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La baja de la natalidad: ¿un problema?,
¿qué tipo de problema?
The Decline in Birth Rates: A Problem?
What Kind of Problem?
Amadeo Tonello1
Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino
amadeo.tonello@unsta.edu.ar
ORCID: 0009-0006-5466-2466
Resumen: El presente trabajo busca
analizar el tema de la baja de la natalidad
en el mundo y en la Argentina, y procura
no detenerse en problemáticas sociológi-
cas puntuales, sino apuntar a ciertas cau-
sas más profundas. Propone un ejercicio
de la reexión frente a este fenómeno,
descubriendo algunas razones sociológi-
cas y orientando la mirada hacia cuestio-
nes antropológicas de fondo: si la fecundi-
dad humana es una opción indiferente, la
relación de la esterilidad con un enfoque
egoísta de la vida, las tecnoesclavitudes,
la pérdida del sentido de la trascendencia,
los cuestionamientos a la legitimidad de
lo humano, los aspectos geopolíticos y la
motivación religiosa. Cada una de estas
cuestiones es meramente esbozada, con
el n de generar reexión y debate sobre
el tema. De dicha reexión puede surgir la
posibilidad de encontrar, no solo la rever-
Abstract: The present work seeks to
analyze the issue of declining birth ra-
tes in the world and in Argentina, ai-
ming not to dwell on specic sociologi-
cal problems but rather to explore their
underlying causes. It proposes an exer-
cise in reection on this phenomenon,
uncovering certain sociological reasons
and directing attention toward deeper
anthropological questions: whether hu-
man fertility is a matter of indierence,
the relationship between sterility and a
self-centered approach to life, technolo-
gical enslavements, the loss of a sense of
transcendence, challenges to the legiti-
macy of the human, geopolitical aspects,
and religious motivation. Each of these
issues is merely sketched out, with the
aim of generating reection and debate
on the topic. From such reection may
emerge the possibility of nding not
1 Amadeo José Tonello, sacerdote de la Arquidiócesis de Tucumán. Doctor en Filosofía por
la Ponticia Universidad de la Santa Cruz. Doctor en Estudios Patrísticos por la Universidad
Católica de Cuyo. Profesor de Filosofía en el Seminario Mayor Arquidiocesano de Tucumán y
en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino.
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Amadeo Tonello
Introducción
Últimamente encontramos una multiplicidad de notas periodísti-
cas y reexiones sobre la caída de la natalidad (Universidad Austral,
2025), un fenómeno que se da a nivel mundial y que también tiene
repercusiones en nuestro país y en nuestra provincia. En el caso de
Argentina, la situación se presenta más grave, porque el nuestro es
un país despoblado (Geodatos, 2026), y la baja de los nacimientos
puede repercutir en sinfín de situaciones de la vida social, política y
económica. Tucumán no es ajeno a esta realidad, a pesar de ser una
provincia autodenida como “pro-vida”2 y con manifestaciones, in-
cluso públicas, en favor de la familia numerosa.
Hay preocupación por el equilibrio de los sistemas previsionales,
por la gestión del sistema educativo, que deberá cerrar aulas, por la
provisión de profesiones sensibles para la vida social. Sin embargo,
mi apreciación personal es que los análisis que se vienen haciendo
sobre el tema muchas veces son superciales y descuidan los aspectos
más esenciales. Sin ánimo de dar a mis palabras una autoridad que no
tienen, ofrezco las siguientes reexiones para ayudar a encarar más
adecuadamente el problema, tanto desde la perspectiva sociocultural
como desde la religiosa.
Algunas razones sociológicas
Ante todo, es preciso expresar someramente algunas de las causas de
este fenómeno. En primer lugar, desde la segunda mitad del siglo XX
asistimos a un cambio notorio (e inédito en la historia de la humanidad)
2
Por declaración de la Legislatura provincial, en agosto de 2018.
sión de este fenómeno, sino los medios de
llevar una vida cualitativamente más dig-
na y humana.
Palabras clave: natalidad, sociología,
fecundidad, tecnoesclavitudes, trascen-
dencia.
only a reversal of this phenomenon, but
also the means of leading a qualitatively
more dignied and human life.
Keywords: birth rate, sociology, ferti-
lity, technological enslavements, trans-
cendence.
