso en el siglo XIX. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso.

Millar, René. 2000. “Aspectos de la religiosidad porteña”. Historia 33: 297-368.

Roux, Rodolfo de. 2014. “La romanización de la Iglesia católica en América Latina: una estratégia de larga duración”. Pro-Posições 25 (1): 31-54.

Salinas, Carlos. 2011. “Las relaciones Iglesia-Estado en Chile en el siglo XIX”. En Historia de la Iglesia en Chile. Tomo III. Los nuevos caminos: la Iglesia y el Estado, editado por Marcial Sánchez Gaete, Rodrigo Moreno Jeria, y Marco Antonio León León. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.

Salinas, Carlos. 2012. “Un primer proyecto de concordato entre Chile y la Santa Sede en 1928”. Revista Chilena de Derecho 39 (3): 665-98.

Salinas, Carlos. 2014a. “Crónica de la tramitación de un proyecto de concordato entre Chile y la Santa Sede en 1928”. Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, n.o 36: 483-512.

Salinas, Carlos. 2014b. “Un tercer proyecto de concordato entre Chile y la Santa Sede en 1928. Texto y comentario”. Revista de Derecho, n.o 42: 555-95.

Serrano, Sol. 2008. ¿Qué hacer con Dios en la República? Política y secularización en Chile (1845-1885). Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica.

Stuven, Ana María. 2023. La seducción de un orden. Las elites y la construcción de Chile en las polémicas culturales y políticas del siglo XIX. Segunda edición. Santiago de Chile: Editorial Planeta Chilena.

Tagle, Matías. 1997. “La separación de la Iglesia y el Estado en Chile. Historiografía y debate”. Historia 30 (I): 383-439.

Toledo, David. 2015. Crónicas de la Diócesis de Valparaíso. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso.

Valdivia, Verónica. 1999. “Yo, el León de Tarapacá. Arturo Alessandri Palma, 1915-1932”. Historia 32: 485-551.





1 Cien años de la Diócesis de Valparaíso: agradecer el pasado, abrazar el presente y ofrecer el futuro (18 de octubre de 2025). Obispado de Valparaíso, url: https://obispadodevalparaiso.cl/2025/10/18/cien-anos-de-la-diocesis-de-valparaiso-agradecer-el-pasado-abrazar-el-presente-y-ofrecer-el-futuro/; Monseñor Jorge Vega presentó la Carta Pastoral camino al Centenario de la Diócesis de Valparaíso (22 de noviembre de 2023). Obispado de Valparaíso, url: https://obispadodevalparaiso.cl/2023/11/22/monsenor-jorge-vega-presento-la-carta-pastoral-camino-al-centenario-de-la-diocesis-de-valparaiso/; Iglesia y Estado, 100 años de colaboración: Congreso Nacional realizó ceremonia conmemorativa por el Centenario de siete diócesis de Chile (15 de octubre de 2025). Obispado de Valparaíso, url: https://obispadodevalparaiso.cl/2025/10/15/iglesia-y-estado-100-anos-de-colaboracion-congreso-nacional-realizo-ceremonia-conmemorativa-por-el-centenario-de-siete-diocesis-de-chile/

2 Bula de erección de las nuevas diócesis de Talca, Rancagua, Valparaíso y San Felipe. (18-Octubre-1925) y Bula de erección de las nuevas diócesis de Chillán, Linares y Temuco. (18- Octubre-1925), Retamal, Fernando (2005), Chilensia Pontificia, vol. II. Segunda Parte. De León XIII a Pío XII (1878-1958), Santiago: Ediciones UC.

3 Bula de erección de las nuevas diócesis de Chillán, Linares y Temuco. (18- Octubre-1925), Retamal, Chilensia Pontificia, p. 1647.

4 Constitución de la República de Chile. 1833. Imprenta de la Opinión, pp. 4-5.

5 Vicuña, Alejandro (1923), La Separación de la Iglesia y el Estado, Santiago de Chile: Imprenta de San José, p. 45.

6 Vicuña, La Separación de la Iglesia y el Estado, pp. 45-47.

7 Vicuña, La Separación de la Iglesia y el Estado, p. 47.

8 Pastoral Colectiva de los Obispos de Chile sobre la Separación de la Iglesia y el Estado, Santiago de Chile: Imprenta y Litografía “La Ilustración”, 1925, p. 5.

