Filópolis en Cristo N° 6 (2026) 1-40
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Editorial
“Les aseguro que si mis discípulos callan,
gritarán las piedras” (Lc 19:40)
Jesucristo nos pide proclamar la Buena
Nueva con un lenguaje que haga más cer-
cano el mismo Evangelio de siempre a las
nuevas realidades culturales de hoy. Desde
la riqueza inagotable de Cristo, se han de
buscar las nuevas expresiones que permitan
evangelizar los ambientes marcados por la
cultura urbana e inculturar el Evangelio en
las nuevas formas de la cultura adveniente
(IV Conferencia General del Episcopado La-
tinoamericano, Santo Domingo: Conclusio-
nes, n. 30)
El Kerygma, núcleo fundante del Anuncio
de la Doctrina Social de la Iglesia
Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos
también a ustedes (1 Jn 1:3)
Desde el Instituto Enrique Shaw y su órgano de difusión, Filópolis
en Cristo, continuamos con alegría y entusiasmo nuestro objetivo de
anunciar la Doctrina Social de la Iglesia. Transitamos en el contex-
to eclesial caracterizado por el primer año del ponticado de León
XIV, que con su prédica y gestos pastorales va dándole una sonomía
propia a su servicio en la Sede Romana, en la que recogiendo y conti-
nuando el impulso de sus predecesores, enriquece el legado recibido
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con nuevas intuiciones, perspectivas y sugerentes enseñanzas doctri-
nales e iniciativas apostólicas.
En este marco, vienen a nuestro espíritu varios hechos signicati-
vos que marcan el camino en este 2026: la beaticación de Enrique
Shaw, nuestro Patrono (Cf. Shaw de Critto, 2024), y también la de
Fulton Sheen, el apóstol de la radio y la televisión (Cf. Fulton Sheen,
2015); las celebraciones por los 100 años del fallecimiento de Antonio
Gaudí (Cf. Sáenz, 2002) y los 200 años del nacimiento del Beato Fray
Mamerto Esquiú (cf. Caturelli, 1971); la evocación de los 40 años de la
publicación de la encíclica Augustinus Hipponensis, por el Papa San
Juan Pablo II en el XVI centenario de la Conversión de San Agustín;
el primer aniversario de la muerte del Papa Francisco (cf. Francisco,
2025); la recepción y difusión de la obra del Santo Cardenal John
Henry Newman, proclamado Doctor de la Iglesia y Co-Patrono de la
Educación por el Papa León XIV (Cf. Homilía del Sábado 1 de no-
viembre de 2025) y la publicación de la primera encíclica de este últi-
mo, programática de su ponticado, Magnica humanitas. Con todo,
las distintas efemérides que hemos mencionado y tantas otras que
también podríamos evocar, sólo tienen sentido si nos mueven hacia
Jesús. Para conocerlo mejor y para asemejarnos a Él, anunciándolo
entre los hombres.
La Iglesia, nacida del costado de Cristo, se ha hecho portadora de
una nueva esperanza sólida: Jesús de Nazaret, crucicado y resu-
citado, salvador del mundo, que está sentado a la derecha del Pa-
dre y es el juez de vivos y muertos. Este es el Kerygma, el anuncio
central de la fe. (Benedicto XVI, Audiencia General del miércoles
17 de octubre de 2012. Cursivas en el original)
En las páginas que siguen queremos reexionar, como lo hace-
mos siempre, a partir de la Palabra de Dios y, desde ella, y con la
ayuda del magisterio y de los autores en comunión con él, entrar
en diálogo con la realidad que nos circunda para entenderla e in-
tentar impregnarla con el espíritu de Jesús. Nos introducimos en
el Evangelio de la mano de Newman, que en uno de sus brillantes
textos, expresa:
3
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Cualquier página en la historia de nuestro Señor y Salvador es de
una insondable profundidad, y proporciona consideraciones ina-
gotables para la contemplación. Todo lo que al Señor se reere es
innito, y lo que observamos en una primera mirada es sólo la su-
percie de algo que comienza y termina en la eternidad. Sería pre-
suntuoso en alguien que no fuera un santo o un doctor de la Iglesia
comentar las palabras y acciones de Jesús, salvo que lo hiciese a
modo de meditación. Pero la meditación y la oración mental re-
presentan una necesidad tan notoria para todos los cristianos que
deseen su fe y amor hacia Él, que nos será permitido, hermanos
míos, bajo la guía de hombres santos que lo han hecho antes que
nosotros, jar la atención y extendernos en asunto más propio de
adorar que de investigar. (Newman, 1981, p. 315)
Esclarecidos por las palabras de Newman, jamos nuestra aten-
ción en un pasaje del Evangelio que nos servirá de meditación. Es
aquel texto que nos muestra cómo Jesús, al nal de su vida pública,
luego de haber predicado sin descanso por las distintas ciudades de
Israel, se dirige junto a sus discípulos hacia Jerusalén, que es la Mon-
taña de Sión, la Morada de Dios, la Ciudad del gran Rey (Sal 48:3),
para vivir allí su Pascua y consumar su Testimonio. La Ciudad Santa
(Mt 4:5) se conmueve, como sucediera treinta años atrás cuando unos
Sabios (los Reyes Magos), que venían desde lejanas tierras, ingresan
a ella en caravana y se dirigen al Palacio de Herodes para preguntar:
¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos
su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo. Al enterarse, el rey
Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén (Mt 2:1-3).
Resulta paradójico que enterado el Pueblo de Israel de la Buena No-
ticia del Advenimiento del Cristo, al que esperaba hacía siglos para su
redención, se susciten dos reacciones contradictorias en su seno. Por un
lado, los doctores y autoridades religiosas actúan con indiferencia y des-
dén, y luego de informar dónde nacería el Ungido conforme a las Pro-
fecías, se desentienden del Anuncio de su Nacimiento, que inauguraba
el inicio de los tiempos mesiánicos. Ocupados mezquinamente de sus
propios intereses, no se mueven a buscarlo ni a encontrarse con Él. Por
el contrario, serán unos humildes pastores los que invitados por otros
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emisarios, en este caso ángeles, que les anuncian que ha nacido un Sal-
vador, que es el Mesías, el Señor, irán prontamente a visitar y adorar
al Niño en Belén, la ciudad del Rey David1. Al ver a Jesús en el pesebre,
junto a María y a José, contaron lo que habían oído decir sobre Este
niño y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que de-
cían los pastores. Se transforman, de ese modo, en los primeros evange-
lizadores, es decir, Anunciadores de Cristo: luego de su Encuentro con
Jesús, los pastores volvieron al campo, junto a sus rebaños, alabando
y gloricando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al
Anuncio que habían recibido (cf. Lc 2:11.17-18.20).
Tres décadas luego del Nacimiento del Mesías, cumpliendo las
profecías que decían: No temas, hija de Sión; ya viene tu Rey, mon-
tado sobre la cría de una asna (Zac 9:9; cf. Isaías 62:11 y Jn 12:15),
se produce el ingreso apoteótico y triunfal de Jesús a la que el Pueblo
Elegido llamaba en su plegaria, la Ciudad de nuestro Dios (Sal 48:2) y
el propio Cristo la Ciudad del gran Rey (Mt 5:35), que nuevamente se
sobresalta: Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió,
y preguntaban: ¿Quién es Éste?. Y la gente respondía: Es Jesús, el
profeta de Nazaret en Galilea (Mt 21:10-11). Mientras ésto sucedía,
los discípulos Lo aclaman a viva voz con expresiones mesiánicas que
recogen de las Escrituras, asumiéndolas y dándoles su sentido deni-
tivo al identicar al Cristo, cuya identidad concreta era desconocida
y sólo vislumbrada entre sombras a la espera de su Llegada, con la
persona de Jesús: ¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor!
(Lc 19:38; cf Sal 118:26) y también: ¡Bendito sea el Reino que ya vie-
ne, el Reino de nuestro padre David! (Mc 11:10).
El Anuncio que Jesús, ese hombre que estaba allí frente a ellos, es
el Cristo, el Mesías Rey, irrita y provoca la inmediata y airada reac-
ción de algunos fariseos, que se encontraban entre la multitud, los
que dirigiéndose hipócritamente a Jesús, lo llaman Maestro (cuando
1
Señala Benedicto XVI: “Los Padres de la Iglesia dicen que el canto de los ángeles
en Navidad habría nacido de su gozosa sorpresa ante el hecho de que aquel Dios que
hasta entonces conocían en la gran sabiduría de las estructuras del cosmos, ese Dios
Creador, había entrado en la historia, se había hecho una gura dentro de la historia.
Esta gozosa sorpresa se realiza aquí de una manera muy concreta” (Benedicto XVI,
2025, pp. 111-112).
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no lo admitían como tal), para reclamarle que silencie a los Apóstoles:
Reprende a tus discípulos. Es decir, “ya que ellos te siguen y van a ha-
cer lo que les digas, ordénales que no te aclamen como Mesías porque
no lo eres”; aunque, en realidad, con su doblez habitual pensaban,
pero no lo decían: “nosotros, los dueños de la religión, no queremos
que Tú seas nuestro rey”. Y reciben la serena pero contundente res-
puesta de labios de Cristo: Les aseguro que si mis discípulos callan,
gritarán las piedras (Lc 19:39-40).