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sobre el valor y el sentido de la sexualidad. Anteriormente, la sexualidad
estaba ligada a marcos éticos más o menos estrictos, que la colocaban en
el ámbito del matrimonio, la ordenaban a la delidad, a la indisolubili-
dad y a la fecundidad. En cambio, en la actualidad, la sexualidad se con-
sidera una función propia de la vida individual, que cada uno gestiona
libre y privadamente, sin que sea lícito a nadie meterse en ella; el único
límite que se le puede poner es el de no interferir en las decisiones o la
integridad de los otros. Cierto es que muchas veces otó sobre las ense-
ñanzas tradicionales un cierto aire de puritanismo o maniqueísmo, doc-
trinas erróneas que veían a la sexualidad como algo malo; pero también
es verdad que la abolición, en la práctica, de las reglas éticas que prote-
gían el ejercicio de la sexualidad ha producido grandes daños a muchas
personas y a la humanidad en muchos sentidos.
Entre esos daños, se encuentra la separación radical de las diferen-
tes dimensiones de la sexualidad, entre las cuales una fundamental (si
bien no la única) es la fecundidad. En otras palabras, hoy se concibe la
sexualidad como placer sin amor, placer y amor pero sin compromiso
personal, o amor sin fecundidad. Y sobre todo, la sexualidad ha deja-
do de ser una fuerza de comunión interpersonal y de renovación de la
sociedad a través de las generaciones, para convertirse en una mera
cuestión privada, cuyas repercusiones sociales están marcadas por el
individualismo de base.
A esto se sumó la fuerte promoción de la mentalidad anticonceptiva
y abortiva, que se presentó bajo muchas falsas justicaciones: promo-
ción de la mujer, peligro de la superpoblación, liberación de mandatos
culturales, etc. No es casualidad (pero nadie lo dice) que la abrupta baja
de la natalidad se dé en Argentina y en Tucumán a partir del mismo
año que se promulgó la ley del aborto. Con lógica falaz, se presentaba el
aborto como una opción o una ayuda ante ciertas situaciones difíciles,
desconociendo el hecho fundamental: el aborto es la eliminación de un
ser humano inocente. Las estadísticas sobre el número de abortos rea-
lizados en dispositivos sanitarios públicos, con toda la facilidad que da
el aparato del Estado y con nanciamiento público (Canal 8 de Tucu-
mán, 2023), explican también la disminución de la natalidad.
Una de las consecuencias de la resignicación de la sexualidad hu-
mana fue el cambio en la concepción de la familia. Peyorativamente
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(cuando no con burla) se habla de “familia tradicional”, cuando sería
más acertado hablar de la “familia natural”. Hoy en día las familias
son fuertemente disfuncionales y no se encuentran capacitadas para
cumplir sus roles naturales: comunicación de la vida, gestación de los
vínculos primarios, educación en valores fundamentales. Pero resulta
que (no sin cierta hipocresía) se les endosa ciertas responsabilidades,
como la de la delincuencia juvenil: si hemos demolido esta institución
fundamental y natural, ¿con qué derecho le pedimos que eduque a los
jóvenes o los contenga? ¿La culpa es de la familia o de la sociedad y el
Estado que la destruyeron?
La misma Iglesia no se encuentra exenta de responsabilidad, cuan-
do en su afán por acercarse misericordiosamente al hombre pecador,
alejado, herido, olvida que también es caridad y misericordia predicar
con claridad la verdad. Así, llamó la atención (favorablemente) que
hace poco el Papa León XIV dijera que el matrimonio entre varón y
mujer es el “modelo” de unión que ha de estar a la base de la familia,
y no meramente un “ideal” (expresión que da la sensación de ser algo
inalcanzable e irreal) (León XIV, 2025). Las palabras del Papa León
contrastan con otras muchas expresiones o formas de la pastoral en
las que, en la práctica, no parece demasiado importante decir cómo
se debe vivir la propia sexualidad para que sea coherente con la dig-
nidad humana y la fe cristiana: se habla de acoger e integrar, pero no
de iluminar u orientar.
