
42 Filópolis en Cristo N° 6 (2026) 41-51
ISSNL 3008-8844
Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida
institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante
todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica,
consciente de que la misión conada al Sucesor del apóstol Pedro
como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los eles
(cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en
diálogo con los pueblos y con los Estados.
Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia Es-
paña, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida des-
de el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humani-
dad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes
de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la exis-
tencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a
la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones
y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de le-
gislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distin-
ción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente
desde esa conciencia, aporta una reexión nacida del deseo de servir al
bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la
convivencia (cf. Magnica humanitas, 18-19).
En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí
las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se con-
vierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diver-
sidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con
una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira
las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.
Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente
rica. Su identidad geográca y política se ha ido entretejiendo con una
historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y
el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus cate-
drales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones
jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una he-
rencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la
justicia y ordenar la vida común.
Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes pro-
clamó que “la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los