Antes de asentir a la proclamación mesiánica de los discípulos,
Jesús dice a los fariseos y a toda la multitud allí presente que Lo es-
cuchaba: Les aseguro, que es una expresión similar a otras que uti-
liza en diversas ocasiones, como en verdad les digo. Con ella está ra-
ticando la validez de los dichos de los Apóstoles, pues es tan cierto
lo que están diciendo sobre Él, que no es posible callarlos, porque al
hacerlo están cumpliendo las profecías que Lo anunciaban, señalan-
do el modo en que ingresaría a Jerusalén para consumar su misión
real y usando la expresiones que Israel atesoraba en las Escrituras.
La frase del Señor, cargada de enseñanzas perennes como todas
las suyas, puede ser contemplada teniendo en cuenta los cuatro per-
sonajes que intervienen en el suceso: está dirigida en primer lugar a
los fariseos, pero también a sus discípulos, allí presentes y, en ellos
y con ellos, a todos los que a lo largo de la historia profesan serlo,
repercutiendo, al n, sobre toda la Creación, simbolizada en las pie-
dras. Pero el eje central de todo el pasaje es la proclamación que
Jesús es el Rey Bendito que viene en nombre del Señor, el Mesías
esperado con expectación sobrenatural durante siglos. Verdad que
no puede ser ocultada y ha de constituir el Kerygma, esto es, el pri-
mer Anuncio, el núcleo fundamental del Evangelio, a partir del cual
ha de desplegarse todo el conjunto de verdades contenidas como
germen en él, y las consecuentes acciones pastorales y apostólicas
que también brotarán de él, como enseña Jesús: El Reino de los Cie-
los se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su
campo. En realidad, ésta es la más pequeña de las semillas, pero
cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en
un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse
en sus ramas (Mt 13:31-32).
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Los fariseos
Dios dice al malvado: ¿Cómo te atreves a pre-
gonar mis mandamientos y a mencionar mi
alianza con tu boca, tú que aborreces toda en-
señanza y te despreocupas de mis palabras?
(Sal 50:16-17)
El pasaje que meditamos, es uno de los tantos en que Jesús con-
fronta duramente con los fariseos, como lo había hecho ya el último
de los Profetas del Antiguo Testamento, Juan, el que bautizaba (cf.
Mt 3:7-9):
El Bautista es la rectitud moral y la humildad llevadas al heroís-
mo; él predica la ley natural así como su Bautizado número uno
promulgará más tarde la ley divina; los dos luchan contra la pseu-
do Ley anquilosada y corrompida de los fariseos (...) Juan denun-
ció a los fariseos como los peores corruptores de la religiosidad;
denuncia que había de retomar más tarde Jesucristo en pleno y en
gran estilo. (Castellani, El Evangelio de Jesucristo, pp. 333 y 341)
El enfrentamiento con el fariseísmo, presente ya en el Precursor,
llega a su cenit con Jesús. Pero no se limita a los tiempos de Cristo,
sino que continúa en la historia, en la que el fariseísmo sigue vivo
y combatiendo al Evangelio. Lo hace asumiendo diversos rostros,
como el que denuncia Esquiú, que se reere al fariseo bajo la forma
del murmurador, el intrigante, el calumniador, llamándolo “el Ha-
blador”. Dice el Beato, mostrando la pervivencia del fariseísmo en
su época:
No hay persona más propia que el Hablador, para darnos una idea
completa de lo que eran los Fariseos en el principio de nuestra era.
Aquel representa y dibuja a éstos en su interior con más perfec-
ción que un espejo el exterior de una gura que tiene por delante.
Si uno ayuna, si hace penitencia, si cubre sus lomos con pieles, lo
llamará hipócrita aunque sea el mismo San Juan Bautista. Si es
dulce, amable, franco, si asiste a las mesas y convites de los pe-
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cadores para ganar primero sus simpatías y después sus almas, al
mismo Jesucristo lo llamará borracho. (Esquiú, 2022, p. 119)
Y luego pasa a describir su interior:
El Hablador tiene la piel de oveja, pero es de lobo su corazón.
Ostenta ser religioso, y es un ser impío, un ateo que ni en Dios ni
en el diablo cree. Las palabras de virtud y santidad no se le caen
de los labios; pero es un ser corrompido e inmoral. ¿Queréis saber
cuál es el Hablador? No hay regla sin excepción; pero ese indivi-
duo, que al entrar en una casa dice Deo gratias; que cuando nom-
bra al demonio añade: que Dios nos libre de él; que habla siempre
de victorias en las tentaciones; que nunca mira en la cara a las
mujeres…; que carga un famoso Rosario; que se hinca delante del
santo más grande cuando está en la iglesia; que besa la tierra, se da
golpes en el pecho; que suspira de un modo que todos le oigan; ese
es hipócrita, ese es Hablador, porque son cualidades inseparables,
y como indivisas. (Esquiú, 2022, p. 120. Cursivas en el original)
La lucha de Jesús contra el fariseísmo debe ser adecuadamente
entendida. Porque el fariseísmo no es meramente un grupo religioso
más de la época de Cristo, al modo de los saduceos, los zelotes o los
escribas y que, como éstos, ya no existiría en la actualidad. En reali-
dad, es un mal espíritu que en aquellos tiempos estaba corporizado
en ese núcleo humano pseudo-religioso de gran inuencia en Israel.
Por ello, su presencia en el ingreso mesiánico de Jesús a Jerusalén, no
fue un hecho casual ni azaroso. Los fariseos estaban allí como estu-
vieron toda la vida de Jesús, pero no para escucharlo, acompañarlo y
seguirlo, sino para enfrentarlo, cuestionarlo y obstaculizar su misión.
Más aún, su indignación ante la aclamación con que los discípulos y
la multitud celebraba la epifanía mesiánica de Cristo, era previsible
y no podía estar ausente en un momento fundamental de la vida del
Señor, en que cumpliéndose los oráculos proféticos, era reconocido
en la Ciudad Santa, como el Rey Bendito que viene en nombre del
Señor. Mostraban, una vez más, ser los enemigos de Jesús y su recha-
zo a los designios del Padre: Ustedes son de aquí abajo, Yo Soy de lo
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alto. Ustedes son de este mundo, Yo no soy de este mundo. Por eso les
he dicho: Ustedes morirán en sus pecados. Porque si no creen que Yo
Soy, morirán en sus pecados (Jn 8:23-24).
Con la expresión “fariseo” (que es quien está contaminado por
el virus del fariseísmo), ha sucedido lo que con otras palabras anti-
guas, como “sosta”, que originariamente hacía referencia a unos
pensadores griegos, en razón del origen del vocablo sophós: sabio
(que era como ellos mismos se autopercibían, sin serlo), pero que
con el paso del tiempo se asimila a quien voluntariamente distor-
siona el lenguaje argumentando torcidamente con una apariencia
de objetividad, cuando en realidad quiere engañar al interlocutor
(cf. Genta, 1949 y Fraile-Urdanoz, 1982, pp. 224-237). O con la
expresión “cínico”, con la cual, también en Grecia, se denomina-
ba a un grupo de pensadores que profesaban el cinismo, palabra
que “ha quedado en el lenguaje común para designar precisamente
cierta desfachatez o descaro” (cf. Abbagnano, 1996, p. 170; Fraile-
Urdanoz, 1982, pp. 269-274). Análogamente, hoy “fariseo” es una
expresión para denostar al hipócrita, al falso, al mentiroso. Y esa
caracterización actual deriva del sentido que Cristo le impuso y
que, a partir de Él, se ha difundido en diversos ámbitos hasta lle-
gar a nosotros2. En efecto, el signicado profundo de la expresión
“fariseo” y, en consecuencia de “fariseísmo”, es religioso, pues toca
la relación más importante del hombre, la relación con Dios, a la
que adultera y falsica. El fariseísmo, la soberbia religiosa, es un
mal espíritu que pervive en la historia: Jesús les hacía esta reco-
mendación: Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos
(Mc 8:15), es decir de su hipocresía, que puede contaminar incluso
las mejores y más sinceras iniciativas si no estamos atentos a no
dejar que las intoxique.
2
En el plano de la ética, ha sido Max Scheler quien usa la expresión “fariseísmo
para describir una mentalidad formalista, rígida, fría, que impone el cumplimiento
de reglas de conducta duras, ásperas, incluso inhumanas (cf. Scheler, 2025 y Wojtyla,
K., 1982). También la literatura ha dado su testimonio respecto del fariseísmo, por
ejemplo a través del Premio Nobel de Literatura de 1952, François Mauriac (cf. su
obra La Farisea, 1965 y Rodríguez Quesada, A. F., 2020, pp. 148-188).