Otra causa que explica la baja de la natalidad es la resignicación
del rol de la mujer en la vida social. La mujer tiene altas capacidades
que afortunadamente se han puesto en juego en los últimos tiempos:
su aporte a la vida social, civil, política, económica y cultural tiene
un inmenso valor. No obstante, ello ha llevado a una sobrecarga de
la mujer, que debe asegurar la consistencia del hogar como espacio
humano fundamental para la familia y a la vez, por opción u obligada
por apremios económicos, se dedica con gran gasto de tiempo y ener-
gías a tareas extra-hogareñas. La tendencia sociocultural e ideológica
inclina la balanza, en este conicto, a la “liberación” de la mujer de los
“mandatos” que la ligaban a la maternidad, el hogar y la familia, y a
su dedicación cada vez más plena a las otras tareas. No quiero decir,
que se entienda bien, que la mujer no debe trabajar o actuar fuera de
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su casa. Pero, ¿quién se hace cargo de la casa? En este tema, hay un
presupuesto-prejuicio implícito, que el hogar y el cuidado de la casa y
la familia son tareas inferiores, humillantes, de sometimiento. Pero,
¿es esto así? ¿O son dimensiones de nuestra humanidad para las que
la mujer está especialmente capacitada, aunque, ciertamente, el va-
rón no debe desentenderse de ellas?
Otra causa que ayuda a la baja de la natalidad –que se relaciona con
la anterior– es el aumento del costo de la vida y los apremios económi-
cos, que obligan a las personas, y también especialmente a la mujer, a
cargarse más de trabajo, y por ende, a estar menos disponibles para la
paternidad/maternidad. Criar un hijo es caro, cada vez más caro. Y en
una sociedad materialista, el factor económico termina siendo deter-
minante para muchas decisiones. Pero, no nos engañemos, no se trata
sólo del factor económico: en otros tiempos las familias pobres eran
también numerosas y no se planteaba reducir la natalidad por facto-
res monetarios. Lo cual lleva a pensar que la razón de fondo está más
bien en lo ideológico, en lo cultural, o para decirlo de una vez, en lo
especíco del ser humano: la decisión libre, en este caso, una opción
moral equivocada, que desconoce el valor humano de la paternidad/
maternidad y pone por encima otros objetivos centrados en una seudo
realización individual: el viaje, el dinero, la carrera, el goce personal.
La proliferación de las mascotas (y el jugoso mercado que se genera
en torno a ellas) es un síntoma de la misma enfermedad: un perro o
un gato son seres inferiores, en los cuales puedo encontrar compañía o
afecto, pero siempre mi responsabilidad es limitada ante ellos, no son
interlocutores a mi altura: siempre puedo poner mi yo por encima de
ellos (lo cual, ante un ser humano, no se podría legítimamente hacer),
puedo deshacerme de ellos si me molestan, puedo incluso eliminarlos
si están enfermos y ya no se pueden curar o si me generan problemas
que no tengo ganas de afrontar.
Reexiones de fondo
Dicho esto, podemos comenzar a analizar una serie de aristas del
problema, que no se ven abordadas habitualmente en las opiniones
que se vienen expresando sobre el tema.
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Fecundidad, ¿opción indiferente?
Una primera cuestión es si la fecundidad humana es una op-
ción indiferente entre otras muchas o responde, por el contra-
rio, a la necesidad de la solidaridad entre las generaciones y las
personas. Ciertamente, tener un hijo es una opción libre: nadie
puede ser obligado a eso. Pero, por otro lado, no es “libre” en el
sentido de no ser algo necesario para la buena marcha de la so-
ciedad. En ese sentido, uno es libre de observar o no las normas
viales, es libre de interactuar o no con los semejantes buscando
el bien común, es libre de pagar o no los impuestos… pero si no
hace todas estas cosas, causa un daño al conjunto de la sociedad.
Análogamente, la fecundidad es un “mandato”, no en el senti-
do peyorativo que dan a esta palabra las ideologías de nuestro
tiempo, sino porque forma parte de la responsabilidad de cada
uno por el conjunto del género humano. Cierto es que no se trata
de un mandato universal: en todo tiempo, ciertas personas re-
nunciaron a tener una familia propia y a los hijos biológicos, por
razones religiosas o de servicio a la humanidad en diversos ám-
bitos de la sociedad. Pero el punto importante es que con ello no
renunciaron a la paternidad/maternidad, que es irrenunciable,
sino que la ejercitaron de otra manera. Dicho en pocas palabras:
por ser humano, debo ser padre/madre: la sociedad y el género
humano me necesitan; necesitan que yo aporte a su construcción
y desarrollo; y necesitan que me comprometa en el recambio ge-
neracional a través de la procreación y educación de los hijos,
salvo si he recibido otro llamado u otra misión que me lleve a
renunciar al matrimonio. Quienes postergan o rechazan egoísta-
mente la fecundidad se parecen a esas personas (a veces pasa con
los adolescentes) que viven de su casa sin aportar nada a su casa,
que solo reclaman derechos y no brindan su contribución al bien
común. La responsabilidad intergeneracional (fui cuidado cuan-
do era niño, aporté mis hijos al recambio de las generaciones,
seré cuidado por otros cuando sea anciano) es un componente
esencial de la vida social. La negación egoísta de la fecundidad
tiene algo de antihumano (Brague, 2014, pp. 59-61).
