Itinerantes. Revista de Historia y Religión 23 (ene-jun 2026) 133-147

https://doi.org/10.53439/revitin.2026.1.08





Economía del Bien Común: Una Lectura Teológica del Pensamiento de Alberto Hurtado



Economy Of The Common Good: A Theological Reading Of Alberto Hurtado's Thought



Jesús Ignacio Astudillo

Universidad de Valparaíso

jesus.astudillo@postgrado.uv.cl

https://orcid.org/0009-0005-5868-4737


Patricio Andrés Morales Torres

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

patricio.morales@pucv.cl

https://orcid.org/0000-0002-1763-4021




Resumen


El pensamiento económico de Alberto Hurtado se relacionó con una perspectiva teológica del bien común, esencialmente en el contexto de la crisis económica que afectó a Chile durante la primera mitad del siglo XX. El problema central identificado por el jesuita fue la pobreza, desigualdad y la falta de coherencia entre la fe y la práctica social, planteando que la economía debía estar orientada al servicio de la dignidad humana.

Hurtado comprendió que la responsabilidad social, la solidaridad y la justicia debían formar parte de las políticas públicas, así como de las prácticas del mundo empresarial y de los trabajadores.

La metodología se basó en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y la economía, a través de autores como Louis-Joseph Lebret, el cual destaca a la persona como un ser racional y no como un individuo económico que busca satisfacer desmesuradamente sus necesidades. Propuso la participación social y el acceso equitativo a los bienes como un principio indispensable para lograr una sociedad más justa y digna.

Los resultados de esta propuesta señalan que la economía debe ser entendida como una herramienta para alcanzar el bien común, reconociendo a la persona no como un sujeto de consumo, sino con una dignidad que le es propia.


Palabras clave: economía, bien común, doctrina social de la Iglesia, responsabilidad social


Abstract


Alberto Hurtado's economic thought was linked to a theological perspective of the common good, essentially within the context of the economic crisis that affected Chile during the first half of the 20th century. The central problem identified by the Jesuit was poverty, inequality, and the lack of coherence between faith and social practice, arguing that the economy should be oriented towards serving human dignity.

Hurtado understood that social responsibility, solidarity, and justice should be integral to public policies, both for the business world and for workers.

His methodology was based on the Social Doctrine of the Church (SDC) and economics, through authors such as Louis-Joseph Lebret, who emphasizes the person as a rational being and not as an economic individual who seeks to excessively satisfy their needs. He proposed social participation and equitable access to goods as an indispensable principle for achieving a more just and dignified society. The results of this proposal indicate that the economy should be understood as a tool to achieve the common good, recognizing the person not as a subject of consumption, but with an inherent dignity.


Keywords: economy, common good, social doctrine of the Church, social responsibility




Fecha de envío: 13 de diciembre de 2025

Fecha de aceptación: 14 de enero de 2026




Presentación

El presente trabajo se enmarca en un enfoque ensayístico de revisión crítica de los fundamentos teológicos de la economía desde Alberto Hurtado en su texto ¿Es Chile un país católico? (1941), donde manifestó su preocupación por la sociedad en su conjunto, incorporando apoyo en la ética cristiana y el retorno de los valores del bien común. En ese mismo sentido, se intentará dar respuesta al problema del individualismo en la economía y como este afecta al desarrollo de una sociedad más digna y justa, desde una mirada del jesuita.

La situación económica a lo largo de la historia de Chile generó tensiones entre economía, sociedad y fe. En la época de Alberto Hurtado (1901- 1952), distintos cristianos entendían la dignidad humana de forma diversa, adoptando concepciones individuales y divergentes.

Por otro lado, Hurtado reivindicó la necesidad de un redentor que renovara la antigua condición del ser humano, argumentando que “El sacerdote que se acerca a ellos para hablarles de Cristo no puede menos de ayudar de su pobreza al que tiene menos que él, pues no puede predicar donde hay estómagos vacíos” (Hurtado, 1941: 146). Esta reflexión conformó el centro del pensamiento económico y social de Hurtado, habiendo coherencia entre su teología social y el bien común.

Las ideas del jesuita fueron fundamentales por sus aportaciones a la economía del bien común (Aros, 2017). Esto puesto que, la sociedad, en el sentido de las polis, no puede ser lo que es, ni hacer lo que debe desarrollar si no están los recursos materiales disponibles para todos los ciudadanos.

