Filópolis en Cristo N° 6 (2026) 179-188
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Santo Tomás de Aquino, maestro
de la Doctrina Social de la Iglesia
Presentamos a los lectores un texto de Sacheri en el que expone
las relaciones entre la Ética y la Política, materia de una ardua dispu-
ta intelectual siempre abierta. En su caso, la aborda desde su propia
mirada, inspirada en el pensamiento realista de raigambre tomista.
“De la distinción entre Ética y Política”1
Carlos Alberto Sacheri
“Warum dann Menshliches musen und,
Schicksal vermeindend, sich sehen nach
Schicksal?...”2
Rilke, IX Elegie
1.- Cuando se aborda el problema de las relaciones entre Ética y
Política, cuestión que constituye el objeto de la presente comunica-
ción, una frase de Chesterton se revela particularmente verdadera:
“This is the arresting and dominant fact about modern social discus-
1
El texto que sigue es la traducción al castellano directamente de su original francés, efectua-
da por Ricardo von Büren: De la distinction entre Éthique et Politique, tiré à part des Actes du
VIIº Congrès Interamericain de Philosophie, Université de Laval, Québec, 1968. Se encuentra
incluida en el libro de Sacheri, Carlos Alberto, Orden social y esperanza cristiana, Escipión,
Mendoza, 2014.
2
¿Por qué vive el hombre, y evitando su destino, aspira a su destino?...” (traducción de Sache-
ri, tomada del nal del artículo).
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sions; that the quarrel es not merely about the dicultéis, but about
the aim”3. Y el mismo autor agrega, además, que la crisis profunda del
mundo moderno no se debe tanto a la aparición de nuevos errores,
sino sobre todo al olvido de algunas antiguas verdades.
2.- Para situar correctamente nuestro problema, hace falta ver pri-
mero que éste presupone que se está totalmente de acuerdo sobre la
denición a dar a los dos términos examinados: “ética” y “política”,
acuerdo que está lejos de existir. Ésta primera constatación nos impo-
ne entonces comenzar por precisar cuáles son el objeto y la naturaleza
de cada una de las disciplinas en cuestión, a partir de las opiniones
más difundidas. Será necesario, primero, analizar cada una de estas
concepciones, mostrando también las consecuencias teóricas y prác-
ticas que ellas comportan. Finalmente, podremos determinar de una
manera más precisa y al modo de conclusión, cuál es la distinción a
establecer entre estas dos disciplinas.
3.- El uso corriente tiende a asimilar estrechamente ética y políti-
ca. Si nosotros concebimos el término “ética” como queriendo signi-
car sea una “ciencia que tiene por objeto la conducta de los hombres”,
sea “el conjunto de las reglas de conducta”, sea todavía “una teoría
del bien y del mal”, sea en n, “un cierto arte de vivir”, etc., queda que
todas estas opiniones concuerdan en el punto siguiente: Se trata de
una disciplina que versa sobre el obrar humano en vista a establecer
cuáles son las acciones que el hombre debe cumplir o evitar. Pero,
de otra parte, lo propio de las acciones humanas (v. g.: deliberadas),
es ordenarse a nes o bienes, o mejor, a bienes que tienen razón de
n: “La araña —observa Marx con perspicacia— ejecuta unos trabajos
donde ella se parece al hombre, y la abeja, para la construcción de sus
celdas de cera, hace honor a más de un arquitecto. Pero, lo primero
que se ve y establece una diferencia entre el más pobre arquitecto y la
abeja más diestra, es que el arquitecto construye la celda en su cabeza
antes de realizarla en la cera. Al n del trabajo, nos encontramos en
3
“Este es el hecho más llamativo y dominante acerca de las discusiones sociales modernas:
que la disputa no es meramente sobre las dicultades, sino sobre el objetivo.
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frente de un resultado que, desde el primer momento, existía ya, en
la imaginación del trabajador, bajo una forma ideal. Hasta tal punto,
para operar una modicación en la forma de las materias naturales es
que él realiza en estas materias su propio objetivo; este objetivo él lo
conoce de antemano, es la regla y la ley de su acción, y él está forzado
a subordinarle su propia voluntad” (El Capital, Libro I, 3ª parte, c. 5).
