Filópolis en Cristo N° 6 (2026) 189-197
ISSNL 3008-8844
Clave antropológica de la Doctrina social
de la Iglesia
La experiencia de Enrique Shaw como empresario en
Argentina
Graciela María Palau Posse
Universidad Austral
gmpalau@gmail.com
ORCID: 0009-0002-6943-0570
Enrique Shaw (1921-1962) buscó humanizar la empresa y pro-
mover el bienestar de los trabajadores. Quería hacer realidad la
Doctrina Social de la Iglesia. Así fue como, siendo directivo de
Rigoleau S. A., fábrica de vidrio argentina, implementó políticas
laborales innovadoras para su tiempo: seguros de salud, acceso
a viviendas para empleados y diálogo constante con los sindica-
tos. Tuvo un liderazgo basado en una fuerte preocupación por el
desarrollo humano integral de sus colaboradores. Su actitud per-
manente con los demás, fueran obreros o directivos, era un interés
genuino en cada persona.
En momentos de crisis económica tomó medidas para evitar
despidos cuando bajaba la producción, por ejemplo: reducción
de horas con turnos rotativos para mantener el empleo de todos;
promovió una gestión empresarial que priorizaba la reinvención y
mejora tecnológica para mantener la competitividad sin recurrir a
despidos; diálogo constante con sus empleados generando un clima
de conanza y comunicación abierta, anticipándose a los conictos,
buscando soluciones junto con los trabajadores; cuando había me-
nos demanda en una línea de producción reasignaba tareas a otras
áreas para evitar que alguien se quedara sin funciones.
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Esta visión personalista de la empresa, como comunidad de per-
sonas y no sólo como una unidad económica en búsqueda de lucro, es
contraria al utilitarismo y al llamado capitalismo salvaje, a la visión
individualista de la sociedad humana. El individuo estaría por encima
de todo en sus derechos concebidos como logros propios, desvincula-
dos de los demás. La visión antropológica cristiana es personalista. La
persona, única e irrepetible, inalienable con una dignidad ontológica
que no depende de sus acciones (como la dignidad moral) ni de sus
logros o méritos, sino de la propia realidad del ser personal. Y este
empresario argentino fue capaz de hacer vida en su familia y en su
entorno, en su empresa, esta mirada del ser personal: la hizo realidad.
El capítulo III de un libro de Enrique Shaw, que contiene algunas
de sus reexiones y pensamientos, se titula “Somos responsables de
la ascensión humana de nuestro personal…” y copio:
Entre las obligaciones que tenemos tiene un lugar de privilegio el
desarrollar a la gente (…) se debe ver en cada hombre un ‘posible’
a quien facilitar la realización. Más que darles algo nuestro hay
que hacerles descubrir lo que ellos tienen de bueno, haciéndolos
pensar, por ejemplo, si no creen poder hacer algo mejor de lo que
están haciendo. A veces alguien no sirve por culpa nuestra. En el
trabajo se debe poder desarrollar la personalidad. La empresa,
consciente o inconscientemente, es un molde (…) Se debe procu-
rar que los trabajadores tengan iniciativa, que piensen, sugieran y
actúen, que no esperen las ideas de arriba. Así la gente trabaja más
feliz. (Shaw, 2002, p. 50)
La mirada personalista de la vida social,
el trabajo y la empresa
Enrique Shaw intentó en su trabajo hacer vida las enseñanzas de la
doctrina social de la iglesia. Ya en la Constitución pastoral del Conci-
lio Vaticano II, Gaudium et Spes, la Iglesia hace una propuesta abier-
ta al mundo: el principio, el sujeto y el n de todas las instituciones
sociales es y debe ser la persona humana (24, 3). Esta centralidad y
primacía de la persona será una constante en los documentos sociales
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del ponticado de San Juan Pablo II en los que campea siempre de
fondo lo que él denominaba una antropología adecuada.
Plantea en su primera encíclica social, que el trabajo es el cauce
del desarrollo y la creatividad humanas mediante el cual la persona
se autoperfecciona (dimensión subjetiva) y perfecciona el mundo (di-
mensión objetiva). Es camino de realización humana y tiene, por tan-
to, una dimensión ética. El valor del trabajo humano no es en primer
lugar el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo
ejecuta es una persona. Las fuentes de la dignidad del trabajo deben
buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su di-
mensión subjetiva, armaba San Juan Pablo II. El hombre, como per-
sona, es sujeto del trabajo y constituye el fundamento que le da valor.