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En lo que consideramos una de sus grandes intuiciones teológicas,
Castellani dedica numerosas páginas a reexionar sobre el “fenóme-
no farisaico” (cf. Castro de Dios, J. A., 2020)3. Son sus palabras:
La vida de Cristo no fue un idilio ni una elegía sino un drama:
no hay drama sin antagonista. El antagonista de Cristo, en apa-
riencia vencedor, fue el fariseísmo (...) Es la soberbia religiosa;
es la corrupción más sutil y peligrosa de la verdad más grande: la
verdad de que los valores religiosos son los primeros. Pero en el
momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el mo-
mento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, deja de ser
de nadie, si es que no deviene propiedad del diablo. (Castellani,
2020, pp. 43 y 44)
Quien profesa esa impostura es “el fariseo”, o sea,
El hombre de la práctica y de la voluntad, es decir el gran casuista
y el gran observante. El fariseo verdadero no lleva antifaz; es todo
él un antifaz. Su natura se ha vuelto máscara, miente con toda na-
turalidad pues ha comenzado por mentirse a sí mismo. Lo que él
simula, que es la santidad, y lo que él es, el egoísmo, se han amal-
gamado, se han fundido y se han hecho un espantoso veneno que
de suyo no tiene antídoto alguno. (Castellani, 2020, pp. 44-45)
En una notable coincidencia con Castellani (que sin dudas brota
de una idéntica disposición contemplativa frente al misterio de Cris-
to), Benedicto XVI se reere al fariseísmo al comentar el Evangelio
que relata el pasaje de la Mujer Adúltera. Cuando Jesús escribe en la
tierra luego de decirles a los acusadores que el que esté libre de peca-
do le arroje la primera piedra, Benedicto XVI expresa que los escribas
y fariseos
3
Castellani lo aborda desde diversas perspectivas, tales como la literaria (cf. 1978,
pp. 271-280), la política (cf. 1984, pp. 154-163), la psicológica (cf. Lecciones de Psico-
logía Humana, p. 385, en la que remite a los lugares del texto que se reeren al fariseo
o al fariseísmo), o la teológica (2019, pp. 245-252 y 379-386).
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Ante los ojos de Cristo, comprenden que Él conoce su corazón,
que Él sabe lo que hay en su interior, y así cae la máscara de su
falso moralismo. Ante la presencia silenciosa, ante la mirada de
Jesús, esa máscara bajo la que vivían ya no es verdadera, cae; com-
prenden que su moralismo es en realidad hipocresía. (Benedicto
XVI, 2025, p. 141. Cursivas en el original)
E insiste, describiendo la falsedad de los fariseos y la continuidad
de su espíritu en el devenir histórico hasta nuestros días:
Ese moralismo es querer ser jueces de los demás; ellos quieren
demostrar que Jesús no es el verdadero profeta, quieren que
Jesús cometa un error: o hacer lapidar a la mujer y es cruel, o
es misericordioso y va contra la Ley. Ese moralismo no busca
la moral, porque en realidad no se preocupa por el bien, no se
indigna ante el mal, sino que es una forma de juzgar a los demás,
una manera de estar contentos con el mal del mundo, para poder
hablar de él y denigrar a los demás. Conocemos estos moralismos
también en nuestro tiempo, cuando se esconden bajo la máscara
moral de la lucha por la verdad, por la transparencia, pero en
el fondo quieren destruir y se regocijan con el mal, porque ellos
mismos viven en el mal. Jesús ha destruido esa máscara. Sólo
si esa máscara de la hipocresía cae, la vida nueva puede triunfar,
hay conversión. En este sentido, el Señor también dice a la mu-
jer: Vete y no peques más -Jn 8:11-. También ella debe comenzar
un camino nuevo. (Benedicto XVI, 2025, pp. 141-142. Cursivas
en el original)
La gura farisaica, sus expresiones, sus gestos, sus actitudes, se
encuentra retratada en las Escrituras. Lucas describe a los fariseos
como algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás
(Lc 18:1). Por ello, Newman expresa: “Así sucedía con el fariseo en
los tiempos del Evangelio. Se miraba a sí mismo con gran compla-
cencia… Él agradecía a Dios ser fariseo y no un penitente” (2020, pp.
55-56). Y sigue, señalando la subsistencia de ese tipo humano más
allá de la época de Cristo, en la suya propia:
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Tales personas caminan guiadas por su propia luz, no por la Ver-
dadera Luz de los hombres, porque el yo es su maestro supremo,
y porque dan vueltas en el pequeño círculo de sus propios pen-
samientos y juicios, indiferentes a conocer lo que Dios les dice, y
sin temor a ser condenados por Él, sólo aprobados a sus ojos. Y
entonces reciben la fuerza de esas terribles palabras, dichas no a
un gobernante judío ni a un lósofo pagano, sino a una comuni-
dad cristiana caída, a los cristianos farisaicos de Laodicea: ‘Dices
que eres rico, que tienes abundancia y no te falta nada; y no te
das cuenta de que eres desgraciado, miserable y pobre, ciego y
desnudo. Te aconsejo que me compres oro renado para enrique-
certe, vestidos blancos para cubrirte, y no enseñar desnudas tus
vergüenzas, y medicina para ungirte los ojos y poder ver. A los
que amo, los reprendo y corrijo. Sé fervoroso y arrepiéntete’ —Ap
3:17-19—. (Newman, 2020, p. 59. Cursivas nuestras)
Veamos algunos pasajes evangélicos que describen la sonomía
farisaica.
En una ocasión (cf. Lc 16:9-15), mientras predicaba y enseñaba
que nadie puede servir a dos señores, Jesús dijo: No se puede servir
a Dios y al Dinero. Los fariseos, allí presentes, escuchaban todo esto.
Y lo entendían, no podían decir que no sabían, que nadie se los ha-
bía dicho. Pero por su soberbia (desorden moral que los había hecho
amigos del dinero), la Palabra no les hace mella y no puede entrar a
sus corazones y, entonces, se burlaban de Jesús. Jesús lo sabe y, re-
tengamos su delicada descripción de la actitud farisaica, les recrimi-
na que sean simuladores y falsarios pues aparentan ser rectos ante
los hombres, sin que lo sean. Y les aconseja que no sean ilusos, ni se
engañen a sí mismos, ya que a Dios (o sea a Él mismo) no pueden
engañarlo, porque conoce sus corazones, es decir, su interioridad, sus
verdaderas convicciones retorcidas, advirtiéndoles que esa actitud es
despreciable para Dios.
En otro lugar, Jesús encuentra en una sinagoga a un hombre que
tenía la mano seca: los fariseos observaban atentamente a Jesús
para ver si lo curaba en sábado, con el n de acusarlo. Jesús llama al
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hombre y les pregunta a los fariseos: ¿Está permitido en sábado ha-
cer el bien o el mal, salvar una vida o perderla? Pero ellos callaron.
El Evangelio continúa diciendo que Jesús, ante el silencio farisaico,
dirigió sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por
la dureza de su corazón, curó al enfermo. Entonces, los fariseos sa-
lieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de
acabar con Él (cf. Marcos 3:1-6). Jesús lo sabe y se los dice: Tratan
de matarme porque mi Palabra no penetra en ustedes (Jn 8:37), e
insiste: quieren matarme a Mí, al Hombre que les dice la verdad que
ha oído de Dios (Jn 8:40).
Estos y otros numerosos pasajes, permiten comprender la dureza
del lenguaje de Jesús cuando se dirige a la secta farisaica y las tre-
mendas palabras que les echa en cara en el célebre texto de Mateo
(23:13-39), conocido como el “Elenco contra los Fariseos”, que con-
cluye profetizando su conversión sólo cuando reconozcan la verdad
que los Discípulos habían proclamado en la entrada mesiánica a Je-
rusalén, haciéndose eco de la plegaria de los Salmos: Les aseguro que
ya no me verán más, hasta que digan: ¡Bendito sea el Rey que viene
en nombre del Señor! (Mt 23:39). Las exclamaciones de los Apóstoles
no podían ser calladas entonces, el Domingo de Ramos, ni tampo-
co a lo largo de la historia, y serán una señal, al n de los tiempos,
dice Cristo, de la conversión de Israel. Ésto sucederá cuando quienes,
atrapados por el espíritu farisaico, puedan desprenderse de él y re-
conozcan en Jesús al Enviado de Dios, al Mesías Rey: Si el Hijo los
libera, ustedes serán realmente libres (Jn 8:36).
Con todo, aun siéndolo de un modo gravísimo, el fariseísmo,
como “todo error está fundado en una verdad u otra, y de ella vive”
(Newman, 2019, p. 244)4. La parte de verdad de los fariseos, con-
4 Ejemplicando histórica y doctrinalmente su armación con los sucesos de la
Reforma Luterana, Newman continúa: “el protestantismo, tan difundido y tan te-
naz, debe tener en sí mismo y proclamar alguna verdad grande o muchas verdades
(idem). Igualmente lo sostiene Castellani: “el Protestantismo se llevó cautivas una
cantidad de nociones -o digamos más bien de esencias- cristianas, que el Catolicismo
necesitaba y que el Catolicismo abandonó y aun combatió, viéndolas convertidas en
‘herejías’: como por ejemplo, la lectura y el estudio de la BIBLIA, tan intenso en los
Santos Padres” (Castellani, 2004, p. 264. Mayúsculas y cursivas en el original).