Esta ordenación al n en la acción humana, no es otra cosa que el
objeto propio del conocimiento moral. Esta referencia al n, garantiza
al mismo tiempo la autonomía cientíca de la moral frente a otras dis-
ciplinas teóricas o especulativas, tales como la psicología, que también
tratan sobre las operaciones del hombre, sin considerarlas, empero, en
su relación con los bienes humanos. Se sigue que la ética o moral es una
disciplina práctica por su objeto (v.g. los operables). Pero no es su-
ciente decir que una ciencia es práctica por su objeto para cerrar toda la
cuestión. Nosotros sabemos que una disciplina puede ser considerada
como teórica o práctica según un triple punto de vista: 1º por su objeto,
según que ella trate sobre alguna cosa necesaria o un operable; 2º por
su modo, según que ella proceda por vía de resolución o análisis (del
efecto en la causa, de la conclusión en su principio, de lo complejo en
lo simple), o según que ella proceda por vía de síntesis o composición
(de la causa al efecto, de lo simple a lo complejo); y 3º por su n, según
que se busque simplemente el conocer un objeto, o el conocer en vista
de orientar la acción del sujeto. A la luz de esta distinción, resulta que
la ciencia moral es práctica por su objeto (el obrar), por su modo de
conocer (sintético) y por su n (dirigir la acción).
4.- Falta decir que la moral no es completamente práctica en cuan-
to a su n, ya que ella no se ordena inmediatamente a la realización
de tal acción singular, estando limitada a permanecer en una cierta
generalidad. Esta limitación del conocimiento moral tiende, de una
parte, al extremo de la contingencia o variabilidad de su objeto y de
otra, a su carácter de ciencia. En efecto, toda ciencia trata sobre lo
universal mientras que el conocimiento moral perfecto trata sobre los
operables, v. gr. Los singulares. En vista de preservar la universali-
dad de sus conclusiones, ella debe mantenerse en una consideración
más o menos general del obrar humano. Además, para alcanzar la
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operación concreta, el simple conocimiento no es suciente, pues las
circunstancias son inefables, por lo que ella debe, por el contrario,
llamar a la voluntad, principio inmediato de la acción. En este último
caso, se abandona el nivel propio de la ciencia moral (que permanece
in sola ratione), para pasar al orden prudencial que tiene por objeto
propio la operación singular, eligiendo los medios más aptos para la
realización de los nes que el sujeto se propone alcanzar.
Finalmente, hace falta añadir que en su marcha hacia conclusiones
de más en más particulares, poniendo en relación los medios con el
n, la moral renuncia progresivamente al valor universal de sus prin-
cipios, los cuales no son aplicables más que en la mayor parte de los
casos y llama a la experiencia de las cosas humanas para descubrir
sus principios propios.
5.- Si consideramos ahora la naturaleza de la “política”, el proble-
ma se complica aún más, pues el término es entendido sea como cien-
cia, teórica para unos, práctica para otros; sea como una actividad
práctica, y en este caso se la asimila, sea a la prudencia, sea al arte.
6.- Comencemos entonces, por examinar la naturaleza de la polí-
tica como ciencia. El simple relevamiento de las opiniones más reco-
nocidas muestran la oposición entre la de los Antiguos, que admiten
el carácter práctico de esta disciplina y la de la mayor parte de los
especialistas modernos que sostienen tenazmente su carácter pura-
mente especulativo. Para no citar sino algunos ejemplos: H. Lasswell,
R. Dahl, la Behaviorist school, J. Meynaud, etc., la conciben como
una disciplina empírica totalmente distinta de la moral, que tiene por
objeto las relaciones de autoridad, de poder y de ley; mientras que H.
Morgenthau y George Kennan, dos representantes eminentes de la
Realpolitik en su versión norteamericana, consideran que la esencia
de la política es la lucha por el poder y no aceptan más que un enfoque
empírico de este objeto.