Como se reeja en el párrafo anterior, San Juan Pablo II desarrolla
esta dimensión subjetiva del trabajo por primera vez en el documen-
to Laborem exercens. Condena las concepciones economicistas que
conciben el trabajo como mercancía y oponen trabajo y capital como
realidades autónomas. El Papa pone de relieve que el trabajo humano
es quizás “la clave esencial de toda la cuestión social, si tratamos de
verla verdaderamente desde el punto de vista del Bien del hombre” y
sostiene que la solución gradual de la cuestión social “debe buscarse
en la dirección de ‘hacer la vida humana más humana’”.
La Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimen-
sión fundamental de la existencia del hombre en la tierra. Ella se
conrma en esta convicción considerando también todo el patri-
monio de las diversas ciencias dedicadas al estudio del hombre:
la antropología, la paleontología, la historia, la sociología, la psi-
cología, etc.; todas parecen testimoniar de manera irrefutable esta
realidad. La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción sobre todo
de la fuente de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo que es
una convicción de la inteligencia adquiere a la vez el carácter de
una convicción de fe. El motivo es que la Iglesia -vale la pena ob-
servarlo desde ahora- cree en el hombre: ella piensa en el hombre
y se dirige a él no sólo a la luz de la experiencia histórica, no sólo
con la ayuda de los múltiples métodos del conocimiento cientíco,
sino ante todo a la luz de la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer
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referencia al hombre, ella trata de expresar los designios eternos
y los destinos trascendentes que el Dios vivo, Creador y Redentor
ha unido al hombre. (San Juan Pablo II, Laborem Excercens, n. 4)
Este enfoque antropológico del documento fue novedoso. Recuer-
do que en octubre de 1981, en un suplemento extraordinario de la
Revista “Trabajo y seguridad social” sobre la esta Carta Encíclica, es-
cribía mi padre, Dr. Gustavo Palau Posse, un artículo que tituló: “Una
nueva dimensión de la dignidad humana” comentando esta novedad
de aportaba el documento: “He aquí la maravillosa y armónica con-
cepción de esta Encíclica sobre el trabajo humano, que le permite al
Santo Padre elaborar toda su doctrina novedosa sobre el trabajo en
sentido subjetivo y en sentido objetivo, que se desprende del libro del
Génesis ya citado”.
Entre tanto, se aanza la convicción de que el género humano pue-
de y debe no sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas,
sino que le corresponde además establecer un orden político, econó-
mico y social que esté más al servicio del hombre y permita a cada uno
y a cada grupo armar y cultivar su propia dignidad. Los trabajadores
y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para la vida,
sino que quieren también desarrollar por medio del trabajo sus dotes
personales y participar activamente en la ordenación de la vida eco-
nómica, social, política y cultural. Por primera vez en la historia, to-
dos los pueblos están convencidos de que los benecios de la cultura
pueden y deben extenderse realmente a todas las naciones.
Bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más
profunda y más universal: las personas y los grupos sociales están
sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre,
poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el
mundo actual. Las naciones, por otra parte, se esfuerzan cada vez más
por formar una comunidad universal.
El mundo objetivo del trabajo tiene también un contenido éti-
co profundo y genera un mundo de relaciones interpersonales, de
relaciones de justicia por intercambio (derecho a la propiedad pri-
vada, al descanso, al justo salario, al cumplimiento de los deberes
religiosos, a tener un trabajo o hacer huelga...) que han sido muy
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analizados por la Doctrina Social de la Iglesia en diferentes docu-
mentos magisteriales.
Además, el trabajo tiene un sentido teológico, un valor santica-
dor, un signicado redentor y un sentido escatológico. La economía
se basa en el trabajo que es el medio por el cual el hombre allega re-
cursos para la supervivencia y para su desarrollo. La actividad econó-
mica es una actividad humana como la educación, es una parte o una
dimensión de esa actividad que se ocupa de satisfacer las necesidades
del hombre mediante el uso de bienes. Y en cuanto actividad humana,
la economía también tiene un fundamento antropológico.
Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción
rme y profunda de que el trabajo humano no mira únicamente
a la economía, sino que implica además y sobre todo, los valores
personales. El mismo sistema económico y el proceso de produc-
ción redundan en provecho propio, cuando estos valores perso-
nales son plenamente respetados. Según el pensamiento de Santo
Tomás de Aquino, es primordialmente esta razón la que atestigua
en favor de la propiedad privada de los mismos medios de produc-
ción. (San Juan Pablo II, Laborem Excercens, n. 15).
En el año 1989 publicaba San Juan Pablo II otro documento: Cen-
tesimus annus donde hace referencia a la necesidad de una compren-
sión más exhaustiva del hombre mismo que no lo reduzca al plano de
la economía. Al hombre debemos comprenderlo abarcando todas sus
dimensiones y de este modo, comprender, en cambio, la economía al
servicio del hombre:
No es posible comprender al hombre, considerándolo unilateral-
mente a partir del sector de la economía, ni es posible denirlo
simplemente tomando como base su pertenencia a una clase so-
cial. Al hombre se le comprende de manera más exhaustiva si es
visto en la esfera de la cultura a través de la lengua, la historia y
las actitudes que asume ante los acontecimientos fundamentales
de la existencia, como son nacer, amar, trabajar, morir. El punto
central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume
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ante el misterio más grande: el misterio de Dios. Las culturas de
las diversas Naciones son, en el fondo, otras tantas maneras di-
versas de plantear la pregunta acerca del sentido de la existencia
personal. Cuando esta pregunta es eliminada, se corrompen la
cultura y la vida moral de las Naciones. Por esto, la lucha por
la defensa del trabajo se ha unido espontáneamente a la lucha
por la cultura y por los derechos nacionales. (San Juan Pablo II,
Centesimus Annus, n. 24)
Arma incluso que por las características de nuestro tiempo, la
clave antropológica es incluso de mayor importancia porque en la so-
ciedad del conocimiento, la inteligencia humana y su desarrollo es
clave para el crecimiento de la sociedad:
En efecto, la economía es un sector de la múltiple actividad hu-
mana y en ella, como en todos los demás campos, es tan válido el
derecho a la libertad como el deber de hacer uso responsable del
mismo. Hay, además, diferencias especícas entre estas tenden-
cias de la sociedad moderna y las del pasado incluso reciente. Si
en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra
y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de ma-
quinaria y de bienes instrumentales, hoy día el factor decisivo es
cada vez más el hombre mismo, es decir, su capacidad de cono-
cimiento, que se pone de maniesto mediante el saber cientíco,
y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir
y satisfacer las necesidades de los demás. (San Juan Pablo II,
Centesimus Annus, n. 32)
Las críticas en el terreno de la economía no van orientadas a de-
terminados sistemas económicos sino dirigidas precisamente a la
incomprensión de la dimensión humana de la sociedad y la cultura,
a la negación de la dimensión ética y religiosa de la vida humana: las
críticas van dirigidas no tanto contra un sistema económico como
contra un sistema ético-cultural. En efecto, la economía es sólo un
aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana. Si es ab-
solutizada, si la producción y el consumo de las mercancías ocupan
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el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la so-
ciedad, no subordinado a ningún otro, la causa hay que buscarla no
sólo y no tanto en el sistema económico mismo, cuanto en el hecho
de que todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión ética y
religiosa, se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción
de bienes y servicios.