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Egoísmo y esterilidad
Esto nos lleva a algo más profundo: el ser humano, ser de libertad,
es a la vez un ser de potencialidades llamadas a dar fruto, a alcanzar
una plenitud. ¿Cómo dan fruto? ¿Simplemente en la consecución de
objetivos externos al hombre: dinero, títulos, experiencias placente-
ras? El Papa Juan Pablo II solía repetir una frase clave del Concilio
Vaticano II, que nos da el sentido de la condición humana: “el hom-
bre, única creatura que ha sido amada por sí misma, no puede en-
contrar su plena realización sino en la entrega sincera de sí mismo a
los demás” (Concilio Vaticano II, 1965, n. 22). El egoísmo es estéril;
el amor es fecundo. Y ello no solo se da (evidentemente) en la dimen-
sión biológica, sino también en la esfera existencial. Una vida que se
centra en un proyecto egoísta no llega nunca a llenar el alma, siempre
procura colmar un deseo profundo y espiritual con cosas y experien-
cias de poca densidad humana y existencial. La antigua consigna que
invitaba a cada ser humano a “tener un hijo, plantar un árbol, escribir
un libro” entendía el sentido profundo de la vida humana. Las tres
acciones implican, cada una a su manera, una trascendencia y una
fecundidad, una capacidad de dar fruto, en relación con los hombres,
con la naturaleza y con los valores trascendentes. La referencia evan-
gélica signicativa en este caso es la parábola de los talentos: aquel
servidor que guardó el único talento y lo retornó intacto al regreso
del Señor es condenado. No ha perdido el talento, pero al no hacerlo
producir, de hecho lo pierde (Mt 25:14-30). El miedo a la generosidad
y al sacricio termina en una vida fracasada, en la pérdida total de la
existencia: “el que quiera salvar su vida la perderá, el que la pierda, la
encontrará” (Mt 16:25). Pues la libertad no es innita: además de sus
límites naturales, la corta el tiempo, que se acaba.
El tema del tiempo es particularmente signicativo en relación
con la fecundidad humana, porque, como es sabido, esta requiere
unas energías físicas y psicológicas que no se encuentran igualmen-
te disponibles en cualquier etapa de la vida. Resulta penoso que,
particularmente en el caso de la mujer, se busque el hijo a una edad
tardía, fuera del matrimonio, como una “cosa” más que venga a lle-
nar los vacíos que han dejado todas las experiencias anteriores. Un
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hijo que muchas veces se encarga como un “producto a la carta”,
incluso sin la presencia y el compromiso del padre (se recurre a un
banco de esperma y a la fecundación articial); y así el hijo viene a
ser como un “último recurso” para colmar el vacío del alma; pero es
buscado de manera equivocada, como si fuera una cosa más entre
las cosas, y no como el fruto del amor comprometido de un padre y
de una madre en la comunión de amor matrimonial. La esterilidad
del egoísmo lleva a la angustia de la existencia, y en no pocos casos,
a la depresión y al suicidio; no es extraño que estos males sean tam-
bién muy frecuentes en la sociedad antinatalista de la realización
egoísta y puramente individual.