Por otro lado, se presenta una visión económica a través de literatura comparada de la época, la cual hará énfasis en la relación entre el contexto económico y teológico como núcleo central del estudio (Fernández, 2016)

Finalmente, comprender que la economía del bien común necesita promover el bienestar y prosperidad de toda la sociedad en su conjunto es clave para construir un sentido de justicia sólido y responsable, que permita a todos los integrantes de la ciudadanía desarrollar plenamente sus proyectos de vida y los del prójimo. Este principio está presente en la DSI, que sostiene que:


Es contrario, por consiguiente, a la justicia social disminuir o aumentar excesivamente, por la ambición de mayores ganancias y sin tener en cuenta el bien común, los salarios de los obreros; y esa misma justicia pide que, en unión de mentes y voluntades y en la medida que fuere posible, los salarios se rijan de tal modo que haya trabajo para el mayor número y que puedan percibir una remuneración suficiente para el sostenimiento de su vida. (Pio XII, 1931, 13)


En ese sentido, la Iglesia universal defiende una sociedad que sea más justa, que el acceso de los bienes sea para todos los habitantes del mundo, y que el trabajo sea un medio digno para llegar a Dios.

El articulo consta de una sección. En este apartado se analizarán los fundamentos teológicos y económicos del bien común, visto desde Alberto Hurtado, y como estos fueron relevantes para comprender su pensamiento. Además, se estudiará la visión social y económica del jesuita en su tiempo y como este se relacionó con el bien común de su época.


La economía al servicio de la dignidad humana


En 1941, Hurtado reflexionó sobre la economía en el contexto chileno, marcado por el abandono de los más desposeídos, niños, ancianos, entre otros (Wagner, 1992).

Los problemas económicos durante los primeros 50 años del siglo XX en Chile, determinaron aspectos esenciales en el pensamiento social de Alberto Hurtado. En este contexto se experimentó la crisis financiera de 1929 que impactó considerablemente a Chile con desempleo, baja en la actividad económica y un aumento generalizado de la pobreza. Frente a esta situación, se instauraron diversas políticas económicas orientadas a reducir el impacto en la economía nacional; sin embargo, su alcance y eficacia fueron limitados (Riveros, 2009).

En esta perspectiva, las políticas económicas diseñadas resultaron insuficientes para aminorar de manera significativa los efectos de la crisis, lo que llevó a que sus consecuencias fueran prolongadas en el tiempo. A este respecto, también hubo políticas mayoritariamente impulsadas con discursos victoriosos y populistas que ignoraban la situación de los más vulnerables (Riveros, 2009).

Esto llevó a Alberto Hurtado a reflexionar sobre la responsabilidad social en la vida del hombre, y comprender con mayor profundidad la propia existencia de la sociedad (Aros, 2017). En sintonía, la doctrina social de la Iglesia afirma que «la interdependencia debe traducirse en solidaridad» entendida como una firme determinación de trabajar por el bien común (Juan Pablo II, 1987: 38).

En relación con lo anterior, se destacaron dos aspectos fundamentales, dentro de su pensamiento relacionados con la responsabilidad social. En el primero, se buscó encontrar una actitud de vigilancia para estar atento a las necesidades de la humanidad en su conjunto. En el segundo, desde la religión, concientizar a los católicos a tomar responsabilidad por cada uno de ellos como testimonio de Cristo en el mundo (Aros, 2017).

Estas dos ideas fundamentales en Hurtado fueron determinantes en la construcción de su pensamiento puesto que, desde la teología, continúa con Santo Tomás, argumentando que el individuo no es capaz de autoabastecerse. Por tal razón, la sociedad necesitaría la existencia de una realidad política y económica coherente con el bien común (Ellacuría, 2001).

Estas dos ideas fundamentales en Hurtado fueron determinantes en la construcción de su pensamiento, puesto que, desde la teología, él continúa la línea de Santo Tomás de Aquino, quien sostiene que el ser humano es “La ley, en sentido propio, siempre se ordena al bien común” (cf. S. Th., I-II, q. 90, a. 2; Ellacuría, 2001). Por tal razón, la sociedad necesita una organización política y económica coherente con el bien común.