9 Pastoral Colectiva de los Obispos de Chile sobre la Separación de la Iglesia y el Estado, p. 7; La separación de la Iglesia y el Estado. Pastoral del Arzobispo, Obispos y Gobernadores Eclesiásticos (21 de septiembre de 1925). La Unión. p. 3

10 Fragmento de la alocución consistorial pronunciada por S.S. Pío XI. (14-Diciembre-1925), Retamal, Chilensia Pontificia, p. 1657.

11 Crescente, Arzobispo de Santiago. A los católicos de la Arquidiócesis (4 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3; Crescente, Arzobispo de Santiago. Las cinco diócesis en que se ha dividido la Arquidiócesis de Santiago (3 de noviembre de 1925). La Nación. p. 5.

12 Bula de erección de las nuevas diócesis de Talca, Rancagua, Valparaíso y San Felipe. (18-Octubre-1925), Retamal, Chilensia Pontificia, pp. 1639-1641.

13 Valparaíso, Obispado (20 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3. Véase también: Al erigir la provincia de Valparaíso, el Sumo Pontífice ha deseado dar a sus queridos hijos de esta provincia una nueva e inequívoca prueba de su sincero y paternal amor (22 de noviembre de 1925). La Unión. p. 1.

14 Valparaíso, Obispado (20 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3.

15 Valparaíso, Obispado (20 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3.

16 Valparaíso, Obispado (20 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3. Véase también: Al erigir la provincia de Valparaíso, el Sumo Pontífice ha deseado dar a sus queridos hijos de esta provincia una nueva e inequívoca prueba de su sincero y paternal amor (22 de noviembre de 1925). La Unión. p. 1.

17 La entronización del primer obispo de Valparaíso (30 de abril de 1926). La Unión. p. 5.

18 Valparaíso, Obispado (20 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3.

19 Al erigir la provincia de Valparaíso, el Sumo Pontífice ha deseado dar a sus queridos hijos de esta provincia una nueva e inequívoca prueba de su sincero y paternal amor (22 de noviembre de 1925). La Unión. p. 1.

20 El nuevo obispado de Valparaíso (23 de noviembre de 1925). La Unión. p. 6.

21 El nuevo obispado de Valparaíso (23 de noviembre de 1925). La Unión. p. 6.

22 Valparaíso rendirá un imponente homenaje de gratitud al Sumo Pontífice y al Excmo. Señor Nuncio Apostólico en Chile (20 de noviembre de 1925). La Unión. p. 1. Véase también: Homenaje a Su Santidad el Papa y al Excmo. Nuncio Apostólico (21 de noviembre de 1925). La Unión. p. 1; El nuevo obispado de Valparaíso (23 de noviembre de 1925). La Unión. p. 6; La creación de un nuevo Obispado de Valparaíso y su celebración (22 de noviembre de 1925). El Mercurio. p. 1; Los preparativos para celebrar la creación del Obispado de Valparaíso (27 de noviembre de 1925). El Mercurio. p. 1.

23 Las grandes fiestas por el Obispado de Valparaíso (11 de diciembre de 1925). La Unión. p. 1; Valparaíso iniciará mañana las fiestas para celebrar la creación del Obispado (11 de diciembre de 1925). El Mercurio. p. 9.

