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Filópolis en Cristo N° 6 (2026) 179-188
ISSNL 3008-8844
Santo Tomás de Aquino, maestro de la Doctrina Social de la Iglesia
frente de un resultado que, desde el primer momento, existía ya, en
la imaginación del trabajador, bajo una forma ideal. Hasta tal punto,
para operar una modicación en la forma de las materias naturales es
que él realiza en estas materias su propio objetivo; este objetivo él lo
conoce de antemano, es la regla y la ley de su acción, y él está forzado
a subordinarle su propia voluntad” (El Capital, Libro I, 3ª parte, c. 5).
Esta ordenación al n en la acción humana, no es otra cosa que el
objeto propio del conocimiento moral. Esta referencia al n, garantiza
al mismo tiempo la autonomía cientíca de la moral frente a otras dis-
ciplinas teóricas o especulativas, tales como la psicología, que también
tratan sobre las operaciones del hombre, sin considerarlas, empero, en
su relación con los bienes humanos. Se sigue que la ética o moral es una
disciplina práctica por su objeto (v.g. los operables). Pero no es su-
ciente decir que una ciencia es práctica por su objeto para cerrar toda la
cuestión. Nosotros sabemos que una disciplina puede ser considerada
como teórica o práctica según un triple punto de vista: 1º por su objeto,
según que ella trate sobre alguna cosa necesaria o un operable; 2º por
su modo, según que ella proceda por vía de resolución o análisis (del
efecto en la causa, de la conclusión en su principio, de lo complejo en
lo simple), o según que ella proceda por vía de síntesis o composición
(de la causa al efecto, de lo simple a lo complejo); y 3º por su n, según
que se busque simplemente el conocer un objeto, o el conocer en vista
de orientar la acción del sujeto. A la luz de esta distinción, resulta que
la ciencia moral es práctica por su objeto (el obrar), por su modo de
conocer (sintético) y por su n (dirigir la acción).
4.- Falta decir que la moral no es completamente práctica en cuan-
to a su n, ya que ella no se ordena inmediatamente a la realización
de tal acción singular, estando limitada a permanecer en una cierta
generalidad. Esta limitación del conocimiento moral tiende, de una
parte, al extremo de la contingencia o variabilidad de su objeto y de
otra, a su carácter de ciencia. En efecto, toda ciencia trata sobre lo
universal mientras que el conocimiento moral perfecto trata sobre los
operables, v. gr. Los singulares. En vista de preservar la universali-
dad de sus conclusiones, ella debe mantenerse en una consideración
más o menos general del obrar humano. Además, para alcanzar la