En este sentido, los recursos necesitan promover el bienestar y la prosperidad de la sociedad en su conjunto y, para ello, es necesario comprender en profundidad las necesidades económicas de los individuos que la conforman. Como recuerda Gaudium et spes, «el hombre es y debe ser el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales» (GS, n. 25), por lo que toda organización económica ha de estar siempre al servicio de la dignidad de la persona y del bien común.

En concordancia con lo anterior, en 1931, los recursos utilizados para aminorar la crisis carecían de financiamiento suficiente, por lo que la economía de Chile no tuvo la posibilidad de reducir los efectos negativos de la crisis por más de una década (Díaz et al., 1998).

Al respecto conviene señalar que gran parte de la ciudadanía, especialmente la más vulnerable como niños y ancianos, en su mayoría no accedieron a centros educacionales y ayudas sociales por falta de financiamiento estatal (Larrañaga, 2010).

Es dado el contexto anterior que Hurtado reflexiono lo siguiente:


Una sociedad que se ha ido alejando de su Dios, porque no ha visto en la moral de sus fieles la divina irradiación de su fe, volverá a Cristo por el esplendor de la caridad. El dogma de la comunión de los Santos plenamente vivido triunfará sobre la internacional materialista. La Iglesia aparecerá a los hombres. Madre solícita de sus hijos que luchan penosamente por ganarse el pan. Los hombres del siglo XX para entrar en la Iglesia esperan ver en nosotros, los que vivimos en ella, el testimonio de la caridad de Cristo. (Hurtado, 1947: 288)


Teniendo presente esta realidad, el padre Hurtado observó con preocupación el alejamiento de la sociedad con la Iglesia debido, en su mayoría, a la falta de testimonio de la comunidad eclesial. Sin embargo, las serias circunstancias de la época dificultaban la confianza de la sociedad en su conjunto (Fernández. 2016).

Cabe aclarar que esto se debió en gran medida a la crisis de 1929 que tuvo efectos devastadores en las exportaciones de productos primarios como salitre y cobre. La caída de los precios en el contexto internacional y la disminución de la demanda afectaron gravemente la economía chilena, habiendo desempleos significativos y una contracción del producto interno bruto (Díaz et al., 1998).

Ya a mediados de 1932 las exportaciones habían caído en torno a un 32%, quedando finalmente en un 63%. En los siguientes tres años la caída en las exportaciones fue de un 83%, quedando gravemente afectado el sector minero que entregaba al país una fuente de recursos importantes para economía interna (Palma, 1980). Esto debido a que, si bien, en los periodos anteriores se habían generados incentivos en la agricultura, la ganadería y el cobre. Este último dependía en su totalidad del comercio exterior.

El impacto del cobre en el país fue tan grave que las consecuencias en la economía no demoraron en mostrar un encarecimiento de las actividades comerciales de Chile, en relación con el mercado global. Esto puesto que el consumo de este mineral comenzó a ser menos demandado por otras naciones (Gonzalorena, 2005).

Es por esta razón que los países impusieron barreras arancelarias para aminorar los efectos de la crisis mundial, afectando en consecuencia a las economías emergentes como la chilena (Riveros, 2009). Esto no dejó indiferente a Hurtado, ya que, en los periodos posteriores a la crisis, se encontraba estudiando las condiciones sociales de Europa para contrastarlas con Chile.

En este expuso la realidad que vivía Chile en aquel momento, señalando que la situación socioeconómica del país necesitaba tener una mirada solidaria, una economía del bien común en la que el mercado esté al servicio de la sociedad, desde un pensamiento social y cristiano (Moreira, 2001). En esta misma línea, la (DSI) recuerda que «es preciso que la economía esté ordenada y coordinada de manera que responda a las exigencias del bien común» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 332), de modo que las estructuras económicas y el funcionamiento del mercado no pueden desentenderse de la justicia social ni de la dignidad de las personas.