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fundida por su amor propio desordenado que los enceguece, es el
celo por Dios, pero un celo mal entendido. Porque desconociendo
la justicia de Dios y tratando de armar la suya propia, rehusa-
ron someterse a la justicia de Dios, ya que el término de la Ley
es Cristo, para justicación de todo el que cree (Rm 10:1-4). Ese
deseo de conocer y vivir la verdad, de servir a Dios, es el que llevó
a muchos fariseos, cuando pudieron despojarse de su fariseísmo, a
convertirse y reconocer a Cristo, como José de Arimatea o Nicode-
mo, o el más grande de todos, el fariseo Saulo, que se transforma,
luego de su Encuentro con Jesús, en el Apóstol Pablo: Si alguien
cree que puede conar en la carne, yo puedo hacerlo con mayor
razón: circuncidado al octavo día; de la raza de Israel y de la tri-
bu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, un
fariseo; por el ardor de mi celo, perseguidor de la Iglesia; y en lo
que se reere a la justicia que procede de la Ley, de una conduc-
ta irreprochable. Pero todo lo que hasta ahora consideraba una
ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. Más aún, todo
me parece una desventaja comparado con el inapreciable conoci-
miento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él he sacricado todas las
cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a
Cristo (Fp 3:4-8).
En los casos en que se producen las conversiones de los que están
apresados por el fariseísmo, no se trata de actos voluntaristas de su
parte, sino de la acción del Espíritu de Dios, que es Quien “introdu-
ce en la religión la verdadera devoción, el verdadero culto, y cambia
a los fariseos autosatisfechos en publicanos autoabatidos de corazón
desgarrado… Estamos contentos con nosotros mismos hasta que le
contemplamos a Él” (Newman, 2020, p. 60). En efecto, como expresa
Benedicto XVI:
El acto fundamental de un cristiano es el encuentro con Jesús y, en
Jesús, con la Palabra de Dios que es una Persona. Al encontrarnos
con Jesús, nos encontramos con la verdad, con el amor de Dios, y
así la relación de amistad se convierte en amor, crece nuestra co-
munión con Dios, somos realmente creyentes y nos convertimos
en santos. (Benedicto XVI, 2025, p. 47)
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Los discípulos
Que Dios nos allane el camino
para anunciar el misterio de Cristo
… y para que yo sepa pregonarlo
en la debida forma (Col 4:3-4)
En el pasaje que meditamos, además de los fariseos, tienen un lu-
gar relevante los discípulos, no sólo porque acompañan a Jesús en
su entrada triunfal a Jerusalén, sino porque lo hacen activamente en
el marco de un clima festivo, aclamándolo como el Rey Bendito que
viene en nombre del Señor. Así debe ser Anunciado Cristo, como Rey,
con alegría en los rostros y con palabras proclamadas sin miedo y en
alta voz, como reejo de la Fe, la Esperanza y la Caridad que anidan
en el corazón del creyente. Si bien se mira, son los discípulos los ver-
daderos destinatarios de las palabras de Jesús.
Cristo, al hablar de mis discípulos, corrobora que no es una equivo-
cación de los fariseos hablar de ellos en esos términos. Efectivamente,
existen personas que ven en Él al Mesías. Son los que dicen seguirlo,
los que quieren acompañarlo y vivir sus enseñanzas. Ayer, y también
hoy. Porque este pasaje del Evangelio, como todos, puede y debe ser
aplicado a nuestro tiempo, fecundándolo. El Señor también nos llama
a nosotros, aquí y ahora, cristianos del Siglo XXI, mis discípulos, y
también nos exige que proclamemos con fervor y públicamente en las
ciudades, que Él es el Mesías y anunciemos en nuestro tiempo: ¡Ben-
dito sea el Rey que viene en nombre del Señor!
Si bien contesta a los fariseos, las palabras de Jesús implican mu-
cho más que una simple respuesta: primero, que Él sí es el Mesías, les
guste o no, lo acepten o no, los fariseos. Y, además, que no va a callar
a sus discípulos porque no están diciendo nada que no sea cierto, sino
todo lo contrario, por cuanto la Profecía del Antiguo Testamento está
cumpliéndose en esos momentos con su epifanía mesiánica. Efectiva-
mente, Él es el Rey bendito que viene en el nombre del Señor. Y es tan
cierto esto, que por ese motivo quienes Lo siguen, sus discípulos, si
quieren seguir siéndolo, deben proclamarlo a los cuatro vientos. De-
ben hacerlo. No pueden dejar de hacerlo. Es una condición inherente
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a todo seguidor de Jesús, el Anunciarlo como Cristo. Y si ellos no lo
hacen, por la fuerza misma de Su poder, Dios puede transformar a
cualquier criatura en hijo de Abraham, es decir, un seguidor y procla-
mador de Cristo: Al ver que muchos fariseos y saduceos se acerca-
ban a recibir su bautismo, Juan les dijo: ‘Raza de víboras, ¿quién les
enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto
de una sincera conversión, y no se contenten con decir: ‘Tenemos
por padre a Abraham’. Porque Yo les digo que de estas piedras Dios
puede hacer surgir hijos de Abraham (Mt 3:7-9). Estas palabras de
Juan, el Bautista, se entienden mejor a la luz de otras que pronun-
cia Jesús, discutiendo con los fariseos, en las que Cristo se proclama
como Dios y, por tanto, investido del poder de convertir a cualquier
criatura en discípulo suyo: Abraham, el padre de ustedes, se estre-
meció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría.
Los judíos le dijeron: ‘Todavía no tienes cincuenta años ¿y has visto
a Abraham?’. Jesús respondió: ‘Les aseguro que desde antes que na-
ciera Abraham, Yo Soy’ (Jn 8:56-58).
Junto a sus discípulos, otras gentes venidas de varios lugares para
la celebración, se contagian de la alegría que transmiten los apóstoles
y también aclaman a Jesús: es un ejemplo del efecto del testimonio
cuando éste es alegre, seguro y fundado en la Palabra. Es la conse-
cuencia de la evangelización que difunde a Cristo por atracción no por
proselitismo (Cf. Benedicto XVI, Homilía del domingo 13 de Mayo
de 2007, en la Misa de Inauguración de la V Conferencia General del
Episcopado y del Caribe, en Aparecida, Brasil).
Si verdaderamente queremos que Cristo nos considere mis discí-
pulos, es necesario estar atentos a no dejarnos invadir por el espíritu
farisaico:
Debemos tener presente que también para nosotros, cristianos,
existe la misma tentación, el mismo peligro que existía en el Anti-
guo Testamento: también un cristiano puede llegar a una actitud
en que la religión cristiana se considere como un paquete de nor-
mas, de prohibiciones y de normas positivas, de prescripciones.
Se puede llegar a la idea de que se trata solo de ejecutar prescrip-
ciones impersonales y así perfeccionarse; pero haciendo esto, se
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vacía el fondo personal de la Palabra de Dios y se llega a una cierta
amargura y dureza del corazón. (Benedicto XVI, 2025, p. 50)
El hombre que deja atrás el fariseísmo y se abre al Encuentro con
Jesús, es el hombre pleno, que no sólo vive personalmente con alegría
su adhesión a la Fe, sino que también la irradia entre sus coetáneos,
en los diversos ámbitos en los que se inserta su vida. Es aquel que ha
recibido y se ha dejado vivicar por la Semilla arrojada al mundo por
el Sembrador que había salido a sembrar-Se. Ese
Es el hombre cuya vida predica el Evangelio sin muchas palabras;
que cuando habla del sufrimiento, sabe lo que es sufrir; cuando
habla de la renuncia, sabe lo que es renunciar; cuando habla del
martirio, sabe lo que es el martirio; y cuando habla del Amor de
Dios, dichoso él, sabe lo que es el Amor. (Castellani, El Evangelio
de Jesucristo, p. 123)
Las piedras
Pero además de los discípulos, al nal del pasaje que meditamos,
Jesús alude a las piedras. Esta expresión es muy usual en las Escritu-
ras, como símbolo de fortaleza, de cimientos sólidos, como aquel hom-
bre al que se reere Jesús, que edicó su casa sobre roca (Mt 7: 24).
Las piedras forman parte de la Creación, y como criaturas que son,
salidas de la mano del Creador para cumplir una misión en el Desig-
nio Divino, pueden honrar a Dios siendo usadas para su mayor gloria,
como sucede con la construcción de edicios para el culto como los
templos y catedrales, como lo hiciera Antoni Gaudí (cf. Tarragona i
Clarasó, 2016): Toda la creación espera ansiosamente esta revela-
ción de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no volunta-
riamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una
esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavi-
tud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los
hijos de Dios (Rm 8:19-21).
El hombre, varón y mujer, es la criatura a la que Dios le encomien-
da guardar y cultivar la Creación. El magisterio llama a esto “eco-
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logía integral” (cf. en el magisterio: Francisco, Laudato si y Laudate
Deum. Entre los autores: cf. Declercq, C., 2023, pp. 97-122 y von
Büren, R., 2024, pp. 35-70). Y ello signica no sólo protegerlas de
su destrucción, sino también colaborar para que todas las criaturas
puedan desplegar integralmente sus potencialidades entitativas, al-
canzando su plenitud (cf Shaw, 2022).