24 Véase: Las grandes fiestas por el Obispado de Valparaíso (11 de diciembre de 1925). La Unión. p. 1; Las grandes fiestas con motivo de la creación del obispado de Valparaíso (12 de diciembre de 1925). La Unión. p. 1; Los católicos de Valparaíso recibien triunfalmente al Excmo. Señor Embajador Pontificio (13 de diciembre de 1925). La Unión. p. 5; Las grandes festividades de ayer en homenaje de gratitud a Su Santidad Pío XI (14 de diciembre de 1925). La Unión. p.1; Valparaíso iniciará mañana las fiestas para celebrar la creación del Obispado (11 de diciembre de 1925). El Mercurio. p. 9; Las solemnes festividades para celebrar la creación del Obispado de Valparaíso (12 de diciembre de 1925). El Mercurio. p. 9; Con todo brillo se han iniciado las fiestas del Obispado de Valparaíso (13 de diciembre de 1925). El Mercurio. p. 17; Las brillantes fiestas por la creación del Obispado de Valparaíso (14 de diciembre de 1925). El Mercurio. p. 1 y 3; La creación del Obispado de Valparaíso (17 de diciembre de 1925). Sucesos. pp. 13-14; Las fiestas católicas de ayer (14 de diciembre de 1925). La Nación. p. 10.

25 El homenaje de Valparaíso al Sumo Pontífice (26 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3.

26 Los católicos de Valparaíso recibien triunfalmente al Excmo. Señor Embajador Pontificio (13 de diciembre de 1925). La Unión. p. 5.

27 R. H. La gestiones para la creación del Obispado de Valparaíso (26 de noviembre de 1925). La Unión. p. 3.

28 Véase: Las festividades para la entronización del nuevo Obispo de la sede de Valparaíso (25 de abril de 1926). La Unión. p. 1; La próxima erección del Obispado de Valparaíso (26 de abril de 1926). La Unión. p. 1; La entronización del primer Obispo de Valparaíso (28 de abril de 1926). La Unión. p. 5; Homenaje de afecto a nuestro Primer Pastor (30 de abril de 1926). La Unión. p. 1; La entronización del primer obispo de Valparaíso (30 de abril de 1926). La Unión. p. 5; Valparaíso celebró con júbilo la entronización de su primer Obispo (1 de mayo de 1926). La Unión. p. 1 y 5; Las grandes festividades realizadas ayer en honor del primer Obispo de Valparaíso, Monseñor Eduardo Gimpert (3 de mayo de 1926). La Unión. p. 1; Las festividades para la entronización del nuevo obispo de la sede de Valparaíso (26 de abril de 1926). El Mercurio. p. 8; Las grandes fiestas a que dará lugar la entronización del obispo de Valparaíso (27 de abril de 1926). El Mercurio. p. 1; Preparativos para el entronizamiento del nuevo diocesano Iltmo. Sr. Gimpert (28 de abril de 1926). El Mercurio. p. 9; Mañana será entronizado el obispo de Valparaíso Iltmo. señor Gimpert (29 de abril de 1926). El Mercurio. p. 11; Hoy se efectuará la entronización del obispo de Valparaíso (30 de abril de 1926). El Mercurio. p. 1; La entronización de Monseñor Eduardo Gimpert, obispo de Valparaíso, se llevó a efecto ayer con gran solemnidad (1 de mayo de 1926). El Mercurio. p. 1 y 11; Hoy terminan las fiestas oficiales con que Valparaíso ha celebrado la entronización del Iltmo. Sr. Gimpert (2 de mayo de 1926). El Mercurio. p. 5; Ayer se puso término a las brillantes fiestas organizadas para celebrar la erección del obispado (3 de mayo de 1926). El Mercurio. p. 1 y 9; El primer Obispo de Valparaíso (6 de mayo de 1926). Sucesos. pp. 11-12.

29 Homenaje de afecto a nuestro Primer Pastor (30 de abril de 1926). La Unión. p. 1.

30 Homenaje de afecto a nuestro Primer Pastor (30 de abril de 1926). La Unión. p. 1.

31 Pérez V., Luis. Nuestro Primer Obispo (2 de mayo de 1926). El Mercurio. p. 3.

32 Homenaje de afecto a nuestro Primer Pastor (30 de abril de 1926). La Unión. p. 1.

33 Oliveira, Francisco .Ya tenemos pastor (30 de abril de 1926). La Unión. p. 3.

34 Valparaíso celebró con júbilo la entronización de su primer Obispo (1 de mayo de 1926). La Unión. p. 1.

Raúl Burgos

Página 0