Para Hurtado, el católico no podía estar alejado de las necesidades económicas de la nación, ya que consideraba que era un pilar fundamental para la familia y el bien común en general, constatando lo siguiente:


El salario familiar, esto es, el que baste para que la familia tenga una vida digna, es de justicia social. Los Papas claman en este sentido: «Hay que trabajar con todo empeño a fin de que la sociedad civil establezca un régimen económico y social en que los padres de familia puedan ganar y granjearse lo necesario para alimentarse a sí mismos, a la esposa y a los hijos, según su clase y condición». (Hurtado, 1992, 49)


Para el jesuita, los principios del cristianismo debían direccionar las decisiones económicas para alcanzar un orden social más justo y digno para todo ser humano, diciendo: “Fortuna obliga Cultura obliga...Y mientras más se ha recibido de estos dones, mayores son las responsabilidades sociales.” (Hurtado, 1992: 54). Ahora bien, esto para Hurtado era esencial, sobre todo en un contexto en el que el marxismo estaba siendo considerado, en sectores desprovistos de toda ayuda social, como una solución revolucionaria que eleve el nivel social de la clase trabajadora.

En línea con lo anterior, el desempleo permaneció en niveles altos por al menos cinco años posteriores a la crisis de 1929, debido a principalmente a tres fenómenos económicos. El primero, a través de políticas arancelarias proteccionistas, que continuasen con las tendencias internacionales. El segundo, fue causado por una creciente intervención en el mercado del trabajo, lo cual dificultó el reclutamiento de trabajadores. El tercero, se dio a través de un mayor déficit fiscal, financiado por el banco central. Lo cual contribuyó a un aumento de la inflación que hizo insostenible conservar y crear puestos de trabajo (Riveros, 2009).

En la misma línea, a pesar de haber mejoras en la política económica del país, no fue posible la independencia industrial, puesto que nunca se eliminó por completo la dependencia de las exportaciones de materias primas (Ocampo, 2004). Esto además afectó negativamente la contratación de personas y el aumento del desempleo.

Hurtado, quien vivió este tipo de situaciones económicas, agradecía a aquellos patrones comprometidos con mejorar el bienestar de algunas familias numerosas, diciendo lo siguiente:


Algunos patrones han comenzado a pagar un salario familiar, esto es, un sobre tanto a cada trabajador según el número de hijos. Este pago se hace de distintas maneras. Y la forma más conveniente para no incurrir en el peligro de dejar sin trabajo a los casados y a los que tienen familia numerosa es formar las cajas de compensación, entregando un tanto por ciento de las utilidades del fundo al pago de este sobre salario, según sean las necesidades de familia, de modo que el patrón no le importa la forma cómo se reparte esa cantidad. Algunos han comenzado a pagar este salario familiar en objetos de menaje o en especias que sirvan para mejorar la vivienda obrera, medidas bien prácticas que fluyen de nuestra fe y de nuestra caridad. (Hurtado, 1941: 66)


Por lo que la economía no debe estar alejada de la ética y la moral, destacando la importancia de la decisión de los cristianos, y como estas afectan a otros más desprovistos (Hurtado, 1952).

Estas reflexiones fueron interiorizadas en Hurtado gracias al sacerdote Louis-Joseph Lebret, quien fundó Economie et Humanisme. En esta institución se destacó la importancia de la economía al servicio del ser humano, la cual el jesuita toma para reflexionar sobre el rol que debiesen tener los católicos en Chile.

Es así como, esto le llevó a pensar al hombre en sociedad como una persona, un ser de relaciones, no como solamente un individuo que satisface sus necesidades y deseos a través de la maximización de sus beneficios (Lalanne, 2017). Dado que para Lebret, cuando la política y la economía ven al hombre como un individuo y no como persona, pierden el sentido del bien común y la exigencia por la justicia, de igual manera expresada por el Papa Pablo VI “Se trata, por tanto, de instaurar una colaboración voluntaria, una participación eficaz de los unos con los otros, en un plano de dignidad igual, para construir una convivencia civil verdaderamente digna del hombre” (Pablo VI, 1967: 9)

En la misma línea, Hurtado se inspira en tres necesidades fundamentales, dentro de las enseñanzas del sacerdote Lebret. Estas son: las esenciales, las de superación y las de confort. La primera es indispensable para la subsistencia biológica del cuerpo y del espíritu; como alimentarse, vestirse, aprender, comunicar, asociarse. La segunda, se refiere a la admiración, inventar, crear, compartir con otros, necesidad de Dios. La tercera, corresponde a la búsqueda de bienestar y comodidad (Lalanne, 2017).