También la expresión “piedra” está asociada al misterio de la Igle-
sia. Y así, cuando Jesús designa a Simón, hijo de Juan, como Jefe de
su Comunidad, expresa: Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta pie-
dra edicaré mi Iglesia (Mt 16:18). San Pablo, por su parte, hablando
de nuestro cuerpo como templo, enseña: Eviten la fornicación. Cual-
quier otro pecado cometido por el hombre es exterior a su cuerpo,
pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que
sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y
que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen,
sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Gloriquen entonces a
Dios en sus cuerpos (1 Cor 6:18-20). Y uniendo bajo una gura arqui-
tectónica a todos los cristianos junto a Cristo, expresa: Ustedes están
edicados sobre los Apóstoles y los Profetas, que son los cimientos,
mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el
edicio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo san-
to en el Señor. En Él, también ustedes son incorporados al edicio,
para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu (Ef 2:20-22).
Pero más allá de otras metáforas o analogías, en realidad, Jesús es
la piedra que sostiene todo y la que puede transformar al hombre, a
cualquier hombre, en cristiano, como enseña Pedro:
Al acercarse a Él, la piedra viva, rechazada por los hombres pero
elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera
de piedras vivas, son edicados como una casa espiritual, para
ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacricios espirituales,
agradables a Dios por Jesucristo. Porque dice la Escritura: ‘Yo
pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa: el que de-
posita su conanza en ella, no será confundido’. Por lo tanto, a
ustedes, los que creen, les corresponde el honor. En cambio, para
los incrédulos, la piedra que los constructores rechazaron ha lle-
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gado a ser la piedra angular: piedra de tropiezo y roca de es-
cándalo. Ellos tropiezan porque no creen en la Palabra: esa es la
suerte que les está reservada (1 Pe 2:4-8)
Si los discípulos de Jesús callan y dejar de proclamar el Kerygma,
el Señor, con su poder de transformar las cosas, hará que la Creación
a través de su armonía y belleza sea la que dé testimonio de Él.
Cimentados en Cristo la piedra viva experimentamos la acción po-
derosa y misteriosa del Espíritu Santo y creemos que todo esfuerzo
humano auténtico por cooperar con Él en pro del bien, será bende-
cido por el Padre celestial en quien ponemos nuestra esperanza.
(León XIV, Magnica humanitas, n. 2)
Jesús, el Rey Bendito que viene en el nombre del Señor
Más allá de los fariseos, de los discípulos y de las piedras, el per-
sonaje central del pasaje que meditamos es Jesús, el Cristo, el Rey
Bendito que viene en el nombre del Señor. Es Él, y no otro, el Enviado
por el Padre para redimir al hombre: Este es mi Hijo muy querido, en
quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo (Mt 17:5). Debemos
escuchar a Jesús, al que reconocemos como el Rey Mesías que viene
en nombre de Dios, como sucedía hace 2000 años y debe ser igual-
mente hoy: Todo el pueblo Lo escuchaba y estaba pendiente de Sus
Palabras (Lc 19:48). Enseña el magisterio:
El primer imperativo de nuestra vida humana es escuchar a Cristo.
Debemos siempre de nuevo escuchar su Palabra, escucharla con
humilde obediencia, escucharla con la disposición de la mente y
del corazón. Escuchar (...) Al escuchar a Jesús, no escuchamos a
una sola persona, sino a toda la historia de la verdad, y escucha-
mos al mismo Dios. (Benedicto XVI, 2025, pp. 81 y 82. Cursivas
en el original)
La expresión Bendito el Rey que viene en nombre del Señor, con
la que los discípulos y la multitud se reeren a Jesús, reconociéndolo
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como el Mesías, forma parte del primer Anuncio de Cristo, del Keryg-
ma. Que tiene una dimensión individual y otra comunitaria, desde
las cuales se edican los fundamentos de la Doctrina Social de la Igle-
sia (nos hemos referido al Kerygma en las Editoriales de Filópolis en
Cristo n. 1, 2023, pp. 1-12 y n. 2, 2024, pp. 1-22, a las que remitimos y
que aquí retomamos y continuamos).
El Kerygma evangélico y su dimensión social
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro
y renueva en mi interior un espíritu rme.
Señor, abre mis labios y mi boca
proclamará tu alabanza (Sal 51:12.17)
El Anuncio del Kerygma, la proclamación en privado y en pú-
blico, que Jesús es el Rey Bendito que viene en nombre del Señor,
tiene por nalidad que Cristo sea conocido, acogido y seguido por
los hombres, las familias, las sociedades y los Estados. Enseña San
Juan Pablo II:
El modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus
preceptos constituyen la regla moral de la vida cristiana. (En
efecto), seguir a Cristo es el fundamento esencial y original
de la moral cristiana… No se trata aquí solamente de escu-
char una enseñanza y de cumplir un gran mandamiento, sino
de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de
Jesús (...) Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque
afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser dis-
cípulo de Jesús significa hacerse conforme a Él. (San Juan Pa-
blo II, Veritatis Splendor, nn. 20-21. Cursivas en el original.
Paréntesis nuestros)
La profundización, en clave cristológica, de las enseñanzas ecle-
siales sobre los asuntos sociales (que se inspiran, sostienen y proyec-
tan desde el Señor, su fuente nutricia principal), nos hará capaces
de encontrar palabras adecuadas para anunciar resueltamente el
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misterio del Evangelio (Ef 6:19), y dar un genuino y ecaz testi-
monio personal en todos los ámbitos de las realidades temporales,
como nos exige nuestra condición de cristianos.
Para entender, exponer y vivir adecuadamente las verdades,
los principios y los valores que conforman la rica sabiduría social
católica, debemos partir del inicio, del centro focal de la exis-
tencia y del impulso apostólico y, desde él, desplegar todas las
virtualidades allí contenidas: “La misión de la Iglesia es el anun-
cio del Kerygma de la salvación obtenida para todos por Cris-
to crucificado y resucitado” (Comisión Teológica Internacional,
Dignidad y derechos de la persona humana, n. 1). El Kerygma
evangélico tiene como núcleo esencial que Jesús, el Cristo, Hijo
de Dios e hijo del hombre, que fue crucificado por nuestros pe-
cados y resucitó para nuestra justificación, es el Mesías. Él es el
Rey Bendito que viene en el nombre del Señor, que reina sobre
todo el hombre (su inteligencia, su voluntad y sus afectos, su vida
privada y su vida pública) y sobre todos los hombres (en cual-
quier lugar y condición), pero también “sobre toda la creación y,
en particular, sobre las sociedades humanas” (Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 2105).
Los cristianos hemos sido enviados a predicar al pueblo y a
atestiguar que Cristo fue constituido por Dios, Juez de vivos y
muertos. Todos los Profetas dan testimonio de Él (Hch 10:42-43).
Las multiformes manifestaciones de la vida de la Iglesia y su mi-
sionareidad, actualizadas a su modo por cada uno de sus miem-
bros (sacerdotes, religiosos y laicos), se enraízan en esta verdad
liminar y, desde ella, se construyen, consolidan y alimentan conti-
nuamente y sin cesar.
El Kerygma no sólo es una etapa, sino el hilo conductor de un pro-
ceso que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo. Sin el
Kerygma, los demás aspectos de este proceso están condenados a la
esterilidad, sin corazones verdaderamente convertidos al Señor. Sólo
desde el Kerygma se da la posibilidad de una iniciación cristiana ver-
dadera. Por eso la Iglesia ha de tenerlo presente en todas sus acciones.
(V Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe, Documento
de Aparecida, n. 278)
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El Evangelio no es una abstracción sino una Persona, Jesús,
Cristo Rey, y su enseñanza, que refracta sobre lo temporal
Vivirán y reinarán por medio de un solo
hombre, Jesucristo, aquellos que han recibi-
do abundantemente la gracia y el don de la
justicia (Rm 5:17)
En uno de sus más importantes y actuales documentos sobre la pe-
renne validez del mandato evangelizador, enseña San Juan Pablo II:
Marcos presenta la misión como proclamación o Kerygma: ‘Pro-
clamen la Buena Nueva’ —Mc 16:15—. Objetivo del evangelista
es guiar a sus lectores a repetir la confesión de Pedro: ‘Tú eres el
Cristo’ —Mc 8:29— y proclamar, como el Centurión romano de-
lante de Jesús muerto en la cruz: ‘Verdaderamente este hombre
era Hijo de Dios’ —Mc 15:39—. (Redemptoris Missio, n. 23)
La esencia del cristianismo es Cristo: “Cuando seguimos a Aris-
tóteles, seguimos el sistema de Aristóteles: pero cuando seguimos
a Cristo, seguimos a la persona de Cristo” (Castellani, 2019, p. 425.
Cursivas en el original). Claro que nuestra religión cuenta con sus
dogmas, su moral y su culto. Pero todos ellos se desprenden del Se-
ñor, en Quien adquieren su verdadero sentido: “Cuando rezamos,
no rezamos a un agregado de nociones, ni a un credo, sino a un Ser
concreto. Y cuando hablamos de Él, hablamos de una Persona, no
de una ley o de un enunciado” (Newman, 1991, p. 38). Sólo cuando
permitimos que Jesús entre en nuestras vidas, estamos en condicio-
nes de estimar en su justo valor, no sólo nuestra existencia personal,
sino también los vínculos solidarios con los demás e, incluso, con el
resto de las otras criaturas (minerales, vegetales, animales y ángeles),
salidas todas de la mano providente de nuestro Padre, Dios: “No se
comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino
por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un
nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Bene-
dicto XVI, Deus Caritas est, n. 1). Como expresa Hahn:
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Cuando uno comparte el Evangelio, se centra en el mensaje cris-
tiano básico, en la esencia de la Buena Nueva: quién es Cristo, lo
que nos ofrece y por qué necesitamos aquello que nos ofrece. Eso
es el Kerygma, el mensaje cristiano esencial. (Hahn, 2016, p. 50.