Las tecnoesclavitudes
Lo opuesto a la libertad es la esclavitud. La Edad Moderna es una
larga historia de búsqueda y reivindicación de la libertad en todos sus
aspectos: política, económica, social, religiosa. El problema radica en
el modo en que se concibe la libertad: si se la entiende como mera
“desvinculación” de normas, reglas y estructuras, resulta que pronto
sumerge a la persona en una red de nuevas (y hasta ese momento des-
conocidas) esclavitudes. El individuo no se ata a una pareja estable,
no se responsabiliza de un hijo, no se hace cargo de nadie más que de
sí mismo: y en su búsqueda de emociones y sensaciones, encuentra
en la tecnología un poderoso recurso para poder experimentar todo
el tiempo, en un ujo fugaz e interminable, lo agradable y placen-
tero. Pero la tecnología, con la fascinación de logros cada vez más
novedosos, con la aceleración de las vivencias, termina por debilitar
la voluntad, que se somete permanentemente al nuevo estímulo que
reemplaza al anterior: son las “tecnoesclavitudes”. Ya no se ve una pe-
lícula para descansar, pensar o aprender, se pasa la vida frente a una
pantalla. Ya no se interactúa con personas, se mira la vida de los otros
en un ujo inacabable de información, muchas veces inútil. Ya no se
busca un amigo o una persona con la cual entablar una relación seria
de pareja, sino un “match” momentáneo o un placer sexual que pasa
y pronto requiere otro, otro, otro… En la pandemia, con los largos
encierros, para muchos daba la impresión de que solo dos cosas eran
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necesarias: alimentos y conexión a internet. Un tecnoesclavo no es
capaz de ser padre o madre porque tampoco es capaz de escapar a la
permanente seducción de lo pasajero; un tecnoesclavo es la antítesis
de la persona fecunda. El tecnoesclavo, si no es un adicto, está muy
cerca de serlo…
El sentido de la trascendencia
El hombre tiene naturalmente sed de eternidad. Por su dimen-
sión física, se sabe irremediablemente destinado a la muerte, a la
destrucción; pero por su dimensión espiritual, quiere trascender.
Desde siempre la manera natural de trascender fueron los hijos:
en ellos se continúa de alguna manera nuestra vida, aun cuando
ellos son personas independientes, con una historia propia e irre-
petible. También, muchas veces, el ser humano trasciende a través
de sus obras, sean estas cientícas, políticas, literarias, artísticas.
Hoy, en cambio, muchos parecen haber perdido todo deseo de
trascendencia; su vida se agota en lo pasajero, en lo efímero; en la
sensación del momento. Si a uno no le gusta el esfuerzo, preere
no trascender con tal de no tener que sacricarse. Su vida queda
ligada a la inmediatez y a la frivolidad, al vacío y a la intrascen-
dencia. Ni siquiera podrá trascender en sus hijos. Los materialis-
mos antiguos y modernos coincidían en no aceptar la existencia
de ninguna vida más allá de la muerte, pero al menos conservaban
un cierto sentido de la solidaridad con el resto del género huma-
no, incluso a lo largo del tiempo. Por eso, ideologías fuertemente
materialistas, como el marxismo, invitaban a luchar en pro de la
“sociedad sin clases” u otras utopías parecidas, a trabajar por el
futuro, y así sostenían al menos un remedo de esperanza. Hoy no
hay ninguna esperanza más allá de lo inmediato, y por eso se es-
cuchan argumentos como: “¿para qué traer hijos al mundo, para
que sufran, en este mundo tan difícil?”; ¡como si antes no hubiera
habido dicultades y luchas en el mundo! No solo hemos perdido
la esperanza sobrenatural del cielo, de la vida eterna, sino también
la pequeña esperanza que nos invita a trabajar y esforzarnos por
un mundo mejor.
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La legitimidad de lo humano
Frente a este panorama, en algunas reexiones losócas de la ac-
tualidad, se plantea la “legitimidad de lo humano”. Según estas ideas,
el problema es el hombre: él es el que genera las guerras, el que con-
tamina el ambiente, el que daña la Tierra. Su existencia no solo parece
absurda, como decían las losofías existencialistas de la última parte
del siglo XX, sino también nociva (Brague, 2014). Así, propagar la
especie humana, multiplicar los seres humanos en el mundo, parece
una irresponsabilidad, o al menos, algo innecesario. Las ideologías
del posthumanismo y transhumanismo invitan a liquidar la supre-
macía de lo humano (León XIV, 2026, 115-116). Además, propagar
la especie humana parece producir seres destinados al sufrimiento:
cosa que aparece bien clara en las políticas antinatalistas dirigidas a
las clases o países pobres: ¡no tengan más hijos, eso es multiplicar la
pobreza y los problemas! La vieja armación del Génesis: “hizo Dios
al hombre, y vio que era muy bueno” (Gn 1, 27-31) ha quedado muy
lejos. No obstante, a pesar de todas las maldades de las que el hombre
es capaz, hay que recuperar la convicción de que la existencia huma-
na, cada vida humana, es un bien: y el hombre, ser necesitado y con-
tradictorio y capaz de hacer muchos males, también es un ser dotado
para aportar al mundo bienes insospechados, si se le da la oportuni-
dad de vivir. Hay que convencerse de que vale la pena el riesgo de que
más seres humanos provoquen ciertos males, y no privarnos del bien
único que cada vida humana personal representa.