Estos aspectos fueron fundamentales en el pensamiento social del jesuita, pues el bien común es la máxima muestra de superación del individualismo y una muestra del amor de Dios, necesaria tanto para la subsistencia de la humanidad como para la realización de la justicia. En este sentido, el Papa León XIV afirma que “la dignidad de cada persona humana debe ser respetada ahora, no mañana, y la situación de miseria de muchas personas a quienes esta dignidad se niega debe ser una llamada constante para nuestra conciencia” (León XIV, 2025: 15), respondiendo a las necesidades reales y vitales de la persona humana, colaborando con la construcción de un reino de la fraternidad, justicia y solidaridad.

Así, Hurtado cuando vuelve a Chile luego de su estadía en Europa, observó con preocupación la carencia de estas tres necesidades fundamentales. Esto fue debido, según el jesuita, a la falta de testimonio de la comunidad eclesial que con la boca profesaba una doctrina clara, pero con su vida daban testimonio de una realidad distinta.

Es en esa línea, que se espera que el sentido social del católico no espere a que se presenten situaciones extraordinarias para resolver las necesidades de sus hermanos


Todas las situaciones son importantes para él, pues repercuten en sus hermanos. Por eso cede espontáneamente el asiento en un tranvía; toma para sí el sitio más incómodo; no arroja los papeles en la calle; adivina el dolor que se oculta bajo los harapos y aún el que está todavía más encubierto; simpatiza con el empleado condenado a sonreír perpetuamente y a quien incomoda lo menos posible; a pesar de su pobreza sabe encontrar medios para hacer la caridad... (Hurtado, 2013: 109)


En ese sentido, Hurtado en su libro ¿Es Chile un país católico?; reflexionó sobre las condiciones de vida de la sociedad, sobre la pérdida de fraternidad y la negación por aceptar una realidad que afectaba las condiciones de vida de las familias, en el contexto económico. Esto provocó resistencia por parte de sectores católicos conservadores que no estaban de acuerdo con sus observaciones, ya que tenía el libro una perspectiva negativa de la realidad eclesial y económica del país (Espinoza, 2005).

Esto, sobre todo en un contexto en el que la clase trabajadora estaba cayendo en manos del marxismo; cuya inquietud también consideró Pío XI, señalando: “El gran escándalo del siglo XX es que la Iglesia haya perdido a la clase obrera” (Castellón, 1998: 23).

En este contexto, el distanciamiento de la ética y la moral comenzó a ver al hombre como un individuo y no como persona, alejada de su dimensión social y perdiendo el sentido del bien común.


Fe, justicia social y responsabilidad en el pensamiento de Alberto Hurtado


El jesuita propuso un nuevo enfoque orientado en una responsabilidad social integral que tomara en consideración el aspecto empresarial y el obrero, con el fin de darle un valor moral al ser humano y sus semejantes (Aros, 2017)

Es en esta línea que, Hurtado, en su libro Moral Social, reflexiona con respecto a la responsabilidad social del hombre en la economía, la política y la vida familiar. Estos fueron elementos fundamentales en el desarrollo intelectual y moral sin afectar negativamente los derechos de los demás, puesto que el ser humano tiende a buscar la compañía de sus pares y a asociarse con ellos de manera más o menos estable, similar a lo que señaló el Papa Pío XI “Que todos, entonces, se unan, si es necesario, incluso a costa de una pérdida grave, para que puedan salvarse a sí mismos y a toda la sociedad humana. En esta unión de mentes y fuerzas” (Pío XI, 1933: 3).

En la misma línea Hurtado argumentó que “la responsabilidad social: que dice bien claro que no puede uno contentarse con no hacer el mal, sino que está obligado a hacer el bien y a trabajar por un mundo mejor” (Hurtado, 1952: 205). Por lo que, para aspirar al desarrollo de un mundo mejor, el jesuita toma en consideración el rol fundamental de la responsabilidad social, como aspecto novedoso a través una conducta activa que busque el bien de la sociedad. De esta manera, el jesuita articula tres aspectos fundamentales para constituir su teología social. Estos son: la antropología, la doctrina del cuerpo místico y el dogma de la comunión de los santos.

En el primero se destaca la manera en la cual Hurtado unifica la teología, la economía, la pedagogía y la psicología; para dar directrices con respecto a la dignidad de la persona. El segundo, dice relación con la filiación divina y la fraternidad de todos como hijos de un mismo padre.