Cursivas en el original)
Situar en la rme y convencida adhesión a Cristo el fundamento
del cristianismo, permite luego, sí, elaborar una precisa y rigurosa
doctrina, que ordena orgánica y sistemáticamente la predicación y los
ejemplos del Señor y los desarrollos sapienciales y prudenciales que,
inspirados por el Espíritu Santo, ha efectuado la Iglesia a lo largo de la
historia: “El mismo cristianismo, manteniéndose el a su identidad y
al tesoro de verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se
reexpresa en el diálogo con la nuevas situaciones históricas, dejando
brotar así su eterna novedad” (Francisco, Laudato Si, n. 121). En ese
sentido, el impulso misionero de Pablo, en los orígenes de la Iglesia
es siempre ejemplar: “Hay que admirar el método de enseñanza del
apóstol y su capacidad de enraizar el kerigma evangélico en la cultura
de cada ambiente” (Wojtyla, K., 2020, pp. 41-42. Cursivas en el origi-
nal). Explayándose sobre el modo propio del Apóstol de los Gentiles
para hacer efectivo el Anuncio, expresa Benedicto XVI:
San Pablo atribuye mucha importancia a la formulación literal de la
tradición; al término del pasaje que estamos examinando subraya:
‘Tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos’ (1 Col 15:11), po-
niendo así de maniesto la unidad del Kerygma, del anuncio para
todos los creyentes y para todos los que anunciarán la resurrección
de Cristo. La Tradición a la que se une es la fuente a la que se debe
acudir. La originalidad de su cristología no va nunca en detrimento
de la delidad a la tradición. El Kerygma de los Apóstoles preside
siempre la re-elaboración personal de San Pablo; cada una de sus
argumentaciones parte de la tradición común, en la que se expresa
la fe compartida por todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. Así
San Pablo ofrece un modelo para todos los tiempos sobre cómo
hacer teología y cómo predicar. El teólogo, el predicador, no crea
nuevas visiones del mundo y de la vida, sino que está al servicio
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de la verdad transmitida. (Benedicto XVI, Audiencia General del
miércoles 5 de noviembre de 2008)
Para una adecuada comprensión del patrimonio doctrinal del que
participamos y que debemos asumir en nuestras vidas, no debemos
olvidar nunca que “esta doctrina no es un cúmulo de verdades abs-
tractas, es la comunicación del Misterio vivo de Dios” (San Juan Pa-
blo II, Catechesi Tradendae, n. 7). El mensaje evangélico del Señor,
del que somos portadores y testigos,
La doctrina de Cristo, no es un ‘sistema’, no es una combinación
lógica de ideas. Lo mismo que su autor, es una ‘idea Encarnada’.
Su autor mismo la asemejó a una ‘semilla’… (No es) una verdad
lógica de donde se pueden deducir sistemáticamente todas las
otras verdades religiosas, sino una verdad para hacer de donde
surgirán a medida que la vaya haciendo, como de un manantial
inagotable, otras innúmeras verdades sin término posible, y sin
variación tampoco. (Castellani, 2019, pp. 431 y 437-438. Cursivas
en el original)
Entre esas “verdades para hacer”, que se desprenden del Kerygma,
se cuentan las que se despliegan en la Doctrina Social de la Iglesia,
que es un corpus de enseñanzas completo, abierto y exible, que debe
ser puesto en acción por los cristianos, especialmente los laicos: “De
hecho, con esta doctrina, la Iglesia enseña un saber teórico-práctico
que sostiene el compromiso de transformación de la vida social, para
hacerla cada vez más conforme al diseño divino” (Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia, n. 530). La conducta privada y pública
del el, se inspira en ese maravilloso mensaje social, que nos enseña
que el obrar cristiano se orienta a cumplir aquella enseñanza que es
el corazón mismo de nuestra Fe y sin la cual, el Evangelio de Cristo
sería incomprensible: Les doy un mandamiento nuevo: ámense los
unos a los otros. Así como Yo los he amado, ámense los unos a los
otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos (Jn
13:34-35). Mandamiento que se proyecta sobre todas las realidades
del orden temporal, las personales, las familiares, las socioeconómi-
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cas, hasta inspirar una convivencia política fundada en el amor: “La
Ciudad Cristiana es la proyección sociopolítica de un impulso moral
que está inspirado en la caridad” (Calderón Bouchet, 1998, p. 243).
Enseña el magisterio:
El Kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el co-
razón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compro-
miso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una in-
mediata repercusión moral cuyo centro es la caridad. (Francisco,
Evangelii Gaudium, n. 177. Cursivas en el original)
Jesucristo es el Señor del cielo y de la tierra
Para nosotros no hay más que un solo Señor,
Jesucristo, por quien todo existe y por quien
nosotros existimos (1 Cor 8:6)
La dimensión social del anuncio evangélico se observa desde el
inicio de la predicación de Cristo, luego de las Tentaciones en el
Desierto y de la detención de Juan, el Bautista, cuando Jesús deja
Nazaret y se establece en Cafarnaúm, desde donde empieza a exhor-
tar al pueblo que lo escuchaba: A partir de ese momento, Jesús co-
mienza a proclamar: ¡Conviértanse, porque el Reino de los Cielos
está cerca (Mt 4:7). En estas primeras palabras públicas del Señor,
que expresan “lo más sustancial y denso del Kerygma, está todo un
orden cristiano que busca apoderarse de la totalidad del hombre en
sus manifestaciones interiores y exteriores, privadas y públicas… En
este núcleo germinativo del Kerygma está todo el orden de la vida
humana con sus estructuras de familia, sociedad y poder orientados
hacia la Iglesia de salud. No hay neutralidad frente a Jesucristo en
los problemas y en las realidades propiamente humanas. La civili-
zación, como civilización debe estar orientada a Jesucristo” (Mein-
vielle, 1966, pp. 297 y 298. Cursivas nuestras). Jesús, el Señor, es el
principio y fundamento de la vida social de los hombres, pero tam-
bién la nalidad a la que deben tender todas las iniciativas que se
encaren en el orden personal e institucional, porque “lo mismo que
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todo lo creado también lo social necesita redención y está referido a
Cristo” (Höner, 1983, p. 16).
Una mirada teológica sobre las cosas humanas, nos muestra
que la salvación que trae Jesús, el Rey Bendito que viene en nom-
bre del Señor, no se limita a restaurar a los seres humanos so-
litarios, aislados e indiferentes unos de otros. Por el contrario,
“Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino
también las relaciones sociales entre los hombres” (Compendio
de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 52). La vida comunitaria
debe apoyarse en el auténtico fundamento, puesto por Dios: “Sólo
Cristo es el Señor (Kyrios), el único Señor… He aquí el principio
básico de toda convivencia humana” (Farrell, 1991, p. 45. Cursi-
vas en el original). Por ello, frente a erróneas formulaciones de
nuestra Fe, que intentan reducirla a una suerte de placebo egoís-
ta y desencarnado de la realidad, en la que Jesús aparece como
una mera figura idílica e inocua de un pasado lejano, debemos
sostener que también los ámbitos públicos (socio-económicos,
políticos y culturales) en que se sitúan cotidianamente los seres
humano, son lugares privilegiados de apostolado, en los que debe
ser proclamarlo como Señor y Cristo. Porque el orden temporal
que integran las familias, los grupos intermedios, la sociedad po-
lítica e incluso la comunidad internacional, necesita para alcan-
zar su propia y específica plenitud la ayuda sanante de la Gracia,
que nos viene de Jesús.