7.- A pesar del consenso general respecto del carácter especulativo
de la ciencia política, hay muchas razones que nos inclinan a rechazar
tal concepción. Estas razones son las siguientes:
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a) La oposición actual entre un saber empírico-positivo-experi-
mental-teórico versus un saber a priori-deductivo-práctico, no es
más que la el traducción de la dicotomía simplista enunciada por
Kant entre el ser y el deber ser, división que no permite distinguir
adecuadamente todos los matices del orden especulativo y del orden
práctico, tales los que nosotros venimos de mostrar muy sucintamen-
te en los parágrafos 3 y 4. La mayor parte de los especialistas contem-
poráneos continúan aún atados, a menudo inconscientemente, a la
inuencia del positivismo que hace de la clasicación kantiana una
de sus banderas.
b) Si se acepta por hipótesis el esquema corriente, se reducirá in-
tegralmente la ciencia política a la sociología (ella misma concebida
como ciencia teórica), aumentando así el problema metodológico ya
inextricable de la distinción entre sociología, psicología social y an-
tropología social.
c) La verdad especulativa denida como la conformidad de la inteli-
gencia a lo que es, no puede tener lugar más que en materia necesaria o
universal. De ahí, entonces, que ningún hábito especulativo en materia
contingente sea una verdad intelectual, e inversamente, no hay virtud
de la razón práctica (arte y prudencia), más que en materia contingen-
te. Éste hecho es un signo del carácter práctico de la ciencia política.
d) Si se admite el esquema actual, el paso de un saber puramente
especulativo a la praxis cotidiana, devendrá imposible, falto de tér-
mino medio que permita unir un conocimiento más teórico al cono-
cimiento más práctico, aquel del hic et nunc. Por el contrario, una
ciencia política de carácter práctico proporciona el vínculo necesario
entre los principios universales de la acción social y las decisiones
prudenciales. No es pues, casualidad que se constate en nuestro tiem-
po el grandísimo divorcio entre una praxis ciega y una teoría abstrac-
ta e inecaz.
e) Decidirse por un análisis puramente especulativo de las accio-
nes políticas, implica que se limita sus esfuerzos a una disciplina que
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presenta el más débil interés teórico, pues nuestra inteligencia no se
complace propiamente más que en lo necesario.
Yo querría señalar aquí una de las grandes paradojas de nuestra
época. De una parte, la preocupación práctica y dominante ha des-
plazado completamente la vida contemplativa, pero, de otra parte,
los eruditos modernos han perdido completamente el sentido de las
ciencias prácticas, y no aspiran sino a hacer su disciplina lo más espe-
culativa posible, como la única manera de salvar su status de ciencia.
En la medida en que las ciencias llamadas sociales o humanas se
resienten de un positivismo indigesto, muy alejado de la experiencia
que parece venerar, estas disciplinas permanecerán en un estado de
minoridad, incapaces de descubrir su verdadera naturaleza y de re-
solver sus problemas metodológicos más esenciales.
8.- Para ser justos, es necesario admitir que una concepción tan
estrecha del orden político es debida en parte a la crisis multisecular
de la propia ciencia moral. Además, y éste es el segundo matiz a intro-
ducir, el hecho que la ciencia política sea por naturaleza práctica no
excluye que sea posible detenerse en una consideración puramente
especulativa del hecho social, pero permanece cierto que tal conoci-
miento, no ordenado a la operación en el espíritu del cientíco, tiende
a nutrir la ciencia política a título de experiencia más circunstanciada
y como una prolongación de aquella hacia la más grande concreción.
En una perspectiva tal, esta búsqueda propiamente experimental de-
berá apoyarse sobre los principios de la moral.
9.- Una vez descartada la opinión que concibe la ciencia políti-
ca como puramente teórica, debemos considerar brevemente en qué
consiste su carácter práctico. En primer lugar, la ciencia política pre-
senta con la ética (como la denimos en los parágrafos 3 y 4) un obje-
to común: el obrar humano en tanto que ordenado al n del hombre,
con esta diferencia, que en lugar de considerarlo en toda su genera-
lidad, la ciencia política no tratará más que sobre una de las especies
del obrar, v.g. las interacciones humanas. Además, ella presenta un
n común y, por consecuencia, un modo común: descubrir los prin-
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cipios del obrar social para aplicar los medios adaptados al n de la
sociedad política.