En este sentido, se expresa la responsabilidad de saber que el destino de la humanidad es común, por lo que está en manos de todos obrar para bien. En el tercer punto, el jesuita señaló que por medio del dogma se vincula la humanidad con Dios, y a través de la misión de la Iglesia se ayuda a toda la humanidad (Aros, 2017)

En ese mismo sentido Hurtado fundamentó esta reflexión gracias a su formación teológica y social en el contexto nacional e internacional, dando a conocer la relevancia de la Iglesia como seguidora de la voluntad de cristo en la Tierra.

Para esto argumentó que el cuerpo de la Iglesia necesita conservar la unidad entre el magisterio y Cristo, puesto que son la legítima autoridad que orienta al hombre a una sociedad más digna.

Asimismo, señaló que:


La autoridad de la Iglesia no es más que el magisterio de Cristo prolongado. No hay en ella sino una autoridad legítima, un solo Maestro, un solo Pastor: Cristo. El creyente que acepta la autoridad de la Iglesia somete su pensamiento y su voluntad a Cristo, que dirige a la Iglesia por medio de sus ministros. Estos no son sino instrumentos del Maestro, pero es de Él de quien desciende la gracia a las almas. La unidad visible de este cuerpo visible viene de quien más directamente representa a Cristo, de quien por Él ha sido encargado de conservar y proteger esta unidad: del Papa. Para todo fiel el Sumo Pontífice es la encarnación de la unidad de la Iglesia (Hurtado, 1952, 81)


En ese sentido, el mensaje de Hurtado fue una contribución significativa al Chile de aquella época, destacando la justicia social, la responsabilidad, especialmente a lo que respecta el bien común (Espinoza, 2005).

En esta, espera que tanto el mundo empresarial como el del obrero contribuyen a los asuntos fundamentales de la sociedad, para así tener bases económicas que consideren los aspectos éticos y morales.

En la misma línea, continuar con los lineamientos éticos y morales, desde el mundo profesional, contribuye a que la sociedad en general pueda tener un rol protagónico en el bien común.


Cada profesión ha de ser concebida no solo como un medio de ganarse la vida, de mejorar su situación económica, de labrar un porvenir a sus hijos sino también como el ejercicio de una misión social y una colaboración al bien común de la sociedad (Hurtado, 1947, 1947: 99)


En este contexto, el escenario económico chileno experimento un máximo en los niveles de cesantía entre 1931 y 1932, pero en 1933 este porcentaje bajó considerablemente. El desempleo en los sectores mineros y sectoriales se sostuvo por un periodo de tiempo prolongado, por lo que la migración comenzó a dirigirse a Santiago y reflejar la compleja situación de los trabajadores (Riveros, 2009)

A este respecto cabe señalar que la economía chilena comenzó a mejorar entre 1925 y 1930 debido a un incremento en la actividad comercial, principalmente del sector industrial y minero. Sin embargo, el empleo recién se recuperó diez años después de la crisis financiera global de 1929, afectando de forma importante a sectores obreros con menor nivel educativo.

Esto fue debido a que para tener un mejor sueldo o tener posibilidades de ser contratado, era indispensable tener una educación que le permitiese diversificar sus oportunidades laborales (Riveros, 2009)

Es en ese sentido que para Hurtado los principios cristianos debiesen guiar, especialmente en ese tiempo, los fundamentos económicos de la sociedad, debido a que estaba ocurriendo una situación sensible, principalmente para los más desfavorecidos, a lo que el sacerdote chileno manifestó lo siguiente: “los bienes de la tierra han sido dados por el Creador para todas sus criaturas, para todos sus hijos, para que todos ellos puedan vivir de manera digna y acorde a la naturaleza humana” (Hurtado, 1941: 151).

Con el fin de que la sociedad entienda que la economía no se reduce a individuos, sino a personas con dignidad que son hechas a imagen y semejanza de Dios “En esto son todos los hombres iguales, y nada hay que determine diferencias entre los ricos y los pobres, entre los señores y los operarios, entre los gobernantes y los particulares, «pues uno mismo es el Señor todos»” (León XIII, 1891: 9). Por lo tanto, tomar consciencia como católico para Hurtado, era importante, ya que esto era responsabilidad social que llevaran a la persona a desarrollar la imagen del buen samaritano, en el sentido que, así como Cristo se puso al servicio de la humanidad. Esto es estar al servicio del prójimo, atento a sus necesidades y de ser necesario sacrificar la conveniencia personal (Hurtado, 1952).