En este tiempo necesitamos más que nunca ‘poner a Jesucristo
en el centro y, siguiendo el camino indicado por Evangelii Gau-
dium, ayudar a las personas a vivir una relación personal con Él,
para descubrir la alegría del Evangelio. En un tiempo de gran
fragmentación, es necesario volver a los fundamentos de nues-
tra fe, al Kerygma’ —Discurso a los obispos de la Conferencia
Episcopal Italiana, 17 de junio de 2025—. Y esto vale, ante todo,
para nosotros: partir del acto de fe que nos hace reconocer en
Cristo al Salvador y que se declina en todos los ámbitos de la vida
cotidiana. Mantener la mirada ja en el rostro de Jesús nos hace
capaces de mirar los rostros de nuestros hermanos. Es su amor
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el que nos impulsa hacia ellos —cf. 2 Cor 5:14—. (León XIV, Dis-
curso del jueves 20 de noviembre de 2025, a la 81º Asamblea de
la Conferencia Episcopal Italiana)
La evangelización kerygmática que civiliza al hombre
Busquen el Reino de Dios y su justicia, y lo
demás se les dará por añadidura
(Mt 6, 23)
Explicando en qué consiste el mandato misionero encomenda-
do por Jesús a aquellos a quienes considera mis discípulos, expresa
Castellani:
‘Id y enseñad a todas las gentes’. La misión de la Iglesia es en-
señar, no es hacer política, fundar o derribar gobiernos, ni siquie-
ra ‘civilizar’ como dicen ahora; aunque eso lo haya hecho alguna
vez por añadidura. Un misionero se va a Alaska, se sienta en un
trozo de hielo, y a los esquimales que vienen no les dice: ‘Ahora
os voy a enseñar el inglés, os voy a hacer una escuela y un hospi-
tal’. Les dice simplemente: ‘Jesucristo es Dios’, y si acaso no les
dice eso es porque no puede por el momento, porque no sabe la
lengua esquimal. ‘Enseñad todo lo que Yo os he mandado’. ¿Qué
es lo que hay que enseñar? No las Matemáticas o la Astronomía,
sino la Religión; y estrictamente la Revelación; y eso, no sola-
mente para saber, sino para hacer: es una enseñanza práctica o
pragmática. ‘Ahora que sabéis todas estas cosas, dichosos seréis
si las ponéis por obra’. (Castellani, 1998, pp. 161-162. Cursivas
en el original)
Es importante comprender los alcances de la obligación apostóli-
ca, esto es, de la evangelización kerygmática que Jesús encomienda a
sus discípulos. Con la expresión Anuncio, implicamos no sólo la pro-
clamación del Kerygma, sino también su proyección en la Catequesis
(enseñanza ordenada y sistemática de la Fe) y en la necesidad de los Sa-
cramentos (vías habituales para recibir el don de la gracia). En efecto:
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Si la misión de la Iglesia se reduce, como lo hace Calvino, a una
misión de anuncio y se da a los sacramentos únicamente el valor
de unos signos de fe, no existe diferencia de régimen entre la An-
tigua y la Nueva Ley; la Iglesia desempeña el papel de los profe-
tas, más exactamente aún el de Juan Bautista: anunciar la venida
de Cristo y su Reino, conducir nuestra fe hasta Él. Pero la Iglesia,
además de anunciar, tiene también otra misión, y los sacramen-
tos, aunque sean signos de la fe, son además otra cosa: porque el
Señor y la salvación no han de venir, sino que han venido ya. Se
nos ha dado la vida, y la misión de la Iglesia, distinta de la misión
de la Sinagoga, es la de comunicarnos esta vida mediante los san-
tos sacramentos. El agua de su bautismo acompañada del Espíri-
tu abre verdaderamente el Reino de Dios —comp. Col 1:13—; la
Eucaristía que se celebra con el pan y el vino es verdaderamente
el cuerpo y la sangre del Señor, y nos da la vida eterna —Jn 6—.
(Congar, 1968, pp. 16-17)
El empeño misionero por anunciar el Kerygma, que debe ser
asumido y vivido por los hombres y las sociedades, supone un es-
fuerzo incansable de los cristianos, por hacer llegar el Evangelio a
todos los seres humanos, a todos los hogares, grupos infrapolíti-
cos, sociedades estatales y entidades supranacionales. Todas ellas,
sin exclusiones, están llamadas a conocer a Cristo y a plenicarse
con su Presencia y con su Vida. Cristo quiere derramar su Gracia
en cada una de ellas, y ser reconocido como su Señor, como su Rey,
con un poder, el Suyo, que a diferencia del meramente mundano,
no es despótico ni violento, como el de tantos personajes que en la
historia han reivindicado una reyecía que no tenían: “Cristo Rey
cambia —o más bien completa—, el sentido básico de la realeza. No
consiste en el solo dominio (incluso en el propio dominio de sí),
sino en la entrega. En este sentido ‘servir signica reinar’” (Wo-
jtyla, 2014, p. 165. Cf. pp. 357-380). Por ello, instaurado en Cristo,
su Rey y Señor, “el orden natural y cristiano supone la exaltación
de los valores religiosos en espíritu de servicio, no en espíritu de
dominación o de vanidad” (Sacheri, “El universitario frente a la
doctrina marxista”, p. 158).
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A partir del Encuentro con Cristo, conocido por el anuncio del
Kerygma, es posible entender que la enseñanza social católica se dis-
tingue claramente de cualquier ideología, moderna o contemporánea.
Porque a diferencia de todas éstas, tiene su sostén sapiencial en el
Señor, y desde Él, con Él y para Él, edica su imponente edicio doc-
trinal:
A partir de Jesús, Hijo de Dios, en el centro, como el misterio fun-
damental, se van articulando todas las doctrinas y enseñanzas de
la Iglesia, de manera que el valor de cada una y la obligatoriedad
de ellas se miden por la mayor o menor proximidad al misterio
central de Jesucristo. (Antoncich- Munárriz, 1986, p. 17)
La centralidad de la verdad de Jesús, el Cristo, para toda la ense-
ñanza católica, debe serlo también para su doctrina sobre las realida-
des temporales:
Es muy necesario situar la enseñanza social de la Iglesia en el mar-
co de la nueva evangelización. Jesús no vino, ‘simplemente’, para
curar a los enfermos, dar la vista a los ciegos, la palabra a los mu-
dos, para proteger a la viuda y los huérfanos, para ser el último
recurso de todos los desgraciados del mundo. Que la enseñanza
social de la Iglesia haga todo esto no puede justicar la ocultación
de la Buena Nueva esencial: Jesús es el Hijo de Dios, que se en-
carnó para cargar con todos los pecados del mundo y que llama a
todos los hombres a la conversión y a la salvación. La enseñanza
social de la Iglesia debe encontrar su arraigamiento en la referen-
cia constante, del fundamento hasta el n, en la proclamación de
esa Buena Nueva. (Schooyans, 2006, pp. 205-206)
Desde Cristo, “Luz de las gentes” (Concilio Vaticano II, Lumen
Gentium, n. 1), comprendemos al ser humano, creado a imagen y
semejanza divina y su lugar preeminente en la vida social, y enten-
demos cómo del Buen Amor entre el varón y la mujer, unidos en el
matrimonio monogámico e indisoluble, brota la familia, célula bá-
sica de la sociedad y santuario de la vida, en la que se ejercitan los
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deberes y derechos de los padres respecto de sus hijos en la patria
potestad y las responsabilidades liales de los hijos en relación a sus
progenitores. Y de Cristo, “Palabra de Dios” (Concilio Vaticano II, Dei
Verbum, n. 1), la Iglesia aprende que la Caridad sostiene todas las
relaciones sociales, privadas y públicas, y da sentido a cada uno de los
principios de organización de la sociedad (el “bien común”, la “soli-
daridad” y la “subsidiariedad”), y que la opción cristiana por el pobre
es una exigencia que brota de nuestra Fe, que además nos enseña a
amar nuestra tierra y sus valores tradicionales con un amor virtuoso,
el patriotismo. Y de Jesús, “quien dio al trabajo una dignidad sobree-
minente laborando con sus propias manos en Nazaret” (Concilio Va-
ticano II, Gaudium et Spes, n. 67), aprendemos que el trabajo es un
don de Dios y una misión para el hombre, que le permite reconocer el
auténtico valor de las riquezas y de los bienes rechazando la idolatría
de la avaricia, y entablar justas relaciones entre los empresarios y los
trabajadores, entre los que mandan y los servidores, y las distintas
instituciones que los representan. Y “a n de manifestar a todos el
mensaje de Cristo” (Concilio Vaticano II, Apostolicam Actuositatem,
n. 31), la Iglesia enseña que cualquier autoridad, de la institución que
fuere, tiene su origen en el Señor:
La realeza de Cristo, antes de su segunda venida gloriosa, es par-
ticipada según dos líneas diferentes que no se entorpecen una a
otra: como autoridad espiritual (lo cual no quiere decir nebulosa o
desencarnada) en la Iglesia y como autoridad temporal en todo lo
que afecta a este mundo. (Congar, 1963, p. 102)
Y que, bajo formas variables según los climas históricos, el ejer-
cicio de la autoridad se orienta al servicio del bien común, pero sean
las que sean esas modalidades, siempre debe resguardarse una con-
veniente relación entre los poderes eclesiásticos y los poderes civiles,
en la que como telón de fondo se respete y promueva el impulso evan-
gelizador de los cristianos por instaurar en Jesús el orden político,
puesto “que el bien común temporal supone de suyo el respeto y, en la
medida de lo posible, la colaboración (del poder público) con la auto-
ridad religiosa para establecer el Reinado Social de Cristo a través de
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instituciones respetuosas del orden natural” (Sacheri, “Estado y Edu-
cación”, p. 117, paréntesis nuestros). Esta adecuada vinculación entre
Fe y razón, orden sobrenatural y orden natural, encuentra también
un correlato en la relación entre la teología y la política:
La política es la disciplina más excelente, después de la teología;
la aspiración política es la más noble después de la aspiración
apostólica. Por otra parte, ellas no se oponen; considerada por el
cristiano, la política tiene necesidad de la teología; el deseo de ins-
taurar el bien común temporal no se opone al deseo de instaurar
también o de introducir, en primer lugar, el bien común espiritual.