De esta manera, la ciencia política deviene una parte de la ciencia
moral, teniendo la autonomía de un tratado particular, más no la de
una disciplina autónoma. Pero siendo el hombre naturalmente social
y no pudiendo alcanzar su perfección personal más que a través de su
ordenación al bien común de la sociedad, resulta que la política cons-
tituye la disciplina “arquitectónica” (como lo arma Aristóteles) de
toda la ciencia moral, la única que tiene razón de verdadera sabiduría
en el orden práctico.
10.- Examinemos ahora la política en tanto que arte. Luego at
least del nominalismo del siglo XIV y de Pico de la Mirándola en el
Renacimiento, una voluntad de autonomía radical se desarrolla a tra-
vés de todo el Occidente. El Renacimiento y la Reforma opusieron
el poder político al poder religioso, y aquel devino rápidamente una
cosa absoluta. Las teorías de Maquiavelo (a menudo mal compren-
didas), Althusius y Bodin, van a acentuar esta independencia de la
política erigida en el arte de tomar y de conservar el poder fuera de
toda referencia al bien común y a sus exigencias propias. La doctrina
de la causalidad del bien, causa causarum, cae en el olvido frente a
esta nueva política concebida como pura técnica amoral, que conduce
prácticamente a la instauración de las monarquías absolutas.
Al mismo tiempo, Descartes procede a la decapitación de la sabi-
duría especulativa y de la vida contemplativa en general en bene-
cio de esta otra “losofía práctica”, permitiendo que “nos volvamos
maestros y poseedores de la naturaleza (Discursos, VIª Parte). Hob-
bes toma el relevo: “El n de todo conocimiento es el poder… el ob-
jetivo de toda especulación es permitir alguna acción” (De Corpore).
Más tarde, Kant va a exaltar el primado de la libertad al mismo tiem-
po que enuncia su imperativo categórico, en el que el valor se toma
justamente de lo que es extraño a toda consideración del n (Funda-
mentos de la metafísica de las costumbres, IIº sección). Hegel pro-
clamará el reemplazo de la losofía como simple amor a la sabiduría
por “un saber efectivo” (Fenomenología del Espíritu, introd.). Y la
dialéctica marxista pone en su extremo este dinamismo interno hacia
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una libertad de independencia y autocreación respecto de todo bien
y de todo n, en medio de un devenir perpetuo, que el viejo Engels
explica así: “Esta losofía disuelve todas las nociones de verdad abso-
luta, denitiva, y las condiciones humanas que a ella corresponden.
No hay nada de denitivo, de absoluto, de sagrado, frente a ella” (L.
Feuerbach y el n de la losofía clásica alemana).
El hombre político que mejor ha captado este esfuerzo revolucio-
nario para emancipar la ratio ut ratio de toda subordinación al bien,
es Hitler: “Lo que queda del marxismo, es la voluntad de construcción
revolucionaria, que no tiene necesidad de apoyarse sobre las mule-
tas ideológicas y que se transforma en un instrumento de poder im-
placable para imponerse a las masas y al mundo entero… No hay n
preciso. Nada que sea jado de una vez por todas… Nosotros estamos
en movimiento. He aquí la frase que lo dice todo… El mundo es su
propio n. Pero nosotros sabemos, nosotros, que no hay nada deni-
tivo, que no hay nada durable, que hay evolución perpetua. Lo que no
se transforma es que está muerto. El presente es ya pasado. Pero el
porvenir es el río inagotable de posibilidades innitas de una creación
siempre nueva” (H. Rausching, Hitler m’ a dit, ed. Coopération, Paris,
1939, p. 212-213).