De igual manera, Hurtado resalta que la economía no debe distanciarse de la ética y la moral, puesto que es importante para los cristianos ser consciente de las implicancias sociales de sus decisiones económicas (Hurtado, 1952). Por otro lado, afirmó que:


Al hablar de política es necesario distinguir la gran política, o política del bien común, y la política de partidos, grupos de hombres con sus dirigentes, sus programas, sus métodos de acción en que se dividen los ciudadanos para tratar de realizar en forma concreta el bien común temporal. (Hurtado, 2003: 116)


En la cita anterior, se destacaron dos diferencias. La primera, la gran política, que se orienta al bien común y, la segunda, la política de partidos, la cual se centra en exaltaciones personales y luchas partidistas. En el caso de Hurtado, él estaba por construir una política que coloque a la persona humana en el centro, como elemento constitutivo del bien común y de la responsabilidad social. Como recuerda Centesimus annus, «la finalidad de la sociedad es la persona humana, a la que se debe asegurar el camino hacia su pleno desarrollo» (Juan Pablo II, 1991, n. 47), de modo que la acción política no puede desentenderse de la dignidad de cada persona ni del servicio al bien común.

Hurtado, resaltó esta necesidad, especialmente en su viaje a Europa, donde expuso frente a otros sacerdotes sobre las condiciones sociales, señalando particularmente la situación socioeconómica chilena. Él decía que la economía debía estar al servicio del bien común y, aunque no fuera economista, sus puntos estaban interiorizados con el pensamiento social cristiano (Moreira, 2001).

La economía debía buscar el mayor bienestar posible para la ciudadanía, la cual maximice las expectativas de vida y logre la armonía de todos los miembros en la sociedad. En donde la persona sea el centro de la sociedad, reconociéndola como imagen y semejanza de Dios. Ya que, desde la ontología, el ser humano es un ser social que influye en sus pares y, por lo tanto, afecta negativa o positivamente en el desarrollo social.

Un ejemplo de esto es la responsabilidad social personal que Hurtado manifestó a través de la reciprocidad y el amor de Dios, ya que este es el que moviliza al hombre para mejorar las condiciones de vida de sus hermanos (Aros, 2017). De esta manera se ve cómo la solidaridad está orientada a cumplir con un destino común, puesto que son hijos de un mismo Padre. Como señala Sollicitudo rei socialis, la solidaridad «no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (Juan Pablo II, 1987, n. 38).

En síntesis, se exploró el fenómeno económico y teológico desde Alberto Hurtado y como la DSI fue fundamental para comprender en profundidad su pensamiento. Se observó como a lo largo de la historia de Chile, el individuo y la sociedad en su conjunto estuvieron sometidas a las crisis económicas globales y como estas impactaron el contexto nacional del país, trayendo consigo consecuencias macroeconómicas desfavorables, principalmente para los más pobres, dificultando el desarrollo pleno de las personas a nivel educativo, laboral y teológico. Esto llevo a Hurtado establecer tres aspectos esenciales para profundizar en la responsabilidad social e inspirado en la (DSI) y lograr la superación de este problema, acompañado de la DSI y de las enseñanzas del sacerdote Louis-Joseph Lebret. La primera para la subsistencia biológica del cuerpo y del espíritu; como alimentarse, vestirse, aprender, comunicar, asociarse. La segunda, para la admiración, inventar, crear, compartir con otros, necesidad de Dios y, finalmente, la tercera, corresponde a la búsqueda de bienestar y comodidad.

Además, en línea con lo anterior, el contexto económico mundial permitió entender la visión de Hurtado, dada la interacción que tuvo él con la economía de Chile y, posteriormente, con su visita a Europa, permitiéndole contrastar realidades macro y microeconómicas distintas, dando como conclusión que la economía solo cumple su misión cuando es capaz de entregarle bienestar integral a las personas.






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Jesús Ignacio Astudillo y Patricio Andrés Morales Torres

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