(Lebret, 2019, p. 66. Cursivas en el original)
He aquí una verdad que señalamos insistentemente en estas pá-
ginas: desvinculadas del Señor, las realidades temporales (incluso
las socio-económicas, políticas y culturales), se condenan a la imper-
fección, porque sólo unidas a Él, pueden desplegarse integralmente,
pues Dios quiso que en Cristo residiera toda la Plenitud (Col 1:19). Y
es unidas a Él, a su Persona, a su Vida y a sus enseñanzas, la manera
en que cada una de las instancias que conforman el orden temporal
pueden alcanzar su perfección, incluso natural, y elevarse, al mismo
tiempo, al plano sobrenatural. Como dice el Rabino de Roma conver-
so al cristianismo:
Adveniat regnum tuum —Mt 6:10: ‘Venga tu Reino’—, no sólo es
una oración sublime, sino un programa de acción para todos; nadie
está excluido. Todos indistintamente debemos contribuir a la obra de
reconstrucción espiritual que pretende ‘instaurar todas las cosas en
Cristo, ya sea en el cielo o en la tierra’ —Ef 1:10— (Zolli, 2006, p. 279.
Cursivas en el original).
Enseña el magisterio:
En la Biblia, el título de ‘Señor’ designa ordinariamente al Dios sobera-
no. Jesús se lo atribuye a sí mismo, y revela su soberanía divina mediante
su poder sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre el pecado y sobre
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la muerte, y sobre todo con su Resurrección. Las primeras confesiones de
fe cristiana proclaman que el poder, el honor y la gloria que se deben a Dios
Padre se le deben también a Jesús: Dios ‘le ha dado el nombre sobre todo
nombre’ (Fil 2:9). Él es el Señor del mundo y de la historia, el único a quien
el hombre debe someter de modo absoluto su propia libertad personal.
(Benedicto XVI, Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 84)
La enseñanza social católica y la proclamación del Kerygma
Dice Mejía, poniendo en evidencia el lazo que une la enseñanza
social católica con el Kerygma:
La doctrina social de la Iglesia no es un descubrimiento reciente,
no tuvo comienzo con la Rerum Novarum: la encontramos ya
en los Padres de la Iglesia, en la luminosa tradición medieval,
en los grandes teólogos españoles de los siglos XVI y XVII, a
los cuales se remonta, entre otras, la actual teoría del derecho
internacional, y aún en otros. La doctrina social pertenece a
la identidad tradicional del Kerygma evangélico, es decir, a la
Tradición: no es por lo tanto, objeto de libre elección en la Igle-
sia. En el actual descubrimiento y revalorización de la doctrina
social, este aspecto normativo se encuentra debidamente su-
brayado. (Mejía, 1998, p. 165)
Porque con Wojtyla sabemos que “en el centro mismo del keryg-
ma apostólico se encuentra siempre el misterio pascual de Jesucristo
(2020, p. 62, cursivas en el original), podemos acoger con humildad la
enseñanza de Francisco que nos invita a tener en cuenta que cualquier
proyecto formativo que proponga un camino de crecimiento en la Fe,
Debe incluir ciertamente una formación doctrinal y moral. Es igual-
mente importante que esté centrado en dos grandes ejes: uno es la
profundización del Kerygma, la experiencia fundante del encuentro
con Dios a través de Cristo muerto y resucitado. El otro es el creci-
miento en el amor fraterno, en la vida comunitaria, en el servicio.
(Francisco, Christus vivit, n. 213)
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Nuestro tiempo pos-cristiano se transforma en un abierto desafío
para la misión apostólica irrenunciable e innegociable de todo cristia-
no de anunciar el Kerygma. Proclamar que Jesús es el Rey Bendito
que viene en nombre del Señor, para salvarnos y para redimirnos in-
dividual y comunitariamente. En efecto, “ahora que nuestra época li-
beral y secularizada avanza renqueante, se nos brinda la oportunidad
histórica de redescubrir y revitalizar la verdad sobre Cristo y la socie-
dad”, porque “Cristo es el único fundamento seguro de la paz social
y de la prosperidad de una civilización”. Por ello, “quizá el lema más
apropiado para aquello a lo que aspira el pensamiento social católico
sería Totus Christus —todo Cristo— en las familias, en las comunida-
des y, si Dios quiere, en toda las sociedades” (Hahn, 2019, pp. 158, 174
y 150. Cursivas en el original).
Como enseña San Juan Pablo II,
Anunciar el Evangelio no es solamente proclamar que Jesús es
el Cristo; es también labrar sin cesar la historia del hombre, ex-
plotando las riquezas insondables de Aquel ‘que se hizo pobres
por nosotros, a n de enriquecernos con su pobreza’ —2 Cor 8:9.
Evangelizar es trabajar sin descanso para enriquecer al hombre de
Cristo y en Cristo” (1982, p. 190).
Por ello, enseña Francisco, “junto con Cristo, sobre las ruinas que
nosotros dejamos en este mundo por nuestro pecado, se nos llama a
construir una nueva Civilización del Amor” (Dilexit nos, n. 182).
Cristo Rey y María Reina
“¡Grita a voz en cuello y no te detengas; alza
tu voz como una trompeta!
(Is 58:1)
Comenzamos esta meditación reexionando sobre un pasaje
del Evangelio cuyo centro es Jesús, y la proclamación de su rea-
leza mesiánica. Y vamos a cerrarla abrevando en el Libro de los
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Salmos, verdaderas joyas sapienciales atesoradas por la Iglesia en
su plegaria y en su doctrina. Entre ellos, nos detenemos en uno
de los salmos reales (llamados así porque profetizan al Cristo, el
Mesías Rey), el Salmo 110, “quizá el más sublime de todos los sal-
mos” (González Brown, 1982, p. 201), que escrito mil años antes de
su Advenimiento, “ilumina la gura del Mesías venidero” (Guar-
dini, 2008, p. 13). Este poema religioso, cumbre de la lírica y de la
profecía hebrea, constituye uno de los testimonios escriturísticos
privilegiados para develar la sonomía mesiánica de Cristo, y su
Señorío sobre el cosmos y sobre la historia, al expresar que Jesús,
luego de su Ascensión a los Cielos, está sentado a la diestra del Pa-
dre, desde donde ejerce su sacerdocio y su realeza, mientras espera
el Día de su Manifestación, su Retorno glorioso en la Parusía (cf.
Sal 110:1 y 5-7).
Pero Jesús, el Cristo, no está solo. Otro salmo real completa la es-
cena: a Tu derecha está la Reina, adornada con joyas y con oro de
Or (Sal 45:10). Ella, la Reina, lo acompaña y
Actúa en comunión de inteligencia y de voluntad con el Rey. Es
menor que Él, innitamente; pero su sitio jerárquico no es a los
pies, sino a la diestra del Señor, compartiendo, con la plenitud
de la gracia y de los dones, su potestad real y ponticia. (Vallejo,
1959, p. 101)5
Se trata de la Virgen. La Reina es María, la madre de Jesús (Hch
1:14), es decir, la Madre de mi Señor (Lc 1:43), y también madre
nuestra: Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre… al ver a la Ma-
dre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo:
Mujer, aquí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘aquí tienes a
tu Madre’ (Jn 19:25-27).
5
Reriéndose a ese pasaje del Salmo 45:10, dice Hahn: “Ese renglón describe con
toda seguridad la corte del cielo del último rey de la dinastía de David, Jesucristo,
que reina con su reina madre a la derecha (…) como Salomón reinó junto a Betsabé
(2009, p. 107).
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Hablando de la Virgen, San Juan Pablo II enseña que “coronada
de gloria —como aparece en el último misterio glorioso—, María res-
plandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y cul-
men de la condición escatológica de la Iglesia” (Rosarium Virginis
Mariae, n. 23). Pero la reyecía de María no sólo se ejercita en el Cielo,
sino también aquí, en la tierra, como atestigua su manifestación en el
Tepeyac a San Juan Diego, bajo la advocación de Guadalupe y el im-
pacto que tuvo en la evangelización de América (cf. Caturelli, 1991).
Siguiendo su ejemplo,
Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores de es-
peranza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo
que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre no-
sotros y su Reino tome forma. (León XIV, Magnifica Huma-
nitas, n. 245)
María es la Emperatriz de América y Reina de toda la Creación
desde su humildad: Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi
espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque Él
miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas
las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha
hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! (Lc 1:46-49).
Como expresa Shaw:
María es la Reina del mundo porque es la más simple, la más pe-
queña, la más verdadera de las mujeres, por esto tuvo la misión
de gobernar la tierra; porque una sola mirada suya, pura y simple,
puede despedazar las envolturas de hielo que se acumulan conti-
nuamente sobre nosotros y que nos impide amarnos, amar a Dios
y tender hacia Él. (Shaw, 2021, p. 121)
A Jesús, Cristo Rey, por intermedio de la Virgen, María Reina,
ofrendamos nuestros empeños apostólicos.
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El Ángel le dijo: ‘No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;
Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo.
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
reinará sobre la casa de Jacob para siempre
y su reino no tendrá n’ (Lc 1:30-33)
Ricardo von Büren
Director Filópolis en Cristo
Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino
ricardo.vonburen@unsta.edu.ar
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