En tal perspectiva, se comprende que la esencia de este movimien-
to de revuelta no es otra cosa que la conversión del ser a la nada. Este
proceso comienza por “liberar” la razón práctica de la sujeción al ape-
tito recticado, asimilándola a la razón especulativa; luego esta últi-
ma niega toda dependencia en relación a lo real.
¿Parece ahora tan paradojal que nuestros expertos denan la po-
lítica en términos de “toma de conciencia” y de “neutralidad valora-
tiva”? La profunda coherencia de esta doble falla, crisis de la ciencia
política y crisis de las mismas instituciones, que se desarrolla du-
rante cinco siglos, ha permitido a Gandhi decir: “La democracia es
verdaderamente corrompida por las ideas falsas y los falsos ideales
que mueven a los hombres”. Pero la razón de esta tentación perma-
nente para el hombre, de asimilar la política a una pura técnica (de-
clive en el que la tecnocracia naciente no es sino la nueva crisálida),
no puede ser captada más que a la luz del carácter prudencial de la
acción política.
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11.- Hemos visto ya, que la verdad propia de la moral y de
la política es una verdad especulativa, incluso no ordenada a
una acción inmediata. Pero el orden práctico exige superar el
nivel de la ciencia moral para alcanzar un conocimiento inme-
diatamente ordenado a la ejecución de acciones singulares, lo
que demanda la intervención del apetito. Pero este concurso del
apetito aporta un elemento nuevo, a saber, que la verdad prác-
tica no se definirá como simple conformidad de la razón a lo
real, sino como conformidad al apetito recto. La rectificación
del apetito debe entenderse de dos maneras: Si se trata de una
acción que perfecciona al sujeto mismo, la rectificación es obra
de las virtudes morales. Y el discurso prudencial, que trata so-
bre la elección de los medios, presupone que el apetito desea
eficazmente el fin. Si se trata, por el contrario, de una acción
transitiva ordenada a la perfección de la obra a realizar, ella (la
rectificación del apetito) estará relevada en el arte (en el sentido
de techné) y el sujeto no tendrá necesidad de rectificarse más
que en relación a su efecto y no en sí mismo.
He ahí el más grande campo del artista en su dominio. Mien-
tras que la acción del prudente debe apuntar a un bien humano, y
esto como actividad permanente, el artista, él, puede no ejercitar
su arte, o decidir hacer cualquier cosa monstruosa, sin ver dis-
minuir por tanto su cualidad de artista. Queda que la amoralidad
intrínseca del arte, está subordinada al juicio moral en lo que
concierne al uso que se hace de la obra en cuestión. Se está ahora
en condiciones de comprender mejor que desde que se concibe a
la virtud del hombre político como una suerte de arte, ésta per-
manece mucho más libre en el empleo de los medios y así su sóla
eficacia “profesional” será su requisito, fuera de toda subordina-
ción al bien común.
12.- A la luz de las consideraciones precedentes, podemos
concluir:
a) Si se considera a la ética como sinónimo de ciencia moral, es
claro que la política no hace más que una con ella;
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b) Si por ética se entiende la exposición de los principios comunes
de la ciencia moral, la política no gozará más que de la autonomía
relativa de un tratado en relación a otro;
c) La ciencia política se distingue de la praxis política en que una
y otra responden a dos hábitos diferentes, ciencia y prudencia, pero
estrechamente ligados uno a otro.
Es así que la cuestión puesta por Rilke en el texto que precede a
esta comunicación, adquiere toda su signicación: “¿Por qué vive el
hombre, y evitando su destino, aspira a su destino?...”.
En la medida en que el hombre renuncia a la sabiduría especulati-
va (circa ea quae sunt homine meliora) y se revela contra las exigen-
cias de la verdad práctica para devenir su propio artesano y maestro,
él abdica de su dignidad y de su vocación propias y deviene en instru-
mento ciego de otros maestros también ciegos como él. Esta “huma-
nidad nueva” experimentará en carne propia, como nuestro tiempo
testimonia todo el rigor del principio de Hobbes: Auctoritas non ve-
ritas facit legem (La autoridad, no la verdad, hace la ley).