
196 Filópolis en Cristo N° 6 (2026) 189-197
ISSNL 3008-8844
Graciela María Palau Posse
Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más
profunda y más universal: las personas y los grupos sociales están
sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre,
poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el
mundo actual (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 88)
El personalismo arma que la sociedad tiene su fundamento y en-
cuentra su sentido en la dignidad de la persona humana. Esta visión
personalista de la sociedad diere radicalmente de la concepción in-
dividualista y utilitarista del hombre y de la sociedad imperante en la
actualidad. San Juan Pablo II profundizó en la necesidad del marco
ético y moral para que la economía y la sociedad humana se desarro-
llen conforme a la dignidad del hombre, en libertad y en justicia. La
democracia, la separación de poderes, puede evitar que el poder de
unos pocos domine a todos. Pero lo fundamental para la vida social
y para la economía es la subordinación al bien de la persona: El or-
den social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento
subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe so-
meterse al orden personal, y no al contrario (Concilio Vaticano II,
Gaudium et Spes, nn. 25-26).
Por otra parte, para contrarrestar una visión antropológica erró-
nea y una distorsión de la libertad como absoluto, es necesario ahon-
dar en la comprensión de la persona como ser relacional, como un ser
personal inserto en una comunidad de vida en la familia y la sociedad,
y comprender que esa libertad del ser humano es limitada por su pro-
pia contingencia y es una libertad compartida, como decía Benedicto
XVI. No es sólo una libertad individual, sino que responde a la misma
estructura ontológica de la persona como ser en relación.
La visión individualista nos aleja de la verdad del hombre real,
de la persona humana que somos cada uno de nosotros: no reeja
todas las dimensiones reales del ser humano y distorsiona el aná-
lisis de la realidad social. La única condición de posibilidad de un
pluralismo social auténtico es que las soluciones estén realmente
al servicio de la verdad y del bien integral de la persona. No es, en
cambio, auténtico si pretende una elección arbitraria de principios
morales y valores sustanciales sin referencia a una concepción recta
de quién es el hombre. Así, el Bien Común de la sociedad sólo puede