Aspectos geopolíticos
La baja de la natalidad también puede analizarse desde la geopolí-
tica. Hay países muy despoblados, como la Argentina, que se conde-
nan a sí mismos a una pérdida de identidad y de cultura con la escasez
de los nacimientos. Si las tendencias actuales no se corrigen, previsi-
blemente sucederá que seremos “colonizados” por otros países, que
ven grandes oportunidades en las riquezas naturales de nuestro terri-
torio casi vacío y enviarán su gente “sobrante” (no necesariamente los
mejores) a habitar nuestro suelo. La política local, siempre ocupada
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en cuestiones coyunturales, no tiene una respuesta a este problema.
En Europa, el aspecto geopolítico de la baja de la natalidad asume
otros rasgos. La inmigración viene a suplir la ausencia del recambio
generacional, y si bien los movimientos migratorios son una cons-
tante en la historia de la humanidad y muchas veces tuvieron efectos
muy positivos, también se da, como en el caso europeo, una pérdida o
una transformación de la identidad de Occidente que se puede cali-
car como netamente negativa. Puesto que las culturas no son neutras,
cada una de ellas puede ser juzgada desde el punto de vista de la ética,
y puede realizar en mayor o menor grado la humanidad del mismo
hombre. Europa es cada vez más un mero nombre, o un conjunto de
relaciones políticas y comerciales, y cada vez menos una cultura y una
historia forjadas (innegablemente) por el cristianismo. Pero lo curio-
so del caso es que este colapso de Europa no sobreviene por causa de
una guerra, o de una invasión, sino por una especie de suicidio colec-
tivo: el antinatalismo de las sociedades.
La motivación religiosa
Finalmente es preciso introducir la motivación netamente reli-
giosa que da un sentido profundo a la comunicación de la vida. La
vida humana es un don de Dios. El varón y la mujer, al procrear,
se convierten en colaboradores de Dios para la aparición de una
nueva vida humana en el mundo, que representa un valor único
e irrepetible. Cada ser humano reeja de una manera singular la
imagen y semejanza de Dios. Nuestro tiempo tiene una mentali-
dad individualista y egoísta (no en vano un lósofo contemporá-
neo decía: “el inerno son los otros”). Por el contrario, el plan de
Dios invita al varón y a la mujer a abrirse a la vida, a reconocer
como su capacidad más alta la de dar vida a un nuevo ser humano.
Las comunidades rurales comprenden mejor, en muchas ocasio-
nes, que cada hijo es una fuerza y una oportunidad de trascender.
El mundo necesita muchas cabezas para pensar y muchas manos
para trabajar. Un niño no es un problema: ¡es quizá la oportunidad
que necesita el mundo! Y para el cristiano, un niño es un don de
la Providencia, un hijo de Dios que el Padre llama a la existencia,
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para alcanzar un destino feliz dando gloria al Padre, es un hijo,
reejo del Hijo, Jesucristo.
La Iglesia es también familia, en la que cada uno de los miem-
bros ha sido pensado por Dios para una vocación y misión. La
escasez de vocaciones sacerdotales y consagradas seguramente
también tiene una causa en la baja natalidad: una mentalidad pre-
dominantemente egocéntrica no favorece la idea de una entrega
total de la vida en la consagración a Dios. Así, en la promoción de
la familia y de la vida, también se juega el futuro de las vocaciones.
Conclusión
Hay muchos otros aspectos que se podrían analizar. Estas ideas
pretenden servir meramente como catalizador de ulteriores reexio-
nes e iniciativas. Lo importante es, como dije al inicio, no quedarse
en una mirada supercial y meramente economicista. Dar respuestas
adecuadas a este problema no solo es necesario para asegurar el fu-
turo cuantitativo de la humanidad, sino también para que vivamos,
cualitativamente, una vida más plenamente humana.
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