Todo esto se puede resumir armando, una vez más, que la li-
bertad económica es solamente un elemento de la libertad hu-
mana. Cuando aquélla se vuelve autónoma, es decir, cuando el
hombre es considerado más como un productor o un consumidor
de bienes que como un sujeto que produce y consume para vivir,
entonces pierde su necesaria relación con la persona humana y
termina por alienarla y oprimirla. (San Juan Pablo II, Centesi-
mus Annus, n. 39)
Por tanto, la economía debe estar al servicio del hombre y las de-
cisiones en este campo deben juzgarse a la luz de la dignidad de la
persona, de la familia y del Bien común porque todas las personas,
por su dignidad, tienen derecho a satisfacer sus necesidades básicas,
a un trabajo productivo que contribuya al bien común. La economía,
como todas las actividades humanas, tiene una dimensión moral y no
es éticamente neutra. Y por esto la Iglesia exhorta a no reducir la vida
del hombre a la economía (Cf. Burgos, 2013, pp. 189-190)
No era conocida la original visión antropológica que Karol Wojtyla
había publicado en Persona y acción en los años setenta, en Polo-
nia. Sabemos, por sus biógrafos, que tenía manuscritos en polaco de
ese texto cuando participaba en las sesiones del Concilio Vaticano II
(1962-1965). Allí formó parte de la comisión de redacción de la que se
publicaría después con el título Gaudium et Spes. Se recogió ya en ese
documento la clave antropológica de la doctrina social de la Iglesia en
relación con el trabajo (acción de la persona) y su crecimiento per-
sonal: Los trabajadores y los agricultores no sólo quieren ganarse
lo necesario para la vida, sino que quieren también desarrollar por
medio del trabajo sus dotes personales y participar activamente en
la ordenación de la vida económica, social, política y cultural. (…)
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Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más
profunda y más universal: las personas y los grupos sociales están
sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre,
poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el
mundo actual (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 88)
El personalismo arma que la sociedad tiene su fundamento y en-
cuentra su sentido en la dignidad de la persona humana. Esta visión
personalista de la sociedad diere radicalmente de la concepción in-
dividualista y utilitarista del hombre y de la sociedad imperante en la
actualidad. San Juan Pablo II profundizó en la necesidad del marco
ético y moral para que la economía y la sociedad humana se desarro-
llen conforme a la dignidad del hombre, en libertad y en justicia. La
democracia, la separación de poderes, puede evitar que el poder de
unos pocos domine a todos. Pero lo fundamental para la vida social
y para la economía es la subordinación al bien de la persona: El or-
den social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento
subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe so-
meterse al orden personal, y no al contrario (Concilio Vaticano II,
Gaudium et Spes, nn. 25-26).
Por otra parte, para contrarrestar una visión antropológica erró-
nea y una distorsión de la libertad como absoluto, es necesario ahon-
dar en la comprensión de la persona como ser relacional, como un ser
personal inserto en una comunidad de vida en la familia y la sociedad,
y comprender que esa libertad del ser humano es limitada por su pro-
pia contingencia y es una libertad compartida, como decía Benedicto
XVI. No es sólo una libertad individual, sino que responde a la misma
estructura ontológica de la persona como ser en relación.
La visión individualista nos aleja de la verdad del hombre real,
de la persona humana que somos cada uno de nosotros: no reeja
todas las dimensiones reales del ser humano y distorsiona el aná-
lisis de la realidad social. La única condición de posibilidad de un
pluralismo social auténtico es que las soluciones estén realmente
al servicio de la verdad y del bien integral de la persona. No es, en
cambio, auténtico si pretende una elección arbitraria de principios
morales y valores sustanciales sin referencia a una concepción recta
de quién es el hombre. Así, el Bien Común de la sociedad sólo puede
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denirse en relación con la persona, aunque la organización y ac-
ción social tiendan a él mediante una pluralidad de vías concretas.
Todas ellas, para ser opciones auténticas, deberían respetar siem-
pre la dignidad del ser personal: la estructura democrática sobre
la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente
frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la
persona. El respeto por la persona es, por lo demás, lo que hace po-
sible la participación democrática (Congregación para la Doctrina
de la Fe, Nota Doctrinal, 2002, n. 3).
Referencias
Burgos, J.M. (2013). Antropología una guía para la existencia. Pa-
labra.
Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et Spes.
Congregación para la Doctrina de la Fe. (24 de noviembre de 2002).
Nota para algunas cuestiones relativas al compromiso y a la con-
ducta de los católicos en la vida política.
Palau Posse, G. (1981). Una nueva dimensión de la dignidad humana,
en Trabajo y seguridad social.
San Juan Pablo II. (1991). Encíclica Centesimus Annus.
San Juan Pablo II. (1981). Encíclica Laborem Excercens.
Shaw, E. (2002). Notas y apuntes personales. Recuperadas e intro-
ducidas por Adolfo Critto. Claretiana-ACDE.
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