
202 Filópolis en Cristo N° 6 (2026) 199-204
ISSNL 3008-8844
Pablo Tomás Lamas
La empresa como comunidad de personas
La Magnica Humanitas retoma con insistencia la idea de no an-
teponer la eciencia económica por sobre la dignidad de las personas.
Este principio, ya enunciado en la Centesimus Annus, parte de la idea
de que “La empresa no puede ser considerada sólo una sociedad de
capitales; es al mismo tiempo una sociedad de personas”. Esta ar-
mación, que hoy puede sonar razonable, era –como señala Enrique
Shaw– casi una herejía en el contexto del capitalismo industrial del
siglo XX. Y sigue siendo, en gran medida, un desafío sin resolver en el
siglo XXI, donde la lógica de la maximización del valor para el accio-
nista sigue dominando los consejos de administración de las empre-
sas tecnológicas más poderosas del planeta.
Cuando en tiempos de crisis económica en Argentina los directivos
del exterior le ordenan a Enrique el despido de una gran cantidad de
trabajadores en Cristalerías Rigolleau, él se negó. Viajó personalmente
a Estados Unidos para explicar su negativa y puso a disposición su re-
nuncia si se decidía lo contrario y propuso, en cambio, un plan de acción
manteniendo el total de la planta de personal. Su actuar fue la aplicación
rigurosa de una convicción: la empresa es una comunidad, y el director
que sacrica esa comunidad para maximizar el benecio a corto plazo no
está siendo un buen gestor. Está siendo, simplemente, injusto.
En el mismo sentido, respecto del progreso técnico relativo a la
inteligencia articial, la encíclica entiende que puede ser una herra-
mienta de desarrollo humano extraordinaria, capaz de liberar tiem-
po, potenciar capacidades y resolver problemas que hoy parece inso-
lubles. Pero pone una condición, citando a san Pablo VI, y es que ese
progreso sea integral, es decir que promueva a todos los hombres y a
todo el hombre.
Enrique había articulado exactamente la misma distinción en
1958, en las jornadas de Estudio sobre problemas humanos de la
empresa en Mendoza: “En cuanto al progreso –cientíco, técnico,
organizativo–, mientras no sea a expensas de la dignidad de los tra-
bajadores, es también un deber, y nuestros obispos nos exhortan a
ello.” El progreso es un deber, pero siempre condicionado al respeto y
promoción de la dignidad de las personas involucradas.